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lunes, 20 de abril de 2015

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Estoy en Maçanet ahora detenido. Y llueve. Es una lluvia fina, ligera, muy pequeñita pero seguida, esa que poco a poco te calaría en los besos. La gente sube mojada, un poco, y el tren hace su sonido rompiendo el silencio armónico de las gotas caer y cierra las puertas para proseguir con el viaje. Me hubiera podido quedar horas y horas observando esa lluvia. Como hacía de pequeño, dentro del garaje. Así que ahora miro por la ventana, pero no es lo mismo que en esa estación donde los trenes se detienen para morir. Y es una lástima. Una lástima. Aunque supongo que las ruedas deben seguir fregándose contra el raíl, como se escucha según avanza la pesada maquinaria.
Ahora observo, en el reflejo que me ofrece una de las ventanas, a una chica de pelo rizado que me ha mirado al entrar. Su cara es pequeña. Y bastante suave de rasgos. Quizá es porque tienden a ser redondeados. Se ha hecho una cola en el largo pelo y ya no tiene el libro que sostenía al principio. Quizá se lo ha guardado en uno de mis despistes, mientras leía o mientras escribía estas letras. Igual lo ha hecho antes de sacar su teléfono del bolso. Y todo está en silencio. A veces se escucha alguna voz, otras alguna bocina, pero excepto por el viento que acaricia las paredes del vehículo desde el exterior y la lluvia repiqueteando, además del frote de las ruedas contra el hierro, todo está en silencio. Es un silencio sinfónico, a diferencia del anterior, a diferencia del de la enorme y grisácea estación que ya he dejado, o más bien el tren ha dejado, atrás. Pues yo sigo teniendo esa imagen en la memoria. Y el cielo está oscuro, también gris. Los árboles son negros, como sombras gigantes de lo que una vez fueron, y la muchacha se levanta al poco de ser anunciada la siguiente parada. Se va. Como otras personas. Cada una tiene su parada se supone. Y cada una se baja, o se sube, en la que le corresponde. Por lo que ahora hay el ruido de la gente que sube y baja, gente nueva mientras la silenciosa compañía disminuye según las voces aumentan. La muchacha se ha ido, con su paraguas azul de mango de madera, y parece que sus miradas, las que me echaba de forma cómplice, por ser ambos lectores, se han ido como el silencio para dar paso a las voces cansadas y viejas de unas nuevas presencias.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Trenes

El silencio hacía acto de presencia entre los habituales pasajeros de madrugada, como si fuera una niebla que se extendía por el suelo hasta llegar a sus bocas para mantenerlas cerradas. El traqueteo de las vías era lo único perceptible, tanto por su sonido como por la vibración que provocaba en los incómodos asientos, junto al triste paisaje que, difuminado por la velocidad que adquiría el vehículo, parecía querer simular ser pintura lanzada contra el cristal de la ventana corriéndose para dar paso a nuevos colores, todo en una gama de grises.
Mis manos estaban frías incluso debajo de los guantes. El invierno llegó de golpe una mañana y pareció congelar tanto al panorama como al resto de personas. Pero eso no importaba, no me importaba. Como una llama bajo el agua toda la vitalidad que pudo tener mi entorno, e incluso yo mismo, permanecía apagada sin ninguna aparente posibilidad de volver a ser reavivada. Pero eso tampoco importaba. Todas las miradas parecían cansadas, hastiadas de aquella monótona rutina que llamarían vida. O igual sólo era mi vista, reflejada en las caras desconocidas que ahí se acumulaban según el tren se demoraba en sus obligatorias paradas. Él también tendría una existencia repetitiva, seguramente pesada y aburrida.
Suspiré. El vaho se elevó hacia mi rostro como el humo de un cigarrillo. ¿Qué había hecho la noche anterior? No lo recordaba. Igual la pasé entre vasos de alcohol, no sería nada raro y menos teniendo en cuenta dónde me había despertado: en el mismo lugar en el que ahora me encontraba sentado. Igual mi yo ebrio buscaba consuelo en este trayecto, como si quisiera escapar de su realidad. Igual no le gustaba y pensó que encontraría alguna salida. Pero pobre, ¿si la hubiera de verdad no cree que la habría usado ya? ¿Acaso pensaba que él la encontraría? Maldito infeliz, se parece tanto a mí…
Otro suspiro y un parpadeo largo.
Las ventanas habían oscurecido. ¿Un túnel? Vete a saber, ni siquiera recuerdo qué línea debí coger, a mi memoria sólo vienen flashes: mis ojos clavados en mis mocasines desgastados que avanzaban por el andén, el sonido del megáfono avisando de que tuviéramos cuidado y las luces de los faros iluminando mi cuerpo, parado en el ferrocarril.
Oh, mierda, por lo visto sí que encontró cómo salir.

domingo, 18 de mayo de 2014

Más allá

—Más allá de toda muralla y toda ciudad. Más allá de toda casa construida en pueblos y villas. Más allá de toda obra humana. Mucho más allá, todavía se puede observar aquello que al hombre tanto fascina pero a su vez aterra.
¿Y qué hay más allá, en aquellas tierras lejanas de parajes vírgenes e inexplorados donde el verde abunda? ¿Qué hay más allá, en aquellas altas montañas de picos nevados dotadas de profundas cavernas que se adentran en el corazón de la tierra? ¿Qué hay más allá, en aquellos oscuros bosques donde la luz del día no es capaz de alcanzar la superficie debido a que viven bajo una constante noche de nubes? ¿Qué hay mucho más allá, donde la vista nos engaña? Quién sabe lo que hay en ese lugar. Quién sabe siquiera qué secretos y tesoros puede aguardar. Pues raramente alguien retorna y, cuando lo hace, nada quiere contar. ¿Miedo? ¿Recelo? ¿Ciego, mudo, sordo o todo al mismo tiempo? Quién sabe, pero si no fuera porque su lengua sigue intacta, cualquiera afirmaría que ha sido cortada.
Muchos se preguntarán qué debe haber en ese territorio ignoto, inhabitado… ¡Oh, inhabitado no! Pues que no haya hombre viviendo sobre esas regiones no implica que no pueda haber otra criatura. Pero claro, ¿quién sabe exactamente lo que reside? ¿Los ancianos, los viejos, los sabios, los eruditos…? ¿Los guerreros, los soldados, los renegados, los milicianos…? ¿Los campesinos, los pueblerinos, los reyes, los soberanos…? ¿Tal vez los magos? ¿O, por una ocasión, los afortunados son los cuentacuentos? Pues, ¿quién habrá visto más mundo que un propio vagabundo? ¿Y qué son los propios cuenteros más allá que extraños y solitarios viajeros?
Por hermosos y horribles paisajes he transitado. Bajo tormentas y diluvios he caminado. En desiertos de arena, tierra y fango he andado. Y debéis saber que, solamente con el valor de mi cuerpo, a los elementos me he enfrentado. Observando a bellas y preciosas criaturas y a otras más espantosas que, en múltiples ocasiones, tuve que evadir para estar ahora mismo aquí.
Pues… ¡Cuernos, dientes y garras! Todos dispuestos para acabar con mi savia en un preciso instante. Pero también sabiduría y monstruosa comprensión, que ni los más cultos jamás abarcaron. Filosofías ocultas que nosotros no entenderíamos al estar escritas en viejas runas. Artes oscuras que en buenos escondrijos se camuflan. Y armas de leyendas que perduran a la espera de aquel valeroso o valerosa que sea lo suficientemente noble para llegar a empuñarlas algún día y así blandir todo su poderío (¿quizá tú serás a quien han elegido?).
Pero ciertamente, todo esto son meros cuentos. Crónicas, relatos, narrados, escritos enterrados y otros de desvelados. ¿Y eso los hace falsos? Oh, ¡para nada! Pues, como en toda mentira, en cada historia hay algo de verdadero. Esperando para ser descubierto.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un trayecto peculiar

¡Buenos días, queridos lectores! Hoy os traigo una parte de un sueño que he tenido esta misma noche y digo una parte porque en verdad está formado por diversas, pero eran como historias distintas cada una y, la verdad, es que ésta es la que más me ha gustado (pese a que había otra de un conejo que cocinaba y hacía ver que fumaba de una pipa). Así que espero que disfrutéis con la lectura de este sueño, pues hacía ya mucho que no subía ningún relato de este tipo.


El paisaje se fundía y mezclaba a través de la ventana. Aún gracias se podía apreciar lo que quedaba más lejos pero, cuando los árboles estaban demasiado cerca, se fusionaban en una masa uniforme de color verde.
El bosque y los prados empezaron a dar paso a las casas y más tarde a la zona industrializada de la ciudad. El tren era rápido, más de lo que hubiera esperado. Miré al asiento de delante, donde antes había un hombre con gabardina, y observé una enorme bolsa deportiva que estaba entreabierta.
Algo brilló en su interior y me fijé mejor. Eran unos ojos felinos, relucientes y amenazantes con salir de esa bolsa en cualquier momento para lanzarse a mi pescuezo.
Noté como empezaba a ponerme nervioso, hiperventilando, y golpeé con el codo al tipo que tenía a mi lado. Éste me miró y yo le indiqué con la cabeza el equipaje de enfrente. Al dirigir su mirada allí una mueca de terror también se reflejó en su rostro, para luego mirarme como si buscase una solución.
Ambos pensamos en lo mismo: cuando el tren se detuviese, cogeríamos la bolsa y la lanzaríamos fuera por el lado que estuviera el andén, alejándonos de lo que hubiera en su contenido que parecía atentar contra nuestras vidas. Pero cuando éste llegó a la siguiente estación vimos como iba por un carril central, haciendo que no tuviéramos ningún lado con corredor.
-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó el tipo, nervioso, mirándome al ver que a la izquierda teníamos otro tren y a la derecha una vía.
-Debemos librarnos de eso…
Asintió y no dudó un instante, tragó saliva y fue a por la mochila, la cogió y la tiró por el lado del raíl justamente cuando llegaba un nuevo tren por ese lado, pasando por encima de la bolsa y lo que hubiera en su interior.
Suspiramos al unísono, aliviados, pero dentro de mí una parte se sentía mal. ¿Y si habíamos matado a un ser inocente al que malinterpretamos su mirada? Aunque lo hecho, hecho estaba. Lo único que podía hacer era intentar relajarme y no pensar en ello hasta terminar con mi viaje.
Al rato noté un bufido entre mis piernas, provocando que me levantase de inmediato y mirase debajo del enorme asiento en el que me encontraba, ya que el tren se separaba por bancos que iban de pared a pared con un pasillo en el centro del tamaño justo de las puertas de cada sección. Pero lo que vi ahí me aceleró el corazón. No era un niño travieso, ni siquiera un minino o un can que se hubiera escapado. Nada de eso. Era un enorme tigre, un enorme y precioso tigre de Bengala.
Busqué con la mirada a mi compañero, pero recordé que hacía poco había bajado a una estación. Así que estaba solo en esa sección del tren marcada por dos bancos. Y el resto de la gente seguía tan tranquila, ajena de lo que veía.
El tigre me miró directamente a los ojos, provocándome un escalofrío en la espalda. No sabía qué debía hacer, pero recordé que me quedaba algo de comida en un pequeño macuto que llevaba. Lo abrí y saqué un pedazo de bizcocho, el cual rompí un poco y le ofrecí al tigre acercando mi temblorosa palma.
Sus ojos se clavaron en los míos, luego en mi mano y, cuando pensé que iba a arrancármela de cuajo debido a su gigantesca boca abierta llena de afilados dientes, dio un simple lametón que me empapó la mano de su caliente saliva mientras él se comía el bizcocho.
Inmediatamente se levantó y se acercó a mí, para empezar a acariciar su costado contra mis piernas, como si se tratase de un gato mientras yo le acariciaba el torso, cada vez más seguro y sonriente al ver lo afectivo que demostraba ser. Pero el miedo y la inseguridad volvieron cuando escuché un rugido proveniente del estómago de mi nuevo amigo.
Le fui dando más cachitos de bizcocho, pero eso no parecía saciar su hambre. Rebusqué en la mochila y sólo logré encontrar unas pocas galletas, cosa que para él no sería nada. Era hora de concienciar a las otras personas de lo que pasaba.
Carraspeé con fuerza y algunos de los presentes me miraron y, para mi asombro, no se sorprendieron ni alarmaron por la presencia del tigre.
-Tiene hambre… -dije, con cierto miedo- y yo no sé qué darle.
Una señora de tez morena se levantó y se acercó, abriendo su bolso y sacando un bol con un mejunje amarillo. “Natillas”, dijo sonriente. Yo cogí su ofrenda, agradeciéndoselo, y rompí las galletas para añadirlas al cuenco.
Se lo acerqué al tigre y este dio un único lametón. Luego me miró y me tensé al momento, temiendo que no le gustase. Él simplemente sacó la lengua y yo le entendí. “¡Sed! ¡También tiene sed!”, saqué la botella de agua y eché un poco a las natillas, para luego dejar el recipiente en el suelo y ver como el tigre empezaba a comer ansioso.
Ya poco quedaba para llegar a mi destino y finalizar mi trayecto, así que me puse frente a la puerta y el felino vino conmigo. El tren se detuvo y las puertas se abrieron, de las cuales salimos ambos hacia la luz que de afuera.


¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¿Os ha dicho alguna cosa en especial? Ya sabéis que podéis opinar, comentar, compartir y demás aquí abajo sin ninguna clase de problemas, ya que todo lo que digáis o dejéis en constancia es bien recibido.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!