El atardecer me recuerda a ella. El sol poniéndose tras la tierra y las nubes, brillando aún en el cielo azulado, según ella espera, a mi encuentro, frente al museo. La noto cerca y lejana, fuera de mi alcance si intento rozarla, y aun así dispuesta a yacer en mi cama. ¿Cómo, si es que lo hay, y cuándo podré entrelazar mis dedos con los suyos fuera del lecho? ¿En qué momento nuestras miradas se fundirán en un cálido beso? Añoro su fragancia impregnando mi deseo, como su tierno cuerpo abrazado a mi pecho, pero por mucho que anhele no puedo hallarla más allá de en mis recuerdos, cual dulce memoria estancada en unos labios entreabiertos.
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas
domingo, 12 de mayo de 2019
miércoles, 14 de marzo de 2018
Miradas perdidas
Te observo esta noche donde tus pupilas no se cruzan con las mías y pienso “Efialtes...” en voz baja,
queriendo que tus ojos se fijen en los míos en mitad de una oscuridad estática,
en medio de un pedazo de tiempo congelado en papel, como si ese imposible fuera
realizable a través del susurro de una palabra.
La noche se ha posado sobre
tu cuerpo en forma de sábanas y acaricia tu piel mientras las manos,
invisibles, aprietan sus dedos anhelantes. Tus yemas reposan sobre la nada y
las mías sobre el recuerdo; si al menos pudieran cruzarse durante un breve
momento... quizá de esa forma las pupilas chocarían entre ellas y los labios
quedarían entreabiertos, sin necesidad de hablar, mientras las miradas
contemplan lo ajeno y el murmuro precede al suave e intangible beso.
miércoles, 27 de abril de 2016
A una reminiscencia
Un relámpago… Noche. Fugitiva beldad
cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?
Los versos se repetían una y otra vez en la cabeza. “Un relámpago…
Noche”. La tormenta amenazaba con nubes grises y centelleos
espontáneos en el cielo nocturno. “Fugitiva beldad”. Las imágenes pasaban por
la memoria, cual tren de cercanías. “¿…no he de verte jamás?”.
Rostros, caras, miradas, pupilas expresivas y olvidadas en la laguna que
la cabeza guarda. Todo circulaba como remotos fantasmas, translúcidos y a la
vez de forma clara. Cual espejismo, ilusión, que la mente provoca y guarda para
anhelar hasta el día de mañana. Día con llegada opaca.
Gestos, movimientos, una brisa, quizá, acariciando con timidez un
cuerpo, una mejilla, el pelo de una persona ajena. Una estación en la memoria,
unas pisadas que el oído evoca y una risa que los ojos retienen sabiendo que no
hay ninguna otra, aunque su imagen sea sorda. Un ligero desliz en la comisura,
un ligero roce de yemas, con dulzura, y un suspiro pasado que todavía dura.
¿Cuánto hará de esa vaga evocación? ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido
desde ese momento? ¿Acaso semanas?, ¿meses?, ¿quizá años? De verdad, ¿tanto
tiempo? Los ojos recuerdan el rostro, los labios el sabor, y el cerebro la
remembranza de aquel instante de tiempo indefinido. ¿Cuánto tiempo?
¿Cuánto tiempo habrá transcurrido…? Los dedos buscan el recuerdo y acarician el
aire, sombrío. El labio titubea y la palabra, como entonces, se esconde
perecedera, para morir, a solas, en cualquier recoveco oscuro de la cabeza.
¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo…? El temblor conlleva el estremecimiento y las manos
ocultan una máscara rota por el sufrimiento. ¿Cuánto…?
domingo, 7 de febrero de 2016
Se desvanece
Perdido
en el tiempo de una destructora indiferencia. Aislado en un mundo de libros y
letras. Te observo, a lo lejos, partir.
Veo
tu sombra apartarse de mi mirada, girar la cabeza entre decidida y asustada, y
escucho cómo, en un bello silencio, se parte mi alma. No puedo sostener mi
mirada; los ojos caen y las lágrimas me encharcan. ¿Cómo puedo hablar si mi
garganta ha sido cortada por unas tajantes y afiladas palabras? ¿Cómo puedo,
siquiera, sostener tu presencia si fue creada con simple y vana niebla?
Sencillamente, no puedo. Y admitir eso me destroza los dedos, que sangran desde
todos sus recovecos. Y busco de nuevo las teclas del recuerdo.
Pues
para mí, la belleza reside en el brillo de lo fugaz y una melodía de piano
pronta a terminar. Y aquí, como ves, cada vez hay más silenciosa oscuridad. Las
estrellas murieron hace ya tiempo, en explosiones de sentimiento, y el cielo se
apagó bajo el infinito, aplastado por quimeras impropias de los mitos. Ahora
sólo queda el mudo grito de quien escribe, como puede, desgarrándose (y la
evidencia de una ausencia implacable). Los pies ya ni siquiera se dignan a
levantarse y el agudo suelo se clava en mis carnes; alzo la cabeza en un último
intento de verte, pero sólo me queda una mirada triste y un cansancio
inagotable, pues tu sombra, a lo lejos, ya se ha vuelto inalcanzable.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Su mundo era lluvia
Su mundo
era lluvia. Y a veces, en ésta, se perdían mis lágrimas.
Quedaron
muy atrás las noches en vela donde observaba bajo la terraza, las madrugadas
donde las nubes se vislumbraban al inicio del alba antes de retirarnos a la
cama. Quedaron muy atrás, perdidas entre esas aguas encharcadas en las que, de
tanto en tanto, todavía me tiro para recordarlo. Quedaron atrás, demasiado
atrás.
Su mundo
era lluvia, sí, y cómo diluviaba. Caían centenares, millares de gotas a todas
horas. Y qué precioso era todo. Como su rostro, empapado, que a veces se
frotaba contra el mío para invitarme a visitarlo. O sus manos, suaves, que con
la delicadeza que su agua le otorgaba acariciaban las mías para cogerlas y
acercarme a ella y, así, poder acariciarla yo también; aunque sólo ocurriese
cuando cerrásemos los ojos y entreabriésemos nuestros labios, llenos de
suspiros.
Pero qué
necio fui. Necio o poco precavido. Pues no predije que, de tanta agua, acabaría
ahogado en aquel diluvio. No lo supe ver y dejé que me empapase de su
melancolía, de su dichosa desdicha y de aquella tristeza tan bonita convertida
en poesía. Permití que me guiase con su voz, cargada de emoción, que leía letras
de otros sitios y tiempos, hacia las puertas de lo que parecía ser el núcleo de
su sentimiento. Y yo entré, sin y a la vez con miedo, sabiendo y sin saber lo
que podría y conllevaría eso. Entré, y no me arrepiento.
Su mundo
era lluvia. Y, por suerte o por desgracia, me encantaba mojarme en ella, disfrutar
de aquel rincón único que guardaba en su interior y refugiarme hasta que me calase
en los huesos. Y bien que caló, sí, bien que caló; tanto que todavía no se me
quita el frío y yo tampoco lo permito. Me abrigo en mis brazos en ausencia de
los suyos y recuerdo esos momentos juntos, esa soledad compartida en la
oscuridad de una habitación donde el único brillo era el de una luna que se
escondía entre nubarrones, amenazantes pero encargados de hacer ese mundo
posible. Recuerdo esos ojos felinos llenos de astucia y esas palabras justas
que guardábamos en nuestras cabezas. Recuerdo, recuerdo y recuerdo, y miro al
frente, viendo sin ver, pues mi mirada se encuentra perdida entre miles de
gotas que, en mi triste memoria, no dejan de caer.
lunes, 21 de julio de 2014
Sueños de luciérnagas
Otro
trago del alcohol agrio de esa copa barata me devolvió a la realidad. A ese
pozo apestado de almas rotas que pretendían reencontrar sus fragmentos en el
fondo de alguna botella. Botellas que pedían auxilio al vacío mientras su
contenido era vertido y consumido por bebedores que se ahogaban según eran
embriagados con su sabor; un sabor que se perdía entre las luces parpadeantes
del exterior, entre aquellos neones brillantes de colorido que cautivaban los
ojos rojos de los borrachos ahí reunidos y perdidos, como si buscasen
explicaciones a través de unas ventanas llenas de mugre que parecen burlarse de
la insistente lluvia que golpea su superficie.
Los
dedos juegan con un cigarrillo apagado a medio consumir. Lo desmontan poco a
poco y llenan la barra de su tabaco, dispersándolo como mis pensamientos. Unos
pensamientos que viajan de un lado para otro, divagando entre presente y recuerdo;
espacios temporales fusionados en uno en el momento justo que la garganta que
ardía se suaviza y fatiga a los párpados.
La
oscuridad de los ojos cerrados trae la música. Y la música trae la claridad; un
punto blanco que centellea y se incrementa en medio de las tinieblas mentales
antes de apagarse súbitamente.
Un peso
cálido en el hombro hace que gire la cabeza despacio para toparme con aquel
rostro de astutos ojos que se graba en las pupilas, que se clava en la
mente. Tan profundo que duele. Pero sus labios, acompañados de una guitarra de
fondo, detienen el dolor. Y mi mirada, aturdida, solamente ve borrosas luciérnagas
hechas con el fuego de las candelas antes de alarmarse por un cuello que siente
un ahogo repentino. Un sofoco producido por aquella boca que ha dado un sorbo automático al líquido adulterado.
Y la
realidad choca. Choca, colisiona y perfora. Destroza mi alcoholizada cabeza que
se consume como la cera de esas anheladas velas que ahora navegan en el pasado,
ardiendo con unas llamas que ondean a base de suspiros extraviados. Y contemplo
aquel cristal, ahora libre de licor. Titubeo, dudo, pero antes de que el
sollozo se abra paso, pido que rellenen de nuevo el vaso para dar otro trago.
miércoles, 30 de abril de 2014
Brillo
Y si el
tiempo pudiera detenerse ahora, en esta oscura noche de negro cielo, mis dedos
recorrerían eternamente esa espalda de tenue brillo, con ligeras caricias que
simularían susurros al oído. Murmullos que recordaría tu mente cuando el reloj
retomase su labor, haciendo desaparecer mi presencia de tu habitación y
quedando únicamente en ese difuso y apenas perceptible recuerdo. Como el
escalofrío que erizó el vello de tu cuerpo.
Y si el
tiempo se hubiera detenido, quizá ahora acariciarías inconscientemente una de
tus mejillas, arrugada por una leve y desconocida sonrisa. Repasando con tus
yemas el mismo lugar donde mis labios se posaron antes de marchar,
despidiéndose prometiendo volver siempre que el tiempo volviera a suspenderse.
Pero el
tiempo no se detiene. Y me mantiene a raya, observante. Entreabriéndome una
puerta en la oscuridad para permitir que vea tu fina luz grisácea, creciendo y
disminuyendo como el fuego de una vela, pero yendo acorde a una respiración
suave y serena. Rodeada de disimuladas chispas que mueren y resurgen como
suspiros, perdidos en ese lejano y extraño vacío pensativo. Incitando a
detenerse y contemplar a escondidas, admirando aquel sutil fulgor que tu delicada
esencia exterioriza.
domingo, 5 de enero de 2014
Despedida
¡Buenas tardes, queridos lectores! Siento la tardanza del relato de esta semana, pues me encontraba de viaje desde el día 28 hasta ayer, lo que me impidió poder subir nada. Pero eso no impidió que escribiera alguna cosa esos días, por lo que aquí os dejo algo que espero que os guste a pesar de su brevedad.
“Normalmente,
cuando visitas a alguien que queda lejos, cuando vas de viaje a ver amistades o
conoces a gente nueva con la que congenias, involuntariamente les entregas una
parte de tu ser, una parte de tu afecto, una parte de tu cariño que, en la
mayoría de los casos, te es devuelto en mayor o menor intensidad. Por ello,
cuando toca la hora de despedirse, la hora de decir adiós (que en el fondo es
un “hasta pronto” (o eso piensas en tu interior)), te duele. Y no te duele por
la persona, no. Te duele por lo que representa para ti, por lo que ese alguien
deja de ser (un desconocido, un extraño) y por lo que se convierte (una parte
de ti). Es por esa razón que, cuando toca despedirse de quien has convertido en
una pieza más de tu ser, duele tanto. A pesar de que, dentro de ti, te alegra
el saber que ambos seáis importantes el uno para el otro.”
Leyó la nota susurrando cada palabra, recordando la
voz de quien acababa de marcharse al imaginar cómo las pronunciaría. Era un día
triste, sí. Llovía y las grises nubes cubrían el cielo. ¿Pero acaso el Sol no estaba
tras ellas, brillando y dando calor a pesar de que no se pudiera ver? Fue
justamente por esa razón que sonrió levemente a pesar de la tristeza que
embriagaba su cuerpo, pues sabía que, como resplandecía ese astro tras los
nubarrones, aquella persona también se encontraría ahí a pesar de los acontecimientos
que pudieran suceder hasta poder volver a verse
Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado pese a su brevedad? Espero que así sea. Además de que ya sabéis que podéis comentar, valorar, opinar, compartir y demás aquí abajo sin ningún tipo de problema.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
acontecimientos,
afecto,
despedida,
felicidad,
importancia,
lejanía,
nota,
palabras,
recuerdo,
reflexión,
tristeza,
viaje
lunes, 26 de agosto de 2013
Victoria
¡Buenas noches queridos lectores! Hoy, a las tantas de la madrugada, os traigo un relato que he escrito hará cosa de unas escasas horas el cual lo adjuntaré con una banda sonora abajo (como ya he hecho en más de una ocasión) pero por el hecho de que me ha inspirado este relato. Aunque, esta vez, a diferencia de las otras, la banda sonora tiene diversas partes, como el relato, y cada una está ligada con una parte del relato (que, leído a velocidad más o menos normal, debería encajar en el tiempo). Pero bueno, aquí os dejo el relato y abajo el vídeo.
Sus
rodillas se hundieron en el suelo, junto a la hoja de su espada. Sus manos se
posaron sobre su regazo, mientras agachaba la cabeza. El silencio inundaba el
lugar y sólo se podía percibir la brisa ululando por el interior de su dañado casco.
La
sangre corría por el descampado, formando nuevos ríos y charcos, manchando de
rojo el verde prado. Tintando de granate los estandartes clavados. Fluyendo de
los cuerpos del suelo, la mayoría sin poder volver a ser reconocidos nunca más.
Alzó la
cabeza al cielo y miró con sus pequeños ojos las nubes, buscando una respuesta
mientras se enfrascaba en sus recuerdos, rememorando como había ocurrido todo,
recordando el crepitar del fuego en la chimenea incitándole a ir a la guerra, a
hacerse un nombre batallando.
Golpes
de escudos, los unos con los otros y contra los pechos de sus portadores.
Jinetes en altivas monturas centelleando bajo la luz del día, como estrellas en
mitad del firmamento, por sus armaduras pulidas. Guerreros, soldados todos
ellos, de mismas condiciones e igualdades. Héroes para sus seres queridos,
monstruos para sus enemigos.
Miró la
explanada que se extendía frente a él y observó los otros combatientes. Luego
suspiró, dejando que el viento acariciara su rostro y cabellera antes de
colocarse el yelmo, justo al sonar a lo lejos el gran cuerno. Indicando el
comienzo del gran acontecimiento.
Cerró
los ojos, relajando todo su cuerpo, y revivió otro momento, uno de más cercano.
El último vivido.
Recordó
el acero brillar bajo los soles. Las chispas saliendo con su choque y los
gritos eufóricos de los batallantes, disfrutando ser portadores de la muerte.
Rememoró las lecciones aprendidas de joven llevadas a la práctica, manejando el
hierro en lugar de la madera. Y la euforia, la alegría, el bienestar tras
insertar la hoja de su arma en el pecho de quien momentos antes le intentaba
matar.
Un
encuentro de espadas, un resplandor momentáneo entre ellas, en el cielo, y un
cuerpo cayendo al suelo. Un vencedor avanzando a por otro vencedor, luchando
sin descanso hasta convertir a uno de ellos en perdedor. Muriendo y matando honradamente
en un combate hasta el final.
Sin
importar nada más que la gloria y el honor por ser el campeón de campeones.
Las
nubes amenazaron en el cielo para dar paso a la lluvia. Las gotas repiquetearon
en su magullada armadura, oscurecieron el color de su capa y empaparon su piel,
limpiándola de toda mancha y suciedad.
Regaron
la hierba y lavaron la tierra de todo mal producido. Y finalmente respondió al
invicto, dándole un claro mensaje, pues pese a ser el mejor de todos ya no
quedaba nadie para alabarle, más allá del cielo y los Dioses, que fueron meros
espectadores.
Bueno, ¿qué os ha parecido? Espero que haya sido de vuestro agrado y se haya podido compaginar bien la música con el relato, pese a que quizá alguna parte de la narración es demasiado breve para esa "sección" dentro del soundtrack, pero creo que si se escucha antes la música y luego se lee con ésta se sabrá compaginar bien. Además, ya sabéis que aquí abajo podéis valorar, comentar, compartir y demás sin ningún problema.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
alboroto,
batalla,
cielo,
contienda,
Dioses,
fantasía épica,
guerra,
guerreros,
invicto,
lluvia,
muerte,
narración,
recuerdo,
relato,
Requiem for Soldiers,
sangre,
Twin Scoring Studio,
vencedor,
victoria,
violencia
sábado, 9 de marzo de 2013
Un bar cualquiera - Recordando (II)
¡Buenos días queridos lectores! Es sábado, sigo enfermo, pero creo que ya me he acostumbrado a esto. Ni idea. Pero bueno, no dejemos que esta maldita fiebre me impida publicar relatos y capítulos en el blog. Por lo que, como toca, hoy os cuelgo de buena mañana la continuación del capítulo anterior (os dejo el link por si no lo habéis leído todavía). Además, seguramente use un poquito más Wattpad (que lo tengo algo abandonado, francamente) y cuelgue ahí también la serie semanal (pero claro, solo sería algún que otro fragmento, porque lo que me interesa es el blog, no Wattpad. Sí, pondría el típico "para leer más, dale al siguiente link" o algo por el estilo. Ya veré).
Pero bueno, como he dicho, os dejo con el capítulo que toca y, por último, espero que disfrutéis de la lectura.
La imagen volvió a desaparecer poco a poco, haciéndose
pedazos hasta quedarme de nuevo en ese habitáculo blanquecino. Mis mejillas
estaban húmedas y sentía un extraño dolor en el pecho. Harry me llamó y ladeé
levemente mi cabeza.
-Matt, algunos recuerdos pueden ser dolorosos… Pero no te
dejes llevar por las emociones o la cosa se podría poner fea.
-Acabo de ver como ha muerto mi madre –le reproché,
todavía sin girarme-. Y como yo tuve en parte la culpa.
-Eras un niño, no podías hacer nada…
-¡Aún así! ¿¡Por qué a mí no me ocurrió nada!?
-Eso es lo que vamos a investigar, Matt. Pero para ello
debes calmarte.
Respiré hondo y le indiqué que ya me había calmado. Él
asintió con la cabeza y volvimos a mi escuela. Por lo visto creía que ahí debía
haber algo que se me escapaba de mi entendimiento.
Harry, con el recuerdo detenido, empezó a observar
detenidamente toda la clase. Como si buscara alguna pista, alguna señal. Por mi
parte, yo seguía observando a mi yo pasado y, un destello en su mirada, hizo
que me entrara la curiosidad, por lo que me acerqué y puse mi mano sobre su
mejilla.
-¡Matt, no!
La voz de Harry provino del fondo, pero cuando me giré
para observarle el lugar se había vuelto a despedazar y estaba en mi cuerpo de
niño otra vez. Solamente que esta vez estaba delante de mi nuevo hogar, en
mitad de la mudanza con mi padre.
Esta vez no escuché la voz de Harry en mi cabeza, pero
supuse que debía dejar que el recuerdo fluyese con normalidad, como en el
accidente. Pero algo extraño sucedía. Yo estaba quieto en la calle, observando
a mi padre como cargaba y descargaba las cosas del camión en silencio junto a
dos trabajadores de mudanzas, pero todo iba rápido. Muy rápido. Y mi cuerpecito
seguía ahí quieto, observando.
Hasta que una mano tocó mi hombro y me giré. Era mi padre
que me indicaba que la cena ya estaba servida y que entrara ya, debido a que
empezaba a refrescar.
Por lo visto, en unos segundos, había pasado de la mañana
a la noche y, al entrar, el piso ya estaba casi completamente amueblado.
Fui a la nueva cocina y me comí la cena precocinada
lentamente, mientras mi padre volvía a moverse rápidamente. Pero no sólo él,
sino todo alrededor: la noche se iba volviendo más oscura, las noticias del
televisor eran apenas entendibles debido a la velocidad en la que hablaban…
Pero parecía que a mi yo pasado eso no le importaba. Ni siquiera lo notaba.
Miraba todo el rato al frente mientras iba comiendo lentamente de su bandeja.
Y así hasta irse a la cama, que se tumbó boca abajo,
mirando al despertador y, lo que uno consideraría los cinco minutos para
dormirse, según el reloj fueron casi un par de horas.
Cuando abrí los ojos, al despertarme, volvía a estar en
la clase. Me giré, hacia la pizarra, pero Harry ya no estaba. Volví a mirar a
mi yo pasado y atrás, pero tampoco estaba ahí.
-¿Matt? –Preguntó una voz a mis espaldas.
-¿Si? –Me giré y pude observar a Harry, solo que tenía
algo cambiado y no sabía identificar el que-. ¿Dónde te habías metido?
-Te fui a buscar –su voz era algo más grave, apenas
perceptible-, pero no te encontré.
-Entiendo… Pero ¿qué es lo que acaba de suceder?
-¡Ah, nada del otro mundo! Solamente te has metido en
otro de tus recuerdos dentro de este recuerdo sin que yo me hubiera podido
anexar.
-Ajá…
-Pero creo que he descubierto como arreglar las cosas
–dijo, sonriente-, Matt. Y creo que esto te alegrará.
-Enséñamelo, pues.
-Claro. Coge mi mano.
Extendió su brazo y yo le cogí de la mano. Acto seguido
volvimos juntos al recuerdo del accidente, pero no volviéndolo a vivir todo de
nuevo. Solamente momentos antes de la explosión y, cuando esta tuvo lugar,
Harry que parecía estar sentado atrás como podía, me indicó que abrazara a mi
madre.
Y así hice, dejando de obedecer la norma que me impuso en
un inicio de dejar que las cosas fluyeran, controlé mi cuerpo infantil y abracé
a mi madre, quien también me abrazó a mí.
Cuando la cosa pareció calmarse, abrí los ojos y miré de
reojo atrás. Harry ya no parecía estar. Luego miré arriba, observando a mi
madre que ya había dejado de abrazarme tan fuerte, y vi como la comisura de sus
labios formaban una pequeña sonrisa.
Espero que os haya gustado. Creo que pocos os esperaríais esto (ni idea, si os lo esperabais... os aplaudiría, francamente), pero aún así ¿qué os ha parecido? Espero que os guste, además de seguiros dejándoos con la intriga de "¿qué pasará ahora?" para que sigáis leyendo esta pequeña serie. Así que, como siempre, podéis ir diciendo lo que os parece y demás comentando, valorando, opinando, etcétera, etcétera. Y hago un pequeño aviso de que, dentro de pocos capítulos (ya veréis porque), seguramente se modifique un poco el estilo de narración y el narrador, pero no os digo más.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
accidente,
continuación,
decisión,
ficción,
madre,
Matt Storm,
miedo,
modificación,
narración,
padre,
pasado,
recuerdo,
un bar cualquiera
domingo, 24 de febrero de 2013
Un bar cualquiera - Recordando
¡Buenos días queridos lectores! Como indiqué por Twitter, hoy os subo el siguiente capítulo de Un bar cualquiera, a pesar del poco tiempo que dispongo este fin de semana (aunque seguramente no lograré hacer todo lo que tenía propuesto...), pero bueno, uno hace lo que puede. Además, con esta entrada voy a probar lo de añadir Sangría a todas las entradas sin tenerlo ya que hacer yo manualmente (así que quizá, los párrafos más antiguos que este, los relatos seguramente tendrán una sangría más larga, cosa que me dedicaré a reducir un día que disponga de tiempo).
Bien, no nos desviemos y os haré una pequeña y breve introducción al capítulo: esta vez e intentado que sea más largo que los últimos, es por ello que seguramente vaya a constar con dos partes (para no hacer entradas demasiado extensas), aunque eso no quita que vaya subiendo los capítulos cada dos semanas como dije en su día. Lo siento, pero no adelantaré las cosas, que luego todo son prisas (aunque ya me gustaría a mi poder hacer la serie semanal de verdad...). Pero bueno, os dejo ya con el capítulo y espero que os guste.
Me levanté del suelo rascándome la nuca, dolorida, y miré
a mí alrededor. Todo parecía haberse detenido. En un solo parpadeo toda la
estancia quedó en blanco y negro y recordé como James me miraba mientras un
enorme cansancio se apoderaba de mi cuerpo, haciéndome perder las fuerzas y
desfallecer cayendo al suelo mientras Jack acababa de sacar el extraño aparato
de la caja.
Pero yo seguía en esa estancia, me había levantado y Jack
estaba aún con las manos dentro de la caja metálica y James todavía me
observaba.
-Estás en un recuerdo –dijo una conocida voz a mis
espaldas.
Me giré inmediatamente y observé, de nuevo, a Harry. A
pesar del poco contacto que había mantenido con él y, que quizá fuera el
miembro más desconocido y misterioso para mí, hasta el momento era el único que
me había caído realmente bien.
-Ahora mismo tu cuerpo físico, tu verdadero cuerpo, se
encuentra en otra habitación. Acompáñame, así lo verás.
No dudé y le seguí, entrando por una puerta tras de él.
Pero nada más pasarla volvió a pasar lo de la otra vez: veía desde los ojos de
Harry, no los míos. Pues mi cuerpo se encontraba en una silla metálica, atado
por los tobillos y las muñecas, además de la frente a esa silla. Pero tenía los
ojos cerrados, como si durmiese.
James estaba a mi lado, a punto de ponerme un extraño
casco mientras Jack parecía activar la máquina que había encima de la mesa de
delante de mi cuerpo. La escena todavía seguía inmóvil, en blanco y negro.
-¿Todavía seguimos en un recuerdo? –mi voz resonó en mi
cabeza, pues no fue pronunciada por mis labios.
-Sí. Pero esta vez en uno mío, es por ello que lo ves
desde mis ojos. En esta ocasión no hay ningún truquillo de James por en medio como
la otra vez.
En el fondo tenía su lógica, pues no podría recordar nada
de esto si realmente estaba dormido. Aún así seguía sin saber del todo que
ocurría. Harry pareció escucharme los pensamientos, pues de pronto la escena
fue desapareciendo hasta volver a estar ambos en un solo sitio. Solo que esta
vez era un lugar completamente blanco.
-¿Entonces, tú estás en la sala conmigo?
-Ajá, incluso también llevo en la cabeza el mismo aparato
que viste que te estaban poniendo. A mí me dejaron consciente para poder
mostrártelo como acabo de hacer –su voz seguía igual de amable que siempre, eso
era otra cosa que me gustaba de él-. Además que como yo ya conozco “mi don” no
corro riesgo alguno con esta máquina –sonrió-. Es por ello que debo encargarme
también de que tú no lo corras.
-Entiendo… Pero, ¿qué es este lugar exactamente?
-Un almacén, podría decirse.
-¿Un almacén? ¿De qué? ¿Para qué…?
-De tus vivencias, por decirlo de alguna manera.
Harry pasó su pulgar derecho por el monóculo, como
limpiándolo, y luego lo giró lentamente hacia la izquierda. Una tanda de
imágenes empezaron a invadir el lugar, pero no imágenes delante de nosotros
sino como si rebobinaran una cinta de vídeo y nosotros nos quedáramos quietos
en el mismo lugar. Hasta que al final se detuvo en una escena. La que recordé
cuando James hurgó en mi cabeza. Solo que esta vez, en lugar de estar en mi
cuerpo de trece años, me veía a mí mismo. Veía a mí yo pasado detenido en el
tiempo a escasos metros de distancia.
-¿Qué recordabas en estos momentos, Matt? –Me preguntó
mirándome de reojo un instante, luego pareció volver a analizar a mí yo
infantil.
-Recordé… –me rasqué la barbilla, haciendo memoria-
Recordé el accidente, la mudanza y… todo lo relacionado con el porqué repetí
curso. ¿Acaso es importante?
-Puede que sí, puede que no –dio suaves golpecitos en su
monóculo, como si estuviera concentrado-. Vayamos al recuerdo inicial.
Harry me indicó mirar a mis propios ojos y estos
parecieron agrandarse hasta adentrarnos en la negra pupila. Adentrándonos en el
recuerdo.
Esta vez sí que volví a mi cuerpo infantil, concretamente
de siete años. Y todavía más concretamente en el asiento de copiloto en el
coche de mi madre.
Sé perfectamente que a esta edad debería estar sentado
atrás, pero llevábamos los paquetes de unos nuevos muebles que habíamos
comprado, por lo que no tenía espacio y me senté delante.
“No fuerces nada,
deja que las cosas sucedan” las palabras de Harry resonaron en mi cabeza,
pues no se encontraba por ninguna parte. Así que le hice caso y el recuerdo
avanzó.
Miraba por la ventana, tanto la de la puerta como por el
vidrio de la luna, aprovechando que era la primera vez que montaba enfrente y
tenía una mejor visión que desde lo que veía siempre desde atrás.
Cada dos por tres llamaba la atención de mi madre,
indicándole las formas que cobraban las nubes en el azulado cielo y ella reía
diciéndome que las veía y señalándome de vez en cuando alguna que ella veía.
-Veo, veo –dije.
-¿Qué ves?
-Una cosita.
-¿De qué color es?
-De color… De color… ¡Naranja!
-¿Naranja…? ¿Tu suéter? –preguntó mirándome.
-No, no. Frío, frío.
-Uhm… -empezó a mirar por todos lados, mientras yo veía
que nos acercábamos a lo que había visto-. ¿Quizá tu maquinita?
Negué y ella siguió buscando, aunque no tardé en avisarla
de que nos estábamos acercando.
Ella se extrañó y miró al frente de nuevo, pues se había
despistado de la conducción, y frenó de golpe, pues por poco nos chocamos con
la cisterna roja de un camión.
-¡Que susto! ¡Podías haber avisado antes a mamá!
-Lo siento… Pensé que si no te decía nada verías antes lo
naranja...
-¿Lo naranja? El camión es rojo, cielo.
-Yo no digo el camión, mami.
-¿Entonces? –volvió a preguntar mientras observaba de
reojo hacía donde mi pequeña manita indicaba.
No tuvo tiempo a reaccionar, pues su cara lo expreso
todo. Nada más girar el rostro para ver lo que señalaba el camión explotó a
causa del fuego producido en el motor.
Yo la miré a ella, quien se giró rápidamente hacia mí y
me indicaba que me agachase. Todo sucedía muy lento y, cuando un trozo de metal
rompió el cristal y me cortó en la mejilla cerré los ojos con fuerza.
Desapareciendo de mi vista toda la escena.
Cuando ya no escuché nada abrí los ojos, poco a poco. Con
miedo. Y miré a mi madre.
-¿Mamá? –pregunté-. ¿Mamá…?
Cogí su mano, aferrada al volante, y la puse entre mis
manitas. Al instante vi como una pieza metálica atravesaba su abdomen, pero
seguía sin entender porqué no reaccionaba cuando la llamaba. Seguía sin
entender porqué estaba quieta, mirando al frente. No supe que era la muerte
hasta ese instante.
Bueno, ¿qué os ha parecido? Sé que el final es algo... "chocante" por así decirlo, aunque es mejor que opinéis vosotros sobre esto, cosa que podéis hacer comentando, opinando, valorando... etcétera, etcétera. Pero bueno, nos vemos en la próxima entrada. Ya sabéis que por cualquier cosa, podéis contactar conmigo sin problemas.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
accidente,
ficción,
Harry Dietrich,
Jack,
James,
Matt Storm,
memoria,
narración,
pasado,
pérdida,
recuerdo,
sensaciones,
serie,
un bar cualquiera
viernes, 11 de enero de 2013
Guerra
¡Buenas tardes queridos lectores! Quiero empezar con otras disculpas. Sé que me disculpo mucho y tal, pero de verdad, lo siento. Os explicaré el caso: llegué el día 5 por la mañana, tuve que preparar algunos regalos para el día siguiente, que estuve en familia y quise tomarme entonces el día 7 "libre" por así decirlo. Luego empezaron las clases y no encontré el momento ideal para colgar un relato, además de que deberé ponerme más enserio con el tema. Así que propongo un pequeño cambio que hará más fácil llevar el blog y seguramente más cómodo: alternaré los días. Los fin de semana colgaré un capítulo de Un bar cualquiera y, de lunes a viernes, intentaré ir colgando algún que otro relato suelto. A ver si así me resulta más sencillo.
Pensé en seguir "desaparecido" hasta el lunes que viene, pues este fin de semana tampoco dispongo de demasiado tiempo (así que empezaré con la nueva idea a partir del lunes que viene), por lo que dudo poder colgar algo. Aún así, para la semana que viene esto ya volverá a ser lo que era (además de que me daba cosa el ver como la gente seguía visitando el blog y no debía encontrar nada nuevo).
Bueno, pues creo que esto es todo. Aunque no os dejaré sin relato, al menos hoy publicaré uno que escribí ayer por la noche en un pequeño momento de "inspiración" y que lo titulé como "Guerra". Espero que os guste.
Esplendorosa en un día, gloriosa en otro, magnificente en los demás. Quién diría que podría acabar de esa manera. Quién, siquiera, pudiese imaginar como sus marfileños muros terminarían de tal manera junto al resto del lugar.
Nadie pudiera nunca imaginarse tal cosa, pues la suntuosidad de este emplazamiento nunca había sido mancillada en ningún momento. Pero como las viejas lenguas dijeran, todo tiene su primera vez. Desgraciadamente, para esta situación fuera la primera y última.
Grandiosa desde el momento primero hasta el último, se mantuvo en pie y resistió todos los golpes y, aunque claramente quedó dañada, su memoria perduraría. Perduraría en un recuerdo de cuando los más lejanos viajantes paseaban por sus patios y pasadizos en busca de conocimiento. Perduraría en un recuerdo donde los más jóvenes preguntaban a los ancianos, ansiosos por el saber. Perduraría en un recuerdo donde las respuestas a todas las preguntas se encontraban entre los muros blanquecinos.
Infausta noticia de que la guerra se perdía y no había remedio alguno para evitar ese hecho trágico. Infausta porque los vencedores, por muchas horas que sus gentes anteriormente hubieran visitado dicha localidad en busca de comprensión, no tuvieron respeto alguno. No, no lo tuvieron y no les bastó con sitiar el lugar, asesinando y violando allá por donde pisaran. Sin olvidar las hogueras, las hogueras donde la sabiduría reunida se convertía en grisáceo humo que ascendiera hacia su origen, el hogar de los dioses en los cielos.
No hubo lugar donde no ultrajaran el honor de los inocentes, tanto doncellas como infantes. No hubo lugar donde las perlas rojizas de la vida no mancharan suelo y paredes al salpicar de los cuerpos indefensos de los rendidos y derrotados. Y, una vez el exterminio y la cremación de la sapiencia fuera acabada, empezaron con la de los hombres. Desdichados aquellos que no murieron en contienda o en asedio, pues sus resquebrajadas mentes sufrieron el peor de los horrores. Vieron como en el foso los fueran echando. A ellos y al resto. Para luego calcinarles bajo las intensas flamas, tan intensas como el color rojizo hambriento de sangre en las pupilas de las bestias que observan la ocurrencia de su líder con festividad por la victoria en otro lugar. Un lugar desarmado y casto. Un lugar que jamás tuviera culpa alguna sobre la batalla librada entre imperios.
¿Os gustó? Ojalá sea así. Ya sabéis de más que lo podéis compartir, valorar y demás con las opciones que hay abajo y repito que el capítulo de Un bar cualquiera lo subiré el fin de semana que viene y ruego que disculpéis las molestias, procuraré que esto no vuelva a pasar o pase en casos muy especiales. Así que esto es todo por el momento. Supongo que nos veremos de lunes a viernes en la semana que viene, sino, el fin de semana seguro. Además de que quizá haga algún retoque en el diseño de las entradas, pero eso ya se verá.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
asedio,
conquista,
desgracia,
exterminio,
ficción,
guerra,
impotencia,
incomprensión,
inocencia,
inocentes,
lucha,
masacre,
memoria,
narración,
pasado,
recuerdo,
relato,
viaje,
violencia
domingo, 23 de diciembre de 2012
Elegido
¡Buenas tardes queridos lectores! ¿Todo bien por ahí? Espero que si. Pero bueno, hoy os traigo lo prometido: una sorpresita prenavideña. Y aquí os la traigo, pues se trata de un relato original que escribí con 9 años (dispensad algunas faltas ortográficas por favor) y para que veáis que es original os colgaré la foto del escrito para que podáis leerlo vosotros mismos.
Aunque bueno, pensé en que esto no bastaría, por lo que os colgaré una renovación de este relato además de especificar ciertas cositas para que no quede tan confuso en algunos aspectos (lo dicho, en mi cabecita está bien claro, pero lo importante es que el lector lo entienda, pero en esa edad como yo lo entendía, para mí era suficiente). Aquí os dejo la nueva versión:
En un mundo de dragones y
demás criaturas mágicas, donde el hombre apenas tenía poder, ni siquiera en sus
propios reinos, nació un niño, un niño humano que más tarde sería capaz de
guiar a sus iguales para tomar las riendas de su civilización y alcanzar su
meta. Dicho joven sería conocido como el Elegido, pues su verdadero nombre se
desconocería debido a que no tendría importancia alguna ya que su importancia
recaería en sus actos.
Aún así, el Elegido
toparía un día con un rival digno. Tan digno y honrado sería, que este no
caería bajo su espada ni la de sus fieles, pues lograría vencerlo. Pero a costa
de algo preciado tanto para él como para su estirpe: su vida. Es por ello, que
en el momento de la verdad, la criatura capaz de derrotarlo deberá observar el
valor de su corazón y plantearse si este realmente se encontraba preparado para
el enfrentamiento pues, si no lo estaba, por mucho que lo intentase, perecería.
Y, es por ello, que muchos ineptos, creyentes de ser la criatura que acabaría
con la tiranía del hombre, morirían en vano.
-¿Qué ocurre, mago?
–Preguntó un consejero de la asamblea Dragonante.
-Se me ha aparecido una
visión.
-¿Una visión? –Preguntó
extrañado el anciano dragonante, que vestía con unas túnicas marrones algo
desgastadas.- ¿Cómo era la visión?
-Mataban a todos. Sin excepción.
Ellos se alzarán de sus mugrientas moradas y adoraran a un único ser, que será
capaz de aniquilar a toda criatura que encuentre a su paso.
-¿Quiénes son ellos,
mago?
-Los humanos. Un hombre
nacerá y, cuando crezca, ya nada importará, pues a todos nos matará. Pero, aún
así…
-¿Aún así qué?
El aún más viejo
dragonante, el cual poseía dotes mágicas y capacidades que otros dragonantes no
poseían, tosió y luego carraspeó, para acabar con su visión.
-Hay un dragón… O más
bien criatura… En este mundo que podrá detener su avance de conquista a costa
de nuestras muertes, pues no será el Elegido que se lo encontrará a su paso,
sino él que se encontrará al joven al suyo y por ello logrará vencerlo. Pero,
desgraciadamente, dicha criatura no está entre nosotros. Aunque, a pesar de
ello, muchos necios creerán poder, yendo al paso del hombre para cruzarse con
ellos, pero es por ello que no lo derrotarán, pues lo habrán buscado.
Tras hablar sin apenas
coger aire para respirar, el brujo cayó al empedrado suelo por faltas de
fuerzas mientras el consejero corría a la asamblea Dragonante, apresuradamente
por traer las nuevas.
Bueno, espero que les haya gustado este pequeña sorpresa que tenía reservada para vosotros como mi regalo anticipado de Navidad. Y añado que para mi, un dragonante, vendría a ser como una mezcla entre humano y dragón, es decir, como un humanoide réptil pero más parecido a los dragones que al resto de reptiles, además de que su parte humana solamente sería en el hecho de llevar vestimentas, tener sociedades y caminar a dos patas para usar las delanteras como manos. Pero aún así, si lo habéis imaginado diferente, dejadlo tal cual: sea libre la imaginación y el poder imaginar.
Aún así, os añado un pequeño dibujo que hice detrás del folio en su momento. No lo recuerdo muy bien, pero creo que simboliza al Elegido guiando a los hombres por la conquista y arrasando con todas las criaturas que encuentran a su paso, en este caso, algo parecido a los dragones/monstruos que dibujaba en esa edad:
![]() |
| Nótese que la armadura del Elegido está escamada, como si fuera de escamas de dragón, además de la corona, que puede ser perfectamente hecha con colmillos de diversas bestias. |
Y bueno, aprovecho para decir que ya puse el gadget en la columna lateral derecha. Espero que os haya gustado mi pequeño regalito casero y lleno de recuerdos, así que nos vemos.
¡Un saludo y hasta la próxima!
domingo, 9 de diciembre de 2012
Recuerdo
¡Buenas tardes estimados lectores! Esta vez si que no me retrasaré con el relato correspondiente al fin de semana. Aunque he de admitir que me he tomado un pequeño respiro y tonto de mi, ahora tengo acumulado todo.
Pero bueno, el relato que hoy os traigo está escrito ahora en un momentito. Creo que haré eso de tanto en tanto, chasquear los dedos y dejar que surja de mi mente lo que haya en ese momento y escribirlo. A ver si os gusta también mis improvisaciones, aunque sé perfectamente que todo depende de la inspiración en estos casos y, por ello, habrá relatos mejores y otros de peores. Pero espero que nunca consideréis ninguno como "malo".
También he estado pensando en abrir alguna pequeña sección donde suba algunas de las canciones (básicamente soundtracks, si no lo son todas...) que más me han gustado, y creo que gustarían, para escribir algún relato o alguna parte de ese. Aunque eso ya se verá.
Otra cosa que he pensado es que, al haber jugado estos días un poco a un juego llamado Spore, intentar usar el creador de criaturas de este juego para moldear muchas de las que caminan y rondan por mi cabecita, paseandose de arriba abajo. Alguna vez para acompañarlas de un relato, otras de su historia y, otras, simplemente de una descripción y explicación, además de si fueron planteadas para algún relato. Pero eso ya lo miraré y seguramente sería en el mismo hueco de los relatos de fin de semana, el de miércoles-jueves de la serie semanal no lo tocaré.
Pero bueno, volviendo al relato, espero que os guste y disfrutéis de la lectura.
El columpio iba disminuyendo su velocidad, deteniéndose, en mitad de ese
solitario parque y esa también solitaria tarde. No hacía mucho que había
empezado a ponerse el sol, causando la oscuridad del lugar. Aunque las luces
blanquecinas de las farolas que había por la calle iluminaron de nuevo ese
lugar gracias a su tenue brillo.
Puso los pies en el suelo, cosa que no había hecho desde que subió encima
de ese pequeño y oscuro asiento. Antes solía ir al balancín, pero desde que él
no estaba allí no era lo mismo. Ni siquiera visitar ese parque que hicieron
suyo, reparándolo y construyéndolo ambos. Juntos.
No tenía demasiadas cosas, pero la sencillez del lugar hacía que fuera más
especial. Hasta que ocurrió ese infortunado accidente automovilístico, donde le
perdió. Por culpa de alguien que más tarde salió impune.
Apretó los dientes. Apretó con más fuerza las cadenas que había en sus
pequeñas y delicadas manos. Pisó con más fuerza el suelo.
Estaba cabizbaja, con la mirada oculta por la sombra de su cabeza causada
por un pequeño farol que había a su espalda. Un ligero brillo se deslizó por su
blanquecina mejilla hasta la barbilla, donde se precipitó a la arena del suelo.
Tras ese diminuto destello, más gotas húmedas y resplandecientes, por contraste
a la perlina luz, fueron bajando, lentamente.
Odiaba lo que había sucedido. Siempre se preguntaba el porqué y nunca obtenía
respuesta. Aunque lo deseara desde lo más profundo de su alma. Aunque deseara
que las tornes se hubieran intercambiado. Pero por mucho que deseara, lo
sucedido no cambiaría.
Se levantó, sin ganas de hacer nada a excepción de llorar y, por ello, le
brotaba una rabia interna. No quería llorar, prometió no hacerlo. Se lo
prometió. Pero fue una promesa que nunca pudo cumplir.
Otra vez su mente se preguntó cómo podía haber ocurrido tal cosa. Porque la
dejó sola a pesar de todas las promesas. Miró al cielo, enfadada. Pero algo, pequeño
y frío, hizo disipar todas esas ideas de su cabeza.
Un pequeño copo blanco de nieve había tocado su pequeña y fina nariz,
haciendo que se volviera agua por su calor corporal. Después de ese, más copos
pequeños empezaron a caer del cielo y un arrepentimiento invadió su ser
mientras sus ojos grandes y azules centelleaban levemente debido a que seguían
húmedos.
Se preguntó cómo le había podido culpar de abandonarla si nunca lo quiso
hacer. Otra lágrima se deslizó mejilla abajo. Se preguntó también cómo le había
podido acusar de abandono, pues nunca la había abandonado.
Espero que os haya gustado el relato "instantáneo". Ya sabéis que podéis opinar aquí abajo, comentar qué tal o compartirlo. Hay un gran número de posibilidades y ninguna restricción. Así que adelante, que no muerde. Pero bueno, nos vemos en la entrada que tocará para el siguiente capítulo de la serie.
¡Un saludo y hasta la próxima!
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Un bar cualquiera - Recuerdos
¡Buenos días queridos lectores! Cuanto tiempo sin hacer una entrada de buena mañana, ¿eh? Bueno, he de admitir que esta vez me permito el lujo por lo de la vaga general (sé que debería estar manifestándome y todo eso, pero aún tengo muchas cosas que hacer y, francamente, no hay nada como poder publicar algo de buena mañana.
Así que bueno, hoy no tengo demasiadas cosas que contar, ya que es una entrada publicada de "buena mañana". Así que os explicaré algunas cosas que tenía pensadas:
Para empezar, seguramente utilice lo de Wattpad (y alguna web por el estilo) donde colgaré el inicio de esta serie (si le gusta a la gente... Que lo lean directamente del blog, jeje) y algún relato más. Pero tranquilos, el blog será el único lugar exclusivo donde colgaré mis escritos (a no ser que se presenten para un concurso y deban ser inéditos, claro está).
Así que bueno, vayamos al relato. Hoy es un capítulo corto, como toda serie, tiene sus capítulos más largos y más cortos, pero creo que este no hacía falta alargarlo más. Una vez leído supongo que lo entenderéis. Pero no os entretendré más, aquí lo tenéis:
Volvía
a tener trece años, estaba en la escuela. Primaria aún, ya que tuve que repetir
un curso debido a las mudanzas al piso de soltero de mi padre desde que mi
madre murió en un accidente automovilístico, en el cual yo estuve. Esa mudanza se
debió a que él no ganaba lo suficiente para poder pagar la hipoteca de la casa
del campo donde habíamos decidido vivir hasta entonces, aunque fuera el sueño
de mi madre. Nunca mi padre me echó nada en cara, pero tampoco quiso hablar del
tema. Sabía perfectamente que le afectaba, pues todas las noches de mis once
años lo escuchaba llorar en la habitación de al lado. A pesar de que él no
dijera nada yo sabía por alguna razón, que su muerte había sido culpa mía. Yo
hubiera podido evitar ese accidente, pero era esa sensación que tienes de
pequeño de poder hacer todo pero no saber cómo.
Todo
eso pasó por mi mente durante, por mi mirada clavada en el reloj de aguja de
encima la pizarra, sólo dos minutos. Todo el accidente, el camión precipitándose
hacía nuestro coche, pareciendo que todo fuera a cámara lenta debido a la tensión.
Toda la mudanza, donde mi padre casi ni hablaba ni comía, solamente actuaba con
la mirada perdida. Todo ese año, que pareció no tener sentido alguno. Todo circuló
por mí mente en apenas dos minutos.
Algo
no cuadraba en eso. Todo un año vivido en dos minutos…
Vale, sé que puede ser bastante breve, así que me replantearé si mañana subir el siguiente capítulo, ya que también es cortito, eso sí. Me basaré en subirlo o no dependiendo de las visitas en el blog a partir de este relato corto y en las valoraciones que la gente deje abajo (reacciones y demás), sino... A esperar a la siguiente semana. Y no, no lo hago para obligaros a votarlo ni nada, sino para ver que os parece y, además, ver si os está gustando la serie.
Pero bueno, esto es todo por ahora, así que nos volvemos a ver mañana o, sino, el fin de semana.
¡Un saludo y hasta la próxima!
Etiquetas:
accidente,
desconcierto,
ficción,
intriga,
madre,
Matt,
narración,
padre,
pasado,
recuerdo,
sospechas,
Storm,
un bar cualquiera
sábado, 29 de septiembre de 2012
Todo tiene un principio
¡Buenos días, tardes, noches (dependiendo de cuando lo leas), estimados lectores!
Hoy empezamos, al menos por aquí con un día lluvioso desde buena mañana y esto parece ir a largo (aunque bueno, siendo franco, a mi la lluvia siempre me ha gustado).
Bien, bien, hoy les traeré un breve relato que escribí hace tiempo. Este es de un ámbito más realista que los dos anteriores y, quizá, haya a alguien que no le guste, lo comprendería, al igual de que es posible que haya personas que le gusten más algunos relatos que otros. Es lógico; para gustos los colores.
Y bueno, a continuación les dejaré el escrito, el cual me estuvo rondando la cabeza una novela (la cual actualmente solo se encuentra en mi mente, no está redactada como otras) que puede llegar a ser algo "fuerte", aunque tranquilos, este fragmento apenas lo es.
Así que lo prometido es deuda, aquí os lo dejo:
Me desperté, sudoroso, pues ayer había tenido una noche movidita y eso hizo que volviera a tener una de las pesadillas que antes me frecuentaban, la noche en la que murió mi padre o, como dice la gente, en la que yo lo maté.
No fue mi culpa que él se abriera la cabeza, más bien, se lo merecía.
Ese día había estado buscando más maneras para provocar mi ira desde buena mañana, debido a la resaca de la borrachera que cogió por la noche, como siempre. Desde que mi madre desapareció o, como él dijo, le abandonó, cada noche iba a beber, quizá para olvidarla, quizá para olvidar algo que dijo, quizá para olvidar lo que pasó, quizá, simplemente, para matarse de una manera lenta.
Según él yo era el culpable de todo, me odiaba, se notaba en sus ojos, la rabia con la que me miraba, con el desprecio que me hablaba, era una decepción, sin motivo, para él. Nunca hacía nada que mereciera su aprecio después de que mi madre desapareciera o, como él dice, nos abandonara. Antes era un buen padre, un padre modelo, quién hubiera dicho lo que, en un solo día, puede cambiar una persona.
Mi padre era, ahora, después de que mi madre desapareciera o, como él dice, nos abandonara, un ser despreciable, una persona que merecía desaparecer, como yo digo que pasó con mi madre. Una persona que, si debía pasar así el resto de sus días y, yo, seguir a su cargo, debía dejar este lugar, este mundo, en definitiva... morir.
Yo ya era casi adulto, o eso me consideraba a pesar de que mi padre dijese que era un crío. Para el resto del mundo era un adolescente rebelde, normal al tener 15 años.
Pero bueno, como dije, mi padre tenía resaca de la borrachera nocturna, pero esta vez desde buena mañana ya se veían sus intenciones.
Cuando bajó al salón, de buena mañana, a las ocho creo recordar, hora en la que yo desayuno tras vestirme para, quince minutos después, dirigirme a mi institución que, más que un lugar público donde enseñan parece un lugar más siniestro. No, un internado no, sino una cárcel, o peor. Un sótano. Un sótano oscuro en el que estás encerrado y tú, cautivo, en este caso un grupo llamado profesorado, te dice cosas, no importantes, ya que si no las podrías usar en su contra, sino cosas para lavarte el cerebro y hacer que seas un borrego más de esta cosa que llamamos sociedad. Sí, era un sótano donde lavaban la mente a jóvenes, borrando sus esperanzas y diciéndoles que no llegarían a nada en esta vida, aunque se pudieran equivocar. Muchísimo.
Pero bueno, mi padre bajó por las escaleras, con unos tejanos y una camiseta blanca sin mangas. Tenía los ojos rojizos, seguramente de la resaca. Iba con una barba de dos o tres días y despeinado, para variar, con su pelo corto y castaño con alguna que otra cana asomando por la parte superior de sus orejas. No era gordo precisamente, se mantenía en forma, pero no por cuidarse, sino por su complexidad, cosa que, al menos, adquirí yo también. Quizá lo único bueno que adquirí de él.
Me miró con desdén desde su posición alzada y dijo, simplemente, "Café. Ya." a lo que me levanté de mi taburete y serví una taza blanca en la que decía "Al mejor papá", regalo que le hice cuando tenía cinco años. Aunque ahora lo de mejor se había ido borrando de las continuas lavadas, dichosa la casualidad.
Tras llenar la taza, la dejé en la mesa rectangular y volví a mi sitio, donde seguí con mi desayuno de tostadas con mermelada de arándanos junto a un zumo de pera y naranja, un zumo delicioso, pues era ácido cuando tocaba la punta de la lengua, luego pasaba a ser amargo, haciendo que salivaras, cuando empezaba a recorrer tu lengua y, para finalizar, tenía un sabor dulzón que te embriagaba a beber más. Delicioso.
Pero bueno, mi padre había desaparecido de mi campo de visión, no vino a la mesa, simplemente había ido a otro sitio. Supuse que había ido al baño pero, al escuchar los ladridos de mi perro, un ser que había tenido apenas hacia unas semanas, un animal que había querido mucho más que a mi padre al largo de estos años, supe qué iba a hacer ese cabrón. Supe que iba a desahogarse con él, ya que conmigo no obtenía la satisfacción de escucharme suplicar y pedir que parase, no. Yo ya me había acostumbrado.
Corrí afuera, donde mi pequeño husky tenia su casita. Un husky muy bonito por cierto, barriga blanca, como su morro y las patas y el resto iba de gris a negro, según iba subiendo del blanco, iba oscureciendo, pues cuando más cerca del blanco era más grisáceo claro, hasta volverse blanco y cuando más alejado, más oscuro, hasta volverse negro. Tenía los ojos azules, como yo, a excepción de que los míos tenían algún que otro tono marrón y, en la oscuridad, eran totalmente marrones, se necesitaba buena luz solar para verlos azul marino, como los de mi madre.
Corrí hacia allí y vi a mi padre, cogiendo al cachorro por el pescuezo. Se giró, para mirarme, seguramente por el hecho de escucharme correr. Me enseñó el perro y lo lanzó al suelo para empezar a patearlo. Yo lloré de rabia, observé como mi pequeño intentaba caminar hasta mí, pero que de una patada, mi padre, lo hacía retroceder. Yo me quedé quieto, impotente, hasta que recordé.
Entré en casa, gritando que se iba a enterar y, tras romper unos cristales, mi padre entró exaltado para ver, como yo, con su mejor palo de golf, rompía la estantería donde guardaba los trofeos de los que se sentía tan orgulloso de su época del instituto. Le miré de reojo y le solté un "Por hijo puta.", cosa que colmó el vaso y me embistió, tirándome al suelo para empezar a pegarme y patearme. Yo en lugar de defenderme seguí machacando sus trofeos como pude, hasta que me quedé sin fuerzas, sangrando por la boca y con mis ojos amoratados. Creo que también me partió la nariz. Luego me cogió del cuello de la camiseta, me miró, me escupió y me soltó, haciendo que me diera un cabezazo contra el suelo.
Me desperté media hora después, con mi pequeño a mi lado, lamiendo mi mejilla acurrucado a mi pecho. Lo miré y sonreí como pude. Ese día no pensaba ir a clase.
Tras lavar a mi pequeño conmigo, me dirigí hacia el veterinario al comprobar que mi padre se había ido a trabajar tras recoger sus trofeos, sin tocar su café.
Allí me atendieron de inmediato. Tom, el veterinario sabía lo que me ocurría, era el único que me comprendía. Era el único que escuchaba a este joven de pelo castaño claro de metro sesenta. Era el único que me trataba como a un igual.
Tom, tras curar a mi cachorro, me atendió como pudo a mí, cosa que solía hacer, ya que no podía ir al hospital, pues no tenía seguro.
Él siempre me decía que sería bienvenido en su casa si algún día decidía abandonar a mi padre, que se encargaría de todo, pero yo no podía irme, sabía que si me iba, él, mi padre, se encargaría de que volviera a estar bajo su tutela. Fuese como fuese.
Me quedé a su casa a comer y, tras despedirme por la tarde en un abrazo entre lágrimas sinceras, me fui a casa.
Llegué cuando faltaba poco para el atardecer, donde el sol se escondía para dar paso a la noche y, para variar, mi padre aún no había llegado.
Subí a mi habitación, me tumbé en la cama y di de comer a mi pequeño sin nombre, pues no había tenido tiempo a ponerle, y ninguno parecía el adecuado para él.
Mientras lo alimentaba escuché que la puerta de la entrada se abría y se cerraba de golpe. Ya sabía que había pasado.
Otro despido.
Y eso le hacía emborracharse más temprano, volver a casa más temprano, beber una última cerveza en el sofá y tener tiempo a que me diera una paliza que, para su suerte, podría fracturarme algo para que le hacía sentirse mejor con él mismo.
Aunque hoy, la cosa era distinta. Sí, escuché que abría la nevera a por la cerveza, pero al cabo de nada empezó a subir las escaleras, según los pasos que escuchaba, y, al subirlas, siguió el pasillo recto hacia mí habitación, la cual quedaba al final de éste.
Abrí y le miré con desprecio. Él sonrió con malicia, levantó la botella e intentó golpearme la cabeza con ella, pero yo, simplemente, puse el brazo de por medio. Me defendí. Cosa que le enfureció e hizo que me cogiera de los hombros, y yo de los suyos. Forcejeamos, acercándonos a las escaleras.
Me puso contra la pared, cercano a la escalera y parecía que me fuera a arrojar, pero entonces vino mi pequeño, corriendo, para morderle el tobillo, desgarrándoselo. Cosa que hizo que cayera de rodillas. Yo aproveché el momento y le di un rodillazo en toda su mandíbula, escuchando el crack de sus dientes partirse.
Alzo la mirada. Su despreciable mirada.
<<Ojalá nunca hubieras nacido. Ojalá hubieras muerto como la puta de tu madre.>>
Esas palabras me cabrearon. Muchísimo. Iba a golpearle hasta dejarlo inconsciente, pero mi pequeño actuó antes que yo, como si supiera lo que hubiera pasado a continuación y, que yo, no me llevara ninguna culpa por mis futuros actos.
Saltó hacia su cara, arañándolo y mordiéndolo, haciendo que mi padre gritara. Y cayó, de lado, hacia las escaleras, sujetando a mi pequeño para que cayera con él.
Todo pareció pasar muy lento tras ver como caían y, como mi padre, tras dar una voltereta, bajando, dejaba un hilo de sangre, aunque luego comprobé que la sangre provenía de su cabeza.
Corrí hacia abajo, cayendo de culo al tropezar con la resbaladiza sangre. Para coger a mi pequeño. Tenía una pata rota, pero peor que antes, el hueso se le salía de la carne. Debía llevarlo al veterinario, pero estaba cerrado y Tom quedaba a tres calles más abajo.
Mi padre levantó la cabeza como pudo, me escupió. Luego su cabeza cayó de golpe, en un sordo golpe, dando a entender que ya había dejado este mundo. Acerté, su pulso se había detenido. Y, yo, no pude evitar esbozar una pequeña y amarga sonrisa.
Tras eso corrí. Corrí abajo, hacia la casa de Tom. Corrí sin parar, supongo que por la adrenalina, y al final llegué. Nada más llamar a la puerta, la mujer de Tom me recibió y, cuando iba a abrazarla, me desperté del sueño. De la pesadilla. Del recuerdo.
NOTA: Este relato tendría una pequeña parte previa en el escrito original, al igual de que en la novela esta claro que no acabaría aquí, al igual de que pasarían cosas antes de llegar a este punto, pero ya lo veréis cuando tenga tiempo y me ponga a ello.
Por cierto, no siempre los relatos irán al por mayor. Entiendo que por el momento los relatos que voy publicando van de menor a mayor longitud, pero eso se debe a que estoy publicando por el momento algunos que ya tengo, otros que tenía en borrador y así, pero iré variando. A lo mejor publico algo largo el sábado como que el lunes publico solo un microrrelato o algo breve. Supongo que es comprensible.
Por cierto, no siempre los relatos irán al por mayor. Entiendo que por el momento los relatos que voy publicando van de menor a mayor longitud, pero eso se debe a que estoy publicando por el momento algunos que ya tengo, otros que tenía en borrador y así, pero iré variando. A lo mejor publico algo largo el sábado como que el lunes publico solo un microrrelato o algo breve. Supongo que es comprensible.
¿Y bien? ¿Qué les parece? Espero que les haya gustado.
Si es así, ya saben, pueden comentar lo que les parezca abajo y, además, entre hoy y mañana, quizá ponga la opción de que podáis votar lo que os parecen las entradas~
¡Un saludo y hasta pronto!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

