Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin
cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea
junto al resplandor de la flama.
Belleza es aquello que no se acapara, que se escapa, que se filtra
entre los dedos de la vista y el alma, rozando, con caricias, aquello que
impregna, sin ser nunca apresada, ni siquiera en palabra.
Palabra es lo huidizo, rosa de instante, instante que roza, que busca
una imagen exacta en la inexactitud de la contradictoria fantasía, ajena,
mientras la fotografía mental de quien la graba se difumina… y estalla, en
letras igualmente grabadas.
Caricia de alma, de alma acariciada, Efialtes no vive ni muere, pero
tampoco ama, la inmortalidad la llama y la noche, oscuridad difamada, se posa
en la tinta de quien la define pero no habla.
Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin
cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea
junto a su resplandor.
Es ojos, es manos, es caricia de ébano blanco, que susurra en silencio
marmóreo y observa con los párpados cerrados.
Es sensación de sentimiento no encontrado, de vocablo perdido,
extraviado, de mente difusa en paradojas mudas, que languidecen y contemplan el
aire de un porvenir inminente por no llegar, mientras la yema de la caricia no
encuentra qué acariciar y la entelequia provoca la añoranza.
Ilusión de ilusión, ilusión sin ilusionismo, delirio mimético que
resbala en quimeras de largas zarpas, rotas, limitadas y limadas, Efialtes
escribe, pero no habla, queda cautivada en un cielo de escarcha, en el frío de
un témpano de ese tiempo que no avanza; paralizada, paralizada, en una estación
abandonada.
Efialtes es una rosa en llamas que estalla, en pétalo y flama, y la
dimensión exagerada la atrapa en una
precipitadacongelación fotográfica.
Los trenes vienen aquí a morir, digo siempre. Es una estación
abandonada con personas donde solo ellas conocen su realidad; caduca como sus
almas.
Las luces de las, en antaño, farolas, ya no se distinguen de la
oscuridad del cielo que anochece sin estrellas, y las siluetas de los pasajeros
no son nada más que sombras de sus papeles, impresos en una máquina de tiempo y
dinero.
Aquí, en una estación así, ya no hay nada para nadie. Y uno solo puede
esperar mientras espera en no convertirse en parte del paisaje.
Los versos se repetían una y otra vez en la cabeza. “Un relámpago…
Noche”. La tormenta amenazaba con nubes grises y centelleos
espontáneos en el cielo nocturno. “Fugitiva beldad”. Las imágenes pasaban por
la memoria, cual tren de cercanías. “¿…no he de verte jamás?”.
Rostros, caras, miradas, pupilas expresivas y olvidadas en la laguna que
la cabeza guarda. Todo circulaba como remotos fantasmas, translúcidos y a la
vez de forma clara. Cual espejismo, ilusión, que la mente provoca y guarda para
anhelar hasta el día de mañana. Día con llegada opaca.
Gestos, movimientos, una brisa, quizá, acariciando con timidez un
cuerpo, una mejilla, el pelo de una persona ajena. Una estación en la memoria,
unas pisadas que el oído evoca y una risa que los ojos retienen sabiendo que no
hay ninguna otra, aunque su imagen sea sorda. Un ligero desliz en la comisura,
un ligero roce de yemas, con dulzura, y un suspiro pasado que todavía dura.
¿Cuánto hará de esa vaga evocación? ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido
desde ese momento? ¿Acaso semanas?, ¿meses?, ¿quizá años? De verdad, ¿tanto
tiempo? Los ojos recuerdan el rostro, los labios el sabor, y el cerebro la
remembranza de aquel instante de tiempo indefinido. ¿Cuánto tiempo?
¿Cuánto tiempo habrá transcurrido…? Los dedos buscan el recuerdo y acarician el
aire, sombrío. El labio titubea y la palabra, como entonces, se esconde
perecedera, para morir, a solas, en cualquier recoveco oscuro de la cabeza.
¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo…? El temblor conlleva el estremecimiento y las manos
ocultan una máscara rota por el sufrimiento. ¿Cuánto…?
Un trueno, a lo lejos, quiebra el silencio y el pensamiento. “Un
relámpago… Noche”, se repite el verso. “Fugitiva beldad”… Enmudecimiento. “Cuya
mirada me hizo,”… Los labios aspiran despacio. “…de un golpe, renacer”… Llueve.
“¿Salvo en la eternidad, …” Retemblando, la boca, suspira otra vez. “¿…no he de
volverte a ver?”.
Una
espesa neblina te fatiga en mitad de la oscuridad. Mueves los brazos de forma
lenta, perezosa, como si no tuvieras energía y tus párpados se niegan a abrirse
por completo. Zarandeas la cabeza con tal de aclararlo todo, pero lo único que
consigues es un repentino mareo. Y caes al suelo.
Tus
rodillas, clavadas en una invisible superficie, tiemblan, incapaces de sostener
el peso que aumenta en tus hombros. Te pones a cuatro patas y sientes cómo la
carga se dispersa por la espalda, creyendo que eso te permitirá soportarla. Pero
tu columna se quiebra y gritas.
Y las
lágrimas caen de unos ojos muertos para humedecer el negro terreno. Unos
flashes del exterior vienen ensuciados en bruno y contemplas a alguien aferrado
a sus piernas en un rincón, apartado, desconsolado. Llorando por motivos que no
comprendes hasta que, tras tu último chillido, mueres.
Caminas
en mitad de una negrura con una niebla que todo lo embadurna. No sabes qué
haces allí, pero según avanzas encuentras huellas dispersas. Un impulso
automático te lleva a seguirlas y, cuando terminan, encuentras un pequeño saco.
Pero algo te dice que no debes abrirlo. Así que sólo lo recoges para
llevártelo, pues el mismo instinto de antes te indica que así debes hacerlo.
Y
prosigues.
No hay
sendero, ni indicaciones. Solamente tinieblas y bruma. Sin embargo, tú
continúas.
Sonidos
momentáneos te hacen replantearte tus actos. Te giras, das vueltas. Pero no hay
nada nuevo. Y olvidas qué está ocurriendo. Hasta que un punto, que a lo lejos
centellea, te cautiva como si fuera una luciérnaga. Una luciérnaga que pretendes
atrapar para usarla como farol entre tus, ahora que las miras, agrietadas y
secas manos.
¿Cuánto llevas divagando?
Niegas
con la cabeza. No puedes distraerte. No puedes permitir volver a perderte. O
eso piensas mientras corres hacia aquella luz atrayente.
Te
detienes. Una cajita, pequeña y cuadrada, semienterrada por lo que parece polvo
y arena, es lo que destella. Te agachas y la curioseas. No sabes qué hace ahí, ni
de dónde ha salido. Pero, moviéndote por una curiosidad mecánica, la tocas con la
yema del dedo índice. Y una chispa, fosforescente, salta en forma de nube.
Antes de apagarse y fundirse con la calígine.
Y el
cubo deja de brillar.
Miedoso,
por lo que eso pueda acarrear, lo recoges y lo metes en aquel saco que olvidaste
hacía rato. Aunque no lo ves; sólo te llevas la mano al omóplato y la caja
desaparece. Como si nunca hubiera existido. Porque tampoco recuerdas qué ha sucedido.
Simplemente te encuentras perdido, sin saber qué rumbo tomar. Sin saber realmente
qué haces en aquel extraño y confuso lugar.
Y
caminas.
Caminas,
caminas y caminas.
Tus
piernas se cansan con el tiempo y tu cuerpo, que olvida sus actos nada más
guardar un cubo nuevo, falla por momentos. Y aún así persistes. Queriendo
averiguar qué es lo que ocurre, qué es lo que instintivamente sigues.
Los
hombros te pesan y los ojos se te cierran. Las fuerzas te fallan y la memoria
hace ya mucho que no te acompaña. Y crees que ya no queda ni hay nada. Mas una
intuición, un impulso que emerge de tu interior, te obliga a permanecer con la
labor. Como si te fuese la vida en ello.
A pesar
de que, en alguna ocasión, hayas visto de refilón un ligero reflejo en uno de
esos desconocidos poliedros. Viendo así un rostro esquelético, demacrado por el
agotamiento que conlleva el transcurso del tiempo. Oxidado por el abandono.
Pero a
los segundos esa imagen es omitida, como si nunca hubiera sido vista.
Y
vagabundeas.
Vagabundeas,
deambulas y yerras.
Hasta
que un día las rodillas te tiemblan, los párpados te pesan y sientes los
hombros abrumados, sobrecargados por un peso ajeno. Los miembros ceden y, al
final, desisten, derrumbándote.
Sientes
cómo la enigmática carga se dispersa por tu espalda y crees que eso te
permitirá soportarla. Pero tu columna se quiebra. Y gritas de desesperación y
dolor. Pidiendo auxilio. Un auxilio que nunca será recibido.
Y el
negro terreno se humedece con las lágrimas de unos ojos muertos.
Unos
flashes externos, sombríos y nauseabundos, invaden tu pensamiento. Y contemplas
cómo alguien, desconsolado y apartado, se aferra a sus piernas en un rincón.
Llorando por unos motivos que te son incomprensibles hasta que, antes de
chillar tu último alarido, levantas la vista al cielo y ves cómo un resplandor
se alza des del saco. Un resplandor de sonidos, imágenes, sensaciones y
sentimientos, de recuerdos desagradables que se apartaron para olvidarse. Pero
su peso, su lastre, se hizo demasiado cargante. Y estalló, rompiendo tu
intelecto y matando a tu guardián inconsciente. Quien, al poco, abrirá los ojos
de nuevo. Sin comprender qué está sucediendo.
Y si el
tiempo pudiera detenerse ahora, en esta oscura noche de negro cielo, mis dedos
recorrerían eternamente esa espalda de tenue brillo, con ligeras caricias que
simularían susurros al oído. Murmullos que recordaría tu mente cuando el reloj
retomase su labor, haciendo desaparecer mi presencia de tu habitación y
quedando únicamente en ese difuso y apenas perceptible recuerdo. Como el
escalofrío que erizó el vello de tu cuerpo.
Y si el
tiempo se hubiera detenido, quizá ahora acariciarías inconscientemente una de
tus mejillas, arrugada por una leve y desconocida sonrisa. Repasando con tus
yemas el mismo lugar donde mis labios se posaron antes de marchar,
despidiéndose prometiendo volver siempre que el tiempo volviera a suspenderse.
Pero el
tiempo no se detiene. Y me mantiene a raya, observante. Entreabriéndome una
puerta en la oscuridad para permitir que vea tu fina luz grisácea, creciendo y
disminuyendo como el fuego de una vela, pero yendo acorde a una respiración
suave y serena. Rodeada de disimuladas chispas que mueren y resurgen como
suspiros, perdidos en ese lejano y extraño vacío pensativo. Incitando a
detenerse y contemplar a escondidas, admirando aquel sutil fulgor que tu delicada
esencia exterioriza.
¡Buenas tardes, queridos lectores! ¿Cómo van las vacaciones? ¿Todo bien por ahora? Espero que así sea. Hoy os traigo un pequeño relato escrito hace relativamente poco con el cual espero que disfrutéis leyéndolo. Así que no os entretengo más y os dejo con él.
La nieve y la bruma nublaban sus vistas, impidiéndoles ver más allá de dos palmos de sus caras. Los
barcos, dirigidos por Freight, capitán de renombre por aquellas blancas tierras,
surcaban las aguas heladas despacio pero con una rapidez asombrosa para estar
navegando en mitad de aquella ventisca con el hielo pudiendo emerger de
cualquier parte en cualquier momento. Pero no había ni un solo fallo en sus
órdenes, trazaba las rutas sin la necesidad del mapa, como si hubiera nacido en
aquellos mares congelados.
El
viento silbaba en los oídos de los tripulantes, quienes los tenían rojos como sus
narices a causa del frío, mientras empujaba las velas anaranjadas que
ostentaban los navíos para poder ser visualizados con mayor facilidad los unos
con los otros desde la lejanía. Era más, incluso el sonido del vendaval llegaba
a enmudecer el ruido de cubierta, a excepción de los gritos del capitán y su
hombre de confianza dispuesto en la otra nave. Pues parecían poder romper los
propios icebergs con un solo bramido.
Los
marineros, cubiertos con todas las pieles que podían, se movían ágilmente de un
lado a otro a pesar de su corpulento tamaño. Saltaban, brincaban y corrían como
si de monos en la selva se tratasen, atentos a todo lo que había a su alrededor
y funcionando como el engranaje de un reloj: perfectos en cada movimiento, sin
tener fallos que pudieran concluir en una desgracia para todas las otras
piezas.
Y yo,
paciente, como el propio tiempo que circula en las agujas de un cronómetro, los
observaba transitando entre ellos, caminando por esos enormes témpanos que
flotaban en el agua salada, a la espera de un pequeño error que pudiera
acarrear alguna calamidad que me permitiese empezar a segar.
Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Y supongo que sabréis quién es el narrador de la historia, ¿verdad? Supongo que así será. Por otra parte, ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar aquí abajo sin ningún tipo de problema.
¡Buenos días estimados lectores! Hoy os traigo un relato que presenté por los concursos entre usuarios de Bubok, solo que un pelín cambiado y creo que corregido. Aunque antes os he de informar que para el lunes o el martes seguramente tenga una pequeña sorpresa para vosotros y espero que os guste.
Pero bueno, avisando previamente, hay que estar atento a la lectura para poder seguir el hilo sin perderse (cosa que ha sucedido con algunas personas), pues no es un texto sencillo. Pues el tema principal es la manipulación del tema y, por ello, no es fácil de leer. Pero si lo lográis comprender entero y haceros el esquema y la imagen del orden y la línea cronológica del relato, me sentiré orgulloso. Además de que vosotros podréis disfrutar mucho más de la lectura. Y, como en algunos relatos utilizo la cursiva pero todos los publico en cursiva, lo que haré será poner negrita donde iría la cursiva, porqué muchas veces dicha palabra en cursiva suele ser importante.
Aunque no me iré más por las ramas y os dejaré ya el relato. Espero que os guste y recordad prestar atención.
Sabía perfectamente que vendría a por mí desde el primer momento en que lo hice. Derrotar a sus versiones pasadas no me aseguraba la victoria. Solamente me daba más tiempo.
¿Te preguntas quién soy yo? Raro que a estas alturas no lo sepas. Vendrás de un futuro después de mi muerte o, quién sabe, quizá de un pasado en el que aún no he existido. Pero te responderé, curioso inquilino. Yo soy el amo y señor de lo que ahora estás viendo, has visto y verás. Incluso de lo que nunca llegarás a ver. Pues, querido inquilino, yo soy el Hegemón de todo lo que concierne a este Universo.
Siéntate, no tengas miedo. No muerdo… demasiado. Te contaré como logré llegar hasta esta posición. Te contaré como, yo solo, logré engañar a esos bobos guardianes y les arrebaté el control. Te lo contaré, sin ningún compromiso por ello. ¡Eh! No, no te inquietes. No te mataré por saberlo, me gusta que se conozca mi historia. Al menos… antes de que desaparezca.
Desde que nací supe perfectamente que tenía una función especial dentro de este mundo que habitábamos, pues ahora es inhabitable debido a la contaminación prologada a lo largo de los años. ¿Cómo lo supe? Mi mente privilegiada estaba atrapada en el cuerpo de un infante. Pero tenía paciencia, mucha, y el tiempo estaba a mi favor.
Cuando pude manipular bien los objetos con mis pequeñas manos, simplemente me encargué de que mis padres no fueran un estorbo para mis propósitos. No, no los liquidé. ¿Qué clase de loco eliminaría a sus progenitores? Solamente los neutralicé.
Manipulando el reloj central de la relojería que tenía mi padre, logré detener el tiempo completamente en todo el globo. Pero dicha tarea fue difícil, así que no lo logré hasta que mi cuerpo físico adquirió los diez años. Aunque una vez hecho fue coser y cantar.
Mi mente privilegiada, que recordaba mis vidas, todas sus experiencias, todos sus conocimientos, me proporcionó la información para llamarlos y, mientras no venían, no los esperé sin más. Fui construyendo mis propias máquinas, a pesar que el material de este planeta fuera pobre y no diera para mucho en ese momento me fue de mucha utilidad.
El planeta ya llevaba parado en el tiempo cinco años. Yo había crecido, mi tiempo físico no se había detenido, pero el resto del mundo seguía igual de joven que el primer día. Para que, pasado un año más, por fin viniesen. Por lo visto se habían hecho de rogar.
Cuando se presentaron les dejé las pistas suficientes para que me encontraran; habían carteles de mi rostro por todas partes, por lo que solo debían seguir el orden cronológico de su colocación para dar con mi posición. Se supone que es una tarea de niños para ellos y no me defraudaron. Pero esperaba que fueran más perspicaces…
No tardaron en llegar al almacén donde estaba metido, sentado en un sillón de cuero, esperándoles. Cosa de la que me enteré a través del chivatazo de un viejo conocido.
Al llegar se encontraron todo a oscuras, pero avanzaron sin miedo. Estúpidos. Para cuando se encontraban en el centro del almacén encendí la luz. Eso los cegó y probaron a detener el tiempo, pero allí ya estaba detenido. Yo lo había detenido. Por eso en ese tiempo solamente mandaba yo.
Esbocé una sonrisa. Ellos se sorprendieron de que su plan no funcionara. Luego me vieron y, sus caras, se convirtieron en una mueca de puro terror.
Pulsé el botón, reactivando el tiempo y, las máquinas que les rodeaban y que previamente había programado para disparar a un objetivo, hicieron su sencilla labor. Masacraron a esos dos ingenuos. Aún así detuve el tiempo antes de que les hicieran papilla y caminé hacía sus dos futuros fiambres.
Les arranqué de sus gélidas manos los relojes que poseían y les miré directamente a los ojos. Que desgracia el hecho de ser un Guardián del Tiempo. Te pueden congelar físicamente pero para tu alma seguirán corriendo los años, viendo lo que tus ojos te permitan ver. Y, los suyos, vieron como un niño de dieciséis años sacaba una pistola, les apuntaba, y les reventaba la cabeza en pedazos. Sin ni siquiera mancharse, debido a que la sangre estaba tan congelada en el tiempo como ellos.
¿Algo duro quizás? No. Eso fue solamente el inicio.
Ya disponía de sus aparatos para, no solo controlar el tiempo, sino también viajar a través de él. Además contaba con una ventaja, conocía a mi enemigo y, él, no me conocía a mí. Todavía.
¿Qué hice después, preguntas? Veo que te ha entrado curiosidad. Proseguiré.
Fue sencillo, fui viajando por los distintos tiempos, dejando la Tierra congelada, eliminando los Guardianes del Tiempo en sus tiempos pasados. Antes de ser seleccionados como tales. En algunos casos, antes siquiera de ser planificados para ser procreados. Sí. Maté a infantes, a padres y madres. Sí, también a mujeres embarazadas. Y a familias enteras.
¿Qué? ¿Si me arrepiento? No seas bobo, inquilino. Todo sea por la hegemonía del Universo. Bajo mi mandato.
Llegué, en una ocasión, incluso a provocar un genocidio. Destruyendo el planeta natal de esos guardianes. Pero a esos no podía matarlos en el pasado, sino mi plan nunca hubiera funcionado en el presente. Eso lo hice en el futuro, claro está.
Pero nunca llegaría a saber en qué tiempos y espacios estaba infiltrado un Guardián del Tiempo. Por eso mi yo del futuro se encargó precisamente de buscarlos y me mandó una lista a mi yo del pasado para que ahora, en la actualidad, ya estuvieran todos liquidados.
Sé perfectamente que el tiempo tiene sus reglas. Sus normas. Y que no deben ser quebrantadas inquilino. ¿Pero acaso tú has seguido siempre todas las leyes al pie de la letra? Además, contando que era por una buena causa: Hegemonizar el Universo. No me mires así, ambos sabemos que tengo razón. Pero déjame continuar.
Sí, llegó el momento en que no quedaba ningún guardián con vida. Todos estaban muertos y mis manos futuras, pasadas, presentes manchadas de sangre temporal. Pero no me importaba, ahora ya podía aprovechar la hegemonía lograda bajo mi único mandato y poder temporal. Yo era, y sigo siendo, el dueño del Tiempo. Y nadie más ha conseguido arrebatármelo. Ni siquiera esas escuadrillas idiotas.
¿Cuáles, preguntas? Te responderé con gusto.
El Tiempo no es tonto del todo, así que al ver que se le había manipulado al antojo de alguien, creó el Don. Sí, el Don. Una capacidad que aparecía en unas pocas personas que les permitían viajar al pasado, pero sin poder regresar al futuro. Cosa que les hacía correr un gran riesgo, pues debían vigilar todos sus actos. Se hacían llamar los Restauradores del Tiempo. Y a mí me llamaban el “Aniquila Tiempos”. Y bueno, tuvieron parte de razón… Aniquilé su tiempo.
Sólo tuve que capturar a uno, que lo hice con mis propias manos al venirme a la mente un recuerdo de mi yo pasado donde uno de ellos lo intentaba matar y, mis progenitores, lograban salvarme. Querían aprovechar que aún era un infante, pero no podían matarlos a ellos, podrían cambiar y alterar el Tiempo, convirtiéndose en "seres como yo". Cosa que se suponía que odiaban y tenían prohibido.
Pues bien, una vez el recuerdo afloró en mi cabeza, viajé a ese tiempo y lo capturé. Luego conseguí que cantara y, los recuerdos que tuve al ver como lo decía todo, hicieron que desapareciera al rato. ¿Cómo? Sencillo. Mi yo futuro recibió los datos y, sencillamente, se encargó de que nunca nacieran. Si, cree otra paradoja en el Tiempo. ¿Pero qué más daría? Era el señor y amo de éste. Estaba incluso por encima de él.
Pero supe que algún día acabarían mis días cuando recibí la nota de mi yo futuro. Una nota sencilla y clara. El Fin del Tiempo.
Por lo visto, mi enemigo, al que utilicé para obtener la hegemonía del Universo y mi cargo como su Hegemón, decidió sacrificarse para derrotarme. Acabando, no solo con él y conmigo, sino con todo. Y, debido a esto, no sólo se convirtió en mí al querer eliminarme en el futuro con una medida tan drástica que incluso yo hubiera tomado, si hubiera sido necesario, eliminando en el pasado a los Guardianes del Tiempo. Sólo que él resultó ser más estúpido. En lugar de programar su fin en el pasado, para que esto nunca hubiera pasado, lo hizo en el futuro.
¿Cuándo es, preguntas? Dentro de dos horas, inquilino. Aunque desde el inicio que supe mi cometido en este lugar, tomé el riesgo de que, al quebrantar las leyes del Tiempo, éste, tarde o temprano, lograría el método para reparar su error. Aunque fuera radicalmente.
¿Y por qué no me preocupa? Es fácil, porqué aunque el Tiempo se acabe, habré ganado. Te habré ganado. Pues ahora es mi Tiempo y no el tuyo, inquilino.
Bueno, ¿habéis podido seguir bien el hilo y comprender el relato al 100%? Espero y deseo que si, al igual de que os haya gustado. Añado para deciros que pretendía colgar la entrada esta mañana, pero me tuve que ir a hacer un trabajo y lo dejé en un borrador, por eso os lo cuelgo ahora. Aún así disculpad la tardía hora. Os añado aquí, al final, una pequeña canción que me encantó nada más escucharla como la canta Malukah (si, si, acabo de hacer un poquitín de publicidad, pero canta de una manera..). Pero bueno, me despido ya.