Una caricia espacial recorre nuestros oídos con la melodía de las estrellas brillando en unos ojos de cristal que se cierran para deslizarse por las cálidas mejillas, enrojecidas frente al inmenso paso del tiempo emocional que inunda un pecho saturado de sensaciones e imágenes, recuerdos de una vida imaginada y realizada entremezclados en el pasado convertido en presente a través de las palabras que, solas pero acompañadas, surgen de los labios que fueron besados por quienes ya no están, pero viven en la memoria de quien posa los dedos sobre el tierno césped y alza la vista al cielo nocturno para suspirar, fundiéndose con la calmada oscuridad que acoge su cuerpo, con cariño, en el delicado ocaso –de aquel porvenir que aún está por llegar.
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lunes, 1 de febrero de 2021
domingo, 12 de mayo de 2019
El atardecer me recuerda a ella
El atardecer me recuerda a ella. El sol poniéndose tras la tierra y las nubes, brillando aún en el cielo azulado, según ella espera, a mi encuentro, frente al museo. La noto cerca y lejana, fuera de mi alcance si intento rozarla, y aun así dispuesta a yacer en mi cama. ¿Cómo, si es que lo hay, y cuándo podré entrelazar mis dedos con los suyos fuera del lecho? ¿En qué momento nuestras miradas se fundirán en un cálido beso? Añoro su fragancia impregnando mi deseo, como su tierno cuerpo abrazado a mi pecho, pero por mucho que anhele no puedo hallarla más allá de en mis recuerdos, cual dulce memoria estancada en unos labios entreabiertos.
martes, 12 de diciembre de 2017
Noche
Una
caricia en mitad de la oscuridad, repasando una espalda desnuda como una
silueta fantasmagórica en mitad de la ilusión imaginaria que cubre unos ojos
cansados, ocultos tras los párpados. La mano rozando el contorno de aquello
soñado, tanteando con los dedos, susurrando con las yemas, en medio de una piel
ajena, que respira, lenta, en un anochecer que -ojalá- no parece cesar jamás.
Los labios medio secos, medio húmedos, buscando una lengua que logre aclarar su
confusión, agrietada por frías brisas y carencias, y un estremecimiento que
contrae el cuerpo en un escalofrío desgarrador. La noche hace presencia con su
repentino despertar.
La
mano, ajena, aferrada a unos dedos, ajenos también, sin distinguirse entre el
absoluto de la negrura que engloba y cubre las miradas de las pupilas, como si
no hubiera nunca, jamás, o inicio siquiera. Donde las sábanas, como único
refugio, fundido de oscuro, manto de negror, ocultan el cuerpo como si no
estuviera ya unido a ello, fundido también, junto al sonido inquietante del
silencio que deja a solas la mente.
Un
respirar lento, unos parpadeos imperceptibles que no cambian la realidad y unos
ojos que contemplan sin mirar. La noche observa a quien intenta observar y la
compañía innata, presente, ausente, carente, de quien está sin estar, parece
ser el único sitio al que aferrarse en mitad de esta oscuridad. Deseando
regresar al sueño lo antes posible, donde, al menos, aunque quizá tampoco nada
se distinguiera, uno no tendría conciencia de esta tiniebla.
domingo, 26 de marzo de 2017
Sin título – XVIII
Generaba podredumbre allí donde tocaba, con sus yemas, infectas,
convirtiendo toda caricia en martirio, en tortura, incluso para su piel,
ponzoñosa, que gritaba con alaridos de ardor frente a sus dedos virulentos.
No fue de extrañar, pues, que si toda flor arrancada de su tierra
nativa terminaba marchita entre sus palmas nocivas, antes de convertirse en
grisácea ceniza, todo buen sentimiento que quisiera rozar acabase escupiendo
bilis infesta y purulencia tóxica, corrompido por esa carroña viva indigna de
todo lo que pudiera generarle, aunque fuera por unos breves instantes,
cualquier tipo de dicha o cosa saludable.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Te quiero
Buenas noches queridos lectores. Por decirlo de alguna manera, pensé que esta semana debía colgar dos relatos en lugar de uno (por lo de la semana pasada), y eso haré. Os colgaré ahora mismito un relato que acabo de escribir y que espero que os guste.
Aunque antes de nada, quisiera aclarar que, como el anterior, está escrito todavía teniendo fiebre (y a lo mejor alguien, cuando lo lea, puede pensar que está relacionado, quién sabe...). También cabe destacar que no soy propenso a publicar aquí en el blog relatos como el que voy a publicar ahora, pero no me refiero a temática concretamente, sino a la manera de escribirlo (ya lo veréis cuando lo empecéis a leer) y, por último, esta vez la cursiva no aparecerá en todo el relato ya que hay una frase en cursiva que es importante (y, francamente, en cursiva y negrita quedaría algo mal). Así que bueno, os cuelgo ya el relato, aunque a nivel de "darlo a la luz" (página de Tuenti, Twitter, Facebook, Bubok, etcétera), seguramente lo colgaría mañana (además de que empieza ya a ser algo tarde).
Pero no me enrollo más (creo que esta será la frase que aparezca más veces en mi blog, no sé, es solo un presentimiento) y os dejo ya con la lectura. Espero que la disfrutéis.
Su olor
impregnó mi olfato.
Su piel
rozó mis labios. Provocándome un suspiro.
Sus ojos
entrecerrados me observaron.
Su boca
se abrió levemente, también jadeó. Al contacto de mis dedos.
Mis
manos vagaron por su cuerpo. Acariciándolo.
Mis
labios se deslizaron por su piel. Besándola.
Mis ojos
se iban cerrando. Inmortalizando este momento.
Mi
respiración se enlentecía mientras mis pulsaciones aumentaban.
Un
gemido ahogado.
Sus
dedos se enredaron en mi cabello, apretando con algo de fuerza.
Mis
manos masajeaban suavemente sus muslos. Interiormente.
Sus
labios se entreabrían, jadeantes.
Mis
besos aumentaban la intensidad. Como el calor del momento.
Otro
gemido. Esta vez más sonoro.
Mi
humedecida lengua recorrió su vientre. Lentamente.
Sus
manos acariciaban, con ternura y ansias, mi espalda.
Me
detuve. En sus pechos. Provocando que jadeara más.
Abrí,
lentamente, mis ojos. Mirándola al alzar la vista.
Ella me
sonrío. Jadeante. Y yo continué.
Un
tercer gemido. De sorpresa. De placer.
Ahogado
rápidamente, a causa de un beso.
Un beso
donde se entremezclaron, lentamente, ambas lenguas. Uniéndose.
Uniéndose
pasionalmente.
Abrió
los ojos de golpe. Otro gemido.
Luego
los cerró. Y me abrazó con fuerza.
Acompañándome
en ese compás.
Un
compás donde nuestros cuerpos se unían en uno solo.
Un
compás donde nuestras almas, individualizadas, pasaban a ser una.
Un
compás que marcaba el ritmo de la pasión del momento.
Que
marcaba el ritmo de nuestro amor.
Acompañado
de jadeos.
Acompañado
de palabras.
Acompañado
de gimoteos.
Pero,
siempre, guiado e impulsado por una frase:
Te quiero.
Bueno, ¿qué os parece? Espero que os haya gustado y, francamente, después de unos anteriores relatos algo más chocantes, poner algo (que al menos yo considero) bonito, de vez en cuando no está de más. ¿Vosotros que opináis? Y sobre la manera en que lo he escrito (¡que está pensado como narrativa, es decir, relato, no verso, eh!), ¿qué os parece? Francamente es un asunto que me gustaría recibir vuestras opiniones aunque fueran vía e-mail como ya he recibido más de una. Aunque podéis hacerlo también mediante comentarios o, simplemente, hacer unos rápidos clics y listo (aunque en este caso prefiero la primera opción, no sé).
Y bueno, ahora si que creo que me despediré hasta el fin de semana que subiré la continuación del último capítulo de Un bar cualquiera (a no ser que esto empeore, que en todo caso os intentaré avisar con más antelación que esta última vez).
Así que... Hasta la próxima y un saludo~
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