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lunes, 1 de febrero de 2021

Una caricia espacial

Una caricia espacial recorre nuestros oídos con la melodía de las estrellas brillando en unos ojos de cristal que se cierran para deslizarse por las cálidas mejillas, enrojecidas frente al inmenso paso del tiempo emocional que inunda un pecho saturado de sensaciones e imágenes, recuerdos de una vida imaginada y realizada entremezclados en el pasado convertido en presente a través de las palabras que, solas pero acompañadas, surgen de los labios que fueron besados por quienes ya no están, pero viven en la memoria de quien posa los dedos sobre el tierno césped y alza la vista al cielo nocturno para suspirar, fundiéndose con la calmada oscuridad que acoge su cuerpo, con cariño, en el delicado ocaso –de aquel porvenir que aún está por llegar.




jueves, 21 de febrero de 2019

Madrugada 21

Es de noche. Madrugada 21. No ha sido un mal día. Tampoco uno bueno. Simplemente ha sido.
La noche llega y los ojos de las personas se cierran, acurrucados al calor ajeno y confortable, a la piel cálida que los abraza en medio de la oscuridad. Otra noche como otra, y nada más. Manos juntas, suspiros y ronquidos, pausa y tranquilidad. Quizá alguna ventana abierta, con la luz encendida, a saber por qué, frente a los ojos turbios de quien fuma, en el balcón, sin poder dormir. Otra noche como otra.
La calle descansa, la luna se recuesta entre las nubes y las estrellas observan, somnolientas, cómo nada sucede, cómo la vida duerme. Es de noche y nadie, nadie más allá de los insomnes, que confunden el tiempo y creen estar en un día sin sol, lo perciben. Porque, ¿quién iba a notarlo, si no es importante, si nada ocurre? Es otra noche, otra como otra, y nada más.



sábado, 15 de diciembre de 2018

Noche de lluvia – “The bus has a rainy eye”

La lluvia devora la noche a través de cristales empapados de niebla, como si no importasen las pupilas que en ellos se buscan reflejar. La oscuridad gotea entre el cielo y el vidrio, formando caminos de luces lejanas que pasan rápidas, cual chispas de vida en suspiros incomprensibles. Y las manos, frías, buscan calentarse entre ellas a través de unos dedos helados.
Ya no queda mirada alguna más allá de la del cristal roto en transparencia, fragmentado en raíces que lagrimean frente a una ciudad ennegrecida de neón, frente a unos rostros iluminados bajo sombras; el ojo observa el interior tal como éste intenta contemplar lo de afuera, aquello tornado reflejo turbio que se encuentra tras él, aquello que el ojo muestra y oculta sin saber. Los claroscuros juegan entre repiqueteos y la penumbra crece según los párpados artificiales ceden ante el brillo de lo espontáneo, ante los colores fugazmente ficticios, desmoronando en ríos la forma de la vista. Como si no importase. Como si no importase nada en absoluto.
Lo borroso se torna realidad y la realidad se emborrona; difuminación de formas, de siluetas; se diluye aquello que la pupila transmite y la lluvia devora la noche, haciéndola crecer. La luz que en su momento pudiera significar algo ya no es; solos, puntos, color, tinte sin valor, mera apariencia destinada a perecer entre el olvido y la tiniebla, el cristal revienta en su propia existencia al perder su condición, al convertirse en algo nuevo que no le es propio, y la apariencia se deforma entre delirios, entre quimeras, imaginaciones que buscan siempre referencias, incapaces de admitir la azarosa casualidad, incapaces de convivir en medio de una lluvia a punto de estallar, como si no lo hubiera hecho ya. La luz se extingue y nada cambia. Solo, a solas, una mirada vidriosamente apagada.




miércoles, 14 de marzo de 2018

Miradas perdidas

Te observo esta noche donde tus pupilas no se cruzan con las mías y pienso “Efialtes...” en voz baja, queriendo que tus ojos se fijen en los míos en mitad de una oscuridad estática, en medio de un pedazo de tiempo congelado en papel, como si ese imposible fuera realizable a través del susurro de una palabra.

La noche se ha posado sobre tu cuerpo en forma de sábanas y acaricia tu piel mientras las manos, invisibles, aprietan sus dedos anhelantes. Tus yemas reposan sobre la nada y las mías sobre el recuerdo; si al menos pudieran cruzarse durante un breve momento... quizá de esa forma las pupilas chocarían entre ellas y los labios quedarían entreabiertos, sin necesidad de hablar, mientras las miradas contemplan lo ajeno y el murmuro precede al suave e intangible beso.

martes, 12 de diciembre de 2017

Noche

Una caricia en mitad de la oscuridad, repasando una espalda desnuda como una silueta fantasmagórica en mitad de la ilusión imaginaria que cubre unos ojos cansados, ocultos tras los párpados. La mano rozando el contorno de aquello soñado, tanteando con los dedos, susurrando con las yemas, en medio de una piel ajena, que respira, lenta, en un anochecer que -ojalá- no parece cesar jamás. Los labios medio secos, medio húmedos, buscando una lengua que logre aclarar su confusión, agrietada por frías brisas y carencias, y un estremecimiento que contrae el cuerpo en un escalofrío desgarrador. La noche hace presencia con su repentino despertar.
La mano, ajena, aferrada a unos dedos, ajenos también, sin distinguirse entre el absoluto de la negrura que engloba y cubre las miradas de las pupilas, como si no hubiera nunca, jamás, o inicio siquiera. Donde las sábanas, como único refugio, fundido de oscuro, manto de negror, ocultan el cuerpo como si no estuviera ya unido a ello, fundido también, junto al sonido inquietante del silencio que deja a solas la mente.
Un respirar lento, unos parpadeos imperceptibles que no cambian la realidad y unos ojos que contemplan sin mirar. La noche observa a quien intenta observar y la compañía innata, presente, ausente, carente, de quien está sin estar, parece ser el único sitio al que aferrarse en mitad de esta oscuridad. Deseando regresar al sueño lo antes posible, donde, al menos, aunque quizá tampoco nada se distinguiera, uno no tendría conciencia de esta tiniebla.

sábado, 16 de septiembre de 2017

En medio de la oscuridad

La luna ha colisionado ante nuestros ojos y se ha difuminado en miles de partículas incapaces de ser realmente retenidas en nuestra memoria; el sol se ha apagado en un brillo de ojos muertos que resplandecen en la oscuridad ebria de noche. Si al menos, tan siquiera, estas manos temblorosas pudieran sostenerse en pie sin precipitar al vacío el primer vaso que se cruzara con ellas, quizá, al menos, las palabras saldrían de sus yemas rotas a mordiscos nerviosos.
Pero aquí no hay nada más que zozobra en una certera incertidumbre acerca de un porvenir sin por llegar. La lucha de las masas que conforman este pensamiento sin sentido ni consistencia se encarniza con el rojo de los ojos y las mejillas cansadas de llorar. Si al menos el vaso se sostuviera y se pudiera dejar quiero en la mesa mientras los dedos intentan dibujar, sin éxito, unas letras, la noche no parecería tan nocturna, pero las farolas están ahí, fijas, acusando en naranja, como si no hubiera resguardo posible en el alba.
Y el desvarío se generaliza en un malestar previo a su existencia, en una búsqueda de explicaciones que no llegan jamás.
Si al menos algo pudiera ser real, si al menos el veneno que cruza esta sangre no derramada sin parar fuera de calibre mortal, cual bala que atraviesa, sin sonido aparente, la calavera de quien yacía antes del disparo, puede que todo hubiera terminado ya. Pero aquí no hay más que tristes papeles en miedo de la oscuridad…


(Calma; en teoría la lectura debería durar hasta el minuto 1:15)

jueves, 24 de agosto de 2017

Efialtes lloraba

Escuchaste las olas del mar rompiéndose en un vacío sideral, abisal, que se perdía en la oscuridad de la noche sin fin, y tus ojos no pudieron apartarse ya más de ese oleaje, de ese ir y venir, entre los cuales, tú, Efialtes, empezaste a suspirar frente a una espera desconocida, frente a la búsqueda de la llegada de aquello que desconocías, como si, algún día, pudieras identificar la ola correcta. Como si, algún día, ésta al fin llegase y no te hallase muerta.
La playa, perdida de arena, extraviada en la negrura perenne, envolvía tus pies y abrazaba, como podía, las partes del cuerpo que le dejabas mientras tus dedos jugueteaban con su composición, con esa ceniza quemada -sin arder- bajo el oculto Sol. El viento ha huido y los susurros de la brisa solo recorren tu cabeza y tu vello que, entre escalofríos, se eriza según tu mirada, enorme, sigue fija en ese punto invisible que divide el negror en dos. La luz se ha filtrado en tu corazón y no sabes cómo -ni cuándo- sucedió. Mas lo tomas como algo malo, algo marchito, que calcina todo lo pensado, todo lo escrito, y lo ocultas, en el frío, procurando que pase desapercibido para quienes, con una cerilla, procuran encontrar el camino para morar en ese hueco que, pese a su bombeo, aparenta estar vacío.

La noche se posó en tus ojos, Efialtes, la noche se posó en ellos y los tornó de su color, convirtiendo tu mirar, y tu pupila, en su efigie. El negror se ocultó bajo tu rostro y tus comisuras, rasgadas, dejaron ver su voluntad cuando éstas no sonreían, sinceras, frente a la realidad. Y la lucha interna por esas luces apagadas que soplaban las pequeñas llamas de las velas terminó aislando aquel brillo que, desesperado, buscaba un centelleo al que aferrar todos sus deseos y anhelos antes de que éstos terminasen convertidos en exhalación sin fuerza ni cuerpo, aire arrastrado por unos labios descompuestos.

Mas, pese a ello, pese a esa oscuridad, a esa tiniebla que, cual bruma, asomaba por las grietas, la espera seguía en mitad de ese entumecimiento de manos, de esa mirada sin objetivo -pese a estar aguardando-, de ese ir y venir por parte del oleaje que, como la leve luz, brillaba espontáneamente bajo el resplandor de las lejanas estrellas que, fugazmente, caían. Pues Efialtes, en su ensimismamiento, lloraba, y ni siquiera lo sabía.
  



viernes, 17 de marzo de 2017

Sin título

Quiero escribirte esta noche, tranquila, paciente, mientras los astros tiemblan, parpadeantes, en la oscuridad lejana. Quiero recorrer con mis dedos ficticios acabados en grafito tu blanca espalda, manchándola tenuemente de palabras dibujadas que signifiquen todo y al mismo tiempo nada.
Quiero poder besar, sin temer al porvenir, el alba que asoma entre la comisura de tus dedos, en el precipicio de la caricia y el deseo, mientras tus ojos se clavan, tiernamente, en mi cuerpo y la sombra que compone su forma en medio de esta nocturnidad de eterna apariencia.
Pues si eso ocurriera, bien sé que la calma vendría, sin necesidad de tormenta. Vendría, lo sé, por mucho que gritasen los cristales exteriores, azotados por gotas y vendavales. Lo sé.
Y sería una calma tan dichosa como el extravío en la pupila confundida con la silueta del párpado fundido con el resto de la habitación. Digna del merecido reposo que tanto anhela este mecanismo incansable que suelen llamar “corazón”.
Pues la pequeña explosión insonora, indolora, haría que pudiera descansar, al fin, en el pecho ajeno y su reconfortante calor. Mientras las palabras se funden, poco a poco, con el anochecer y su borroso sueño.


(En teoría no debería alargarse más del minuto 1:15
para tener leído el relato.)

viernes, 10 de marzo de 2017

Efialtes es una rosa en llamas (detenida en el tiempo)

Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea junto al resplandor de la flama.
Belleza es aquello que no se acapara, que se escapa, que se filtra entre los dedos de la vista y el alma, rozando, con caricias, aquello que impregna, sin ser nunca apresada, ni siquiera en palabra.
Palabra es lo huidizo, rosa de instante, instante que roza, que busca una imagen exacta en la inexactitud de la contradictoria fantasía, ajena, mientras la fotografía mental de quien la graba se difumina… y estalla, en letras igualmente grabadas.


Caricia de alma, de alma acariciada, Efialtes no vive ni muere, pero tampoco ama, la inmortalidad la llama y la noche, oscuridad difamada, se posa en la tinta de quien la define pero no habla.


Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea junto a su resplandor.
Es ojos, es manos, es caricia de ébano blanco, que susurra en silencio marmóreo y observa con los párpados cerrados.
Es sensación de sentimiento no encontrado, de vocablo perdido, extraviado, de mente difusa en paradojas mudas, que languidecen y contemplan el aire de un porvenir inminente por no llegar, mientras la yema de la caricia no encuentra qué acariciar y la entelequia provoca la añoranza.


Ilusión de ilusión, ilusión sin ilusionismo, delirio mimético que resbala en quimeras de largas zarpas, rotas, limitadas y limadas, Efialtes escribe, pero no habla, queda cautivada en un cielo de escarcha, en el frío de un témpano de ese tiempo que no avanza; paralizada, paralizada, en una estación abandonada.


Efialtes es una rosa en llamas que estalla, en pétalo y flama, y la dimensión exagerada la atrapa en una precipitada congelación fotográfica.

lunes, 30 de enero de 2017

Pasa la noche lenta

La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. La noche pasa, lenta. Y las estrellas no parecen querer brillar en ese cielo que se extiende sobre una cabeza reclinada sobre una indiferencia materializada en madera.
La penumbra ha cubierto la habitación con sus garras tras acariciarla lentamente según la luz cedía ante su abrigo, ignorante del frío, y ya nada importa; el abismo se ha vuelto realidad.
La noche, que vigilaba, a lo lejos, con sus astros, no ofrece ya seguridad; el dolor la ha dañado y su grito no logra resquebrajar ningún cristal. Quién diría que esas lunas perdidas en la inmensidad finalmente se perderían de verdad. Quién diría que el puño que las ansiaba, al fin, las iba a alcanzar, aunque no fuese tal como deseaba.
La noche… pasa lenta. Y el llanto que se silencia en ella se propaga por unas lágrimas secas. Los dedos lograron hallar el corazón y sus uñas se han clavado como víboras sedientas de dolor, envenenando según hurgaban más y más en su interior, royendo todo lo que pudiera parecer, en algún momento, vivo.
Y el golpe seco ha estallado cual fuego de artificio demencial.
Todo aquello que alguna vez se tomó por firme, salta por los aires y sólo se observan pedazos cayendo eternamente; uno tras otro, uno tras otro, como si nunca fuera suficiente; uno tras otro, uno tras otro, explosionando y ensordeciendo toda palabra que pudiera querer perdurar en el eco del tiempo, hasta que las propias agujas del reloj cayeron con los números reventados por el suelo.
La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. Y el latir de la cabeza que gotea reclinada sobre una indiferente mesa parece creerse una estrella.