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sábado, 21 de enero de 2017

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Los trenes vienen aquí a morir, digo siempre. Es una estación abandonada con personas donde solo ellas conocen su realidad; caduca como sus almas.
Las luces de las, en antaño, farolas, ya no se distinguen de la oscuridad del cielo que anochece sin estrellas, y las siluetas de los pasajeros no son nada más que sombras de sus papeles, impresos en una máquina de tiempo y dinero.
Aquí, en una estación así, ya no hay nada para nadie. Y uno solo puede esperar mientras espera en no convertirse en parte del paisaje.

miércoles, 27 de abril de 2016

A una reminiscencia

Un relámpago… Noche. Fugitiva beldad
cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

Los versos se repetían una y otra vez en la cabeza. “Un relámpago… Noche”. La tormenta amenazaba con nubes grises y centelleos espontáneos en el cielo nocturno. “Fugitiva beldad”. Las imágenes pasaban por la memoria, cual tren de cercanías. “¿…no he de verte jamás?”.
Rostros, caras, miradas, pupilas expresivas y olvidadas en la laguna que la cabeza guarda. Todo circulaba como remotos fantasmas, translúcidos y a la vez de forma clara. Cual espejismo, ilusión, que la mente provoca y guarda para anhelar hasta el día de mañana. Día con llegada opaca.
Gestos, movimientos, una brisa, quizá, acariciando con timidez un cuerpo, una mejilla, el pelo de una persona ajena. Una estación en la memoria, unas pisadas que el oído evoca y una risa que los ojos retienen sabiendo que no hay ninguna otra, aunque su imagen sea sorda. Un ligero desliz en la comisura, un ligero roce de yemas, con dulzura, y un suspiro pasado que todavía dura.
¿Cuánto hará de esa vaga evocación? ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido desde ese momento? ¿Acaso semanas?, ¿meses?, ¿quizá años? De verdad, ¿tanto tiempo? Los ojos recuerdan el rostro, los labios el sabor, y el cerebro la remembranza de aquel instante de tiempo indefinido. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido…? Los dedos buscan el recuerdo y acarician el aire, sombrío. El labio titubea y la palabra, como entonces, se esconde perecedera, para morir, a solas, en cualquier recoveco oscuro de la cabeza. ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo…? El temblor conlleva el estremecimiento y las manos ocultan una máscara rota por el sufrimiento. ¿Cuánto…?
Un trueno, a lo lejos, quiebra el silencio y el pensamiento. “Un relámpago… Noche”, se repite el verso. “Fugitiva beldad”… Enmudecimiento. “Cuya mirada me hizo,”… Los labios aspiran despacio. “…de un golpe, renacer”… Llueve. “¿Salvo en la eternidad, …” Retemblando, la boca, suspira otra vez. “¿…no he de volverte a ver?”.

domingo, 17 de abril de 2016

Equipaje

Unas fotos viejas de viajes, descoloridas, unas botas desgastadas y pinceles rotos. Ropa sin importancia y un cuaderno a medio empezar, con lápices sin apenas punta. Una goma que desdibuja y un reloj sin cuerda ni batería, detenido eternamente a una hora concreta del día, colgando de la mochila. La chaqueta de mil bolsillos llenos de nada, como los bolsillos de aquellos pantalones, desgarrados por el uso, que perdieron la cartera por culpa de una mano que la arrojó con desdén. Y algo que cubra la mirada de ese cuerpo que arrastra su cuerpo arrastrando una maleta parcialmente vacía.
Unos billetes para el trayecto, sin saber demasiado bien si son de tren o dinero, y unas mangas de jersey que cubran el frío de los dedos; los guantes se perdieron con el fuego que quemó todos los demás recuerdos. Las hojas arrancadas de antiguos libros, con escritos y añadidos, y algún pequeño objeto que no produzca brillo por sí mismo. Un viento que acaricie la cara, humedezca los ojos y desgarre los labios, y unos pasos decididos que avancen en cuanto suene, a lo lejos, un último pitido.