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domingo, 17 de abril de 2016

Equipaje

Unas fotos viejas de viajes, descoloridas, unas botas desgastadas y pinceles rotos. Ropa sin importancia y un cuaderno a medio empezar, con lápices sin apenas punta. Una goma que desdibuja y un reloj sin cuerda ni batería, detenido eternamente a una hora concreta del día, colgando de la mochila. La chaqueta de mil bolsillos llenos de nada, como los bolsillos de aquellos pantalones, desgarrados por el uso, que perdieron la cartera por culpa de una mano que la arrojó con desdén. Y algo que cubra la mirada de ese cuerpo que arrastra su cuerpo arrastrando una maleta parcialmente vacía.
Unos billetes para el trayecto, sin saber demasiado bien si son de tren o dinero, y unas mangas de jersey que cubran el frío de los dedos; los guantes se perdieron con el fuego que quemó todos los demás recuerdos. Las hojas arrancadas de antiguos libros, con escritos y añadidos, y algún pequeño objeto que no produzca brillo por sí mismo. Un viento que acaricie la cara, humedezca los ojos y desgarre los labios, y unos pasos decididos que avancen en cuanto suene, a lo lejos, un último pitido.

lunes, 20 de abril de 2015

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Estoy en Maçanet ahora detenido. Y llueve. Es una lluvia fina, ligera, muy pequeñita pero seguida, esa que poco a poco te calaría en los besos. La gente sube mojada, un poco, y el tren hace su sonido rompiendo el silencio armónico de las gotas caer y cierra las puertas para proseguir con el viaje. Me hubiera podido quedar horas y horas observando esa lluvia. Como hacía de pequeño, dentro del garaje. Así que ahora miro por la ventana, pero no es lo mismo que en esa estación donde los trenes se detienen para morir. Y es una lástima. Una lástima. Aunque supongo que las ruedas deben seguir fregándose contra el raíl, como se escucha según avanza la pesada maquinaria.
Ahora observo, en el reflejo que me ofrece una de las ventanas, a una chica de pelo rizado que me ha mirado al entrar. Su cara es pequeña. Y bastante suave de rasgos. Quizá es porque tienden a ser redondeados. Se ha hecho una cola en el largo pelo y ya no tiene el libro que sostenía al principio. Quizá se lo ha guardado en uno de mis despistes, mientras leía o mientras escribía estas letras. Igual lo ha hecho antes de sacar su teléfono del bolso. Y todo está en silencio. A veces se escucha alguna voz, otras alguna bocina, pero excepto por el viento que acaricia las paredes del vehículo desde el exterior y la lluvia repiqueteando, además del frote de las ruedas contra el hierro, todo está en silencio. Es un silencio sinfónico, a diferencia del anterior, a diferencia del de la enorme y grisácea estación que ya he dejado, o más bien el tren ha dejado, atrás. Pues yo sigo teniendo esa imagen en la memoria. Y el cielo está oscuro, también gris. Los árboles son negros, como sombras gigantes de lo que una vez fueron, y la muchacha se levanta al poco de ser anunciada la siguiente parada. Se va. Como otras personas. Cada una tiene su parada se supone. Y cada una se baja, o se sube, en la que le corresponde. Por lo que ahora hay el ruido de la gente que sube y baja, gente nueva mientras la silenciosa compañía disminuye según las voces aumentan. La muchacha se ha ido, con su paraguas azul de mango de madera, y parece que sus miradas, las que me echaba de forma cómplice, por ser ambos lectores, se han ido como el silencio para dar paso a las voces cansadas y viejas de unas nuevas presencias.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Trenes

El silencio hacía acto de presencia entre los habituales pasajeros de madrugada, como si fuera una niebla que se extendía por el suelo hasta llegar a sus bocas para mantenerlas cerradas. El traqueteo de las vías era lo único perceptible, tanto por su sonido como por la vibración que provocaba en los incómodos asientos, junto al triste paisaje que, difuminado por la velocidad que adquiría el vehículo, parecía querer simular ser pintura lanzada contra el cristal de la ventana corriéndose para dar paso a nuevos colores, todo en una gama de grises.
Mis manos estaban frías incluso debajo de los guantes. El invierno llegó de golpe una mañana y pareció congelar tanto al panorama como al resto de personas. Pero eso no importaba, no me importaba. Como una llama bajo el agua toda la vitalidad que pudo tener mi entorno, e incluso yo mismo, permanecía apagada sin ninguna aparente posibilidad de volver a ser reavivada. Pero eso tampoco importaba. Todas las miradas parecían cansadas, hastiadas de aquella monótona rutina que llamarían vida. O igual sólo era mi vista, reflejada en las caras desconocidas que ahí se acumulaban según el tren se demoraba en sus obligatorias paradas. Él también tendría una existencia repetitiva, seguramente pesada y aburrida.
Suspiré. El vaho se elevó hacia mi rostro como el humo de un cigarrillo. ¿Qué había hecho la noche anterior? No lo recordaba. Igual la pasé entre vasos de alcohol, no sería nada raro y menos teniendo en cuenta dónde me había despertado: en el mismo lugar en el que ahora me encontraba sentado. Igual mi yo ebrio buscaba consuelo en este trayecto, como si quisiera escapar de su realidad. Igual no le gustaba y pensó que encontraría alguna salida. Pero pobre, ¿si la hubiera de verdad no cree que la habría usado ya? ¿Acaso pensaba que él la encontraría? Maldito infeliz, se parece tanto a mí…
Otro suspiro y un parpadeo largo.
Las ventanas habían oscurecido. ¿Un túnel? Vete a saber, ni siquiera recuerdo qué línea debí coger, a mi memoria sólo vienen flashes: mis ojos clavados en mis mocasines desgastados que avanzaban por el andén, el sonido del megáfono avisando de que tuviéramos cuidado y las luces de los faros iluminando mi cuerpo, parado en el ferrocarril.
Oh, mierda, por lo visto sí que encontró cómo salir.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un trayecto peculiar

¡Buenos días, queridos lectores! Hoy os traigo una parte de un sueño que he tenido esta misma noche y digo una parte porque en verdad está formado por diversas, pero eran como historias distintas cada una y, la verdad, es que ésta es la que más me ha gustado (pese a que había otra de un conejo que cocinaba y hacía ver que fumaba de una pipa). Así que espero que disfrutéis con la lectura de este sueño, pues hacía ya mucho que no subía ningún relato de este tipo.


El paisaje se fundía y mezclaba a través de la ventana. Aún gracias se podía apreciar lo que quedaba más lejos pero, cuando los árboles estaban demasiado cerca, se fusionaban en una masa uniforme de color verde.
El bosque y los prados empezaron a dar paso a las casas y más tarde a la zona industrializada de la ciudad. El tren era rápido, más de lo que hubiera esperado. Miré al asiento de delante, donde antes había un hombre con gabardina, y observé una enorme bolsa deportiva que estaba entreabierta.
Algo brilló en su interior y me fijé mejor. Eran unos ojos felinos, relucientes y amenazantes con salir de esa bolsa en cualquier momento para lanzarse a mi pescuezo.
Noté como empezaba a ponerme nervioso, hiperventilando, y golpeé con el codo al tipo que tenía a mi lado. Éste me miró y yo le indiqué con la cabeza el equipaje de enfrente. Al dirigir su mirada allí una mueca de terror también se reflejó en su rostro, para luego mirarme como si buscase una solución.
Ambos pensamos en lo mismo: cuando el tren se detuviese, cogeríamos la bolsa y la lanzaríamos fuera por el lado que estuviera el andén, alejándonos de lo que hubiera en su contenido que parecía atentar contra nuestras vidas. Pero cuando éste llegó a la siguiente estación vimos como iba por un carril central, haciendo que no tuviéramos ningún lado con corredor.
-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó el tipo, nervioso, mirándome al ver que a la izquierda teníamos otro tren y a la derecha una vía.
-Debemos librarnos de eso…
Asintió y no dudó un instante, tragó saliva y fue a por la mochila, la cogió y la tiró por el lado del raíl justamente cuando llegaba un nuevo tren por ese lado, pasando por encima de la bolsa y lo que hubiera en su interior.
Suspiramos al unísono, aliviados, pero dentro de mí una parte se sentía mal. ¿Y si habíamos matado a un ser inocente al que malinterpretamos su mirada? Aunque lo hecho, hecho estaba. Lo único que podía hacer era intentar relajarme y no pensar en ello hasta terminar con mi viaje.
Al rato noté un bufido entre mis piernas, provocando que me levantase de inmediato y mirase debajo del enorme asiento en el que me encontraba, ya que el tren se separaba por bancos que iban de pared a pared con un pasillo en el centro del tamaño justo de las puertas de cada sección. Pero lo que vi ahí me aceleró el corazón. No era un niño travieso, ni siquiera un minino o un can que se hubiera escapado. Nada de eso. Era un enorme tigre, un enorme y precioso tigre de Bengala.
Busqué con la mirada a mi compañero, pero recordé que hacía poco había bajado a una estación. Así que estaba solo en esa sección del tren marcada por dos bancos. Y el resto de la gente seguía tan tranquila, ajena de lo que veía.
El tigre me miró directamente a los ojos, provocándome un escalofrío en la espalda. No sabía qué debía hacer, pero recordé que me quedaba algo de comida en un pequeño macuto que llevaba. Lo abrí y saqué un pedazo de bizcocho, el cual rompí un poco y le ofrecí al tigre acercando mi temblorosa palma.
Sus ojos se clavaron en los míos, luego en mi mano y, cuando pensé que iba a arrancármela de cuajo debido a su gigantesca boca abierta llena de afilados dientes, dio un simple lametón que me empapó la mano de su caliente saliva mientras él se comía el bizcocho.
Inmediatamente se levantó y se acercó a mí, para empezar a acariciar su costado contra mis piernas, como si se tratase de un gato mientras yo le acariciaba el torso, cada vez más seguro y sonriente al ver lo afectivo que demostraba ser. Pero el miedo y la inseguridad volvieron cuando escuché un rugido proveniente del estómago de mi nuevo amigo.
Le fui dando más cachitos de bizcocho, pero eso no parecía saciar su hambre. Rebusqué en la mochila y sólo logré encontrar unas pocas galletas, cosa que para él no sería nada. Era hora de concienciar a las otras personas de lo que pasaba.
Carraspeé con fuerza y algunos de los presentes me miraron y, para mi asombro, no se sorprendieron ni alarmaron por la presencia del tigre.
-Tiene hambre… -dije, con cierto miedo- y yo no sé qué darle.
Una señora de tez morena se levantó y se acercó, abriendo su bolso y sacando un bol con un mejunje amarillo. “Natillas”, dijo sonriente. Yo cogí su ofrenda, agradeciéndoselo, y rompí las galletas para añadirlas al cuenco.
Se lo acerqué al tigre y este dio un único lametón. Luego me miró y me tensé al momento, temiendo que no le gustase. Él simplemente sacó la lengua y yo le entendí. “¡Sed! ¡También tiene sed!”, saqué la botella de agua y eché un poco a las natillas, para luego dejar el recipiente en el suelo y ver como el tigre empezaba a comer ansioso.
Ya poco quedaba para llegar a mi destino y finalizar mi trayecto, así que me puse frente a la puerta y el felino vino conmigo. El tren se detuvo y las puertas se abrieron, de las cuales salimos ambos hacia la luz que de afuera.


¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¿Os ha dicho alguna cosa en especial? Ya sabéis que podéis opinar, comentar, compartir y demás aquí abajo sin ninguna clase de problemas, ya que todo lo que digáis o dejéis en constancia es bien recibido.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 25 de marzo de 2013

Lluvia

¡Buenos días, queridos lectores! Ayer volví de Londres, pero fue a las tantas, por lo que no pude subir nada nuevo, ni siquiera el capítulo de Un bar cualquiera y además mañana mismo me vuelvo a ir de viaje aprovechando la Semana Santa, volviendo el domingo (que seguramente estaré con familia, como el lunes y todo eso...) por lo que solamente podré subir algún relatillo suelo si tengo algún momento para hacerlo, como estoy haciendo ahora mismo.
Pero bueno, como dije que subiría un relato del móvil, eso haré aunque ya esté en casa. Por lo que si se cuela alguna palabra rara (por culpa del "corrector") disculpadme, aunque me lo revisaré mil veces antes de darle a publicar.
Y aquí os dejo ya con el relato, escrito un día en el tren dirección a Barcelona y que, a lo mejor, si no se para algo de atención puede tener algún que otro momento confuso, pero aún así espero que disfrutéis de esta lectura.


Afuera llovía, levemente. Algunas gotas golpeaban el vidrio de la ventana y se deslizaban hacia abajo debido a la velocidad del vehículo. Otras, cuando éste se detenía y abría sus puertas, chocaban contra el encharcado suelo mientras una fría brisa recorría todo mi cuerpo. Pero eso ocurría en un trasfondo. Pues mi mirada se centraba únicamente en la ventana de enfrente, perdida entre el millar de cosas que pasaban ante ella. Ignorando el oscurecido y triste cielo que producía aquella llovizna. Ignorando el grisáceo día que había conquistado el cielo desde toda la mañana.
Mis pensamientos iban más allá. Se sumergían entre esas nubes, ese cielo, esa lluvia, y se preguntaban el significado de todo esto. No de la lluvia, no de la tormenta, sino de la vida, de la existencia.
Se preguntaban qué fin tenía todo, cuál era la finalidad de nuestra presencia. Cuál era el sentido de la vida, y el de la muerte. Por qué no recibíamos señal alguna que fuera verdadera y fiable de nuestra misión, por qué debíamos seguir con este proceso llamado "vida" si no había nada oculto al final de ésta.
Preguntas, cuestiones y demás que invadían mis pensamientos mientras mi mirada estaba perdida. Pero en unos segundos, cuando de repente pareció aclararse todo, iluminándose mi rostro y con los ojos centelleantes saboreando la obtención de la respuesta, el pitido del tren me apartó de mi trance, indicándome que ya había llegado a mi parada y que debía darme prisa antes de que cerrarán las puertas, sino llegaría tarde a mi estudio.
A pesar de haber estado tan cerca de obtener la respuesta.


Bueno, tengo que admitir que el relato está escrito con influencia de los pensamientos que circulaban por mi mente ese día en el tren, así que viene a ser un relato-reflexión, más que un relato propiamente dicho, aunque espero que aún así os haya gustado la narración y ya sabéis que podéis opinar, comentar, compartir y demás. Incluso si tenéis un tema preferente para que escriba un relato, me lo plantearé y si me gusta, quizá suba un relato en el blog con el tema, situación o demás que habéis propuesto. Pero bueno...


¡Un saludo y hasta la próxima!