Quiero escribirte esta noche, tranquila, paciente, mientras los astros
tiemblan, parpadeantes, en la oscuridad lejana. Quiero recorrer con mis dedos
ficticios acabados en grafito tu blanca espalda, manchándola tenuemente de
palabras dibujadas que signifiquen todo y al mismo tiempo nada.
Quiero poder besar, sin temer al porvenir, el alba que asoma entre la
comisura de tus dedos, en el precipicio de la caricia y el deseo, mientras tus
ojos se clavan, tiernamente, en mi cuerpo y la sombra que compone su forma en
medio de esta nocturnidad de eterna apariencia.
Pues si eso ocurriera, bien sé que la calma vendría, sin necesidad de
tormenta. Vendría, lo sé, por mucho que gritasen los cristales exteriores,
azotados por gotas y vendavales. Lo sé.
Y sería una calma tan dichosa como el extravío en la pupila confundida
con la silueta del párpado fundido con el resto de la habitación. Digna del
merecido reposo que tanto anhela este mecanismo incansable que suelen llamar “corazón”.
Pues la pequeña explosión insonora, indolora, haría que pudiera
descansar, al fin, en el pecho ajeno y su reconfortante calor. Mientras las
palabras se funden, poco a poco, con el anochecer y su borroso sueño.
(En teoría no debería alargarse más del minuto 1:15
Hoy he
soñado que estaba contigo, otra vez. He soñado que te amaba, que me querías, y
que inundábamos nuestros cuerpos de caricias. He soñado que recorría tu piel
fina con la yema de mis dedos, saboreando tu tacto con ellos, mientras una
ligera sonrisa rompía tus comisuras. He soñado que tu cuerpo, suave, se
moldeaba en mis manos, adaptándose, como el mármol al escultor y que encajaban,
mis huecos con tus miembros, durante todo el proceso.
Hoy he
soñado que nos encontrábamos, otra vez. He soñado que te quería, que nos
amábamos, y que los besos inundaban esos recovecos tan difícil de verlos por
culpa de las cicatrices del tiempo. He soñado que tu espalda se posaba en el
suelo mientras tus labios se separaban y, con un suspiro, rompían tu garganta…
según mis dientes marcaban tus pechos que, endurecidos, sólo pedían más y más
mordiscos. He soñado que nos apretábamos, nos arañábamos y luego nos besábamos,
acariciándonos y lamiéndonos aquellas heridas que, inocentemente, nos
producíamos.
Hoy he
soñado contigo, y con tu cuerpo, otra vez. He soñado que hacíamos bellos
cuadros de poesía, con nuestro afecto, sin ni siquiera ser conscientes de ello
mientras, a lo lejos, nos desvanecíamos en un sueño.
Dos
siluetas, tendidas sobre la fresca hierba, húmeda por algunas gotas de rocío
que empiezan a posarse encima de ella. Un pequeño mantel a un lado, de fina
tela a cuadros rojos y blancos; apenas perceptibles bajo la escasa luz de la
luna y las estrellas.
Dos
manos, encajadas la una con la otra, sintiéndose como dos piezas de un puzle al
fin unidas. Pero con las miradas de sus dueños perdidas, extraviadas en la
infinidad del firmamento.
Un
reflejo, visto de soslayo, provoca que los ojos de él contemplen el blanquecino
rostro de la joven, iluminada con los rayos lunares, los cuales provocan que su
mirada centellee. Más incluso que el propio lago que a su mismo lado se
extiende.
Se le acerca,
tímidamente, mientras la muchacha aún fascinada, pareciendo por el cielo
hechizada, no se percata de cómo él, lentamente, aproxima ambos semblantes.
Hasta que finalmente, ella, como si de vuelta a la tierra cayera, mira a su lado
izquierdo, donde el rapazuelo.
Un
ligero rubor se asoma en su faz, pero no se aparta, no lo empuja, sólo cierra
su mirada. Esperando que el puzle de sus manos ocurra con sus labios. Disfrutando
del encaje, del tímido ajuste en forma de beso que hace que se deje caer
suavemente en el lienzo. Apegándose, el uno al otro. Concordando cada parte
según aumenta el contacto. Sin dudar, directo. Pero lentamente, disfrutando del
juego. Hasta que ella abre los ojos y suspira, observando arriba. Y él, en un
susurro, hace que vuelva a cerrar los párpados y goce. Disfrutando de aquel
sutil momento alejado de todo, cubiertos bajo el manto de luceros.
Nota: Éste es un texto escrito a mitades de 2013, aunque contiene algunos ligeros retoques para que quede más pulido. Por esta razón quizá se noten algunas diferencias con los relatos más actuales.
¡Buenas tardes, queridos lectores! Siento la tardanza del relato de esta semana, pues me encontraba de viaje desde el día 28 hasta ayer, lo que me impidió poder subir nada. Pero eso no impidió que escribiera alguna cosa esos días, por lo que aquí os dejo algo que espero que os guste a pesar de su brevedad.
“Normalmente,
cuando visitas a alguien que queda lejos, cuando vas de viaje a ver amistades o
conoces a gente nueva con la que congenias, involuntariamente les entregas una
parte de tu ser, una parte de tu afecto, una parte de tu cariño que, en la
mayoría de los casos, te es devuelto en mayor o menor intensidad. Por ello,
cuando toca la hora de despedirse, la hora de decir adiós (que en el fondo es
un “hasta pronto” (o eso piensas en tu interior)), te duele. Y no te duele por
la persona, no. Te duele por lo que representa para ti, por lo que ese alguien
deja de ser (un desconocido, un extraño) y por lo que se convierte (una parte
de ti). Es por esa razón que, cuando toca despedirse de quien has convertido en
una pieza más de tu ser, duele tanto. A pesar de que, dentro de ti, te alegra
el saber que ambos seáis importantes el uno para el otro.”
Leyó la nota susurrando cada palabra, recordando la
voz de quien acababa de marcharse al imaginar cómo las pronunciaría. Era un día
triste, sí. Llovía y las grises nubes cubrían el cielo. ¿Pero acaso el Sol no estaba
tras ellas, brillando y dando calor a pesar de que no se pudiera ver? Fue
justamente por esa razón que sonrió levemente a pesar de la tristeza que
embriagaba su cuerpo, pues sabía que, como resplandecía ese astro tras los
nubarrones, aquella persona también se encontraría ahí a pesar de los acontecimientos
que pudieran suceder hasta poder volver a verse
Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado pese a su brevedad? Espero que así sea. Además de que ya sabéis que podéis comentar, valorar, opinar, compartir y demás aquí abajo sin ningún tipo de problema.
¡Buenas noches, queridos lectores! Sé que últimamente estaba subiendo un relato semanal, pero he escrito unos cuantos "tweets" mientras escuchaba una canción (que pondré al final, por si os interesa) que han dado como origen a este pequeño relato, el cual he querido compartir aquí. Aunque, de buen inicio, pensé en repartirlo en el Salón del Manga de Barcelona de este año y subirlo luego. Así que si os gusta quizá lo reparta, pero eso ya se vería según gustase o no. Y no me entretengo más, aquí os dejo el cuento.
Quisiste
entrar en mi cabeza, ver los mundos que guardaba.
Yo te lo
negué y te enfadaste.
¿Por qué
no entendías que estos también ardían?
Todas
las historias albergaban vida, maravillas. Y lo sabías.
Pero
también poseían muerte, pesadillas. Y no me creías.
No te
negaba la entrada por gusto, lo hacía por tu felicidad. Yo me guardaba el
sufrimiento, y tú me lo aliviabas con una sonrisa. Una de tus magníficas
sonrisas que eran mejor que cualquier historia que yo jamás inventara. Pues lo
que me transmitía no lo lograba ningún relato, ni con miles de palabras.
Tú te
preguntabas porque no te lo mostraba todo y yo te decía que en la vida había
intriga, misterios que debían resolverse con el tiempo. Tú hinchabas los
mofletes y, entre enfada y divertida, asentías.
Oh, si
tú supieras, querida… Si supieras que tu corazoncito era más frágil que el mío.
Que yo debía cuidarme de guardártelo, de protegértelo de todo el mal que
habitaba fuera. De las llamas abrasadoras del dolor y la desgracia...
Te contaba
narraciones fantásticas, con miles de aventuras, viajes y hazañas que debían
llevar a cabo unos protagonistas. Te contaba cuentos de tierras lejanas,
dominadas por la ficción y la magia.
Pero
siempre preguntabas: ¿y luego qué pasaba?
Un nudo
se formaba en mi garganta. ¿Qué respuesta esperabas? ¿La verdadera o la falsa?
No lo sabía y con un “vivían felizmente” acababa.
No
quería decirte la incertidumbre de su vida. El azar que existía. No quería que
supieras que no se sabía cómo terminaba.
Y te
contaba esa piadosa mentira, que podía ser tan cierta como errónea.
Tú
sonreías y cerrabas los ojos, soñando con fábulas. Yo apagaba la luz y besaba
tu frente mientras te arropaba. Esperando a que te durmieras, quedándome en tu
cama atento a que ningún temor nocturno te aterrara.
Pues
pese a todo siempre serías mi pequeña.
A quien
protegería y cuidaría.
Hasta el
fin de los días.
¿Qué tal? ¿Os ha gustado? Ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar entre muchas cosas más aquí abajo sin ningún tipo de problemas. Además de que quizá ponga música al blog, pero no sé si sería molesto para algunas personas y mejor ponerla únicamente en las entradas con los relatos que crea que lo requieran.