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miércoles, 30 de abril de 2014

Brillo

Y si el tiempo pudiera detenerse ahora, en esta oscura noche de negro cielo, mis dedos recorrerían eternamente esa espalda de tenue brillo, con ligeras caricias que simularían susurros al oído. Murmullos que recordaría tu mente cuando el reloj retomase su labor, haciendo desaparecer mi presencia de tu habitación y quedando únicamente en ese difuso y apenas perceptible recuerdo. Como el escalofrío que erizó el vello de tu cuerpo.
Y si el tiempo se hubiera detenido, quizá ahora acariciarías inconscientemente una de tus mejillas, arrugada por una leve y desconocida sonrisa. Repasando con tus yemas el mismo lugar donde mis labios se posaron antes de marchar, despidiéndose prometiendo volver siempre que el tiempo volviera a suspenderse.
Pero el tiempo no se detiene. Y me mantiene a raya, observante. Entreabriéndome una puerta en la oscuridad para permitir que vea tu fina luz grisácea, creciendo y disminuyendo como el fuego de una vela, pero yendo acorde a una respiración suave y serena. Rodeada de disimuladas chispas que mueren y resurgen como suspiros, perdidos en ese lejano y extraño vacío pensativo. Incitando a detenerse y contemplar a escondidas, admirando aquel sutil fulgor que tu delicada esencia exterioriza. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Atardeceres en Riells

Chiribitas de fuego ardiendo en el cielo sobre blanquecinas nubes que navegan en un mar celeste, descansando tras la tormenta desatada que ha dejado el paisaje húmedo, convirtiendo las desnudas ramas de los árboles en huesudas falanges de carbón que se elevan hacia el venidero firmamento en el cual una luna tímida se asoma entre una niebla de plata que la tiene rodeada.
La bóveda celeste se oscurece lentamente mientras los rayos del astro rey, luchando por no ser apagados y continuar perpetuos, convierten esa oscuridad en tonos rosados. Como si fueran químicos; una nube tóxica de belleza que se eclipsa sobre ella misma y convierte esa bruma sonrosada en una pasión de colores cálidos que guerrean entre ellos. Manifestándose el morado sobre el rosáceo, el amarillo todavía no anaranjado sobre el blanco y un fogoso rojo abrasando ambos bandos. Incinerando los nubarrones encima del azulino fondo.
Las tinieblas se ciernen sobre la tierra según continúa la pelea y el negro invade el suelo, quien envidia los colores que se elevan sobre él pero, al no poder hacer nada para remediarlo, se queda impotente y estático.
Un brillo se filtra a través del colorido desafío, intentando calmarlo. Pero es tapado y ocultado según va ganando el atardecer violáceo, el cual acaba echando al gran astro. Y la negrura se apodera poco a poco del cielo, filtrándose a través de las nubes y adquiriendo un color azulado que lentamente pasa a grisáceo hasta, finalmente, convertirse en un virtuoso bruno que funde cielo y tierra en uno.

sábado, 17 de agosto de 2013

El hombre que cayó de las estrellas

¡Buenas noches queridos lectores! Esta semana he estado fuera (otra vez) y acabo de volver a casa. Así que una vez acomodado y demás, os cuelgo aquí un pequeño cuento/relato que escribí en su día y espero que disfrutéis leyéndolo.


Sintió su cuerpo frágil. Ligero, como si pudiera flotar. Pesado, como si jamás hubiera descansado. Atrapado y a la vez libre.
Una mirada vacía que observaba todo, sin ver nada. Una boca abierta, dispuesta a hablar, pero tan seca que no era capaz de pronunciar palabra alguna. Una mente brillante, rebosante de ideas, pero detenida. Como una maquina sin aceite.
Y así se mantuvo, en el suelo, como el primer resplandor en el oscuro cielo. Un resplandor que ni siquiera las miradas más curiosas y atentas pudieron percibir.
Cerró sus pesados párpados. Pero no podía dormir a pesar de sentir su cuerpo agotado. Notó como las gotas empezaron a caer sobre él, mojando su áspero cuerpo y enterrándolo bajo el barro que caía en el cráter que él mismo había provocado.
Un suspiro se escapó de sus labios. No de desolación, ni de alivio. Sino de fuga. Pues su alma abandonó su cuerpo antes de ser enterrado. Un cuerpo que había sido rechazado, por no ser como los demás.
Un cuerpo que llegó del cielo, cayendo de él. Una noche sin estrellas, pues le abandonaron a su suerte. Y buscó ayuda. Pero no, no era un hombre como los demás. Era un extraño que buscaba indicaciones tras salir de un enorme agujero provocado en un estruendo. Un ser singular, nada particular. El desconocido que resplandecía.
Y todos quisieron ese esplendor.
Así que ignorando sus peticiones, se abalanzaron hacia él. Por ser diferente, por ser especial. En mitad de tanta gente corriente, en mitad de gente normal. Pero no pudieron quitarle su luz, pues la llevaba pegada a su aura, a su alma.
Y lo echaron. A pedradas y bastonazos. Golpeado por los ignorantes mientras los demás observaban, en silencio.
Hasta que su brillo parpadeó en el aire, saliendo de su boca, de su tos.
Todos miraron al suelo, a las gotas brillantes que se apagaron al momento. Y luego miraron al ser, sonrientes, mientras prosiguieron. Golpeándolo, hasta que huyó.
Corriendo por las callejuelas, yendo al exterior. Hasta su cráter, en el que se tiró.
Y miró al cielo, incomprendido y suplicando, mientras poco a poco su luz se iba atenuando. Hasta cerrar los ojos y suspirar.
Entonces fue, cuando en el cielo, todos los individuos lo vieron. Vieron en el cielo un centelleo. El de una única estrella, solitaria, brillar.


Y bien, ¿qué os ha parecido? Espero que hayáis disfrutado de la lectura y ya sabéis que, como siempre, podéis comentar, valorar, compartir y demás aquí abajo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!