Me gusta cuando las nubes parecen humo que vaga por un cielo estrellado
por un solo astro. Ver sus formas, dilatadas y desgarradas como trazos de
pinceles rotos que erran sin rumbo en un lienzo inacabado, e imaginar que no
hay imagen a la que se asemejen porque ellas mismas son su propio reflejo.
Me gusta cuando el viento mueve esas figuras de abstracta concepción
mientras a mí me mueve, o más bien arrastra, como a ellas, el tiempo en otro
espacio; menos tranquilo, menos calmado, pero más estable que sus tonos
grisáceos pendientes de oscurecerse o aclararse hasta perecer.
Me gusta la tarde, cuando los trenes circulan en vías dorsales donde
sus ruedas traquetean en una calma pasajera con voces de fondo; cuando todo
pensamiento puede disolverse en un sorbo y la exhalación emanar su olvido. Es
agradable ver esos cuadros indefinidos colgados en muros desemparedados donde
el sol, bien alto, brilla cual foco invisible sobre su escenario.
Las
nubes parecen algodón lleno de polvo a mis pies, la noche brilla estrellada
sobre mi cabeza y el viento acaricia mi cara. ¿Dónde me encuentro yendo a estas
horas directo a la nada? Lo último que recuerdo es que intentaba refugiarme en
mis letras, en mi cabeza, pero ante la imposibilidad de lograrlo destrocé el
muro de mi claustrofóbica estancia y salí de allí volando, desgarrando las alas
plegadas bajo la piel de mi espalda.
La
sangre ya no chorrea a pesar del rastro que dejé de buen inicio. Una lluvia
roja para los vecinos que gritarán horrorizados nada más verlo tras el primer
sujeto matutino. Lástima que no vaya a poder disfrutar de esa escena, me dirijo
a la nada con mis grandes alas desgastadas y mis penas.
El suelo
ya no existe. Las nubes parecen difuminarse. Y el cielo siempre está tan lejano
como esas inalcanzables estrellas. Por mucho que alce el vuelo, la distancia no
se acorta y sólo logra alejarme de todo aquello que me rodea. Me convierto en
un punto borroso que acabará siendo borrado en un soplido, si es que no se ahoga
antes al quedarse sin oxígeno para caer cual Ícaro. Pero el cansancio en mis
ojos me impide preocuparme por nada que no sea volar hasta donde el color
pierde sentido, hasta donde el negro es blanco y el blanco es olvido y las
palabras sólo son un alboroto confuso de sinsentidos vacíos.
Me
pregunto qué pasará por mi cabeza entonces. Y cómo será todo y toda realidad. Si
veré alguna cosa curiosa o sólo pasarán ideas torpes que pretenden parecer contrarias
y valiosas. Me pregunto si mis alas desaparecerán o me las arrancarán como si
tirasen de mis brazos para amputarlos de cuajo. Si quedará hueso o sólo dos
huecos surtidores de sangre. Si mi cuerpo estallará o permanecerá intacto y sin
tacto, invisible al ojo e inodoro al olfato. Aunque quizá sólo se convierte en
un maldito garabato hecho por una mano rabiosa que araña, que desgarra, que
cercena una hoja con un lápiz roto.
O quizá
simplemente no llego allí. El Sol está a punto de salir y mis ojos sólo quieren
dormir, rendirse al cansancio y precipitarse hacia algún peñasco para despedazar
la carne de su cuerpo como un estropajo y dejar un sucio borrón que nadie verá
y que el tiempo se encargará de borrar. Que la lluvia arrastre ese cuerpo
mutilado y desmembrado en un olvido olvidado de mareas negras hundidas en
miseria y así se pierda. Donde nadie lo recuerda, donde nadie lo menciona. Donde
nadie nunca nada. Y así la lluvia ayuda al tiempo limpiándole las manos con su
negra agua sucia.
Pero las
alas siguen batiéndose destrozándose como la mente, como los brazos de aquel
hombre que sueña con alzarse, como la cabeza del ave que choca y colisiona
contra un ventilador gigante. Siguen batiéndose arrancándose sus pedazos
ardientes, dirigiéndose eternamente a esa nada tan ansiada donde ya no serán
relevantes ni utilizadas. Donde la inexistencia por fin será alcanzada.
Chiribitas
de fuego ardiendo en el cielo sobre blanquecinas nubes que navegan en un mar
celeste, descansando tras la tormenta desatada que ha dejado el paisaje húmedo,
convirtiendo las desnudas ramas de los árboles en huesudas falanges de carbón que
se elevan hacia el venidero firmamento en el cual una luna tímida se asoma entre
una niebla de plata que la tiene rodeada.
La
bóveda celeste se oscurece lentamente mientras los rayos del astro rey, luchando
por no ser apagados y continuar perpetuos, convierten esa oscuridad en tonos
rosados. Como si fueran químicos; una nube tóxica de belleza que se eclipsa
sobre ella misma y convierte esa bruma sonrosada en una pasión de colores cálidos
que guerrean entre ellos. Manifestándose el morado sobre el rosáceo, el
amarillo todavía no anaranjado sobre el blanco y un fogoso rojo abrasando ambos
bandos. Incinerando los nubarrones encima del azulino fondo.
Las
tinieblas se ciernen sobre la tierra según continúa la pelea y el negro invade
el suelo, quien envidia los colores que se elevan sobre él pero, al no poder
hacer nada para remediarlo, se queda impotente y estático.
Un
brillo se filtra a través del colorido desafío, intentando calmarlo. Pero es
tapado y ocultado según va ganando el atardecer violáceo, el cual acaba echando
al gran astro. Y la negrura se apodera poco a poco del cielo, filtrándose a
través de las nubes y adquiriendo un color azulado que lentamente pasa a
grisáceo hasta, finalmente, convertirse en un virtuoso bruno que funde cielo y
tierra en uno.
¡Buenas noches queridos lectores! Hoy, a las tantas de la madrugada, os traigo un relato que he escrito hará cosa de unas escasas horas el cual lo adjuntaré con una banda sonora abajo (como ya he hecho en más de una ocasión) pero por el hecho de que me ha inspirado este relato. Aunque, esta vez, a diferencia de las otras, la banda sonora tiene diversas partes, como el relato, y cada una está ligada con una parte del relato (que, leído a velocidad más o menos normal, debería encajar en el tiempo). Pero bueno, aquí os dejo el relato y abajo el vídeo.
Sus
rodillas se hundieron en el suelo, junto a la hoja de su espada. Sus manos se
posaron sobre su regazo, mientras agachaba la cabeza. El silencio inundaba el
lugar y sólo se podía percibir la brisa ululando por el interior de su dañado casco.
La
sangre corría por el descampado, formando nuevos ríos y charcos, manchando de
rojo el verde prado. Tintando de granate los estandartes clavados. Fluyendo de
los cuerpos del suelo, la mayoría sin poder volver a ser reconocidos nunca más.
Alzó la
cabeza al cielo y miró con sus pequeños ojos las nubes, buscando una respuesta
mientras se enfrascaba en sus recuerdos, rememorando como había ocurrido todo,
recordando el crepitar del fuego en la chimenea incitándole a ir a la guerra, a
hacerse un nombre batallando.
Golpes
de escudos, los unos con los otros y contra los pechos de sus portadores.
Jinetes en altivas monturas centelleando bajo la luz del día, como estrellas en
mitad del firmamento, por sus armaduras pulidas. Guerreros, soldados todos
ellos, de mismas condiciones e igualdades. Héroes para sus seres queridos,
monstruos para sus enemigos.
Miró la
explanada que se extendía frente a él y observó los otros combatientes. Luego
suspiró, dejando que el viento acariciara su rostro y cabellera antes de
colocarse el yelmo, justo al sonar a lo lejos el gran cuerno. Indicando el
comienzo del gran acontecimiento.
Cerró
los ojos, relajando todo su cuerpo, y revivió otro momento, uno de más cercano.
El último vivido.
Recordó
el acero brillar bajo los soles. Las chispas saliendo con su choque y los
gritos eufóricos de los batallantes, disfrutando ser portadores de la muerte.
Rememoró las lecciones aprendidas de joven llevadas a la práctica, manejando el
hierro en lugar de la madera. Y la euforia, la alegría, el bienestar tras
insertar la hoja de su arma en el pecho de quien momentos antes le intentaba
matar.
Un
encuentro de espadas, un resplandor momentáneo entre ellas, en el cielo, y un
cuerpo cayendo al suelo. Un vencedor avanzando a por otro vencedor, luchando
sin descanso hasta convertir a uno de ellos en perdedor. Muriendo y matando honradamente
en un combate hasta el final.
Sin
importar nada más que la gloria y el honor por ser el campeón de campeones.
Las
nubes amenazaron en el cielo para dar paso a la lluvia. Las gotas repiquetearon
en su magullada armadura, oscurecieron el color de su capa y empaparon su piel,
limpiándola de toda mancha y suciedad.
Regaron
la hierba y lavaron la tierra de todo mal producido. Y finalmente respondió al
invicto, dándole un claro mensaje, pues pese a ser el mejor de todos ya no
quedaba nadie para alabarle, más allá del cielo y los Dioses, que fueron meros
espectadores.
Bueno, ¿qué os ha parecido? Espero que haya sido de vuestro agrado y se haya podido compaginar bien la música con el relato, pese a que quizá alguna parte de la narración es demasiado breve para esa "sección" dentro del soundtrack, pero creo que si se escucha antes la música y luego se lee con ésta se sabrá compaginar bien. Además, ya sabéis que aquí abajo podéis valorar, comentar, compartir y demás sin ningún problema.