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viernes, 20 de junio de 2014

Ellos me lo dijeron

–Hazlo.
–Venga, hazlo.
–¿Por qué dudas?
–Que lo hagas.
–¡Hazlo!
–¡No! –grité, pero aquellas voces se clavaban en mi cabeza, cada vez más profundas, más insistentes.
–¿Por qué no?
–Es lo que siempre has querido.
–Siempre te quejabas de ello.
–Y venga a aguantarte.
–La misma cháchara cada día.
–Hazlo.
–Cumple con tu palabra y hazlo.
–¡No quiero!
–¡Qué lo hagas!
Caí de rodillas, las lágrimas nublaron mi vista y no pude hacer otra cosa que mirar a esa multitud de figuras difuminadas que se encontraban a mi alrededor.
Sus bocas seguían moviéndose, persistentes. Me tapé los oídos, pero ahí seguía su voz. ¿Por qué no me dejaban en paz? Ni siquiera me permitían pensar con claridad. Cualquier pensamiento que cruzase por mi mente era cortado por un “¡Hazlo!” cada vez más estridente.
Golpeé el suelo con los puños.
–¡Basta!
Silencio.
Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos, como si se tomasen aquel gesto como un desafío, como una falta de respeto. Y arrugaron lo que parecía ser su nariz mientras levantaban su labio superior, mostrando sus dientes de forma amenazadora según silbaban un agudo y desquiciante pitido.
Un inesperado temblor invadió mi cuerpo y me incorporé de un salto. Miré hacia todos lados, pero estaba rodeada por aquellas borrosas siluetas en mitad de una nada blanquecina.
–¡Fuera! ¡Largo! –volví a gritar y cerré los ojos para empezar a sacudir los brazos de un lado a otro en un vano intento de que dejasen de aproximarse-. ¡Dejadme!
Sonó un grito ahogado y luego otra vez silencio.
Una gota cayó en mi mejilla. Abrí los párpados y el pánico invadió mis pupilas. Caminé hacia atrás pero caí al suelo al tropezar con un taburete de la cocina.
Notaba mis manos pringosas. Las extendí frente a mí y vi que estaban manchadas de rojo. Un chillido escapó de mi garganta y perdí la conciencia.

Apunté la última palabra con la estilográfica y levanté la vista del bloc de notas. Miré a la muchacha que se encontraba frente a mí y entrecerré los ojos, dubitativo.
–Supongo que esto es todo por ahora.
–¿Puedo irme a casa?
–Lo siento –negué con la cabeza–, pero me temo que no.
–Dijeron que cuando acabase de explicarle lo sucedido podría irme a casa…
–Acaba de confesar un asesinato, señorita Anderson.
–¡Ellos me dijeron que lo abriese en canal! ¡Yo no quería!
–Ellos –remarqué la palabra con cierto retintín– son producto de su imaginación, señorita. Usted llamó a la policía alegando que alguien se había llevado a su marido y la encontraron en la cocina cubierta con su sangre, como demostraron las pruebas de ADN posteriormente, y aferrada a un cuchillo. –Me coloqué bien las gafas y crucé los dedos de las manos, apoyándolas sobre la mesa metálica de la sala de interrogatorios. “¿De verdad es necesario llamar a un psicólogo para determinar que una persona está claramente mal de la cabeza?”, pensé antes de proseguir tras soltar un sonoro resoplido–. No había nadie más allí, señorita. Y en caso de que así fuera, ¿qué iban a hacer Ellos con el cadáver de su marido?
–¡Se lo acabo de decir! –Golpeó la mesa con los puños. Parecía tenerlos apretados a más no poder, pero por alguna extraña razón ignoraba el dolor. Si es que de verdad lo sentía–. ¡Querían hacerle una disección o algo así!
–Y según sus palabras, aprovecharon que siempre se quejaba de que no era atento con usted y demás aspectos cotidianos que le desagradaban para comerle la cabeza y hacer que colaborase, ¿cierto?
La joven de rizos rubios asintió. Yo volví a soplar por mi boca entreabierta. Necesitaba un cigarro.
–¿No cree que quizá su mente ha buscado crearle una fantasía para así justificar el asesinato de su cónyuge?
–¿¡Y el cuerpo!? ¿¡Qué ha pasado con él!?
–Tiene herramientas en el garaje. Y la excusa de que son para el huerto –torcí el morro– no es muy fiable, la verdad.
–¡Pero si mi marido me sacaba dos cabezas! ¿¡Acaso es idiota o qué!? ¿¡Cómo pretende que yo hiciera eso!?
La chica hablaba atropelladamente y se había levantado de la silla. Parecía amenazante. Tragué saliva mientras aquellos labios, rojos como la sangre que todavía manchaba su vestido verde, seguían gritándome. Intenté decirle que se calmase, pero fue inútil.
Una palma, que sangraba por unos cortes que parecían producidos por las uñas de sus propios dedos, se levantó de pronto y yo hice un gesto para llamar a seguridad. Pero ambas manos fueron directas a su cara, que rompió en llanto. “Inestabilidad emocional”, pensé de inmediato y rodé los ojos.
Uno de los policías entró y rodeó a la muchacha con sus brazos de una forma aparentemente afectuosa pero con la suficiente fuerza como para tenerla bien sujeta. El segundo se acercó cuando estuvo seguro del asunto y le colocó lentamente las esposas para poder llevársela con su compañero a pesar de que siguiera balbuceando y tachándome de incrédulo e inepto.
 Exhalé e inspiré poco a poco para recuperar la compostura y me sequé el sudor de la frente.
–Aliens… –murmuré según tanteaba mi chaqueta para buscar la cajetilla de tabaco tras revisar las notas tomadas– Menudo disparate.

domingo, 8 de junio de 2014

Primero un disparo y luego silencio

Una pistola, dos hombres forcejeando y un cadáver en el suelo.

Quién hubiera adivinado que Erik, nada más llegar a casa, se encontraría con esa situación: su mujer frente a un desconocido con pasamontañas que la amenazaba con el cañón de un arma. Un cañón que disparó una bala nada más la puerta se cerró de golpe tras de sí.
No hubo gritos de dolor. Ni siquiera de desesperación por intentar salvarla. Solamente estupefacción. Todo lo había pillado de improvisto y su cabeza no parecía encajar nada.
El desconocido se giró y vio el rostro de Erik momentos antes de que éste, que al fin comprendía lo ocurrido, enrojeció y, temblando de rabia, se abalanzó sin dudarlo hacia el actual asesino. Lo empujó al suelo mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas, pero el desconocido lo agarró de los hombros y ambos cayeron mientras la pistola se escapaba de las sucias manos del homicida. Un puñetazo por la derecha. Otro por la izquierda. Erik golpeaba al extraño que se intentaba proteger la cabeza con sus brazos antes de propinarle un rodillazo en la entrepierna, librándose así de la víctima convertida en agresor.
Erik se retorció, tirándose a un lado. El desconocido escupió sangre al suelo y, jadeante, se levantó. Pero no tardó en volver a caer. El nuevo viudo pateó sus piernas como pudo para tirarlo de nuevo y, de esta forma, enzarzarse otra vez en ese patoso mano a mano.

Quién hubiera adivinado que Tom, nada más llegar a esa casa, descubriría que la esposa del hombre al que había venido a buscar se encontraría ahí. Él quería acabar con el asunto lo más rápido posible y esa mujer no tenía nada que ver con todo el meollo. ¿Qué culpa tenía ella de que su marido le hubiera jodido la vida tras despedirlo? ¿Qué culpa tenía ella de que su marido, al despedirlo, hubiera causado que su novia lo dejase, se hubiera quedado sin casa y todo lo que se llevaba a la boca proviniera de un comedor social? ¿Qué culpa tenía ella de que, desolado y con ese rencor creciente en su pecho, se viera obligado a empeñar hasta casi la última de sus posesiones con tal de poder comprar ese arma a un tipo que encontró en las calles? Ninguna. Esa mujer no tenía ninguna culpa.
Y ahí estaba: él frente a ella. Pistola en mano y silencio absoluto. Hasta que un portazo a sus espaldas lo asustó y, sin querer, apretó el gatillo como acto reflejo. Viendo cómo la señora, sorprendida, recibía el disparo y caía al suelo. Viendo cómo, al darse la vuelta, se encontraba cara a cara con Erik, quien parecía no caber en sí mismo. Y, aunque su antiguo jefe no lo reconoció por llevar el rostro oculto, la rabia que su mirada poseía era la misma que tiempo atrás había visto en su propio rostro cuando se miraba en el espejo. “¿Qué has hecho, Tom…?”, se cuestionó él al captar la situación mientras sus ojos se enrojecían, llorosos.
Pero no tuvo demasiado tiempo para pensar. Un golpe lo derribó y, para cuando se enteró de lo que estaba sucediendo, un puñetazo le cruzó la cara y su pistola se había deslizado hasta el cadáver.

En un vano esfuerzo por librarse de las manos del desconocido que, desesperadas, no paraban de arañarle la cara, Erik le quitó el pasamontañas de un tirón y ambos se apartaron. Tom tenía el labio partido y casi toda la cara hinchada por los golpes que había recibido. Erik sangraba por la falta de carne y piel en su semblante, que ahora no se hallaba en éste, sino bajo las uñas de su antiguo empleado.
No comprendía qué sucedía. Él siempre le había tratado con respeto. Tuvo que despedirlo por una reducción de personal que le mandaron desde arriba. Pero como le ocurrió a Tom, les ocurrió a diecinueve personas más. No era culpa suya.
Erik se tocó el costado y empezó a toser. En la trifulca había recibido otro golpe ahí y, ahora que la cosa parecía haberse calmado y la adrenalina no era tan presente en su organismo, empezaba a dolerle todo.
El ex-empleado observaba silente, dudando sobre qué hacer. Pero sabía que pocas alternativas tenía ya. Había matado a una persona. Una persona amada por otra, otra que se encontraba allí con él y que no le dejaría irse tan tranquilo. Sabía que tarde o temprano volvería a embestirle y la pelea proseguiría. Sabía que la cosa ya no podía terminar bien de ninguna manera.
Suspiró, casi en un llanto ahogado, y tragó saliva mientras observaba de reojo su única posesión, dispuesta en el suelo.
El hombre del traje rasgado se fijó de inmediato en las intenciones de su antiguo trabajador y miró también la pistola. Levantó la vista y la mirada de ambos se cruzaron, diciéndose todo lo que debían decirse sin mediar ni una palabra.
Los pobres desgraciados no dudaron más; se tiraron hacia el cuerpo difunto de la mujer con tal de apoderarse del arma y, tras un brusco forcejeo entre cuatro manos, un disparo marcó el silencio definitivo.

lunes, 21 de octubre de 2013

"El mejor plan del mundo"

¡Buenas tardes, queridos lectores! Hoy os traigo un relato que he escrito a través de un pequeño reto que he pedido por Twitter. Las palabras claves han sido "Asesinato, amor, inteligencia, frío y carcajadas" (como bien indica este tweet), así que de eso ha tratado el relato. Pero el escrito me ha generado dos posibles finales: uno de no ficción y otro de ficción/fantasía. Aunque al no decidirme por cuál de ambos dejar, he decidido por una vez subir un relato con dos posibles finales y que vosotros, lectores, os quedéis con el que más os guste. Dicho esto, os dejo con el relato.


Una carcajada rompió el silencio de esa oscura noche de invierno. El frío helaba sus desnudos dedos y su enrojecida nariz. Se relamía los labios para humedecerlos, pero eso sólo provocaba que se agrietasen más. Y, tras otra carcajada, la comisura de estos se partió levemente. Pero ya nada le importaba.
Miro al suelo, iluminando con su farol la blanquecina nieve salpicada de rojo, y ladeó la cabeza.
Se agachó, poniéndose de cuclillas, y apartó los rizos de oro de su cara. Era tan bella. Parecía que durmiese, como otras veces la había visto en su cama, tras amarse apasionadamente. Pero él sabía perfectamente que ya no era así. No dormía. O al menos no como todo el mundo suele entender el hecho de dormir.
Chasqueó con la lengua a modo de negativa.
-Si hubieras sido más buena –empezó a reprocharle en un susurro en su oreja mientras el vaho se escapaba de sus rasgados labios y volvía a lamerlos-. Si hubieras sido más buena, quizá ahora vivirías –ladeó la cabeza y miró directamente sus párpados cerrados-. Yo te quería. Y lo sabías. Pero tú me obligaste –suspiró sobre su pálido cuello-. No quería llegar a esto. Deberías haber sido más buena. Debiste haber sido más buena…
Se levantó y se río tristemente para luego negar con la cabeza y murmurar la palabra “mujeres…”.
Clavó en el suelo la pala, con la que momentos antes había golpeado su cabeza para dejarla inconsciente y que no sufriera por el disparo directo a su pecho, y empezó a cavar. Tenía toda la noche, pues no eran ni siquiera las once.
Notaba como su sudor rociaba su piel por el esfuerzo. No estaba demasiado acostumbrado a los esfuerzos físicos continuos y eso le costaría unas agujetas durante una semana. Pero él estaba alegre. “El mejor plan del mundo”, se había dicho muchas veces antes de llevarlo a cabo.
-Te lo di todo –empezó a hablar, desahogando parte de su ira-. No tenías nada. Ni a nadie. Y yo te lo di todo –le echó en cara mientras clavaba con más fuerza la pala en el suelo congelado-. Un trabajo, un hogar, incluso una familia que te apreciaba. Y tú, desagradecida, así me lo pagaste –salió del hoyo y miró de nuevo el cadáver-. Pero tranquila, nadie notará tu ausencia. Porque eras una don nadie.
Cogió el cuerpo por los pies y lo arrastró al agujero, arrojándolo con cuidado. Miró de nuevo su cara y acercó su boca a sus labios. Besándolos por última vez.
-Yo te quería. Y lo sabías. Pero tú me obligaste –besó su mejilla-. No quería llegar a esto. Deberías haber sido más buena –besó su cuello-. Debiste haber sido más buena. Y quizá ahora vivirías…
Juntó su frente con la suya y cerró los ojos, despidiéndose en su mente de ella.

Final 1 (no-ficción):
Salió del foso y empezó a cubrir el cuerpo con la tierra sacada previamente junto a la nieve. Una vez cubierto, cogió la luz e iluminó el segundo cuerpo.
-Y a ver qué cojones hago ahora yo con este perro –dijo mirando con rabia a un joven castaño. 

Final 2 (ficción):
Un dolor punzante atravesó su cuello mientras sus ojos se abrían como platos y se ponían en blanco mientras su boca intentaba gritar auxilio sin salirle ningún sonido.
En cuestión de segundos cayó de lado, justo en el agujero donde debía estar la joven, quien ahora se encontraba firme limpiando su boca llena de sangre.
-Lo siento, querido –dijo con una voz dulce-. Yo también te quería, pero en este amor debes permitirme algún que otro capricho… o te convertirás en mero ganado.
Sonrió melancólicamente y salió del hoyo con la ayuda de otra mano. La de su amante al que su recién ex-novio también creyó haber matado. 


¿Y bien?, ¿qué final os ha gustado más, el primero o el segundo? Ya sabéis de más que aquí abajo podéis comentar sin problemas lo que creáis conveniente, expresando vuestra opinión, además de valorarlo, compartirlo y demás.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

sábado, 3 de agosto de 2013

Doble víctima

¡Buenos días queridos lectores! Siento no haber subido nada cuando llegué ya a casa, aún así aquí os dejo un pequeño relato y supongo que en breves retomaré la serie de Un bar cualquiera. Mientras espero que disfrutéis con la lectura que encontraréis a continuación.


La lluvia empapaba la calle, resbalando por las paredes, resbalando por las aceras, arrastrando la inmundicia del suelo hasta las cloacas, pero dejando aún más negro el suelo.
Las gotas repiqueteaban contra las ventanas, chocando en ellas, incansables. Como si esperasen a que alguien les abriese.
Una pequeña, escurridiza y salada, se fusionaba con las dulces encima de los poros de aquel rostro oculto bajo la sombra de su mojado sombrero.
La gabardina, antaño marrón y ahora negruzca, ya no le protegía del clima, de la tempestad. Se pegaba a su cuerpo, como si formase parte de su piel, a la cual le costaba transpirar.
Un brillo en el cielo, una estrella fugaz.
No pidió deseo alguno, ya que como él, era un cometa errante con un pasado triste y un futuro más oscuro. Destinado a ir a la deriva, sin rumbo. Como le ocurría a su observador nocturno.
Se agachó levemente, notando los zapatos llenos de agua, y miró enfrente, al pavimento ensangrentado.
Estaba solo en el lugar, no quedaba nadie con vida en esa callejuela. Pues lo que más quería yacía a sus pies. Sucio, húmedo e inerte. Como su alma, despedazada.
Estiró la mano y acarició el rostro del difunto. Pasó los dedos por su castaño pelo y se mordió el labio inferior.
Impotencia, rabia y mil sensaciones más. Explotando desde lo más recóndito de su interior, ansiando salir. Pero debía mantenerlo dentro, guardado, esperando.
Para cuando llegase el momento de la represalia poder hacerlo como mandaba.
Pues se vengaría de los causantes, acabando con quienes creyeron acabar con él.
Cogió el cuerpo entre sus brazos y miró de nuevo al cometa del cielo, el cual, por unos instantes, iluminó los dos rostros idénticos.


Espero que hayáis disfrutado con el relato y ya sabéis que podéis comentarlo, valorarlo, compartirlo y demás aquí abajo, cosa que siempre se agradece.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 8 de abril de 2013

Viernes

¡Buenas tardes queridos lectores!
Como bien os prometí, el relato que hoy subiré no es para nada como el resto que están subidos por ahora. ¿Por qué? Fácil, en esta ocasión el relato está dedicado a mi seguidor nº40 de Twitter, que lo anuncié por ahí mismo que éste tendría relato dedicado, escribiéndolo sobre el tema o lo que él quisiera y luego lo subiría al blog (además, así incentivo a la nueva sección que anuncié anteriormente).
Pero aquí no acaba la cosa, a partir de ahora cada 10 seguidores, el que tenga la siguiente posición, podrá elegir que tipo de relato quiere y demás y se subirá al blog (seguramente el lunes) ya que así me sirve también para tocar diversas temáticas, llegar más al lector y mejorar mis capacidades como escritor. Eso sí, para que el relato se haga, no será justo que cierto seguidor me siga, ocupe el lugar y luego ya no me siga, sino el relato no estará dedicado ni nada, es más, ni siquiera me molestaré en hacerlo. Así que creo que los requisitos son pocos a cambio de un relato en el blog.
Así que os dejo con el relato dedicado a @MediaMarkGND, mi seguidor nº 40 en Twitter, que eligió como tema/lugar del relato Brooklyn.


El agudo teléfono sonó otra vez. No tenía ganas de cogerlo, estaba ya cansado, más bien harto, de que no parase de sonar una y otra vez para siempre lo mismo: o broncas de mi superior o pistas inútiles del caso que llevaba abierto más de dos semanas. Pero ahí seguía el pitido, incesante, como si supiera que acabaría cediendo si persistía. Y así ocurrió, acabé cogiéndolo, asqueado, por su perseverancia.
Me preparé para morderme la lengua contra los gritos de J, incluso saqué las cartas por si era otro oficial novato que había encontrado un gusano muerto en la escena del crimen. Pero no fue nada de eso. Ni mucho menos. Esta vez volvía a ser algo gordo, como pasó el anterior viernes.
Un nuevo asesinato en Brooklyn.

No tardé demasiado en llegar a la escena del crimen, mi oficina estaba relativamente cerca de los asesinatos de este último caso. Concretamente, ahora se encontraba casi en medio, pues el primero fue en Borough Park, una pareja de ancianos que volvían de hacer la compra. El segundo fue en Prospect Park, concretamente en el lago, una joven ahogada y asesinada. Sin señales de violación pero con muestras de que el culpable le habría hecho algunas fotos para divertirse en su intimidad. El tercero, y actual, había sido en Paerdegat Park. Y eso dejaba mi despacho en el medio del radio de asesinatos.
Esta vez había sido un muchacho joven de raza negra. Estatura media y con un ligero problema de obesidad. El cuerpo fue encontrado en la pista de básquet, pero no se sabe cómo llegó ahí, ya que nadie vio nada. Como siempre.
También, como en los otros casos, tampoco había rastro alguno del asesino, por lo que tras comprobar toda la zona y llevar el cuerpo al forense, volví a mi oficina. Ahí, para variar, me recibió J a gritos y preguntándome porque no había resuelto el caso todavía. Lo ignoré hasta llegar a mi despacho, donde me encerré.
Empecé a repasar todas las pistas de nuevo, crimen por crimen, buscando al menos un lazo entre los asesinatos, pero ninguna de las víctimas tenía relación con la otra. Ni tan solo su vivienda, pues la muchacha y el jovenzuelo no eran ni siquiera de Brooklyn.
Todo empezaba a ser raro y los días iban pasando, uno a uno y de manera tan rápida que, cuando llegaba a casa, no me daba ni tiempo a jugar con mi hijo o atender a mi mujer que nada más tirarme al sofá me dormía inmediatamente.

Ya era miércoles. Ni una novedad sobre el caso. Ni un incidente, ni siquiera un desliz por parte del misterioso asesino. Y todavía más raro, ni una llamada de los novatos (cosa que, en el fondo, agradecí).
Pero alguna extraña presión empezó a oprimir mi cabeza, como si hubiera algo que se me escapara. Algún detalle insignificante que había pasado por alto y no viera.
Aunque ya era demasiado tarde, el reloj de mi mesa acabó marcando la una de la madrugada y ya hacía más de una hora que debería haber ido a casa. Por lo que me despedí de Kent, el guardia nocturno, y fui directo a mi hogar donde, como las últimas dos semanas y media, me dormí en el primer lugar mullido en el que me tumbé. Solo que esta vez, al poco rato me desperté, pues esa opresión en mi cerebro me producía insomnio. Un insomnio que me torturó toda la noche.

Jueves. Llegué a la oficina a primera hora, cosa poco habitual. J todavía no había llegado, por lo que me escaqueé en mi despacho y no salí de ahí en todo el día, ya que la comida y la cena me la había llevado de casa, aunque mi alimentación se basó básicamente en cafés, uno detrás de otro.
Algo me dijo que rebuscara en el archivo. Y eso hice, pero ya a hora tardía, pues solo hacía que posponerlo una y otra vez.
Al mirar dentro, instintivamente saqué un mapa de la ciudad y, como siempre hacía, recorrí con mi dedo la trayectoria de los asesinatos, marcando con una chincheta el lugar concreto de donde se cometieron.
Aún así, hasta que el reloj no marcó las doce de la noche, no caí en lo que mis ojos observaban pero no veían. Pues a esa hora mi mente me dijo instantáneamente la palabra “viernes”. ¿Por qué pensaba en el día que era?, me preguntaba. Pero entonces giré el plano y la opresión de mi cabeza cesó.
Había estado tan ciego estas tres semanas que el precio parecía que me iba a salir caro. Muy caro. Pues los tres puntos, con el mapa a la inversa, formaban una V. Una V que señalaba un lugar concreto. Mi piso.


¿Os ha gustado el relato dedicado? Si es así, ya sabéis que podéis hacer para tener vosotros también uno sin problemas 100% original. Pero bueno, como siempre, podéis votarlo, compartirlo, opinar y demás aquí abajo o en la dirección de correo (como soléis hacer) dada en el apartado de Contacto.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

domingo, 7 de abril de 2013

Un bar cualquiera (2ª Parte) - Storm

¡Buenos días queridos lectores! Hoy os traigo el nuevo capítulo de Un bar cualquiera, en el cual empezará, por así decirlo, la segunda parte (o 2ª Temporada, a gusto de lector) de la serie.
Los que sigáis la página de Facebook o me sigáis por Twitter habréis podido ver la introducción original a ésta, la cual colgaré en unos días como "extra" para quien no la haya visto, pues la que pondré a continuación es la introducción final más el capítulo I, titulado "Storm".
Así que bueno, espero que disfrutéis de la lectura a pesar del retraso que lleva por no haber podido subir antes el capítulo.

Introducción


Mi nombre es Matt Storm. Hace unas semanas mi vida todavía era normal: regentaba un bar al cual solían venir mis amistades, vivía con mi pareja en un buen apartamento e incluso podía permitirme algún lujo de tanto en tanto. Pero todo cambió cuando conocí a Jack, un tipo desconocido que entró en mi bar, mató a Richard (un cliente habitual) y luego me dijo que yo tenía habilidades… especiales de las cuales no sabía nada a excepción de las habladurías.
A día de hoy, solo he conocido a tres personas más que trabajen con Jack: Harry Dietrich, James y otro desconocido al que solo vi al entrar en su “escondrijo” y no volví a saber más de él. Y, hasta ahora, los dos “J”, parece que solo se han “divertido” a mi costa a pesar de que Jack intentara parecer amable, pero en realidad Harry ha sido el único que se ha comportado con cierta normalidad y quien me ha ayudado más en todo esto.
Quizá os preguntaréis a santo de qué viene ésta introducción. Pues sencillo, hoy mismo empieza un capítulo totalmente nuevo de mi vida. Hoy empieza un episodio donde mi pasado es alterado por completo debido a un extraño Harry que me indujo a modificar mis recuerdos. Hoy, el Matt Storm que vosotros conocéis, dejará de existir.


Capítulo I: Storm


Nos perseguían. Marcus y Andrew ya se habían ido por otros dos callejones, sabiendo que ese tipo de trabajos eran ideales para mí.
Ladeé levemente la cabeza, sin dejar de correr, y vi como los dos tipos ni se habían molestado en perseguir a mis compañeros. Parecía que sabían de más el objetivo que tenían. Pobres desgraciados, pensé al ver que no sabían realmente a que se enfrentaban.
Callejón sin salida. Bien, pensé, ahora actuaran como todos acaban actuando siempre.
Los dos hombres, con uniforme policiaco, sacaron sus pistolas y me apuntaron mientras me indicaban que me tirase al suelo y no ofreciera resistencia.
Yo puse las manos, con las palmas bien abiertas, hacia ellos. Unas perladas gotas de sudor se deslizaron por sus frentes y, rápidamente, vi como el más joven apretaba el gatillo. Pero no me dio. Claro que no.
Antes de que la bala del arma saliera disparada contra mi pecho, todo se detuvo y yo empecé a andar tranquilamente hacia ellos, cogí las manos del novato y las giré (lo que permitía la muñeca de manera natural) y puse la pistola apuntando su pecho. Luego volví a mi posición inicial y el tiempo volvió a fluir.
-¿¡Pero qué cojones!? –exclamó el compañero al ver que el novato estaba en el suelo, con el pecho agujereado con su propia bala y sangrando a más no poder.
No, no le había puesto el arma en el corazón. Éste no tenía la culpa, era inocente. Era el otro que si que acabaría mal.
-¡Hijo de puta! –me gritó, antes de empezar a disparar.
El tiempo no se volvió a detener, simplemente empezó a fluir con más lentitud, permitiéndome ver las balas rompiendo el aire y caminar entre ellas hasta el tipo que, al tenerme a escasos metros, abrió la boca de sorpresa (ya que él me vería como si mi cuerpo se moviera a una velocidad vertiginosa) y, aunque intentó llevarse las manos a la cara, no pudo detener el puñetazo que le asistí en la mandíbula. Partiéndole algún que otro diente y tirándolo al suelo.
Rápidamente, cuando el tiempo volvió a fluir con normalidad, saqué el revólver de mi cinturón y le disparé en toda la sien. Matándolo instantáneamente.
Una vez hecho esto, cogí el teléfono del todavía caliente cadáver y llamé a urgencias por el herido. Luego le tiré el aparato y me fui por donde había venido.

-¡Já! –exclamó Marcus- ¿Cómo no? ¡Storm llegando tarde pero con el botín!
-¿Acaso lo dudabas? –pregunté mientras desataba el maletín que llevaba atado a la espalda.
-Claro que no lo dudábamos –respondió el otro hermano Johnson-, Storm.
-Bien, bien –abrí el maletín-. Sino creo que os hubierais quedado sin vuestra parte.
Ambos sonrieron levemente y cogieron al vuelo el par de fajos de billetes que les lancé. Eso solamente era el extra, lo que se podían gastar para fulanas o lo que les viniera en gana. El resto, a excepción de mi parte, iba al fondo comunitario.
Nos encontrábamos en un bar de mala muerte donde solamente venían las almas perdidas y dejadas de esta ciudad. Quizá el lugar parecía un refugio para mendigos, pero las copas eran buenas, grandes y a buen precio. Además de que la dueña nos permitía llevar nuestros trapicheos sin problemas.
Fui a la barra, dejé un billete y la muchacha me sirvió un vaso bien cargado de Whisky, sin hielo. Me lo tomé de un trago, cargué el revólver con la bala que le faltaba y salí afuera, donde ambos hermanos me estarían esperando para ir a la verdadera Madriguera.


¿Os ha gustado? Sé que el capítulo es "breve", pero esa es la intención: breve pero intenso. Además de que se note el cambio y demás, pero no hablaré mucho sobre el tema, ya iréis viendo en los próximos capítulos.
Así que si os ha gustado, ya sabéis que se puede opinar, valorar, comentar, etcétera, etcétera. Pero bueno, nos vemos el lunes con un nuevo relato que también será algo especial, ya lo veréis.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 20 de marzo de 2013

La verdadera sinceridad

¡Buenas tardes queridos lectores! Mañana, a las 6:30, me voy ya para Londres (viaje de fin de curso de 2º de Bach.), y no volvería hasta el domingo (tarde, muy tarde). Cosa que impediría que pudiera subir el capítulo de un bar cualquiera el fin de semana, así que lo aplazaré al siguiente si no se produce ningún imprevisto (digo imprevisto por el hecho de que será Semana Santa, vacaciones, y no sé todavía si iré hacia algún lado, por eso). Pero como sé que os hago esperar muchas veces, durante este viaje y estas vacaciones prometo no dejaros sin nada. ¿Que cómo lo haré? Sencillo, muchas veces cuando me viene la bendita inspiración o alguna idea y me pilla fuera de casa y sin papel y bolígrafo a mano... escribo en la aplicación de "Notas" del móvil y ahí se quedan (por los siglos de los siglos). Por lo que, gracias a esto, subiré en el viaje al menos uno de los relatos que están en mi móvil y haré la entrada desde allí (por eso seguramente no me extenderé demasiado y la subiría por la tarde-noche o de buena mañana, ya que el resto del día... será un no parar de un lado a otro). Así que bueno, prometo al menos subiros un relato como compensación del capítulo que no podrá ser.
Pasando al segundo punto, relacionado con el viaje, desde el móvil no sé si podré publicar la subida del nuevo relato al Facebook, pero si podría avisar mediante un tuit, así que estad más atentos al Twitter que al Facebook estos cuatro días, porqué este si que no fallará.
Como tercer punto, he de decir que estoy reutilizando Wattpad, si, pero no para subir cosas nuevas, sino solamente para subir la serie semanal, pero capítulos que ya están en el blog, así que tranquilos, el blog siempre tiene prioridad ante todo (excepto fragmentos de escritos que no vaya a hacer públicos totalmente, entonces Facebook manda).
Y como cuarto y último punto, pero que creo que es el más importante o que más os puede interesar en el momento: el relato. Sí, que ya os dejo leer el relato (o más bien microrrelato) tranquilamente. Pues eso, ya está todo dicho y ahora a disfrutar con esta narración que escribí el otro día en un momento de algo de indignación, por lo cual entra en el "género" de "relatos espontáneos", ya que lo importante es cuando se escribe y lo que transmite (eso no significa, como bien sabéis, para añadir faltas ortográficas y demás, eso es un error  que no tiene excusa posible dentro de la escritura a no ser que sea un lapsus momentáneo). Pero bueno, aquí os lo dejo:


Ahí estaba yo, en mitad del suelo de ese oscuro callejón, tirado de cualquier manera encima de un rojizo charco que se iba diluyendo gracias a la lluvia que empapaba el suelo y hacía que la mugre manchara mi húmedo y frío cuerpo.
Sí, estaba muerto.
Pero no había muerto de cualquier manera, no señor. Había sido asesinado. Porqué, os preguntaréis. Pues la razón es sencilla: hablé demasiado. Pero no, no os confundáis. No hablé como en las películas de gánsteres, policías corruptos o presos, nada de eso. Cuando digo que hablé demasiado, sencillamente, me refiero al hecho de que fui demasiado sincero para esta sociedad en la que vivimos.
Cómo puede ser eso, quizá también os preguntaréis. “Vivimos en la época de la verdad”, algunos afirmaréis. Otros, directamente, pasaréis de continuar escuchando mi relato alegando que soy un simple mendigo más que ha muerto, alguien sin nombre, alguien sin importancia. Pero para quien quiera escuchar la razón de mi desdicha, prometo que su visión del mundo actual cambiará por completo…
Dicha razón fue la sinceridad. Os volveréis a preguntar, cómo es eso posible, pues bien queridos oyentes. Hay gente en el mundo que solamente es capaz de escuchar elogios, por muy patéticos o fingidos que sean estos. Hay gente que no sabe encajar una crítica, por muy acertada que sea. Y, esa gente, si se conoce y tienen un enemigo común, a veces es capaz de hacer cosas inimaginables.
Y así es como sucedió; de camino a mi hogar, dichas personas se aliaron, para tenderme la emboscada y, cual al antiguo emperador romano, las dagas volaron hacia mí. Atravesando mi cuerpo con un millar de puñaladas. Pero no fue eso lo que me mató, pues rápidamente todos huyeron y yo caí al suelo, moribundo. Y ahí fue donde morí, desangrado, en un callejón alejado de todo, mientras el sonido de la lluvia y los truenos ahogaba mis alaridos y súplicas de ayuda.
Y todo eso por una sencilla razón: ser verdaderamente sincero.


¿Os ha gustado? Como dije antes, lo importante es imaginar y recrear los hechos y ponerse en la situación, imaginar las cosas, más que lo que hay escrito, ya que la intención de muchos "relatos espontáneos" es que la imaginación del lector brote en la historia, pero imaginando lo que el escritor pretende narrar con pocas palabras. Así que bueno, si he conseguido eso, entonces se podría decir que mi objetivo con éste tipo de relatos ha tenido éxito. Y, como siempre, ya sabéis que podéis compartirlo, valorarlo, comentarlo, opinar, etcétera, etcétera de mil y una maneras (vale, quizá no tantas, pero hay muchas opciones). Así que venga, no seáis tímidos, que me gusta tener opiniones, valoraciones y demás más allá de los correos electrónicos que suelo recibir. Pero bueno, aún así...

   ¡Un saludo y hasta la próxima!