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sábado, 15 de diciembre de 2018

Noche de lluvia – “The bus has a rainy eye”

La lluvia devora la noche a través de cristales empapados de niebla, como si no importasen las pupilas que en ellos se buscan reflejar. La oscuridad gotea entre el cielo y el vidrio, formando caminos de luces lejanas que pasan rápidas, cual chispas de vida en suspiros incomprensibles. Y las manos, frías, buscan calentarse entre ellas a través de unos dedos helados.
Ya no queda mirada alguna más allá de la del cristal roto en transparencia, fragmentado en raíces que lagrimean frente a una ciudad ennegrecida de neón, frente a unos rostros iluminados bajo sombras; el ojo observa el interior tal como éste intenta contemplar lo de afuera, aquello tornado reflejo turbio que se encuentra tras él, aquello que el ojo muestra y oculta sin saber. Los claroscuros juegan entre repiqueteos y la penumbra crece según los párpados artificiales ceden ante el brillo de lo espontáneo, ante los colores fugazmente ficticios, desmoronando en ríos la forma de la vista. Como si no importase. Como si no importase nada en absoluto.
Lo borroso se torna realidad y la realidad se emborrona; difuminación de formas, de siluetas; se diluye aquello que la pupila transmite y la lluvia devora la noche, haciéndola crecer. La luz que en su momento pudiera significar algo ya no es; solos, puntos, color, tinte sin valor, mera apariencia destinada a perecer entre el olvido y la tiniebla, el cristal revienta en su propia existencia al perder su condición, al convertirse en algo nuevo que no le es propio, y la apariencia se deforma entre delirios, entre quimeras, imaginaciones que buscan siempre referencias, incapaces de admitir la azarosa casualidad, incapaces de convivir en medio de una lluvia a punto de estallar, como si no lo hubiera hecho ya. La luz se extingue y nada cambia. Solo, a solas, una mirada vidriosamente apagada.




domingo, 10 de abril de 2016

Como un gato

I

–Te he engañado.
Quizá fue por la tardía hora a la que se dijeron esas palabras, o por las luces parpadeantes de las farolas que atraían a las polillas, haciendo que revoloteasen bajo su luz sombría, o puede que fuera por el lento goteo de la ducha todavía húmeda por su reciente uso, pero el silencio parecía absoluto.
Las palabras habían resonado en la habitación pero era como si nadie las hubiera escuchado, ni siquiera quien las había pronunciado; flotaron en el aire y se dispersaron en él, como un suspiro fugitivo que pasa imperceptible incluso para aquellos labios que lo aprisionaban. Fue por ello que, seguramente, se volvieron a repetir, pero en esta ocasión más despacio, como saboreando, con cierto amargor, cada uno de esos vocablos, cada una de esas sílabas, cada una de aquellas letras que se arrastraban tras su consecuencia en un intento de alcanzarla para no quedarse abandonadas, como si nada, con su propia desolación. Pero, nuevamente, no hubo respuesta alguna.
Los ojos buscaron los otros ojos, culpables, arrepentidos, como si con una mirada obtuvieran el perdón, como si en una mirada pudieran leer aquella respuesta que anhelaban pero que no obtenían a través de la voz. Mas el silencio se incrementaba y esos ojos, que buscaban otros ojos, no hallaron nada en la ajena mirada. Y la respiración se aceleró, poco a poco, temblando.
–¡Ódiame! –exclamó quien se había confesado hacía unos momentos– ¡Grítame, déjame, pero dime algo!
Mas, nuevamente, no hubo respuesta alguna. Al menos no hablada, pues los brazos de quien callaba rodearon el cuerpo de quien confesaba que, debido a ese abrazo, sintió cómo su interior se deshacía en lágrimas, de odio, de ira, de incomprensión y rabia. En lágrimas que no sabía cómo expresar en actos o palabras. Y temblaba, de emociones que le embriagaban pese a la calma que le sujetaba.
Los labios sollozaban. Los párpados se cerraban, húmedos como esa ventana vestida de lluvia. Y la oscuridad de la habitación descendía según los nubarrones se hacían más presentes en esa noche desteñida. El viento, que ululante silbaba a través de los rincones que encontraba, gemía como lo hacía el llanto de quien entre lágrimas se derrumbaba; y el temblor, tanto por el frío externo como interior, menguó.

II

“¿Por qué…?”, se llegó a discernir minutos más tarde. “¿Por qué…?”, se repitió en voz trémula, como si fuera un pensamiento fugaz que corretea encargado de romper, de forma disimulada, el silencio. “¿Por qué…?”.
Las pupilas de quien envolvía el cuerpo ajeno con su propio cuerpo se posaron en el pelo de aquella cabeza escondida en su pecho. Y sus labios, agrietados, se abrieron despacio.
–Como un gato –dijo, como si soltase el vaho de su boca–. Dije que te querría como un gato –continuó, poco a poco, mientras notaba cómo el rostro de quien se apretaba contra su cuerpo se movía, quizá en sueños, quizá para escuchar mejor lo que decía–. Eso implica que tú vives tus momentos, ya lo sabes, como yo los míos; y a veces, en ciertas ocasiones, éstos se entremezclan –la voz que hablaba era suave, pausada, tan tranquila como aquella mano que acariciaba sosegadamente la espalda–. Yo por eso no te quiero menos, como dudo que tú fueras a hacerlo, pero que esté contigo no implica que seas de mi propiedad; como yo tampoco lo soy de la tuya. Te acompaño y nos hacemos compañía, agradable compañía, pero eso no quita que cada uno tenga su vida. Por ello, lo que tú puedas considerar engaño, yo así no lo trato. Y no deberías culparte por ello: has disfrutado de una experiencia, ¡y eso está bien!, más faltaría, y yo he disfrutado de tu confianza al querer compartírmela.
Silencio.
–No hay más –prosiguió con un tono más bajo–, por algo así… no te tienes que preocupar.

domingo, 16 de agosto de 2015

XVI

Los pies fríos, acordes al vacío, y tormentas en la cabeza, con cuerdas que relampaguean. Olas rompiéndose en piedras que golpean las orillas y a quienes se atreven a verlas, con sales marineras que quieren tensar las velas bajo las aguas negras; como si las embarcaciones pudieran navegar a la inversa, surcando las estrellas verdaderas y no las que se reflejan.
Nubes brunas que centellean a oscuras, tinta volátil que inunda la partitura de las gotas de música que repiquetean como si rascasen los remaches de una cajita no-muda y la vista nublada con las caricias de la melodía que mece las tablas, que rompe las corazas; arrancando capas como quien desnuda a quien ama para incitarle al naufragio entre las blanquiazules sábanas.
Agarres y amarres en puertos invisibles e impares que estallan cuando el cielo cruje. Anclas sin nudos que ahogan cuellos desnudos. Y unas uñas arañando la dura corteza de aquel nuevo árbol creado con nuevas piezas viejas. Rotas, las embestidas golpean y entran, inundan como el deleite inunda dos cinturas y los dientes de aguardiente mueren entre las carnes de aquellos que prefieren mostrarse pacientes; hasta que el tiempo les cubre y fallecen, ahogados por él. Finados en la incertidumbre de si su destino hubiera sido distinto en caso de haberse opuesto a su lumbre y a las letras que arden en su interior como los rugidos incesantes de un pasado también muerto.
El naufragio se rompe cuando queda algún superviviente, como el placer pierde su lucha en cuanto se abren los ojos de sus combatientes. Pero ambos se encuentran perdidos en un nuevo ambiente, confusos y desorientados por un final inesperado donde al perecer la vida ha logrado abrirse paso. Como si eso fuera algo deseado. Como si uno no quisiera morir en adrenalina y otro en éxtasis donde sobrevivir no es nada más que una falsa excusa para proseguir. Como si la lluvia buscase al Sol, como si no lo utilizase para sus propósitos y luego decirle “adiós”. Los pensamientos desaparecen con la distracción y los instantes con el recuerdo. Las nubes grises se las lleva el viento y lo demás es arrasado por éste como bien haría el tiempo. Todo momento desaparece como el barco en la mar: flotan destrozos en las aguas y ya no queda nada más.

lunes, 20 de abril de 2015

Estoy en Maçanet ahora detenido. Y llueve. Es una lluvia fina, ligera, muy pequeñita pero seguida, esa que poco a poco te calaría en los besos. La gente sube mojada, un poco, y el tren hace su sonido rompiendo el silencio armónico de las gotas caer y cierra las puertas para proseguir con el viaje. Me hubiera podido quedar horas y horas observando esa lluvia. Como hacía de pequeño, dentro del garaje. Así que ahora miro por la ventana, pero no es lo mismo que en esa estación donde los trenes se detienen para morir. Y es una lástima. Una lástima. Aunque supongo que las ruedas deben seguir fregándose contra el raíl, como se escucha según avanza la pesada maquinaria.
Ahora observo, en el reflejo que me ofrece una de las ventanas, a una chica de pelo rizado que me ha mirado al entrar. Su cara es pequeña. Y bastante suave de rasgos. Quizá es porque tienden a ser redondeados. Se ha hecho una cola en el largo pelo y ya no tiene el libro que sostenía al principio. Quizá se lo ha guardado en uno de mis despistes, mientras leía o mientras escribía estas letras. Igual lo ha hecho antes de sacar su teléfono del bolso. Y todo está en silencio. A veces se escucha alguna voz, otras alguna bocina, pero excepto por el viento que acaricia las paredes del vehículo desde el exterior y la lluvia repiqueteando, además del frote de las ruedas contra el hierro, todo está en silencio. Es un silencio sinfónico, a diferencia del anterior, a diferencia del de la enorme y grisácea estación que ya he dejado, o más bien el tren ha dejado, atrás. Pues yo sigo teniendo esa imagen en la memoria. Y el cielo está oscuro, también gris. Los árboles son negros, como sombras gigantes de lo que una vez fueron, y la muchacha se levanta al poco de ser anunciada la siguiente parada. Se va. Como otras personas. Cada una tiene su parada se supone. Y cada una se baja, o se sube, en la que le corresponde. Por lo que ahora hay el ruido de la gente que sube y baja, gente nueva mientras la silenciosa compañía disminuye según las voces aumentan. La muchacha se ha ido, con su paraguas azul de mango de madera, y parece que sus miradas, las que me echaba de forma cómplice, por ser ambos lectores, se han ido como el silencio para dar paso a las voces cansadas y viejas de unas nuevas presencias.

domingo, 18 de enero de 2015

Silencio

“Los árboles se deshojan y lloran caducos como nuestros silencios.”

Es curioso cómo, ahora que hay un silencio indefinido, añoro aquellos que teníamos; no pensé que uno de tan grande me fuera a afectar tanto. Los de antaño eran nuestros e interpretables, pero éste… simplemente cae para permanecer en lugar de desvanecerse.
Hoy ha llovido. Y yo ya no sé para qué o para quién escribo. Cada vez estoy más disperso, como los fragmentos de las gotas que estallan al colisionar, sólo que en mi lugar, a diferencia de ellas, ninguna pieza parece unirse para formar una más grande y nueva. Simplemente son cristales punzantes que no parecen poder repararse. Y eso me entristece.
Me he empapado de arriba abajo; mi sombrero, mi chaqueta de cuero e incluso mis zapatos viejos. No se ha librado siquiera la pequeña libreta en la que se han iniciado estas letras. Me he sentado en un banco, o al menos eso he imaginado, notando cómo el frío del agua escalaba por mi espalda e invadía mi persona, para luego sacar un lápiz y empezar a escribir. Las páginas se mojaron poco a poco y todavía siguen húmedas. Es como si se impregnasen de unas lágrimas que se niegan a marchar, a evaporarse y abandonar estos papeles. Igual es porque expresan lo que sienten, pues en aquellos momentos, a pesar del cielo grisáceo y las ramas desnudas que intentaban alcanzarlo, sólo había tristeza. Una tristeza extraña y tiesa, como si estuviera congelada y yo tuviera que cargarla a la espera de que se derritiera. Pero nada, cada vez era más fría y pesada.
Las pequeñas notas de una melodía sonaban en mi cabeza en armonía con la lluvia. Era como estar encerrado en una bola de cristal con cajita de música incluida. ¿Pero de qué servía todo eso? En esos lugares tan frágiles todo suele ser bonito y casi perfecto, a pesar de lo que puedan significar si no se ven desde dentro, pero aquí sólo hay descontento. Es como si desde que aparecieron los nubarrones ya nada pudiera entrar o salir, ni siquiera vivir. Y yo ya no sé qué hacer aquí. Espero mientras el tiempo sigue corriendo. Espero mientras veo cómo todo va envejeciendo. Espero mientras noto cómo me quemo por dentro y sólo se queda el desaliento debido a que los ánimos salieron en suspiros cenizos. Espero y sueño.
Miro mis manos bañadas de negro y no sé si es el carboncillo de escribir desgastado o el hollín que he ido exhalando, pero en mi cabeza sé que la melodía que sonaba desde el pasado está llegando a su final y dejará a la lluvia sonar sin compañía. Será otro silencio que se sumará a la pila. Así que me levanto y miro a mi alrededor: todo sigue igual, intacto, como un decorado hecho a mano por algún artesano (aunque éste lo haya abandonado inacabado), y pienso en los árboles y en cómo se deshojan y en cómo lloran caducos como…
Silencio.
Y ahora tiemblo de ausencia y me resigno en una sonrisa hueca por haber soltado letras que forman palabras demasiado sinceras. Tiemblo, y no es por el frío que se provoca a sí mismo, es por aquel que si pronuncias, desaparece, engendrado por lo ausente a pesar de que, paradójicamente, sí se encuentre presente en mi mente. Tiemblo, fantaseo y quiebro instantes. Irrealidades congeladas en bolitas de nieve.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Su mundo era lluvia

Su mundo era lluvia. Y a veces, en ésta, se perdían mis lágrimas.
Quedaron muy atrás las noches en vela donde observaba bajo la terraza, las madrugadas donde las nubes se vislumbraban al inicio del alba antes de retirarnos a la cama. Quedaron muy atrás, perdidas entre esas aguas encharcadas en las que, de tanto en tanto, todavía me tiro para recordarlo. Quedaron atrás, demasiado atrás.
Su mundo era lluvia, sí, y cómo diluviaba. Caían centenares, millares de gotas a todas horas. Y qué precioso era todo. Como su rostro, empapado, que a veces se frotaba contra el mío para invitarme a visitarlo. O sus manos, suaves, que con la delicadeza que su agua le otorgaba acariciaban las mías para cogerlas y acercarme a ella y, así, poder acariciarla yo también; aunque sólo ocurriese cuando cerrásemos los ojos y entreabriésemos nuestros labios, llenos de suspiros.
Pero qué necio fui. Necio o poco precavido. Pues no predije que, de tanta agua, acabaría ahogado en aquel diluvio. No lo supe ver y dejé que me empapase de su melancolía, de su dichosa desdicha y de aquella tristeza tan bonita convertida en poesía. Permití que me guiase con su voz, cargada de emoción, que leía letras de otros sitios y tiempos, hacia las puertas de lo que parecía ser el núcleo de su sentimiento. Y yo entré, sin y a la vez con miedo, sabiendo y sin saber lo que podría y conllevaría eso. Entré, y no me arrepiento.
Su mundo era lluvia. Y, por suerte o por desgracia, me encantaba mojarme en ella, disfrutar de aquel rincón único que guardaba en su interior y refugiarme hasta que me calase en los huesos. Y bien que caló, sí, bien que caló; tanto que todavía no se me quita el frío y yo tampoco lo permito. Me abrigo en mis brazos en ausencia de los suyos y recuerdo esos momentos juntos, esa soledad compartida en la oscuridad de una habitación donde el único brillo era el de una luna que se escondía entre nubarrones, amenazantes pero encargados de hacer ese mundo posible. Recuerdo esos ojos felinos llenos de astucia y esas palabras justas que guardábamos en nuestras cabezas. Recuerdo, recuerdo y recuerdo, y miro al frente, viendo sin ver, pues mi mirada se encuentra perdida entre miles de gotas que, en mi triste memoria, no dejan de caer.



sábado, 22 de noviembre de 2014

Llueve

Llueve. Mis hojas se mojan y llueve. Las calles, grises y húmedas, se encogen, las luces, naranjas, iluminan las gotas que caen desde la oscuridad, haciéndolas brillar, y llueve.
Si estuvieras aquí para ver esta noche triste que silba alegre y notases tus botas empapadas de dulces pero polvorientas lágrimas, igual la ciudad no te parecería el mismo lugar. Quizá aquellas suicidas que se rompen con lo primero que detenga su caída no te serían ninguna molestia; quizá te entristecería que tu sonrisa fuera producto del sonido de su estallido; pero aunque su cuerpo y sangre, de líquido transparente, se esparza por el suelo anochecido, nada arrebatará la belleza de esos destellos que se precipitan entre las nocturnas tinieblas.
Llueve. Las sombras, mis sombras, se calan y llueve. Los árboles, brutales deformes, se expanden lúgubres y el ruido, extinguido, guarda silencio en honor a los caídos. Y llueve.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Vacío

Las gotas, como pedazos de un alma alquitranada por el tiempo que reventó ante un viejo y continuo sufrimiento, caían frente a sus ojos, oscurecidos como el temporal. La lluvia, guiada por el incesante viento, no dejaba de golpear la ventana. Y aquel sonido le relajaba. Pero los suspiros que escapaban de sus labios no eran de alivio, eran de cansancio.
Sus parpadeos eran cada vez más lentos, más fatigados, e iban acorde con sus inspiraciones. Meditaba con paciencia todo aquello que circulaba por su cabeza. Pero sabía perfectamente que ninguna idea le haría cambiar de parecer; ya había tomado una decisión y, en esa ocasión, ya no había vuelta atrás.
Había vivido todo lo que debía vivir. O eso quería creer para no autocompadecerse más; tenía suficiente con lo que los años le habían llevado a hacerlo ya. Y era hora de enfrentarse a aquello de lo que había huido tanto tiempo, a aquello que tanto había pospuesto con cualquier excusa sacada en el último momento.
Ya era hora. Y no vacilaría.
Sus ojos estaban cerrados, pensativos. Sus manos cruzadas, golpeándose los pulgares rítmicamente. Y sus labios, resecos y agrietados por la edad, fueron relamidos en un segundo por la punta de la lengua que guardaban en su interior.
No había alternativa. Lo sabía.
Abrió los párpados y observó su imagen en el cristal. El pelo blanquecino marcaba su longevidad pero eran las arrugas, aquellas cicatrices del tiempo en su rostro, las que definían su vida. Algunos pensarían que el sillón y el despacho demostrarían unas expectativas cumplidas, pero sólo lo harían quienes no fueran capaces de fijarse en aquel reflejo de mirada vacía. En aquellos ojos llenos de experiencias y carencias, llenos de una oscuridad que, paradójicamente, albergaba todo y nada. Un hueco repleto de sentimientos huecos a su vez.
Las palmas, ancianas, acariciaron los reposabrazos en un pestañeo. Al siguiente, raudas, colocaron una caja sobre la falda de su dueño. Tras un clic se levantó aquella tapa tallada con delicadeza y los dedos de la mano derecha, ayudados de un elegante giro de muñeca, cogieron su contenido. La cubierta se cerró. Y el arma descansó encima de ella.
No faltaba mucho para que cumpliera su cometido.
Otro suspiro. Esta vez el definitivo. Y él era consciente de ello pues, cuando su boca soltó todo el aire contenido, el cañón ya se había colocado en su sien.

Un relámpago iluminó el cuerpo vencido. ¿Su reto? Haber vivido.

jueves, 21 de agosto de 2014

La chica que bailaba bajo la tormenta

Su cuerpo, que se ceñía al vestido blanco que transparentaba debido al agua, estaba empapado a causa de la incesante lluvia. Pero eso no parecía importunarla. Ella seguía dando vueltas y vueltas sobre sí misma, con la mirada al cielo y su perlada sonrisa rasgando sus sonrojadas mejillas. Como si los nubarrones en los que clavó las pupilas antes de cerrar los párpados fueran rayos de luz, rayos de luz encargados de iluminarla y darle el calor necesario para que el frío no la calara.
Los pezones de aquellos pequeños y tiernos pechos se marcaban en la tela, su vientre hubiera parecido desnudo si no fuera por aquella ligera capa que tenía encima, que emulaba ser una malla translúcida, y sus pies descalzos se manchaban cada vez más de fango al pisar los charcos que salpicaban sus elegantes muslos.
Erik notaba cómo su pecho crepitaba ante aquella visión, pero se mantenía a una distancia prudencial; no quería llamar la atención de la chica que bailaba bajo la tormenta. No quería interrumpir aquella danza que lo hipnotizaba. Y por ello se quedaba quieto, en el suelo, observando en el más completo silencio cómo los pasos de la muchacha se movían entre aquellos espejos acuáticos antes de ser rotos bajo su peso, fragmentándolos en mil gotas.
Debido a la situación le costaba respirar con normalidad. Era por ello que el joven debía coger bocanadas de aire a pesar de que el paladar le supiera a tierra. A tierra y sangre.
El sabor metálico descolocó su mente, pero lo ignoró, igual que cuando se pasó los dedos bajo su nariz y los notó pringosos. El espectáculo lo tenía demasiado cautivo con sus gráciles pasos.
Parpadeó un momento y recordó el viento meciendo su cabello justo antes de poder ver el primer relámpago a lo lejos. O eso le pareció por el trueno que retumbó a los pocos segundos, un tronido tan potente que le ensordeció los oídos con un agudo e insistente pitido.
Pero la imagen de la muchacha mojada era lo único que le importaba. Pese a las siluetas difusas que empezaron a correr frente a él, sombras borrosas entre las que continuaba el baile.
Hasta que notó sus brazos elevarse, como si una fuerza externa quisiera alzarle.
El muchacho se removió; no quería ser descubierto. Pero le fue inútil resistirse, las manos que sujetaban sus extremidades lo levantaron mientras creía escuchar cómo alguien le llamaba. Mas su mirada quedó fascinada en las delicadas facciones de la chica, que lo miraba.
Los ojos de ambos se cruzaron y aquella perlada sonrisa que rasgaba sus sonrojadas mejillas se tornó cálida. Él, como pudo, también sonrió. Y una punzada le golpeó el esternón. Creyó que era el corazón que, ardiendo, le fundía el torso para correr a los húmedos brazos de aquel recuerdo manifestado en mitad del campo. Pero antes de caer de nuevo al barro, el dolor que prosiguió al desconocido impacto le hizo ver cómo aquel vestido, empapado, era borrado junto a la persona que lo llevaba puesto. Desvaneciéndose la actuación sin que pudiera hacer nada para remediarlo, como sus compañeros tampoco pudieron socorrerlo a él, pues el miliciano se había sumado al resto de finados.

lunes, 28 de julio de 2014

Impotencia

Llovía. Las nubes de tormenta hacían más oscura esa noche sin estrellas y los faros del coche apenas iluminaban dos palmos de ese asfalto cubierto por una densa y baja niebla. La gotas que caían del cielo repiqueteaban contra los cristales, como si tuvieran por misión romper el silencio, antes de ser dispersadas por el limpiaparabrisas y el viento. Y, poco a poco, la carretera se adentró de forma cada vez más zigzagueante en el bosque de aquella montaña, obligándome a moderar la velocidad del auto. Pero las ruedas resbalaron y el coche volcó.
Me golpeé la cabeza con el volante y el aturdimiento hizo que todo me diera vueltas. Como pude, me arrastré por la ventana rota y salí del vehículo accidentado. La lluvia seguía cayendo, persistente, y el suelo se encontraba enfangado.
Desorientado, me llevé la mano derecha donde noté que había recibido el golpe y miré mis dedos manchados de rojo: sangraba por la frente. Pero eso era lo que menos me importaba en aquel momento; la luna se había roto y el asiento del copiloto estaba vacío.
En un intento de mantener el equilibrio, me incorporé lo más rápido que pude para empezar a mirar hacia todas partes. Tenía que encontrarla. Tenía que saber dónde estaba. Tenía que socorrerla, ayudarla.
Mis ojos buscaron desesperados en mitad de la negrura hasta que miré al árbol de enfrente, iluminado gracias al único faro que quedaba encendido de forma parpadeante, y vi su cuerpo tendido en el suelo. No dudé y, a pesar de la torpeza que invadía mis movimientos, corrí hacia ella para echarme al barro y sostenerla entre mis brazos.
–No me abandones… –le dije abrazándola con fuerza–. Debes seguir aquí…, conmigo –las palabras eran cada vez más difíciles de pronunciar debido al nudo que se formaba en mi garganta–. L-lo solucionaré. Lo solucionaré todoPero aguanta, por favor… Aguanta.
No respondió.
La apreté con fuerza contra mí. El frío y la humedad de su cuerpo manchado de tierra y sangre me caló hasta los huesos antes de seguir hablando, entrecortado, según la vista se me nublaba a causa de las lágrimas que empezaban a brotar de mis ojos.
–No, no te mueras –le repetía suplicante–. No, no lo hagas… Debes aguantar, debes seguir aquí conmigo. ¡Debes…!
La voz se me cortó de golpe, mis puños se aferraron a su húmeda ropa y, el aguante que retuvo la impotencia de saber que no podría hacer nada con solo verla bajo el árbol, se rompió en forma de llanto. Un llanto desesperado y desolado. Un llanto que provocaba que abrazase con más ímpetu su cuerpo inerte, como si eso fuera a solucionar algo. Un llanto que sabía perfectamente que todo era inútil.
Y ahí me quedé: desconsolado y llorando en mitad de esa lluviosa oscuridad. Y, por primera vez, totalmente solo, perdido y roto.






(Relato leído por Elena)

lunes, 26 de agosto de 2013

Victoria

¡Buenas noches queridos lectores! Hoy, a las tantas de la madrugada, os traigo un relato que he escrito hará cosa de unas escasas horas el cual lo adjuntaré con una banda sonora abajo (como ya he hecho en más de una ocasión) pero por el hecho de que me ha inspirado este relato. Aunque, esta vez, a diferencia de las otras, la banda sonora tiene diversas partes, como el relato, y cada una está ligada con una parte del relato (que, leído a velocidad más o menos normal, debería encajar en el tiempo). Pero bueno, aquí os dejo el relato y abajo el vídeo.


Sus rodillas se hundieron en el suelo, junto a la hoja de su espada. Sus manos se posaron sobre su regazo, mientras agachaba la cabeza. El silencio inundaba el lugar y sólo se podía percibir la brisa ululando por el interior de su dañado casco.
La sangre corría por el descampado, formando nuevos ríos y charcos, manchando de rojo el verde prado. Tintando de granate los estandartes clavados. Fluyendo de los cuerpos del suelo, la mayoría sin poder volver a ser reconocidos nunca más.
Alzó la cabeza al cielo y miró con sus pequeños ojos las nubes, buscando una respuesta mientras se enfrascaba en sus recuerdos, rememorando como había ocurrido todo, recordando el crepitar del fuego en la chimenea incitándole a ir a la guerra, a hacerse un nombre batallando.

Golpes de escudos, los unos con los otros y contra los pechos de sus portadores. Jinetes en altivas monturas centelleando bajo la luz del día, como estrellas en mitad del firmamento, por sus armaduras pulidas. Guerreros, soldados todos ellos, de mismas condiciones e igualdades. Héroes para sus seres queridos, monstruos para sus enemigos.
Miró la explanada que se extendía frente a él y observó los otros combatientes. Luego suspiró, dejando que el viento acariciara su rostro y cabellera antes de colocarse el yelmo, justo al sonar a lo lejos el gran cuerno. Indicando el comienzo del gran acontecimiento.

Cerró los ojos, relajando todo su cuerpo, y revivió otro momento, uno de más cercano. El último vivido.

Recordó el acero brillar bajo los soles. Las chispas saliendo con su choque y los gritos eufóricos de los batallantes, disfrutando ser portadores de la muerte. Rememoró las lecciones aprendidas de joven llevadas a la práctica, manejando el hierro en lugar de la madera. Y la euforia, la alegría, el bienestar tras insertar la hoja de su arma en el pecho de quien momentos antes le intentaba matar.
Un encuentro de espadas, un resplandor momentáneo entre ellas, en el cielo, y un cuerpo cayendo al suelo. Un vencedor avanzando a por otro vencedor, luchando sin descanso hasta convertir a uno de ellos en perdedor. Muriendo y matando honradamente en un combate hasta el final.
Sin importar nada más que la gloria y el honor por ser el campeón de campeones.

Las nubes amenazaron en el cielo para dar paso a la lluvia. Las gotas repiquetearon en su magullada armadura, oscurecieron el color de su capa y empaparon su piel, limpiándola de toda mancha y suciedad.
Regaron la hierba y lavaron la tierra de todo mal producido. Y finalmente respondió al invicto, dándole un claro mensaje, pues pese a ser el mejor de todos ya no quedaba nadie para alabarle, más allá del cielo y los Dioses, que fueron meros espectadores.




Bueno, ¿qué os ha parecido? Espero que haya sido de vuestro agrado y se haya podido compaginar bien la música con el relato, pese a que quizá alguna parte de la narración es demasiado breve para esa "sección" dentro del soundtrack, pero creo que si se escucha antes la música y luego se lee con ésta se sabrá compaginar bien. Además, ya sabéis que aquí abajo podéis valorar, comentar, compartir y demás sin ningún problema.


   ¡Un saludo y hasta la próxima!

sábado, 3 de agosto de 2013

Doble víctima

¡Buenos días queridos lectores! Siento no haber subido nada cuando llegué ya a casa, aún así aquí os dejo un pequeño relato y supongo que en breves retomaré la serie de Un bar cualquiera. Mientras espero que disfrutéis con la lectura que encontraréis a continuación.


La lluvia empapaba la calle, resbalando por las paredes, resbalando por las aceras, arrastrando la inmundicia del suelo hasta las cloacas, pero dejando aún más negro el suelo.
Las gotas repiqueteaban contra las ventanas, chocando en ellas, incansables. Como si esperasen a que alguien les abriese.
Una pequeña, escurridiza y salada, se fusionaba con las dulces encima de los poros de aquel rostro oculto bajo la sombra de su mojado sombrero.
La gabardina, antaño marrón y ahora negruzca, ya no le protegía del clima, de la tempestad. Se pegaba a su cuerpo, como si formase parte de su piel, a la cual le costaba transpirar.
Un brillo en el cielo, una estrella fugaz.
No pidió deseo alguno, ya que como él, era un cometa errante con un pasado triste y un futuro más oscuro. Destinado a ir a la deriva, sin rumbo. Como le ocurría a su observador nocturno.
Se agachó levemente, notando los zapatos llenos de agua, y miró enfrente, al pavimento ensangrentado.
Estaba solo en el lugar, no quedaba nadie con vida en esa callejuela. Pues lo que más quería yacía a sus pies. Sucio, húmedo e inerte. Como su alma, despedazada.
Estiró la mano y acarició el rostro del difunto. Pasó los dedos por su castaño pelo y se mordió el labio inferior.
Impotencia, rabia y mil sensaciones más. Explotando desde lo más recóndito de su interior, ansiando salir. Pero debía mantenerlo dentro, guardado, esperando.
Para cuando llegase el momento de la represalia poder hacerlo como mandaba.
Pues se vengaría de los causantes, acabando con quienes creyeron acabar con él.
Cogió el cuerpo entre sus brazos y miró de nuevo al cometa del cielo, el cual, por unos instantes, iluminó los dos rostros idénticos.


Espero que hayáis disfrutado con el relato y ya sabéis que podéis comentarlo, valorarlo, compartirlo y demás aquí abajo, cosa que siempre se agradece.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 13 de mayo de 2013

No quiero "desilusionar"

¡Buenas tardes queridos lectores! Escribo esta entrada para avisar (aunque quizá algo tarde) y remarcar lo que dije en la anterior: no podré subir mucho hasta la semana que viene, así que pido que me disculpéis las molestias causadas (a pesar de no haber querido hacer esto, como ya dije hace tiempo). Aún así, como en la última entrada, como el poco tiempo que tengo para escribir algo es en Twitter (ya que es rápido, corto y conciso), os subiré los microrrelatos que publiqué por ahí con el tope de 140 carácteres ya que más vale poco que nada. Y, de nuevo, os pido disculpas.


La observaba cada día, cada noche...
Pero es que no podía evitarlo.
Por algo la tenía secuestrada.


Una caricia.
Dos palabras.
Tres besos apasionados.
Cuatro manos entrelazadas.
Infinitas sensaciones.


Cielo relampagueante.
Gotas resonando contra el cristal.
Tempestad en el exterior.
Calma en mi interior.


Fuente de melancolía.
Romántica y enamoradiza
pero salvaje y violenta.
Única ella sola.
Sencillamente lluvia.


Corre, corre y no mires atrás, pequeña.
Porque, si lo haces te detendrás. Y los malos sueños te cogerán.


Bueno, espero que disfrutéis de estas lecturas y, hasta que pase la semana, únicamente podré subir entradas así y las entradas irán en "packs" de 5 en 5 microrrelatos. Pero de verdad, lo siento muchísimo.

   Un saludo y hasta la próxima~

lunes, 25 de marzo de 2013

Lluvia

¡Buenos días, queridos lectores! Ayer volví de Londres, pero fue a las tantas, por lo que no pude subir nada nuevo, ni siquiera el capítulo de Un bar cualquiera y además mañana mismo me vuelvo a ir de viaje aprovechando la Semana Santa, volviendo el domingo (que seguramente estaré con familia, como el lunes y todo eso...) por lo que solamente podré subir algún relatillo suelo si tengo algún momento para hacerlo, como estoy haciendo ahora mismo.
Pero bueno, como dije que subiría un relato del móvil, eso haré aunque ya esté en casa. Por lo que si se cuela alguna palabra rara (por culpa del "corrector") disculpadme, aunque me lo revisaré mil veces antes de darle a publicar.
Y aquí os dejo ya con el relato, escrito un día en el tren dirección a Barcelona y que, a lo mejor, si no se para algo de atención puede tener algún que otro momento confuso, pero aún así espero que disfrutéis de esta lectura.


Afuera llovía, levemente. Algunas gotas golpeaban el vidrio de la ventana y se deslizaban hacia abajo debido a la velocidad del vehículo. Otras, cuando éste se detenía y abría sus puertas, chocaban contra el encharcado suelo mientras una fría brisa recorría todo mi cuerpo. Pero eso ocurría en un trasfondo. Pues mi mirada se centraba únicamente en la ventana de enfrente, perdida entre el millar de cosas que pasaban ante ella. Ignorando el oscurecido y triste cielo que producía aquella llovizna. Ignorando el grisáceo día que había conquistado el cielo desde toda la mañana.
Mis pensamientos iban más allá. Se sumergían entre esas nubes, ese cielo, esa lluvia, y se preguntaban el significado de todo esto. No de la lluvia, no de la tormenta, sino de la vida, de la existencia.
Se preguntaban qué fin tenía todo, cuál era la finalidad de nuestra presencia. Cuál era el sentido de la vida, y el de la muerte. Por qué no recibíamos señal alguna que fuera verdadera y fiable de nuestra misión, por qué debíamos seguir con este proceso llamado "vida" si no había nada oculto al final de ésta.
Preguntas, cuestiones y demás que invadían mis pensamientos mientras mi mirada estaba perdida. Pero en unos segundos, cuando de repente pareció aclararse todo, iluminándose mi rostro y con los ojos centelleantes saboreando la obtención de la respuesta, el pitido del tren me apartó de mi trance, indicándome que ya había llegado a mi parada y que debía darme prisa antes de que cerrarán las puertas, sino llegaría tarde a mi estudio.
A pesar de haber estado tan cerca de obtener la respuesta.


Bueno, tengo que admitir que el relato está escrito con influencia de los pensamientos que circulaban por mi mente ese día en el tren, así que viene a ser un relato-reflexión, más que un relato propiamente dicho, aunque espero que aún así os haya gustado la narración y ya sabéis que podéis opinar, comentar, compartir y demás. Incluso si tenéis un tema preferente para que escriba un relato, me lo plantearé y si me gusta, quizá suba un relato en el blog con el tema, situación o demás que habéis propuesto. Pero bueno...


¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 20 de marzo de 2013

La verdadera sinceridad

¡Buenas tardes queridos lectores! Mañana, a las 6:30, me voy ya para Londres (viaje de fin de curso de 2º de Bach.), y no volvería hasta el domingo (tarde, muy tarde). Cosa que impediría que pudiera subir el capítulo de un bar cualquiera el fin de semana, así que lo aplazaré al siguiente si no se produce ningún imprevisto (digo imprevisto por el hecho de que será Semana Santa, vacaciones, y no sé todavía si iré hacia algún lado, por eso). Pero como sé que os hago esperar muchas veces, durante este viaje y estas vacaciones prometo no dejaros sin nada. ¿Que cómo lo haré? Sencillo, muchas veces cuando me viene la bendita inspiración o alguna idea y me pilla fuera de casa y sin papel y bolígrafo a mano... escribo en la aplicación de "Notas" del móvil y ahí se quedan (por los siglos de los siglos). Por lo que, gracias a esto, subiré en el viaje al menos uno de los relatos que están en mi móvil y haré la entrada desde allí (por eso seguramente no me extenderé demasiado y la subiría por la tarde-noche o de buena mañana, ya que el resto del día... será un no parar de un lado a otro). Así que bueno, prometo al menos subiros un relato como compensación del capítulo que no podrá ser.
Pasando al segundo punto, relacionado con el viaje, desde el móvil no sé si podré publicar la subida del nuevo relato al Facebook, pero si podría avisar mediante un tuit, así que estad más atentos al Twitter que al Facebook estos cuatro días, porqué este si que no fallará.
Como tercer punto, he de decir que estoy reutilizando Wattpad, si, pero no para subir cosas nuevas, sino solamente para subir la serie semanal, pero capítulos que ya están en el blog, así que tranquilos, el blog siempre tiene prioridad ante todo (excepto fragmentos de escritos que no vaya a hacer públicos totalmente, entonces Facebook manda).
Y como cuarto y último punto, pero que creo que es el más importante o que más os puede interesar en el momento: el relato. Sí, que ya os dejo leer el relato (o más bien microrrelato) tranquilamente. Pues eso, ya está todo dicho y ahora a disfrutar con esta narración que escribí el otro día en un momento de algo de indignación, por lo cual entra en el "género" de "relatos espontáneos", ya que lo importante es cuando se escribe y lo que transmite (eso no significa, como bien sabéis, para añadir faltas ortográficas y demás, eso es un error  que no tiene excusa posible dentro de la escritura a no ser que sea un lapsus momentáneo). Pero bueno, aquí os lo dejo:


Ahí estaba yo, en mitad del suelo de ese oscuro callejón, tirado de cualquier manera encima de un rojizo charco que se iba diluyendo gracias a la lluvia que empapaba el suelo y hacía que la mugre manchara mi húmedo y frío cuerpo.
Sí, estaba muerto.
Pero no había muerto de cualquier manera, no señor. Había sido asesinado. Porqué, os preguntaréis. Pues la razón es sencilla: hablé demasiado. Pero no, no os confundáis. No hablé como en las películas de gánsteres, policías corruptos o presos, nada de eso. Cuando digo que hablé demasiado, sencillamente, me refiero al hecho de que fui demasiado sincero para esta sociedad en la que vivimos.
Cómo puede ser eso, quizá también os preguntaréis. “Vivimos en la época de la verdad”, algunos afirmaréis. Otros, directamente, pasaréis de continuar escuchando mi relato alegando que soy un simple mendigo más que ha muerto, alguien sin nombre, alguien sin importancia. Pero para quien quiera escuchar la razón de mi desdicha, prometo que su visión del mundo actual cambiará por completo…
Dicha razón fue la sinceridad. Os volveréis a preguntar, cómo es eso posible, pues bien queridos oyentes. Hay gente en el mundo que solamente es capaz de escuchar elogios, por muy patéticos o fingidos que sean estos. Hay gente que no sabe encajar una crítica, por muy acertada que sea. Y, esa gente, si se conoce y tienen un enemigo común, a veces es capaz de hacer cosas inimaginables.
Y así es como sucedió; de camino a mi hogar, dichas personas se aliaron, para tenderme la emboscada y, cual al antiguo emperador romano, las dagas volaron hacia mí. Atravesando mi cuerpo con un millar de puñaladas. Pero no fue eso lo que me mató, pues rápidamente todos huyeron y yo caí al suelo, moribundo. Y ahí fue donde morí, desangrado, en un callejón alejado de todo, mientras el sonido de la lluvia y los truenos ahogaba mis alaridos y súplicas de ayuda.
Y todo eso por una sencilla razón: ser verdaderamente sincero.


¿Os ha gustado? Como dije antes, lo importante es imaginar y recrear los hechos y ponerse en la situación, imaginar las cosas, más que lo que hay escrito, ya que la intención de muchos "relatos espontáneos" es que la imaginación del lector brote en la historia, pero imaginando lo que el escritor pretende narrar con pocas palabras. Así que bueno, si he conseguido eso, entonces se podría decir que mi objetivo con éste tipo de relatos ha tenido éxito. Y, como siempre, ya sabéis que podéis compartirlo, valorarlo, comentarlo, opinar, etcétera, etcétera de mil y una maneras (vale, quizá no tantas, pero hay muchas opciones). Así que venga, no seáis tímidos, que me gusta tener opiniones, valoraciones y demás más allá de los correos electrónicos que suelo recibir. Pero bueno, aún así...

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 22 de octubre de 2012

Un bar cualquiera

¡Buenas noches estimados lectores! (A no ser que leáis esta entrada en otro momento, claro está.)
He de admitir que debido a los estudios y demás, haciendo que tenga exámenes y trabajos por hacer, modificaré los días de publicación de relatos: los relatos de los lunes pasarán a publicarse entre miércoles y jueves y, los relatos de los sábados, se mantendrán ese día aunque en caso de no poder subirlo, lo publicaré el domingo, que ahora entrará en el plazo (así me ahorro excusarme en caso de no poder subir nada el sábado, jeje).
Bien, dicho esto, he pensado en hacer una pequeña encuesta a esta gentecilla tan especial que sigue el blog sobre un tema que detallaré el próximo fin de semana, con la próxima entrada, pero os adelanto que la de hoy estará relacionada, por si queréis empezar a sacar vuestras propias conclusiones.
Y bueno, como el aviso lo doy esta semana, no os dejaré sin relato el lunes (aunque ya sea hora tardía), por lo que esta nueva distribución empezará a hacerse desde este "finde".
Hoy os traigo un pequeño relato que escribí hace ya su tiempo también, el cual simplemente he hecho algunos retoques pero he querido mantener un poco la esencia del original (supongo que lo podréis notar). Pero no me andaré con más rodeos, aquí lo tenéis.


Ya eran sobre las diez de la noche y, como siempre a esa hora, el bar estaba en calma con los amigos de siempre. Solo se escuchaba el sonido de la lluvia repiquetear contra las ventanas y los truenos de afuera, mezclándose con el ruido de las bolas de billar que rodaban y chocaban entre ellas.
Hoy, era otro día más en este puesto de barman.
Lentamente, la puerta de entrada se fue abriendo hasta dejar paso a un extraño tipo vestido con una gran gabardina negra y un sombrero del mismo color, el cual solo permitía ver la mitad inferior de su rostro. Ambas piezas parecían estar húmedas, seguramente por la tormenta del exterior. Giró la cabeza a ambos lados, como si observara el local, y empezó a andar hacia la barra. Sus pisadas resonaban de manera férrea, pero mojadas; llevaría unas botas metálicas puestas, las cuales estarían empapadas.
Se sentó en un taburete de la barra, justo delante de mí y pidió algo de comida caliente y una cerveza. Sin dudarlo ni un instante se lo serví de inmediato. Él engulló todo en cuestión de segundos.
Richard, un habitual de por aquí, ya algo borracho por haber bebido demasiado, se dirigió hacia él. Mirándole con algo de desprecio, le insistió en que se quitara el sombrero para poder ver su cara. El extraño negó con la cabeza tras mirarle ladeando la cabeza. Richard desde siempre odiaba las negativas y, aún más, cuando iba borracho, por lo que eso hizo que se enfadara y agarrase un lado del sombrero del desconocido. Dio un tirón, pero antes de que pudiera quitárselo, ese hombre le golpeó con fuerza en el pecho, lanzándolo contra el suelo.
Mi borracho habitual se levantó de inmediato e hizo el intento de asestarle un puñetazo en la cara del hombre que lo había dejado en ridículo, pero él sacó rápidamente una pistola de debajo su chaqueta y la colocó en su pecho, a modo de amenaza de que si seguía molestándole, dispararía.
- ¡No tienes pelotas! –Vociferó Richard mientras le daba el golpe.
Sonó un trueno. Un rayo iluminó aun más el lugar al desprender su luz desde la ventana. Richard, por su parte, cayó al suelo, muerto.
Todos miraron con miedo el cadáver y luego al tipo de negro, pero de inmediato volvieron a sus cosas, disimulando, como si no hubieran visto nada, aunque no podían evitar mirarle de reojo, con miedo a lo que pudiera hacer a continuación.
- Disculpe las molestias por lo ocurrido -habló con una voz algo grave y a la vez extraña-, haré lo posible para que no le pase nada.
No contesté. Solo asentí con la cabeza sin apartar la mirada del cadáver.
Me temblaban las manos. Todo yo estaba temblando. Nunca antes había pasado algo así en mi bar, ni tampoco había visto una persona matar a otra y aún menos, a uno de mis amigos. Aunque bueno, amigo, amigo, no, más bien conocido.
Se levantó, cogió el cuerpo inerte de Richard y se lo cargó en el hombro izquierdo para dirigirse al cuarto de baño.
No salió de allí hasta haber pasado al menos media hora, a pesar de parecerme cada minuto una eternidad, pues iba mirando mi reloj de muñeca cada dos por tres. En esos momentos de espera, muchos de mis clientes aprovecharon para pagar sus cuentas e irse lo más rápido posible. 
Al volver me pidió un trapo húmedo que utilizó para limpiar la sangre del suelo y luego volver a sentarse. Sacó unos billetes de su cartera de cuero marrón y los dejó encima de la barra.
- Pronto nos volveremos a ver… -Me susurró mientras se levantaba.
Tras eso se dirigió a la puerta, la abrió y desapareció entre la lluvia de la misma manera de la que había aparecido.
Fui inmediatamente al cuarto de baño. No había ni rastro del cuerpo de Richard ni que hubiera pasado nada. Estaba igual que antes, sin ningún cambio, así que volví a mi sitio detrás de la barra.
El reloj marcó las doce de la noche, cosa que hizo que fuera despidiéndome de la gente  que quedaba, diciéndoles que no comentaran nada de lo ocurrido esta noche y emprendí el camino hacia mi apartamento.
Me extrañó no encontrar ninguna luz encendida como de costumbre, pero pensé que Alice ya estaría durmiendo, por lo que fui  a cambiarme. Tras eso me dispuse a tumbarme en la cama, pero no noté su presencia en ella. No le di importancia pues me encontraba demasiado cansado físicamente y mentalmente como para empezar a calentarme la cabeza con eso. Acabé de tumbarme y, tras hundir la cabeza en la suave y blanda almohada, me dormí.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, Alice no estaba en la cama. Cosa normal ya que era muy madrugadora.
Me vestí y caminé hasta a la cocina, donde siempre acostumbra a esperarme con su taza de café hasta que me levanto. Tampoco estaba, ni siquiera había indicios de que se hubiera preparado el desayuno. Decidí ir al salón a despejar mi cabeza, pensando dónde podría encontrarse. Nada más entrar, empezó a sonar el teléfono.
- Matt -una voz extraña, pero familiar, habló de golpe, seria-, tienen a Alice, y si no colaboras conmigo no podrás ayudarla. ¡Ah! Soy Jack –la seriedad de su tono disminuyó-, el de anoche en el bar.
No respondí nada.
- Supongo que ahora mismo no estás para muchas historias, así que dentro de nada voy a tu piso y hablamos allí si prefieres.
- Ajá… -Me limité a responder y colgó.
No tardó en llegar, aunque aún seguía atónito, pues ¿cómo sabía mi número de teléfono, mi nombre y, sobretodo, donde vivía? Llamó a la puerta dando dos golpes rápidos y otro más lento. Le abrí sin pensarlo dos veces.
Iba solo, vestido igual que anoche, pero esta vez no llevaba el sombrero, supongo que porqué no estaba lloviendo. O quizá porqué estábamos a solas.
Sus ojos eran algo extraños, tenían un color verdoso anaranjado y a la vez algunos tonos rojos. También tenía una marca en la cara, como la de un profundo corte en su mejilla derecha que parecía tener ya sus años, pues estaba bien cicatrizada. Su pelo era castaño, algo largo, pues le tapaba la mitad de la nuca y algo sus orejas. Tras analizarle de arriba a abajo, como creo que él también hizo conmigo, no me ande con rodeos y empecé directamente con mi ronda de preguntas, pues el tipo no me daba demasiada buena espina.
- ¿Cómo has sabido dónde vivo?
- Te estaba siguiendo el rastro desde hace tiempo y ahora tengo una excusa para trabajar contigo.
- ¿Para trabajar conmigo? ¿Qué tipo de trabajo?
Levantó una mano y me la enseñó. Era normal, de piel y huesos, con cinco dedos, como los humanos. Le miré directamente a la cara, expresando con una mueca si me estaba tomando el pelo, pero de repente su mano cambió y se recubrió de escamas, teniendo el aspecto de una garra de  alguna clase de réptil.
Eso hizo que aún me diera más miedo, además de inspirarme menos confianza.
- Supongo que a estas alturas lo sabrás -volvió su tono serio y su mirada se clavó en la mía-, pero por si acaso te refresco la memoria: no todos somos humanos.
- Había oído cosas de gente con poderes y parecido, pero siempre pensé que eran chorradas para los niños…
- No lo son. Y tú, Matt, tampoco estás calificado en el listado como humano.


Bueno, ¿qué os pareció? Para quitaros la intriga, os aviso de que tengo ya alguna continuación escrita (para a quienes les ha gustado). Y si, este relato ya es algo más larguito de los que iba presentando actualmente, ya avisé de que iría variando. ¡Ah! Esto me recuerda a que hace tiempo que no publico ningún sueño/pesadilla, así que si lo recuerdo, la semana que viene (después de lo que os adelanté del porvenir) intentaré colgar alguno~
Así que, como siempre digo, podéis opinar tanto por comentario como por correo electrónico o, simplemente, dar vuestra valoración con un simple clic en las opciones de abajo, aunque sea solamente twittearlo. ¡Y esto es todo (por hoy) amigos! (Lo admito, siempre quise decir esta frase).

   ¡Un cordial saludo y hasta la próxima!