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lunes, 1 de febrero de 2021

Una caricia espacial

Una caricia espacial recorre nuestros oídos con la melodía de las estrellas brillando en unos ojos de cristal que se cierran para deslizarse por las cálidas mejillas, enrojecidas frente al inmenso paso del tiempo emocional que inunda un pecho saturado de sensaciones e imágenes, recuerdos de una vida imaginada y realizada entremezclados en el pasado convertido en presente a través de las palabras que, solas pero acompañadas, surgen de los labios que fueron besados por quienes ya no están, pero viven en la memoria de quien posa los dedos sobre el tierno césped y alza la vista al cielo nocturno para suspirar, fundiéndose con la calmada oscuridad que acoge su cuerpo, con cariño, en el delicado ocaso –de aquel porvenir que aún está por llegar.




sábado, 14 de marzo de 2015

El silencio

Es curioso cómo el silencio es sinónimo de estar bien. Como no dice nada, como no se queja de nada, es porque precisamente no pasa nada, es porque está bien. Entonces, por ello, los muertos deben estar estupendamente. Y es que a veces los silencios pueden ser agradables, como incómodos, pero esos sólo surgen en público, o hablando, no cuando alguien enmudece estando solo.
¿Acaso de verdad ven ese silencio como algo positivo? ¿Es porque si se estuviera muriendo estaría chillando? Pero si hay muertes que no producen ruido alguno. ¿O acaso creen que si alguien necesitase ayuda siempre pediría auxilio, incluso cuando fuera que le rescatasen de sí mismo? ¿Qué clase de pensamiento es ese? ¿Acaso el que se rinde no lo hace callando? Yo no me veo anunciando alegremente que me rindo, que me retiro, que dimito y que paso, si no es por un cabreo momentáneo. O es que igual yo no entiendo los gestos, la comunicación. O es que igual, al contrario, soy de los pocos que sí entienden esta reacción, sólo que si no hay nadie que la interprete es tan útil como romperse los dientes.
¿Entonces qué se debe hacer? ¿Pedir ayuda una y otra y otra vez? Yo no veo al ahogado emitir ningún sonido, más bien parece estar plácidamente dormido. Sólo se hunde, inconsciente, y, si no hay nadie que lo saque, perece. Aunque también pueden sacarlo demasiado tarde y entonces sólo obtendrán su frío y húmedo fiambre. Tan silencioso como en el momento de su muerte.

“Ah…”, suspiro y pienso, “es curioso cómo se interpreta el silencio”.


(Lo ideal es empezar en el segundo 0:07)

viernes, 26 de septiembre de 2014

Ceniza

Como siempre que transcurría el ocaso, se asomó al balcón, pensativo. ¿Qué pasaría por su mente mientras encendía su rutinario cigarrillo? ¿Quizá en los gritos de su casa, tan habituales como los de aquellos domingos que antes pasaba en la plaza? ¿O puede que en su antiguo trabajo, del cual le habían echado? Quién sabe. Igual sólo miraba la oscuridad de la noche donde ni siquiera la luna se atrevía a mostrarse, escondiéndose tras las nubes.
Una cortina de humo salió de sus labios, difuminándole el rostro como una niebla encargada de ocultar un malestar que se percibía en su dificultad por tragar saliva. Su mano izquierda, cogida a la barandilla, apretaba con más fuerza aquella barra metálica según daba caladas al cigarro. Pero dudó ante la última y sus dedos se soltaron, cansados.
Su meñique y anular derechos rodearon la baranda y su mirada, antes alzada al cielo, bajó hasta perderse entre los huecos de los otros edificios, ensombrecidos por las luces naranjas que parpadeaban en las calles y ventanas.
Un suspiro, envuelto de humo, y unas pupilas mirando de reojo al lóbrego interior de su domicilio.
El cigarrillo acabó por consumirse solo y se deslizó entre sus dedos, resbalándole para caer al vacío desde aquel quinto piso. Sus ojos, rápidos, lo observaron. Y, por unos instantes, se iluminaron. Pero un tosido que le obligó a llevarse la mano a la boca le distrajo.
Cenizas. Cenizas todavía candentes en su palma. Y una mirada baja; su idea no le serviría de nada. Se consumía, día tras día, para acabar convertido en una cinérea colilla que en cualquier momento el tiempo pisaría. Así que cerró los ojos y soltó la bruma que quedaba en su interior.
Sus hombros cayeron, exhaustos, y con movimientos automáticos se dirigió a su sombrío lecho, donde debería haberse quedado durmiendo hace mucho tiempo.

lunes, 21 de julio de 2014

Sueños de luciérnagas

Otro trago del alcohol agrio de esa copa barata me devolvió a la realidad. A ese pozo apestado de almas rotas que pretendían reencontrar sus fragmentos en el fondo de alguna botella. Botellas que pedían auxilio al vacío mientras su contenido era vertido y consumido por bebedores que se ahogaban según eran embriagados con su sabor; un sabor que se perdía entre las luces parpadeantes del exterior, entre aquellos neones brillantes de colorido que cautivaban los ojos rojos de los borrachos ahí reunidos y perdidos, como si buscasen explicaciones a través de unas ventanas llenas de mugre que parecen burlarse de la insistente lluvia que golpea su superficie.
Los dedos juegan con un cigarrillo apagado a medio consumir. Lo desmontan poco a poco y llenan la barra de su tabaco, dispersándolo como mis pensamientos. Unos pensamientos que viajan de un lado para otro, divagando entre presente y recuerdo; espacios temporales fusionados en uno en el momento justo que la garganta que ardía se suaviza y fatiga a los párpados.
La oscuridad de los ojos cerrados trae la música. Y la música trae la claridad; un punto blanco que centellea y se incrementa en medio de las tinieblas mentales antes de apagarse súbitamente.
Un peso cálido en el hombro hace que gire la cabeza despacio para toparme con aquel rostro de astutos ojos que se graba en las pupilas, que se clava en la mente. Tan profundo que duele. Pero sus labios, acompañados de una guitarra de fondo, detienen el dolor. Y mi mirada, aturdida, solamente ve borrosas luciérnagas hechas con el fuego de las candelas antes de alarmarse por un cuello que siente un ahogo repentino. Un sofoco producido por aquella boca que ha dado un sorbo automático al líquido adulterado.
Y la realidad choca. Choca, colisiona y perfora. Destroza mi alcoholizada cabeza que se consume como la cera de esas anheladas velas que ahora navegan en el pasado, ardiendo con unas llamas que ondean a base de suspiros extraviados. Y contemplo aquel cristal, ahora libre de licor. Titubeo, dudo, pero antes de que el sollozo se abra paso, pido que rellenen de nuevo el vaso para dar otro trago.

domingo, 25 de mayo de 2014

Voces

“¿Escuchas las voces? ¿Las escuchas? Yo sí. O no, quizá no. A lo mejor son pensamientos. ¿Los pensamientos hablan? Sí, supongo. Es decir, ¿sino cómo sabría que son pensamientos? Porque si no hablasen, ¿qué serían? Aunque bueno..., quizá los pensamientos no hablan y lo que habla no son pensamientos. ¿A ti te hablan? Los pensamientos, digo. Quizá sí y crees que no. O quizá no y crees que sí. ¿Realmente estas voces son pensamientos diversos o son otra cosa? ¿Cómo puedo estar seguro si tú tampoco lo estás? Dicen que escuchar voces no está bien. ¿Y si lo que no está bien es no escucharlas porque tu cabeza está hueca? ¿Entonces qué? ¿Cómo puedo saber que esto es así y no de otra manera? Porque a lo mejor mi cabeza está hueca también y las voces son un simple eco del exterior que resuena eternamente y va llegando con el paso del tiempo. Sí, es posible. Aunque quién sabe, ¿no? Es decir, ¿has estado tú en mi cabeza para afirmar que son voces lo que oyes? ¿He estado yo en la tuya para afirmar que son voces lo que escucho? O para negarlo, claro. Que también puede ser que no lo sean. Pero espera, un momento. Si no son voces o si sí son voces, en todo caso, ¿a quién le estoy hablando?”

domingo, 30 de marzo de 2014

Páginas hambrientas

Abrir las páginas en blanco, observándote impasibles. Notar su frialdad esperando ser caldeada y alimentada con esas emociones que brotan de tu ser, transmitidas a través de negra tinta que fluye como tu misma sangre, manchando hojas y hojas con bellas letras que se comunican entre ellas, formando imágenes y sensaciones que van más allá de aquellos folios insensibles, hambrientos de vocablos.
Sentir un desorden mental, un caos de ideas que luchan entre ellas dentro de tu cabeza. Alterándote por querer dominar esa situación, esa batalla perdida con antelación, ese ajetreo que, si cobrase forma propia, fuera de tu mente, le agarrarías de las muñecas para ponerla contra la pared y acabar besándola mientras sus piernas rodean tu cintura para tirarte al catre, colocándose encima y siendo esa acumulación de pensamientos quien se pusiera dominante, desvistiéndote y mostrando tu evidente desnudez. Exponiendo tus miedos y anhelos. Exhibiéndote ante sus lujuriosos ojos, ansiosos de tus términos. Cogiéndolos uno a uno y liquidándolos, comiéndoselos como quien abre una caja de bombones y tira aquellos que no le gustan para zamparse sin piedad el resto, delante de un atormentado hambriento.
Forcejeas en una desesperada esperanza que se afana en dirigir aquel ente providente del todo y la nada, de la negra oscuridad que todo alberga y nada muestra. Queriendo ser tú esa vela que ilumina y disipa sus tinieblas, cogiendo palabras e ideas como quien revisa una vieja biblioteca.
Pero te golpea, te empuja, te ahoga y te folla. Agarrando tus manos para ponerlas en su cintura, intentándote distraerte en ese placer literario de escupir sin esculpir. Y es cuando finges el orgasmo, cuando engañas a ese amasijo abstracto, cuando le dices haber terminado, que lo tiras a un lado y tú te pones encima. Pero no lo maltratas, no le haces daño a pesar de que él te haya dejado desgarrado, sangrando caracteres rojamente entintados. Vocablos de lascivia contenida que fueron liberados de manera impulsivamente impúdica.
No, no le hieres. Incluso dejas que sus uñas, rabiosas, se claven en tu espalda para acercar vuestras caras, turbias y borrosas, que parecen desvanecerse. Quedando anónimas de nombre, pero conocidas de efigies. Amantes insoportables que se odian a muerte pese a necesitarse, tolerándose en contadas ocasiones aunque se disputen siempre el puesto dominante. Haciendo el amor a fuego lento, cociendo todo con suaves y cautelosos movimientos, vigilando que el resultado sea preciso y hermoso, procurando dejar apartada la vulgaridad, ocultándola nuevamente en la oscuridad. En ese pozo sin fondo repleto de monstruos famélicos, insaciables y roñosos. Atentos a todo con sus ojos peligrosos.
Y suspiras, jadeas y ambos gemís. Rodeándoos mutuamente con vuestros brazos, ciñéndoos hasta fundiros de nuevo para volver a ser un único ente de cuerpo y mente tras haber arrancado parte de vuestra esencia y plasmarla en aquellas páginas, ahora satisfechas.

viernes, 26 de julio de 2013

Imagina

¡Buenos días queridos lectores! Siento la tardanza en subir una entrada, es más, todavía sigo en mi viaje (aunque volveré el día 31), aunque pude encontrar un ordenador en el cual subir la entrada que dije que intentaría subir antes de irme. Así que aquí os la dejo. Espero que os guste y disfrutéis con su lectura.


Imagina que tuvieras un mundo nuevo delante de ti. Para poder crear lo que quisieras; todas sus historias, todas sus vivencias. Incluso los seres que siempre soñaste o circularon por tu cabeza alguna vez, las situaciones que jamás ocurrieron más allá de tus pensamientos o que te gustaría que pasaran en una realidad única.
Imagina que te digo que puedes hacerlo. Crear todo eso y más. Ir hasta la frontera que delimita la propia realidad y cruzarla sin problemas. Caminar más allá de lo que antes habías caminado, creando senderos con tus propias manos.
Imagina que sólo necesitas dos instrumentos para hacerlo. Sencillos y fáciles, sin ningún secreto ni truco escondido tras ellos. Sólo ponerle la dedicación y las ansias de tu pensamiento. Y ver como el resto ya irá viniendo.
Imagina que esos instrumentos ya los tienes, de nacimiento. Sin tener que aprender en ningún sitio, ni que te eduquen en ello. Que sólo hace falta tu cabeza y un medio. Escrito o hablado, interpretado o pintado. Lo que encuentres más adecuado.
Imagina. Tan sólo eso: imagina.


Bueno, ¿qué os ha parecido? Espero que os haya gustado este pequeño relato y quien sabe, quizá os haya transmitido algo incluso. Y, en cuanto llegue a casa, añadiré un soundtrack que escuché mientras lo escribía y que creo que le da un toque más intenso.
Aún así, ya sabéis que como siempre aquí abajo podéis comentar, valorar, compartir y demás, cosa que siempre será bien recibida.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 25 de marzo de 2013

Lluvia

¡Buenos días, queridos lectores! Ayer volví de Londres, pero fue a las tantas, por lo que no pude subir nada nuevo, ni siquiera el capítulo de Un bar cualquiera y además mañana mismo me vuelvo a ir de viaje aprovechando la Semana Santa, volviendo el domingo (que seguramente estaré con familia, como el lunes y todo eso...) por lo que solamente podré subir algún relatillo suelo si tengo algún momento para hacerlo, como estoy haciendo ahora mismo.
Pero bueno, como dije que subiría un relato del móvil, eso haré aunque ya esté en casa. Por lo que si se cuela alguna palabra rara (por culpa del "corrector") disculpadme, aunque me lo revisaré mil veces antes de darle a publicar.
Y aquí os dejo ya con el relato, escrito un día en el tren dirección a Barcelona y que, a lo mejor, si no se para algo de atención puede tener algún que otro momento confuso, pero aún así espero que disfrutéis de esta lectura.


Afuera llovía, levemente. Algunas gotas golpeaban el vidrio de la ventana y se deslizaban hacia abajo debido a la velocidad del vehículo. Otras, cuando éste se detenía y abría sus puertas, chocaban contra el encharcado suelo mientras una fría brisa recorría todo mi cuerpo. Pero eso ocurría en un trasfondo. Pues mi mirada se centraba únicamente en la ventana de enfrente, perdida entre el millar de cosas que pasaban ante ella. Ignorando el oscurecido y triste cielo que producía aquella llovizna. Ignorando el grisáceo día que había conquistado el cielo desde toda la mañana.
Mis pensamientos iban más allá. Se sumergían entre esas nubes, ese cielo, esa lluvia, y se preguntaban el significado de todo esto. No de la lluvia, no de la tormenta, sino de la vida, de la existencia.
Se preguntaban qué fin tenía todo, cuál era la finalidad de nuestra presencia. Cuál era el sentido de la vida, y el de la muerte. Por qué no recibíamos señal alguna que fuera verdadera y fiable de nuestra misión, por qué debíamos seguir con este proceso llamado "vida" si no había nada oculto al final de ésta.
Preguntas, cuestiones y demás que invadían mis pensamientos mientras mi mirada estaba perdida. Pero en unos segundos, cuando de repente pareció aclararse todo, iluminándose mi rostro y con los ojos centelleantes saboreando la obtención de la respuesta, el pitido del tren me apartó de mi trance, indicándome que ya había llegado a mi parada y que debía darme prisa antes de que cerrarán las puertas, sino llegaría tarde a mi estudio.
A pesar de haber estado tan cerca de obtener la respuesta.


Bueno, tengo que admitir que el relato está escrito con influencia de los pensamientos que circulaban por mi mente ese día en el tren, así que viene a ser un relato-reflexión, más que un relato propiamente dicho, aunque espero que aún así os haya gustado la narración y ya sabéis que podéis opinar, comentar, compartir y demás. Incluso si tenéis un tema preferente para que escriba un relato, me lo plantearé y si me gusta, quizá suba un relato en el blog con el tema, situación o demás que habéis propuesto. Pero bueno...


¡Un saludo y hasta la próxima!