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sábado, 22 de noviembre de 2014

Llueve

Llueve. Mis hojas se mojan y llueve. Las calles, grises y húmedas, se encogen, las luces, naranjas, iluminan las gotas que caen desde la oscuridad, haciéndolas brillar, y llueve.
Si estuvieras aquí para ver esta noche triste que silba alegre y notases tus botas empapadas de dulces pero polvorientas lágrimas, igual la ciudad no te parecería el mismo lugar. Quizá aquellas suicidas que se rompen con lo primero que detenga su caída no te serían ninguna molestia; quizá te entristecería que tu sonrisa fuera producto del sonido de su estallido; pero aunque su cuerpo y sangre, de líquido transparente, se esparza por el suelo anochecido, nada arrebatará la belleza de esos destellos que se precipitan entre las nocturnas tinieblas.
Llueve. Las sombras, mis sombras, se calan y llueve. Los árboles, brutales deformes, se expanden lúgubres y el ruido, extinguido, guarda silencio en honor a los caídos. Y llueve.

sábado, 26 de abril de 2014

Acompáñame

Acompáñame, ven conmigo, sin decir nada, sólo agarrando mi palma y siguiendo mis pisadas. Déjame guiarte, lentamente, por aquellos caminos inexplorados, extraños, desconocidos por todos. Incluso por mí mismo debido a su constante cambio. Yendo así por esos oscuros bosques de secretos vetustos que brillan tenuemente bajo nuestros pies, embarrados de incógnitas. Esperando ser resueltas en nuestras cabezas, donde vivirán ocultas en nuestras miradas. Comprendidas solamente por nosotros cuando éstas sean cruzadas.
Acompáñame, en silencio, solamente sujetando mis dedos y siguiendo mis pasos. Exploremos aquellas maravillas secretas. Las mismas que se encuentran cubiertas para no ser advertidas por ojos inexpertos, ojos que no saben apreciar su real belleza. Pero que, pese a ello, se encuentran descubiertas frente a cualquiera. Desnudas pero difusas. Como aquello que se esconde delante de quien no quiere que le observe, viendo así cómo solamente aquel que realmente le quiere puede verle.
Acompáñame, silente, únicamente rozando mis yemas y siguiendo mis huellas. Permite que te lleve a todos esos lugares que jamás imaginaste más allá de las letras. Consiente que mi presencia esté cerca, abrazándote sin tocarte, para así mostrarte lo que mi mente contempla. Hablándote con gestos y ojeadas, sin usar palabras. Y así, al fin, quedar maravillada con aquellas discretas confidencias, compartidas contigo para grabarlas en tu silueta como disimuladas memorias. Recuerdos únicos que evoquen cuando nuestras manos nuevamente se crucen.

lunes, 10 de febrero de 2014

Atardeceres en Riells

Chiribitas de fuego ardiendo en el cielo sobre blanquecinas nubes que navegan en un mar celeste, descansando tras la tormenta desatada que ha dejado el paisaje húmedo, convirtiendo las desnudas ramas de los árboles en huesudas falanges de carbón que se elevan hacia el venidero firmamento en el cual una luna tímida se asoma entre una niebla de plata que la tiene rodeada.
La bóveda celeste se oscurece lentamente mientras los rayos del astro rey, luchando por no ser apagados y continuar perpetuos, convierten esa oscuridad en tonos rosados. Como si fueran químicos; una nube tóxica de belleza que se eclipsa sobre ella misma y convierte esa bruma sonrosada en una pasión de colores cálidos que guerrean entre ellos. Manifestándose el morado sobre el rosáceo, el amarillo todavía no anaranjado sobre el blanco y un fogoso rojo abrasando ambos bandos. Incinerando los nubarrones encima del azulino fondo.
Las tinieblas se ciernen sobre la tierra según continúa la pelea y el negro invade el suelo, quien envidia los colores que se elevan sobre él pero, al no poder hacer nada para remediarlo, se queda impotente y estático.
Un brillo se filtra a través del colorido desafío, intentando calmarlo. Pero es tapado y ocultado según va ganando el atardecer violáceo, el cual acaba echando al gran astro. Y la negrura se apodera poco a poco del cielo, filtrándose a través de las nubes y adquiriendo un color azulado que lentamente pasa a grisáceo hasta, finalmente, convertirse en un virtuoso bruno que funde cielo y tierra en uno.

martes, 17 de diciembre de 2013

Chica raposa

¡Buenas tardes-noches, queridos lectores! ¿Cómo van estos últimos días de clase? ¿Mucho trabajo? Entonces... ¿qué mejor que una pequeña lectura en forma de cuento fantástico para despejar un poco la cabeza? Pues bien, esto es lo que os dejo esta semana. Un pequeño cuento que escribí en su día y que espero que disfrutéis con su lectura.


Mi vista escalaba su piel de nieve, alcanzando la cima y clavándose en su grana cabellera. Pero no concluyó allí su trayectoria, pues descendió hasta perderse en su astuta y única mirada, en su iris verdoso y la profundidad de sus pupilas.
Buscó acercarse, perdiéndose aún más en su negrura, hasta percibir un pequeño centelleo. Parecía una chispa, ¿pero de dónde provenía? ¿Habría percibido ansias de aventura, de viajes y travesías?
Una sonrisa inigualable, pícara como ella sola pero sin malicia alguna, deshizo el hechizo que me apresaba. ¿Qué decía? ¿Qué guardaba? ¿Qué escondía?
Unos pasos inseguros, haciéndome avanzar hacia su ser, junto a un fugaz y rápido movimiento de mi mano agarrando la suya para empezar a correr. Sin importar dónde íbamos a parar.
Corría y corría, con ella detrás de mí, atravesando juntos la espesa arboleda. Escuchando las ramas y las hojas secas chasquear bajo nuestros pies, el río fluir a lo lejos y el piar de aves que hacían de meras observadoras.
¿Pero qué era esa sensación que nos envolvía? ¿Qué quería decir? ¿Cuál era el secreto que sus labios mantenían en el sello del silencio?
Me giré y, en un abrazo, la puse delante mientras mi boca susurraba “guíame”.
Sus ojos sonrieron, mas la comisura de sus labios apenas se movió. ¿Por qué me confundía? ¿Cómo, ese rostro de tan finos rasgos y sencilla belleza, podía embaucarme tan fácilmente?
Se giró y corrió antes de que yo pudiera atrapar siquiera sus dedos, los cuales acariciaron mi palma sin llegar a ser sujetos.
La estupefacción me mantuvo detenido demasiado tiempo. Para cuando me apresuré a ir tras ella, su pista se había perdido entre troncos idénticos a mis ojos.
Busqué y busqué, pero no conseguía encontrarla. Y no logré hallar nada más que una peluda cola, que entre los arbustos destacaba.
Rojizo pelaje de blanca punta. Orejas puntiagudas y oscuras, como sus patas peludas. Y un húmedo hocico que parecía preguntarme qué hacía observándola. Pero su ladina mirada la delataba.
–No, no me guíes –murmuré–. Acompáñame –mi voz disminuía–. Acompáñame siempre…
Ladeó su cabeza y una brisa meció las copas de los árboles. Parpadeé y me encontré en mitad del bosque, sin compañía alguna. Y suspiré.
Un crujido de ramas a mis espaldas hizo girarme. Y ahí la vi, con su ligero y simple ropaje, con su bello y misterioso rostro observándome, esperando en silencio para ser mi acompañante.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Espero que así sea. Ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar aquí abajo sin ningún tipo de problemas.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!