El atardecer me recuerda a ella. El sol poniéndose tras la tierra y las nubes, brillando aún en el cielo azulado, según ella espera, a mi encuentro, frente al museo. La noto cerca y lejana, fuera de mi alcance si intento rozarla, y aun así dispuesta a yacer en mi cama. ¿Cómo, si es que lo hay, y cuándo podré entrelazar mis dedos con los suyos fuera del lecho? ¿En qué momento nuestras miradas se fundirán en un cálido beso? Añoro su fragancia impregnando mi deseo, como su tierno cuerpo abrazado a mi pecho, pero por mucho que anhele no puedo hallarla más allá de en mis recuerdos, cual dulce memoria estancada en unos labios entreabiertos.
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domingo, 12 de mayo de 2019
miércoles, 14 de marzo de 2018
Miradas perdidas
Te observo esta noche donde tus pupilas no se cruzan con las mías y pienso “Efialtes...” en voz baja,
queriendo que tus ojos se fijen en los míos en mitad de una oscuridad estática,
en medio de un pedazo de tiempo congelado en papel, como si ese imposible fuera
realizable a través del susurro de una palabra.
La noche se ha posado sobre
tu cuerpo en forma de sábanas y acaricia tu piel mientras las manos,
invisibles, aprietan sus dedos anhelantes. Tus yemas reposan sobre la nada y
las mías sobre el recuerdo; si al menos pudieran cruzarse durante un breve
momento... quizá de esa forma las pupilas chocarían entre ellas y los labios
quedarían entreabiertos, sin necesidad de hablar, mientras las miradas
contemplan lo ajeno y el murmuro precede al suave e intangible beso.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Quiero, quisiera... que alguien entrase en esa habitación funesta
Quiero, quisiera, que alguien entrase, poquito a poco, sin hacer mucho
ruido, y sin levantar mucho polvo –pues debe haber bastante polvo ahí
acumulado–, por la puertecilla agrietada de ese órgano tosedor. Me gustaría, me
agradaría, que alguien se acurrucase dentro, pese al frío interno, más intenso
que el de afuera, y se cubriera con las mantas viejas, manchadas de rojos
arañazos y roídas por pulgas amargas, que ahí se encontrasen. Estaría bien, muy
bien la verdad, que se quedase quieto, sin moverse, apreciando esta nada, en
algún rincón, a su preferencia, por muy pegajosos y salados que éstos fueran,
sin tener en cuenta las cicatrices de costras medio abiertas. Yo, por mi parte,
intentaría avivar un pequeño fueguecillo, algo a lo que ese alguien pudiera
acercar sus manos, pese a que seguramente fuese un breve brillo, una fugacidad,
una ilusión quizá, o un espejismo anhelante de anhelo, que aumentaría,
probablemente, la tiritona del cuerpo establecido en ese frágil no-domicilio.
Pero los hilos tejidos por el tiempo muerto podrían servir de entretenimiento a
los ojos que se irían cargando de cansancio según pasaran los suspiros
nocturnos, según pasaran, si es que pasaran siendo (pre)visibles, las lunas del
pesar; tan lejanas y a la vez tan cercanas al oleaje emocional que golpearía, a
veces tenue, a veces fuerte, ese deshogar. Removiendo esos cuadros,
(re)torcidos todos ellos, representantes de recuerdos y ficciones, de afanes
futuros que se sitúan en tiempos distantes, y de pasados remotos vívidos en un
presente eterno, que se mezclarían entre ellos en un vaivén de memorias
(ir)reales. Mas esos cuadros no deberían, no debieran tocarse, pues los gusanos
que los habitan mordisquean, y mordisquearían sin piedad, aún más el ya
carcomido papel restregado en esas paredes en un vano intento de ocultar el
mohoso recubrimiento que las conforma desde antes de los orígenes de esas ¿horribles?
memorias.
Me gustaría, quisiera, estaría muy bien, la verdad, que esa silenciosa
compañía no trajera ningún (des)orden, que dejase todo según emerge, de no sé
dónde, y simplemente observase, sin molestarse, ni molestar a aquellas
diminutas criaturas hurañas que, desde su hollín, manejan, como pueden, esta
desmoronada carcasa. Yo agradecería su presencia, su compañía, pese al
resquemor que produciría, pese al incesante miedo a su huida, o a su marca
vacía, o a las huellas unidas sobre otras huellas antiguas que revolvieron las
cosas, y añadieron de otras, quebrando sus formas, marcando las horas,
queriendo fragmentos, de lágrimas y tiempo, salpicados de espeso carmesí,
virulento y sediento, de aquella desgracia que no abandona el cuerpo, en su
día.
Mas el dolor mitiga ese dolor temor, ese posible riesgo, ese
peligro de observación, de rozadura y emoción, con sus palabras; únicas
habitantes de esa cripta soterrada en una oscura cámara; invisibles pero tan
existentes como el vaho allí acumulado, junto a la eterna ceniza. No hay nadie
que se acerque siquiera a los barrotes previos a la pena. Por ello sólo queda
ese “Quiero, quisiera”, ese deseo tan punzante que atraviesa, pese a estar tan
bien velado en esa diminuta arqueta oculta en el fondo de un cajón de una
mesilla de polillas desnudamente muertas.
martes, 23 de agosto de 2016
Mariposas de cristal
–¿Alguna vez has visto las mariposas de cristal?
–¿Las mariposas de cristal?
–Sí, esas mismas. Esas que revolotean como unas gotas de agua clara y
la mismísima brisa, esas que su transparencia captura la luz durante unos
breves instantes para convertirla en un centelleo frente a los ojos inexpertos,
frente a aquellos que desconocen su vuelo secreto entre las ramas y la
oscuridad de la sombra, entre el nacer del alba y el caer del ocaso, justo
cuando los rayos se muestran perezosos, lentos, pesados, por el porvenir o por
el cansancio. Esos ligeros brillos, fugaces cual chispa en el cielo, son sus
alas batiéndose por un instante antes de fragmentarse tenuemente en mil
grietas, grietas que se acumulan y se expanden cual raíces arbóreas y forman
formas, dibujos abstractos de compleja complexión con su significado único pese
a su gran dolor, pues, aunque estén cargadas de belleza, esas grietas destrozan
su vidrioso cuerpo, como aquellas lágrimas que despedazan nuestro órgano
interno.
Mas no por ello detienen su vuelo. Sus alas
se baten en silencio, como un susurro que no llega a salir de la mente, como
una confesión que se guarda en los labios hasta que éstos quedan inertes, y se
desplazan firmes, seguras, pese a los fragmentos que a veces caen debido a su
frágil compostura. Pues por mucho que intenten fijar sus fisuras contrayendo su
cuerpo de gusano, sus alas nunca pueden dejar de moverse, ¿ya que sino qué fin tendría
el poseerlas si no es para elevarse? Y es por ello que estas mariposas siguen
revoloteando, pues no quieren volver a tocar el viejo suelo de antaño, solo
sueñan con el cielo ansiado, con el brillo provocado y el estallido
fragmentario de su cuerpo progresivamente acristalado.
Exacto, progresivamente acristalado, pues no
son de cristal nada más ponerse a volar, en esos momentos únicamente poseen su
transparencia; es cuando el tiempo las apremia y las grietas las inundan que su
figura se torna luna invisible incapaz de distinguirse más allá de en sus
fugaces fulgores. Y cuando sus alas, y su cuerpo, se tornan vidrio al completo,
con todas las hendiduras que eso conlleva, ellas se extienden como nunca y se
impulsan instintivamente hacia el anhelado y lejano firmamento, seguras de que
será entonces cuando lograrán alcanzarlo; mas cuando el éxtasis roza sus
antenas, su cuerpo se quiebra y estalla en millones de fragmentos que
descienden como polvo a contraluz, volando y dispersándose en mil direcciones
cual gota que colisiona. Y es entonces cuando la poca luz que quedaba guardada
en su interior se esparce y diluye cual reflejo espontáneo en un hierro
transitorio.
miércoles, 23 de marzo de 2016
Frustración (musical)
La frustración de ver unas teclas sonar y querer tocarlas, soñar con
tocarlas, pero ver las manos incapacitadas para ese don, para esa magia sonora
que embriaga el oído a través de pequeñas pulsaciones sobre piezas blancas y
negras, como un ajedrez que ha caído vertical y se ha convertido en
instrumento, más allá de su lógica y función.
El cansancio y la mirada fatigada de escuchar la melodía ansiada,
tocada por otras manos, acariciada por otros dedos, sentida por unas yemas
ajenas al propio cuerpo, se incrementan. Y el oído intenta reconfortar, evitar
estas sensaciones al suspirar en su cabeza, como si realmente pudiera lograrlo.
Pero ya se sabe de antemano que su intento es en vano.
Los párpados se cierran, agotados, y la espalda se echa para atrás,
cayendo hasta sentir alguna superficie blanda, mientras las notas siguen
sonando. Y siguen sonando. Remarcando a cada paso, a cada dedo, a cada
pulsación, que aquel deseo no podrá ser satisfecho, que aquel deseo se unirá al
gran lote de deshechos, a ese peso que no se reduce por muchos suspiros que
produzca. Y el sueño al final hace mella y la sonrisa se torna más amarga ante
su presencia, mas no se opone a su propósito y, con los ojos húmedos bajo los
párpados, deja que, para variar, venga la insonora oscuridad.
domingo, 5 de julio de 2015
XXIII
Los ojos
pesan, cansados de tanto sentimiento, y ruegan por cerrarse de una vez a este
mundo emocional que llevan encadenado dentro. Las ojeras se suman a la carga y
al vacío del interior que, pese a estar hueco, es mucho más pesado que si fuera
llenado con eso que tanto anhela. Y el tiempo pasa en esa mirada exhausta,
abandonada, suspirante por todo aquello que nunca obtendrá como quiere.
Los
minutos se alargan, las horas se eternizan y los años mortifican, flagelando
ese exhausto pecho tan necesitado de correspondencias; pues no hace otra cosa
que lanzar cartas en botellas a mares tempestuosos, como si eso fuera a servir
para algo más allá de para perder y romper sueños y deseos en miles de
fragmentos que cortan como ese cristal roto que contenía aquel triste papel mal
garabateado, ahora hundido y ahogado, gritando en burbujas bajo el océano.
El
viento sopla, acaricia mi cabeza y la mirada se difumina. ¿Por qué las lágrimas
se agarran a los párpados y se asoman? ¿De veras añoro tanto esos recuerdos de
tacto y olfato?, ¿de veras añoro tanto los sabores del tiempo pasado? Pues es
lo que noto en mis pupilas, que ahora sólo ven el mundo a través de un agua
salada y cristalina. ¿Significará eso, pues, que yo también he saltado a nadar
con esos mensajes, a buscar lo que ellos nunca lograron traerme? Pero en ese
caso, ¿por qué lo habré hecho? Yo también voy a perderme como ellos. Aunque
quizá, como mi esperanza, ahora sea lo único que quiero. Hundirme y ahogarme en
la tempestad hasta que nadie encuentre mi cuerpo muerto desde hace tiempo,
ahora sólo húmedo y medio descompuesto.
Así que
los brazos golpean el agua sin ganas y las olas me devuelven las brazadas mal
dadas según los pies crean una estela apenas percibida. Las estrellas del deseo
brillan sobre mi testa observándome en esa noche, engañándome al rodearme con
su reflejo, esperando que me lance de cabeza en alguno de esos espejismos al creer que al fin he logrado atrapar uno por mí mismo. Pero sólo nado y nado
según mi llanto acrecienta ese vasto firmamento marino. Y las lágrimas brillan
según se derraman, según descienden por mis mejillas hasta fundirse con esa marea
que brama; brillan como reflejo de mi vida, brillan para indicar que ésta está
siendo malgastada y perdida. Pero yo continúo, pues sólo puedo vivir de
quimeras y deseos, de ensueños imposibles que apenas llego a rozar con los
dedos y que se esfuman cuando mis labios se posan en ellos; convirtiéndose en
humo, niebla y sueño, despertándome en la orilla de algún lugar desierto donde
el sentimiento y la impotencia oprimen más mi pecho y yo vuelvo a lanzar
mensajes embotellados y deshechos.
domingo, 23 de marzo de 2014
Un mundo sordo de entendimiento
¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? ¿Cuál fue la primera lágrima que cayó de las nubes? ¿Qué trueno fue el que rugió de rabia, enfadado consigo mismo por no poder alcanzar al rayo? ¿Qué luz destelló mostrando ese breve momento de felicidad en una sonrisa rota por el llanto del cielo? ¿Cuándo empezaron a derrumbarse esos castillos inquebrantables que surcaban una bóveda celeste oscurecida? ¿Cuál? ¿Cuáles fueron? ¿Y cuándo ocurrió todo eso?
Lágrimas dulces caían, precipitándose al vacío esperando su muerte al colisionar contra aquello que las fragmentaría, dividiéndolas para juntarse con pedazos de otras, incompatibles, condenadas a buscar eternamente sus porciones perdidas, extraviadas en un olvidadizo recuerdo de un tiempo lejano ya abandonado.
Ronroneos ocultos en lenguas antiguas rompían la melodía de las lágrimas, imponiéndose ante esas míseras gotas de importancia subestimada por el desconocimiento de su origen mustiamente salado, gritando en aullidos oscuros de significado incomprendido. Bramando con fuerza al ser oídos pero no escuchados. Esmerándose en ese intento inútil de comprensión en un mundo sordo de entendimiento.
Centelleos invisibles refulgían parpadeantes, dando toques en un vano propósito de atención. Procurando alzar los ojos de la tierra al cielo, pretendiendo que dejasen de mirar al suelo, lleno de cadáveres y silencio sufrimiento que resonaba como cráneos huecos. Alumbrando con su luz rostros desconocidos y errantes, vagabundos en un paraje proclamado como suyo a pesar de no saber realmente qué les tiene oculto. Buscando entre esas caras una única mirada, aquella detenida, aquella que no camina. Aquella que observa silente todo lo que sucede, contemplando uno por uno los transeúntes del presente. Una mirada vacía y llena, de tristeza risueña y alegría melancólica, que habla sin palabras pese a no decir nada. Pues debe ser interpretada.
Y, mientras todos ululan sus miserias, ese tempestuoso y errabundo fulgor sigue buscando en el alboroto, cruzando torbellinos de gracia desdichada reflejada en deteriorados cristales de vasos rotos por el tiempo. Temiendo al descarrío y al encadenamiento en ese absorbente remolino.
jueves, 20 de marzo de 2014
Musa onírica
"Últimamente sueño con ella.
Y sueño y anhelo se mezcla.
Deseando tenerla cerca,
cumpliendo esas fantasías oníricas
repletas de delicadeza."
Alargar la mano en el vacío oscuro de la ficción somnolienta, buscando aferrar aquella que a lo lejos centellea, tirar de ella para acercarla a mi presencia y perderme en la inmensa negrura que las pupilas de su intensa mirada expresan, notando una fría calidez que acerca nuestros cuerpos, desnudos, a través de suaves e innatas ternuras que transmiten melancólica satisfacción ansiosa.
Besar nuestros cuerpos como si cada roce fuera el último. Acariciar con la yema de los dedos su piel como quien toca porcelana, temiendo que esa ilusión desaparezca, rompiéndose en mil pedazos y dejándome solo en mitad de las tinieblas que rodean la solitaria cama, insomne en ese sombrío desierto de gélidas sábanas. Muertas como lienzos olvidados por los pinceles.
Notar sus brazos rodeando mi torso, acariciando mi espalda para atraerme hacia ella mientras mis palmas recorren su silueta como quien palpa seda. Cerrando los ojos al sentir sus labios, susurrantes, contra los míos, suspirantes. Fundiéndose poco a poco, descansando juntos en ese abrazo despojado de ropa y realidad.
Entreabrir ligeramente los párpados y observar sobre mí sus ojos clavados en mi rostro, curiosos y satisfechos, para separarse lentamente con su fina elegancia, acariciando mi mejilla para tranquilizarme, indicándome que no es ninguna despedida. Y contemplo los primeros rayos del alba despuntando a través de sus tirabuzones, que se desprenden de mis dedos, levemente enredados en ellos. Se inclina y sonríe, murmurando en mi oído que duerma y descanse. Que cuando caiga la noche volverá, acompañándome de nuevo hasta la próxima madrugada.
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jueves, 20 de febrero de 2014
Naufragio interno
Como una
marea en calma tras la tormenta. Embarcaciones de sensaciones saliendo a flote,
indolentes. Náufragos de una desolación emocional que los ha hecho zozobrar,
precipitándolos al oscuro fondo de esa mar. Perdiéndose para siempre,
ahogándose.
Sobreviven
los más fuertes, los más resistentes. Pese a que todo sea escogido por un caprichoso
azar. Quien, guerreando contra la fuerza de voluntad, decide a cuáles no salvar.
Pues incluso los más arraigados en el interior de su ser, acabaron
arriesgándose a desaparecer.
Una
bruma de confusión y desorientación. Mezcla de salmuera y atmósfera sin haber
ningún punto de unión. Nadando con esfuerzo en ese gélido líquido que conforma
el firmamento. Fundado por pequeñas luces de esperanza que brillan a lo lejos.
Ajenas de todos esos sentimientos revueltos, tercos y descontentos que se
aferran, fatigados, a ese lejano sueño. Imaginando llegar pronto a buen puerto,
donde estén seguros y cobijados para despedir a sus viejos compañeros
extraviados, a sus antiguos camaradas que ahora surcan los mares de los pasados
muertos, formando únicamente parte del recuerdo. Y, pese a lo ocurrido, anhelando
reanudar la travesía. Zarpando con una nueva compañía. Volviendo así hacia esa
peligrosa mar desconocida, cargada de riquezas vivas que aguardan ser
descubiertas… algún día.
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