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lunes, 14 de marzo de 2016

¿Sueña?

¿Sueño? ¿Si sueño, pregunta? Bueno, la verdad es que sí. A veces, sueño.
¿Con qué? ¿Con qué, quiere saber? Si insiste… La verdad es que la mayoría de esas veces sueño con cosas que cualquiera podría clasificar de desagradables. Para mí, al menos una vez despierto, no son más que fantasiosas ficciones muy alejadas de la realidad. No veo por qué deberían tener relación alguna conmigo si sé diferenciar bien… Oh, vale, no quiere que explique estas cosas. Que me limite únicamente al sueño, dice. Bien, bien, si usted lo pide, que así sea.
A veces, o mejor dicho, la mayoría de veces, sueño con un gramófono. Y se preguntará: ¿qué tiene eso de desagradable? ¡Nada, por supuesto! El gramófono, como la música que sale de él, es exquisito. Bach. Creo que suele sonar Bach en el gramófono. Y su melodía invade mis oídos. No, no de forma penetrante y violenta, sino de forma suave y relajada, y yo siento cómo me balanceo poco a poco con los ojos cerrados. Siguiendo la música. Pero en un momento se detiene de golpe y yo los abro. ¿Y qué veo, me pregunta? Pues oscuridad. No veo más que oscuridad. Como si no hubiera abierto los ojos. Pero sé que los párpados están separados. ¡Por supuesto! Pues la oscuridad no es igual nunca: si miras a la derecha, quizá ahí es más oscura que en la izquierda. ¡Y viceversa! Pero eso no es lo importante, en absoluto. Lo importante llega cuando tras buscar con la mirada aquello que ha detenido la música, una luz me ciega y me veo obligado a ponerme la mano enfrente para protegerme de esa especie de foco que se cuela entre las ranuras de mis dedos. Y a lo lejos parezco distinguir una sonrisa. Demasiada ancha y descuidada para ser humana. Demasiado rota para poder proceder de un supuesto cristal. Aunque todo cobra un poco más de sentido cuando dicho cristal estalla en un estruendo que activa de nuevo el gramófono y mi cabeza es consciente de que debe huir de allí. ¿Y qué haces cuando huyes? Ir en la dirección contraria, por supuesto. Sin dudar. Aunque no importe que no sepas dónde estás, aunque igual por ahí no haya salida alguna, aunque no importe nada. Se va en esa dirección como si no fuera una posible trampa del perseguidor que pretende atraerte allí. Se corre, sintiendo una presencia a pocos centímetros de tu espalda. Sintiendo que, si uno se gira, ésta presencia te agarrará y despedazará. Se corre. Y nada más.
¡Pero oh!, el sueño no termina ahí, ni mucho menos. Sería imposible. Correr y correr por una oscuridad infinita, ¡no habría modo de despertar! Siempre debe haber algo que active la realidad, un botón que te mueva a respirar hondo y te encuentres de nuevo en tu habitación. Por eso yo corro mientras la oscuridad se va difuminando poco a poco y el pasillo se hace más claro. Más claro y rojizo. Como unos intestinos de metal que sangran. Se remueven, chirrían, padecen a cada paso que doy. Pero no puedo detenerme. Sigo adelante, sintiendo la desconocida presencia más cerca. Sintiendo tanto su hálito en mi nuca como sus dientes ansiosos de atravesarla y arrancarme la cabeza. La siento. Pero por mucho que el pasillo esté libre de oscuridad no se ve puerta alguna, ni siquiera una pared que me obligue a detenerme. No. Por eso sigo corriendo mientras el pasillo se estrecha, chirría, gime y sangra desde sus oxidadas paredes. Hasta que uno, no sabe cómo, tropieza y cae. Cae y cae, aprovechando los instantes antes para ladear leve y lentamente la mirada en un intento de observar aquella presencia que le persigue. Pero sólo se es capaz de ver, otra vez, la sonrisa. Ahora burlona. Como si todo fuera un juego, una prueba, un entretenimiento para satisfacerla. Pero eso ya no es lo importante, pues ahora caigo y caigo. Y el túnel es pegajoso, más bien viscoso, y oscuro. Pero pese a ello puedo ver cómo gotean rubíes líquidos de su techo y cómo unos bultos carnosos se acumulan en las paredes. Y algo me dice que, si no vigilo, yo me uniré a ellos. Por lo que me muevo, como puedo, según caigo más y más hondo. Evitando tocar las paredes llenas de sangre y óxido. Hasta que finalmente veo a lo lejos un fondo negro. Otro agujero dentro del agujero. Por el cual no puedo evitar caer; mis intentos de agarrarme a algo son vanos y siento cómo mi cuerpo vuela unos instantes. Floto en el aire y aspiro como puedo algo de ese húmedo y empobrecido oxígeno que ahí se encuentra, hasta hundirme de golpe en una superficie caliente y densa. Quizá más bien espesa. Y granate también. ¿Y qué hago allí? ¡Pues muevo los brazos! Intento nadar a la superficie aunque ni siquiera sea consciente de dónde queda ésta. Y cuando parece que al final la alcanzo, que podré salir de aquella masa líquida, al notar que mis manos se abren paso a una luz parpadeante y naranja para luego intentarlo con mi rostro, me veo en la cama cogiendo aire como si se me estuviera acabando para luego soltarlo en un suspiro y quedarme mirando al techo. Como si no hubiera vivido nada de esto hace unos momentos.




jueves, 28 de enero de 2016

Cada noche me despertaba

Cada noche me despertaba; no importaba lo que hubiese ocurrido a lo largo del día, la hora a la que me acostase o lo agotado que estuviera; cada noche me despertaba. Aquella sensación de ser observado a través de todas las sombras que la tenue luz de la ventana provocaba era asfixiante. Allí donde miraba, ya no estaba. Allí donde la luz iluminaba, desaparecía. No importaba que durmiese con la lámpara encendida, ni siquiera con la que colgaba del techo: siempre había algún rincón oscuro, algún recoveco donde pudiera esconderse de mi mirada. Cosa que yo no podía hacer de la suya.
Probé a cambiar los muebles, a comprar una cama baja, sin espacio para guardar nada debajo, incluso me mudé en un par de ocasiones. Pero tarde o temprano, cuando creía que el asunto se había solucionado, que aquello que me contemplaba por la noche ya no estaba, ni iba a volver, ni me iba a encontrar, aparecía de nuevo con su invisible presencia. Y mis ojeras se volvían otra vez tan oscuras como aquello que al parecer ninguna luz alumbra.
La sensación de peligro se asimiló con el tiempo, pero la de encontrarme indefenso sólo empeoraba. A cada solución, un fracaso. A cada intento, una muestra de fuerzas gastadas en vano. Y la respiración aumentaba según los segundos pasaban con mis párpados abiertos observando la nada, aquella nada oscura que todo ocultaba. Y la respiración se agitaba según los segundos se convertían en minutos y los minutos en eternidad. Agitándose como las ramas que sacudía la tormenta, como las sombras gigantescas y grotescas que se proyectaban a través de un cristal mudo testigo de todo lo que allí sucedía.
El sudor recorría mi frente, mi espalda y se helaba con los escalofríos que él mismo provocaba. El temblor aumentaba con espasmos en mis brazos. Y las uñas arañaban un colchón deshilachado. Las sombras desfiguradas crecían y decrecían, como manos pendientes de ver si me dormía. Y la sensación de desfallecimiento se intensificaba según la noche, a su lento ritmo, pasaba entre aullidos y ruidos mentales. Tan reales como esos ojos ponzoñosos ocultos en el reflejo de la oscuridad.
Y el cansancio fundía sueño y realidad. Cada silueta era un nuevo ser extraño deformado por una vista tan fatigada como su dueño. La perspectiva ya no importaba: las manos eran pequeñas y lejanas, la habitación se alargaba y la garganta se ahogaba como si la lluvia de afuera inundase la sala. Y la mirada. Aquella mirada invisible. Aquella mirada omnipresente. Ahí estaba, en la misma habitación, contemplándome, mirándome, examinándome, esperando a que me durmiese para saltar y despedazarme, arrancándome las carnes con sus garras y dientes, manchando las paredes con mi sangre aún caliente y dejándome con vida lo suficiente para que yo mismo observase mi muerte. Pero antes de que viera mi cuerpo destripado desangrándose una última bocanada de aire me dejaba inconsciente, a merced de mi suerte para ver si lograría, de nuevo, ver la mañana siguiente.

sábado, 10 de enero de 2015

Abismo

Cierras los ojos, recorriendo las callejuelas que en tu interior albergas, escuchando cómo los adoquines resuenan bajo las pisadas de tus botas viejas, cada vez más rápidas, cada vez más pesadas, como si buscasen, como si persiguieran, como si fueran éstas las que están siendo acorraladas. Pero no hay nada más que una baja niebla, una fantasmagórica tiniebla que difumina todo lo que se encuentra más allá de dos palmos y deforma los gigantescos edificios de piedra que se funden en la negra bóveda, tornada noche sin estrellas.
Tus pupilas recorren raudas cada pasillo, cada callejón, y una risa resuena a lo lejos a pesar de parecer provenir de tu interior. Como un eco incesante que retumba entre los muros para clavarse en tus oídos, los cuales sangran una tinta oscura y pegajosa que delinean las grietas de tus huellas, impregnadas en las frías farolas polvorientas. ¿Será tu cordura machacada y licuada?, piensas, pero tu respiración aumenta y sabes que debes correr; no puede atraparte aquella risotada que te hace enloquecer.
Los charcos, medio congelados, se rompen bajo tu peso, como finos vidrios, como espejos maldecidos que reflejan tu figura en mil trayectos y posturas, según caen de nuevo al suelo y son salpicados por su esencia translúcida y líquida, que recorre su superficie como las cálidas lágrimas lo hacen en tus mejillas. Las risas se detuvieron hace tiempo, pero desconfías de aquel paraje que, por mucho que avances, gires o camines, permanece inmutable. Pues incluso tus dedos impresos siguen en los mismos puntos, iluminados bajo las blanquecinas luces parpadeantes de aquellos faroles mugrientos.
Y sólo ves una solución.
Tus párpados son separados por tus propios dedos. La confusión del momento te aturde de nuevo. Y exhalas grandes bocanadas de aire para recobrar el aliento. Pero todo está oscuro, sombrío, apagado, como si te encontrases detenido en la caída de un abismo. Como si esto fuera el delirio y lo anterior la realidad, aunque ambos lugares se vean cargados por la falsedad, una quimera de apariencia tan verdadera como el mordisco que te acabas de proporcionar en tu palma sangrienta.
Aprietas el puño, la sangre gotea. Te levantas del camastro, éste desaparece y la pesadilla te rodea. ¿Qué es real?, te preguntas, ¿qué es ficción?, gritas en tu mente. Y notas cómo tu pecho se oprime. Tu corazón, bombeante y latente, que ignorabas por completo que siguiera ahí presente, empieza a doler, retorciéndose como un nudo en las manos de un marinero. Y entonces comprendes.
Los demonios y monstruos que no son otra cosa que tus pensamientos macabros encerrados en un tarro rojo, escupen su bilis mientras lo arañan para intentar escapar, para intentar perforar tu torso mientras éste se desangra y despedaza. Y los cuervos que graznan y picotean desde el interior de tu cabeza, no quieren otra cosa que abrir una brecha por la cual salir chillando en una nube de plumas negras. Las heridas internas no sanan y sólo derraman más sangre y lágrimas, gritos ahogados en sogas falsas de las cuales penden cadáveres vivientes, todavía calientes a pesar de estar rellenos de un vacío congelante. Y las rodillas ceden ante la inmensa oscuridad, postrándose ante ella, desesperadas, aunque sea ésta la que las acune y envuelva como si fuera un manto envejecido por el tiempo, a pesar de no tener ningún desmejoramiento ni ninguna intención de atenuar tu sufrimiento, haciendo inútiles todos tus intentos de enfrentamiento.
Y abres un ojo y cierras el otro; uno lleno de oscuridad y el otro de calles lóbregas, ambos ciegos y ambos videntes, pero ninguno de ellos cuerdo lo suficiente.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Todo tiene un principio

¡Buenos días, tardes, noches (dependiendo de cuando lo leas), estimados lectores!
Hoy empezamos, al menos por aquí con un día lluvioso desde buena mañana y esto parece ir a largo (aunque bueno, siendo franco, a mi la lluvia siempre me ha gustado).
Bien, bien, hoy les traeré un breve relato que escribí hace tiempo. Este es de un ámbito más realista que los dos anteriores y, quizá, haya a alguien que no le guste, lo comprendería, al igual de que es posible que haya personas que le gusten más algunos relatos que otros. Es lógico; para gustos los colores.
Y bueno, a continuación les dejaré el escrito, el cual me estuvo rondando la cabeza una novela (la cual actualmente solo se encuentra en mi mente, no está redactada como otras) que puede llegar a ser algo "fuerte", aunque tranquilos, este fragmento apenas lo es.
Así que lo prometido es deuda, aquí os lo dejo:


Me desperté, sudoroso, pues ayer había tenido una noche movidita y eso hizo que volviera a tener una de las pesadillas que antes me frecuentaban, la noche en la que murió mi padre o, como dice la gente, en la que yo lo maté.
No fue mi culpa que él se abriera la cabeza, más bien, se lo merecía.
Ese día había estado buscando más maneras para provocar mi ira desde buena mañana, debido a la resaca de la borrachera que cogió por la noche, como siempre. Desde que mi madre desapareció o, como él dijo, le abandonó, cada noche iba a beber, quizá para olvidarla, quizá para olvidar algo que dijo, quizá para olvidar lo que pasó, quizá, simplemente, para matarse de una manera lenta.
Según él yo era el culpable de todo, me odiaba, se notaba en sus ojos, la rabia con la que me miraba, con el desprecio que me hablaba, era una decepción, sin motivo, para él. Nunca hacía nada que mereciera su aprecio después de que mi madre desapareciera o, como él dice, nos abandonara. Antes era un buen padre, un padre modelo, quién hubiera dicho lo que, en un solo día, puede cambiar una persona.
Mi padre era, ahora, después de que mi madre desapareciera o, como él dice, nos abandonara, un ser despreciable, una persona que merecía desaparecer, como yo digo que pasó con mi madre. Una persona que, si debía pasar así el resto de sus días y, yo, seguir a su cargo, debía dejar este lugar, este mundo, en definitiva... morir.
Yo ya era casi adulto, o eso me consideraba a pesar de que mi padre dijese que era un crío. Para el resto del mundo era un adolescente rebelde, normal al tener 15 años.
Pero bueno, como dije, mi padre tenía resaca de la borrachera nocturna, pero esta vez desde buena mañana ya se veían sus intenciones.
Cuando bajó al salón, de buena mañana, a las ocho creo recordar, hora en la que yo desayuno tras vestirme para, quince minutos después, dirigirme a mi institución que, más que un lugar público donde enseñan parece un lugar más siniestro. No, un internado no, sino una cárcel, o peor. Un sótano. Un sótano oscuro en el que estás encerrado y tú, cautivo, en este caso un grupo llamado profesorado, te dice cosas, no importantes, ya que si no las podrías usar en su contra, sino cosas para lavarte el cerebro y hacer que seas un borrego más de esta cosa que llamamos sociedad. Sí, era un sótano donde lavaban la mente a jóvenes, borrando sus esperanzas y diciéndoles que no llegarían a nada en esta vida, aunque se pudieran equivocar. Muchísimo.
Pero bueno, mi padre bajó por las escaleras, con unos tejanos y una camiseta blanca sin mangas. Tenía los ojos rojizos, seguramente de la resaca. Iba con una barba de dos o tres días y despeinado, para variar, con su pelo corto y castaño con alguna que otra cana asomando por la parte superior de sus orejas. No era gordo precisamente, se mantenía en forma, pero no por cuidarse, sino por su complexidad, cosa que, al menos, adquirí yo también. Quizá lo único bueno que adquirí de él.
Me miró con desdén desde su posición alzada y dijo, simplemente, "Café. Ya." a lo que me levanté de mi taburete y serví una taza blanca en la que decía "Al mejor papá", regalo que le hice cuando tenía cinco años. Aunque ahora lo de mejor se había ido borrando de las continuas lavadas, dichosa la casualidad.
Tras llenar la taza, la dejé en la mesa rectangular y volví a mi sitio, donde seguí con mi desayuno de tostadas con mermelada de arándanos junto a un zumo de pera y naranja, un zumo delicioso, pues era ácido cuando tocaba la punta de la lengua, luego pasaba a ser amargo, haciendo que salivaras, cuando empezaba a recorrer tu lengua y, para finalizar, tenía un sabor dulzón que te embriagaba a beber más. Delicioso.
Pero bueno, mi padre había desaparecido de mi campo de visión, no vino a la mesa, simplemente había ido a otro sitio. Supuse que había ido al baño pero, al escuchar los ladridos de mi perro, un ser que había tenido apenas hacia unas semanas, un animal que había querido mucho más que a mi padre al largo de estos años, supe qué iba a hacer ese cabrón. Supe que iba a desahogarse con él, ya que conmigo no obtenía la satisfacción de escucharme suplicar y pedir que parase, no. Yo ya me había acostumbrado.
Corrí afuera, donde mi pequeño husky tenia su casita. Un husky muy bonito por cierto, barriga blanca, como su morro y las patas y el resto iba de gris a negro, según iba subiendo del blanco, iba oscureciendo, pues cuando más cerca del blanco era más grisáceo claro, hasta volverse blanco y cuando más alejado, más oscuro, hasta volverse negro. Tenía los ojos azules, como yo, a excepción de que los míos tenían algún que otro tono marrón y, en la oscuridad, eran totalmente marrones, se necesitaba buena luz solar para verlos azul marino, como los de mi madre.
Corrí hacia allí y vi a mi padre, cogiendo al cachorro por el pescuezo. Se giró, para mirarme, seguramente por el hecho de escucharme correr. Me enseñó el perro y lo lanzó al suelo para empezar a patearlo. Yo lloré de rabia, observé como mi pequeño intentaba caminar hasta mí, pero que de una patada, mi padre, lo hacía retroceder. Yo me quedé quieto, impotente, hasta que recordé.
Entré en casa, gritando que se iba a enterar y, tras romper unos cristales, mi padre entró exaltado para ver, como yo, con su mejor palo de golf, rompía la estantería donde guardaba los trofeos de los que se sentía tan orgulloso de su época del instituto. Le miré de reojo y le solté un "Por hijo puta.", cosa que colmó el vaso y me embistió, tirándome al suelo para empezar a pegarme y patearme. Yo en lugar de defenderme seguí machacando sus trofeos como pude, hasta que me quedé sin fuerzas, sangrando por la boca y con mis ojos amoratados. Creo que también me partió la nariz. Luego me cogió del cuello de la camiseta, me miró, me escupió y me soltó, haciendo que me diera un cabezazo contra el suelo.
Me desperté media hora después, con mi pequeño a mi lado, lamiendo mi mejilla acurrucado a mi pecho. Lo miré y sonreí como pude. Ese día no pensaba ir a clase.
Tras lavar a mi pequeño conmigo, me dirigí hacia el veterinario al comprobar que mi padre se había ido a trabajar tras recoger sus trofeos, sin tocar su café.
Allí me atendieron de inmediato. Tom, el veterinario sabía lo que me ocurría, era el único que me comprendía. Era el único que escuchaba a este joven de pelo castaño claro de metro sesenta. Era el único que me trataba como a un igual.
Tom, tras curar a mi cachorro, me atendió como pudo a mí, cosa que solía hacer, ya que no podía ir al hospital, pues no tenía seguro.
Él siempre me decía que sería bienvenido en su casa si algún día decidía abandonar a mi padre, que se encargaría de todo, pero yo no podía irme, sabía que si me iba, él, mi padre, se encargaría de que volviera a estar bajo su tutela. Fuese como fuese.
Me quedé a su casa a comer y, tras despedirme por la tarde en un abrazo entre lágrimas sinceras, me fui a casa.
Llegué cuando faltaba poco para el atardecer, donde el sol se escondía para dar paso a la noche y, para variar, mi padre aún no había llegado.
Subí a mi habitación, me tumbé en la cama y di de comer a mi pequeño sin nombre, pues no había tenido tiempo a ponerle, y ninguno parecía el adecuado para él.
Mientras lo alimentaba escuché que la puerta de la entrada se abría y se cerraba de golpe. Ya sabía que había pasado.
Otro despido.
Y eso le hacía emborracharse más temprano, volver a casa más temprano, beber una última cerveza en el sofá y tener tiempo a que me diera una paliza que, para su suerte, podría fracturarme algo para que le hacía sentirse mejor con él mismo.
Aunque hoy, la cosa era distinta. Sí, escuché que abría la nevera a por la cerveza, pero al cabo de nada empezó a subir las escaleras, según los pasos que escuchaba, y, al subirlas, siguió el pasillo recto hacia mí habitación, la cual quedaba al final de éste.
Abrí y le miré con desprecio. Él sonrió con malicia, levantó la botella e intentó golpearme la cabeza con ella, pero yo, simplemente, puse el brazo de por medio. Me defendí. Cosa que le enfureció e hizo que me cogiera de los hombros, y yo de los suyos. Forcejeamos, acercándonos a las escaleras.
Me puso contra la pared, cercano a la escalera y parecía que me fuera a arrojar, pero entonces vino mi pequeño, corriendo, para morderle el tobillo, desgarrándoselo. Cosa que hizo que cayera de rodillas. Yo aproveché el momento y le di un rodillazo en toda su mandíbula, escuchando el crack de sus dientes partirse.
Alzo la mirada. Su despreciable mirada.
<<Ojalá nunca hubieras nacido. Ojalá hubieras muerto como la puta de tu madre.>>
Esas palabras me cabrearon. Muchísimo. Iba a golpearle hasta dejarlo inconsciente, pero mi pequeño actuó antes que yo, como si supiera lo que hubiera pasado a continuación y, que yo, no me llevara ninguna culpa por mis futuros actos.
Saltó hacia su cara, arañándolo y mordiéndolo, haciendo que mi padre gritara. Y cayó, de lado, hacia las escaleras, sujetando a mi pequeño para que cayera con él.
Todo pareció pasar muy lento tras ver como caían y, como mi padre, tras dar una voltereta, bajando, dejaba un hilo de sangre, aunque luego comprobé que la sangre provenía de su cabeza.
Corrí hacia abajo, cayendo de culo al tropezar con la resbaladiza sangre. Para coger a mi pequeño. Tenía una pata rota, pero peor que antes, el hueso se le salía de la carne. Debía llevarlo al veterinario, pero estaba cerrado y Tom quedaba a tres calles más abajo.
Mi padre levantó la cabeza como pudo, me escupió. Luego su cabeza cayó de golpe, en un sordo golpe, dando a entender que ya había dejado este mundo. Acerté, su pulso se había detenido. Y, yo, no pude evitar esbozar una pequeña y amarga sonrisa.
Tras eso corrí. Corrí abajo, hacia la casa de Tom. Corrí sin parar, supongo que por la adrenalina, y al final llegué. Nada más llamar a la puerta, la mujer de Tom me recibió y, cuando iba a abrazarla, me desperté del sueño. De la pesadilla. Del recuerdo.


NOTA: Este relato tendría una pequeña parte previa en el escrito original, al igual de que en la novela esta claro que no acabaría aquí, al igual de que pasarían cosas antes de llegar a este punto, pero ya lo veréis cuando tenga tiempo y me ponga a ello.
Por cierto, no siempre los relatos irán al por mayor. Entiendo que por el momento los relatos que voy publicando van de menor a mayor longitud, pero eso se debe a que estoy publicando por el momento algunos que ya tengo, otros que tenía en borrador y así, pero iré variando. A lo mejor publico algo largo el sábado como que el lunes publico solo un microrrelato o algo breve. Supongo que es comprensible.


¿Y bien? ¿Qué les parece? Espero que les haya gustado.
Si es así, ya saben, pueden comentar lo que les parezca abajo y, además, entre hoy y mañana, quizá ponga la opción de que podáis votar lo que os parecen las entradas~

¡Un saludo y hasta pronto!