martes, 12 de diciembre de 2017

Noche

Una caricia en mitad de la oscuridad, repasando una espalda desnuda como una silueta fantasmagórica en mitad de la ilusión imaginaria que cubre unos ojos cansados, ocultos tras los párpados. La mano rozando el contorno de aquello soñado, tanteando con los dedos, susurrando con las yemas, en medio de una piel ajena, que respira, lenta, en un anochecer que -ojalá- no parece cesar jamás. Los labios medio secos, medio húmedos, buscando una lengua que logre aclarar su confusión, agrietada por frías brisas y carencias, y un estremecimiento que contrae el cuerpo en un escalofrío desgarrador. La noche hace presencia con su repentino despertar.
La mano, ajena, aferrada a unos dedos, ajenos también, sin distinguirse entre el absoluto de la negrura que engloba y cubre las miradas de las pupilas, como si no hubiera nunca, jamás, o inicio siquiera. Donde las sábanas, como único refugio, fundido de oscuro, manto de negror, ocultan el cuerpo como si no estuviera ya unido a ello, fundido también, junto al sonido inquietante del silencio que deja a solas la mente.
Un respirar lento, unos parpadeos imperceptibles que no cambian la realidad y unos ojos que contemplan sin mirar. La noche observa a quien intenta observar y la compañía innata, presente, ausente, carente, de quien está sin estar, parece ser el único sitio al que aferrarse en mitad de esta oscuridad. Deseando regresar al sueño lo antes posible, donde, al menos, aunque quizá tampoco nada se distinguiera, uno no tendría conciencia de esta tiniebla.

sábado, 16 de septiembre de 2017

En medio de la oscuridad

La luna ha colisionado ante nuestros ojos y se ha difuminado en miles de partículas incapaces de ser realmente retenidas en nuestra memoria; el sol se ha apagado en un brillo de ojos muertos que resplandecen en la oscuridad ebria de noche. Si al menos, tan siquiera, estas manos temblorosas pudieran sostenerse en pie sin precipitar al vacío el primer vaso que se cruzara con ellas, quizá, al menos, las palabras saldrían de sus yemas rotas a mordiscos nerviosos.
Pero aquí no hay nada más que zozobra en una certera incertidumbre acerca de un porvenir sin por llegar. La lucha de las masas que conforman este pensamiento sin sentido ni consistencia se encarniza con el rojo de los ojos y las mejillas cansadas de llorar. Si al menos el vaso se sostuviera y se pudiera dejar quiero en la mesa mientras los dedos intentan dibujar, sin éxito, unas letras, la noche no parecería tan nocturna, pero las farolas están ahí, fijas, acusando en naranja, como si no hubiera resguardo posible en el alba.
Y el desvarío se generaliza en un malestar previo a su existencia, en una búsqueda de explicaciones que no llegan jamás.
Si al menos algo pudiera ser real, si al menos el veneno que cruza esta sangre no derramada sin parar fuera de calibre mortal, cual bala que atraviesa, sin sonido aparente, la calavera de quien yacía antes del disparo, puede que todo hubiera terminado ya. Pero aquí no hay más que tristes papeles en miedo de la oscuridad…


(Calma; en teoría la lectura debería durar hasta el minuto 1:15)

viernes, 15 de septiembre de 2017

jueves, 24 de agosto de 2017

Efialtes lloraba

Escuchaste las olas del mar rompiéndose en un vacío sideral, abisal, que se perdía en la oscuridad de la noche sin fin, y tus ojos no pudieron apartarse ya más de ese oleaje, de ese ir y venir, entre los cuales, tú, Efialtes, empezaste a suspirar frente a una espera desconocida, frente a la búsqueda de la llegada de aquello que desconocías, como si, algún día, pudieras identificar la ola correcta. Como si, algún día, ésta al fin llegase y no te hallase muerta.
La playa, perdida de arena, extraviada en la negrura perenne, envolvía tus pies y abrazaba, como podía, las partes del cuerpo que le dejabas mientras tus dedos jugueteaban con su composición, con esa ceniza quemada -sin arder- bajo el oculto Sol. El viento ha huido y los susurros de la brisa solo recorren tu cabeza y tu vello que, entre escalofríos, se eriza según tu mirada, enorme, sigue fija en ese punto invisible que divide el negror en dos. La luz se ha filtrado en tu corazón y no sabes cómo -ni cuándo- sucedió. Mas lo tomas como algo malo, algo marchito, que calcina todo lo pensado, todo lo escrito, y lo ocultas, en el frío, procurando que pase desapercibido para quienes, con una cerilla, procuran encontrar el camino para morar en ese hueco que, pese a su bombeo, aparenta estar vacío.

La noche se posó en tus ojos, Efialtes, la noche se posó en ellos y los tornó de su color, convirtiendo tu mirar, y tu pupila, en su efigie. El negror se ocultó bajo tu rostro y tus comisuras, rasgadas, dejaron ver su voluntad cuando éstas no sonreían, sinceras, frente a la realidad. Y la lucha interna por esas luces apagadas que soplaban las pequeñas llamas de las velas terminó aislando aquel brillo que, desesperado, buscaba un centelleo al que aferrar todos sus deseos y anhelos antes de que éstos terminasen convertidos en exhalación sin fuerza ni cuerpo, aire arrastrado por unos labios descompuestos.

Mas, pese a ello, pese a esa oscuridad, a esa tiniebla que, cual bruma, asomaba por las grietas, la espera seguía en mitad de ese entumecimiento de manos, de esa mirada sin objetivo -pese a estar aguardando-, de ese ir y venir por parte del oleaje que, como la leve luz, brillaba espontáneamente bajo el resplandor de las lejanas estrellas que, fugazmente, caían. Pues Efialtes, en su ensimismamiento, lloraba, y ni siquiera lo sabía.
  



domingo, 4 de junio de 2017

Añoro esos días de arena...

Añoro esos días de arena en los que no importaba cuántos granos cayeran, deslizándose por el cristal, hacia abajo, hacia abajo, como gotas en una ventana un día levemente tormentoso, mientras las palabras brotaban de nuestros labios, ardientes, ansiosos, anhelantes de los del otro, en un pequeño abismo de intimidad, de miradas fijas y manos entrelazadas; donde las caricias temían ser las últimas, ser olvidadas.
Añoro las letras, los juegos sin importancia, añoro aquella búsqueda insaciable del afecto, del contacto, del cuerpo ajeno y, con él, de su conocimiento, de su sentimiento, de aquel interior tan recóndito que daba hasta vértigo y miedo; donde el compartir secretos abría puertas de unas corazas oxidadas y viejas, puertas que, cual fortalezas, escondían pequeños brillos, únicos, que desaparecían si se intentaban tocar. Huyendo como esas pupilas que, sin querer ser vistas, buscan las que le son opuestas.
Pues añoro aquel tiempo donde, precisamente éste, era inexistente. Donde los relojes sólo marcaban lugares, donde las agujas sólo puntualizaban el llegar tarde. Donde cualquier número sólo era un dato aparte. Añoro, y con el añorar contemplo un pasado remoto, un pasado lejano, más distanciado que cualquier centelleo de antaño; imposible de alcanzar, imposible de rozar, ni siquiera con las puntas desgastadas de estos dedos agrietados. Ni siquiera con todo el afán de este exhausto imaginario

martes, 23 de mayo de 2017

Corazón fragmentado en miles de cristales...

Corazón fragmentado en miles de cristales despedazados entre ellos, que bombea entre unas palmas sangrientas, atravesadas por sus punzantes ariscas, por apretarlo demasiado en un vano intento de juntarlo, de restaurarlo, ¿por qué sigues respirando? ¿Por qué no te detienes y provocas tu paro cardíaco, terminando así con este lastimero espectáculo? Los brazos están cansados, agotados de cargar con tu cadáver atrofiado, marchito en una primavera muerta. Tu tos no hace más que golpear y la cabeza se desespera con una mirada que busca salidas –o más bien huidas– sin llegar nunca a encontrar nada. ¿Por qué no paras? Los ojos, las pupilas, se cristalizan y difuminan, y tú sigues jadeante, con este esfuerzo, como si fuera a servir de algo. ¿Por qué lo haces, órgano, por qué? ¿Acaso no ves cómo no se te quiere? ¿Acaso no percibes que solo un servidor se preocupa por tu bienestar? Pero ni siquiera así te puedo ayudar, ni siquiera así. Te mueres, entre mis manos, y no eres capaz de aceptarlo; no eres capaz de comprender que no sé cuidarte como lo hicieron en su tiempo, antaño, antaño… Y te mueres entre unas manos frías, vacías de caricias, que buscan tu calor y no encuentran más que un sabor amargo, que un ácido corrosivo que consume tu hálito mientras mis suspiros y susurros procuran hacerte dormir, plácido, para que duermas y descanses sin sufrir demasiado. Mientras mis rodillas caen y, en el húmedo suelo, me acurruco a tu lado buscando darte la escasa calidez que queda en este pecho desgarrado…

domingo, 21 de mayo de 2017

Ni siquiera a escuchar

El corazón tiembla ante la verdad: no puede más, no puede más. El dolor que lo agujerea, lo desangra hasta el final. Toda emoción, toda lucha, toda intención, es vana esperanza que perfora su interior. Ahogado, en sangre, su propia sangre, suplica piedad. Y no hay nadie que se digne a quererle, ni siquiera a escuchar.