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jueves, 21 de febrero de 2019

Madrugada 21

Es de noche. Madrugada 21. No ha sido un mal día. Tampoco uno bueno. Simplemente ha sido.
La noche llega y los ojos de las personas se cierran, acurrucados al calor ajeno y confortable, a la piel cálida que los abraza en medio de la oscuridad. Otra noche como otra, y nada más. Manos juntas, suspiros y ronquidos, pausa y tranquilidad. Quizá alguna ventana abierta, con la luz encendida, a saber por qué, frente a los ojos turbios de quien fuma, en el balcón, sin poder dormir. Otra noche como otra.
La calle descansa, la luna se recuesta entre las nubes y las estrellas observan, somnolientas, cómo nada sucede, cómo la vida duerme. Es de noche y nadie, nadie más allá de los insomnes, que confunden el tiempo y creen estar en un día sin sol, lo perciben. Porque, ¿quién iba a notarlo, si no es importante, si nada ocurre? Es otra noche, otra como otra, y nada más.



domingo, 21 de mayo de 2017

Ni siquiera a escuchar

El corazón tiembla ante la verdad: no puede más, no puede más. El dolor que lo agujerea, lo desangra hasta el final. Toda emoción, toda lucha, toda intención, es vana esperanza que perfora su interior. Ahogado, en sangre, su propia sangre, suplica piedad. Y no hay nadie que se digne a quererle, ni siquiera a escuchar.

martes, 19 de julio de 2016

Apatía

Barbarossa rompe el silencio de la solitaria noche con sus oscuras esperanzas, que acompañan la tranquilidad de la tardía hora. La luz amarillenta de la lámpara castigada cara a la pared acaricia mi rostro con su reflejo proyectado en un muro tan irregular como los pensamientos que se baten en mi cabeza, como botes en la marea. Quizá sólo requieran de un faro que los ilumine sin parpadear; que los ilumine sin intentar provocar su zozobra en unas astilladas rocas en mitad de la espuma que colisiona, insistente. Pero aquí no parece que puedan encontrar algo así.

El suspiro que se escapa de unos labios, desgastados por los mordiscos del tiempo, es la única brisa que parece traer nuevos aires. Pese a sus antecedentes. Las ventanas están cerradas y no parecen tener intención de hacer cambiar esta noche eterna que se cierne sobre una cabeza y un rostro que se refleja en una pantalla, que se refleja en una realidad tan suya y natural como extraña. Las paredes están clausuradas. Toda puerta pareció venirse abajo para convertirse en muro tapiado, como para asegurarse que no cambiase nada ahí dentro, pero olvidaron tapizar las grietas del pensamiento y ya es tarde para rasurar esa fatiga que se mece bajo los ojos.

Los pilares están viejos y cansados, ancianos por todo aquello que los ha ido agujereando, pero siguen firmes pese a su tambaleo digno de la ebriedad más humana; más que un hogar, más que un calabozo, parece un ataúd en descomposición, pero sin obertura que permita salir del decrépito arcón. La tierra que golpeaba la tierra enterrándola subterráneamente dejó de oírse y el silencio fue lo único que le sucedió, viniendo así la calma, propia del muerto, y con ella las divagaciones y pensamientos. No hay nada para salir de este entierro. Todo agujero posible fue cavado para sepultar más aquello que ya estaba dentro de este cuerpo y ahora sólo queda su silueta contemplando, contemplando el devenir eterno.

domingo, 10 de abril de 2016

Como un gato

I

–Te he engañado.
Quizá fue por la tardía hora a la que se dijeron esas palabras, o por las luces parpadeantes de las farolas que atraían a las polillas, haciendo que revoloteasen bajo su luz sombría, o puede que fuera por el lento goteo de la ducha todavía húmeda por su reciente uso, pero el silencio parecía absoluto.
Las palabras habían resonado en la habitación pero era como si nadie las hubiera escuchado, ni siquiera quien las había pronunciado; flotaron en el aire y se dispersaron en él, como un suspiro fugitivo que pasa imperceptible incluso para aquellos labios que lo aprisionaban. Fue por ello que, seguramente, se volvieron a repetir, pero en esta ocasión más despacio, como saboreando, con cierto amargor, cada uno de esos vocablos, cada una de esas sílabas, cada una de aquellas letras que se arrastraban tras su consecuencia en un intento de alcanzarla para no quedarse abandonadas, como si nada, con su propia desolación. Pero, nuevamente, no hubo respuesta alguna.
Los ojos buscaron los otros ojos, culpables, arrepentidos, como si con una mirada obtuvieran el perdón, como si en una mirada pudieran leer aquella respuesta que anhelaban pero que no obtenían a través de la voz. Mas el silencio se incrementaba y esos ojos, que buscaban otros ojos, no hallaron nada en la ajena mirada. Y la respiración se aceleró, poco a poco, temblando.
–¡Ódiame! –exclamó quien se había confesado hacía unos momentos– ¡Grítame, déjame, pero dime algo!
Mas, nuevamente, no hubo respuesta alguna. Al menos no hablada, pues los brazos de quien callaba rodearon el cuerpo de quien confesaba que, debido a ese abrazo, sintió cómo su interior se deshacía en lágrimas, de odio, de ira, de incomprensión y rabia. En lágrimas que no sabía cómo expresar en actos o palabras. Y temblaba, de emociones que le embriagaban pese a la calma que le sujetaba.
Los labios sollozaban. Los párpados se cerraban, húmedos como esa ventana vestida de lluvia. Y la oscuridad de la habitación descendía según los nubarrones se hacían más presentes en esa noche desteñida. El viento, que ululante silbaba a través de los rincones que encontraba, gemía como lo hacía el llanto de quien entre lágrimas se derrumbaba; y el temblor, tanto por el frío externo como interior, menguó.

II

“¿Por qué…?”, se llegó a discernir minutos más tarde. “¿Por qué…?”, se repitió en voz trémula, como si fuera un pensamiento fugaz que corretea encargado de romper, de forma disimulada, el silencio. “¿Por qué…?”.
Las pupilas de quien envolvía el cuerpo ajeno con su propio cuerpo se posaron en el pelo de aquella cabeza escondida en su pecho. Y sus labios, agrietados, se abrieron despacio.
–Como un gato –dijo, como si soltase el vaho de su boca–. Dije que te querría como un gato –continuó, poco a poco, mientras notaba cómo el rostro de quien se apretaba contra su cuerpo se movía, quizá en sueños, quizá para escuchar mejor lo que decía–. Eso implica que tú vives tus momentos, ya lo sabes, como yo los míos; y a veces, en ciertas ocasiones, éstos se entremezclan –la voz que hablaba era suave, pausada, tan tranquila como aquella mano que acariciaba sosegadamente la espalda–. Yo por eso no te quiero menos, como dudo que tú fueras a hacerlo, pero que esté contigo no implica que seas de mi propiedad; como yo tampoco lo soy de la tuya. Te acompaño y nos hacemos compañía, agradable compañía, pero eso no quita que cada uno tenga su vida. Por ello, lo que tú puedas considerar engaño, yo así no lo trato. Y no deberías culparte por ello: has disfrutado de una experiencia, ¡y eso está bien!, más faltaría, y yo he disfrutado de tu confianza al querer compartírmela.
Silencio.
–No hay más –prosiguió con un tono más bajo–, por algo así… no te tienes que preocupar.

lunes, 20 de abril de 2015

Estoy en Maçanet ahora detenido. Y llueve. Es una lluvia fina, ligera, muy pequeñita pero seguida, esa que poco a poco te calaría en los besos. La gente sube mojada, un poco, y el tren hace su sonido rompiendo el silencio armónico de las gotas caer y cierra las puertas para proseguir con el viaje. Me hubiera podido quedar horas y horas observando esa lluvia. Como hacía de pequeño, dentro del garaje. Así que ahora miro por la ventana, pero no es lo mismo que en esa estación donde los trenes se detienen para morir. Y es una lástima. Una lástima. Aunque supongo que las ruedas deben seguir fregándose contra el raíl, como se escucha según avanza la pesada maquinaria.
Ahora observo, en el reflejo que me ofrece una de las ventanas, a una chica de pelo rizado que me ha mirado al entrar. Su cara es pequeña. Y bastante suave de rasgos. Quizá es porque tienden a ser redondeados. Se ha hecho una cola en el largo pelo y ya no tiene el libro que sostenía al principio. Quizá se lo ha guardado en uno de mis despistes, mientras leía o mientras escribía estas letras. Igual lo ha hecho antes de sacar su teléfono del bolso. Y todo está en silencio. A veces se escucha alguna voz, otras alguna bocina, pero excepto por el viento que acaricia las paredes del vehículo desde el exterior y la lluvia repiqueteando, además del frote de las ruedas contra el hierro, todo está en silencio. Es un silencio sinfónico, a diferencia del anterior, a diferencia del de la enorme y grisácea estación que ya he dejado, o más bien el tren ha dejado, atrás. Pues yo sigo teniendo esa imagen en la memoria. Y el cielo está oscuro, también gris. Los árboles son negros, como sombras gigantes de lo que una vez fueron, y la muchacha se levanta al poco de ser anunciada la siguiente parada. Se va. Como otras personas. Cada una tiene su parada se supone. Y cada una se baja, o se sube, en la que le corresponde. Por lo que ahora hay el ruido de la gente que sube y baja, gente nueva mientras la silenciosa compañía disminuye según las voces aumentan. La muchacha se ha ido, con su paraguas azul de mango de madera, y parece que sus miradas, las que me echaba de forma cómplice, por ser ambos lectores, se han ido como el silencio para dar paso a las voces cansadas y viejas de unas nuevas presencias.

martes, 24 de marzo de 2015

Invierno

Los árboles son grises, acordes al cielo, sus hojas hace mucho que se fueron. Cenizas, sólo cenizas blancas e impolutas, en ocasiones caen de unas nubes brunas. Las noches alargan sus garras y se aferran a la tierra mientras acechan con su fría y oscura naturaleza. Y el silencio suena en una línea recta, inmutable al frío como en una fotografía perfecta. Estático. Estático e indiferente está todo. Muerto sobre una tierra helada que todo lo degrada, donde la vida huye y se esconde, refugiándose donde puede, a excepción de unos pocos valientes, o locos, o listos, o insanos, o lobos solitarios que vagan por ese desierto congelado teñido de blanco grisáceo, dejando unas sucias huellas a su paso, como si buscaran algo. Algo perdido y olvidado. Quizá esos colores extraviados. Pero ni siquiera los pájaros se atreven a piar sobre eso. Sólo el silencio les acompaña a lo lejos, para acallarlos también a ellos y borrar, con el tiempo, aquellas marcas que dejaron sobre el gélido suelo.
Los árboles son grises, acordes al cielo, y sus hojas, como todo lo vivo, hace mucho que se fueron.

sábado, 14 de marzo de 2015

El silencio

Es curioso cómo el silencio es sinónimo de estar bien. Como no dice nada, como no se queja de nada, es porque precisamente no pasa nada, es porque está bien. Entonces, por ello, los muertos deben estar estupendamente. Y es que a veces los silencios pueden ser agradables, como incómodos, pero esos sólo surgen en público, o hablando, no cuando alguien enmudece estando solo.
¿Acaso de verdad ven ese silencio como algo positivo? ¿Es porque si se estuviera muriendo estaría chillando? Pero si hay muertes que no producen ruido alguno. ¿O acaso creen que si alguien necesitase ayuda siempre pediría auxilio, incluso cuando fuera que le rescatasen de sí mismo? ¿Qué clase de pensamiento es ese? ¿Acaso el que se rinde no lo hace callando? Yo no me veo anunciando alegremente que me rindo, que me retiro, que dimito y que paso, si no es por un cabreo momentáneo. O es que igual yo no entiendo los gestos, la comunicación. O es que igual, al contrario, soy de los pocos que sí entienden esta reacción, sólo que si no hay nadie que la interprete es tan útil como romperse los dientes.
¿Entonces qué se debe hacer? ¿Pedir ayuda una y otra y otra vez? Yo no veo al ahogado emitir ningún sonido, más bien parece estar plácidamente dormido. Sólo se hunde, inconsciente, y, si no hay nadie que lo saque, perece. Aunque también pueden sacarlo demasiado tarde y entonces sólo obtendrán su frío y húmedo fiambre. Tan silencioso como en el momento de su muerte.

“Ah…”, suspiro y pienso, “es curioso cómo se interpreta el silencio”.


(Lo ideal es empezar en el segundo 0:07)

domingo, 18 de enero de 2015

Silencio

“Los árboles se deshojan y lloran caducos como nuestros silencios.”

Es curioso cómo, ahora que hay un silencio indefinido, añoro aquellos que teníamos; no pensé que uno de tan grande me fuera a afectar tanto. Los de antaño eran nuestros e interpretables, pero éste… simplemente cae para permanecer en lugar de desvanecerse.
Hoy ha llovido. Y yo ya no sé para qué o para quién escribo. Cada vez estoy más disperso, como los fragmentos de las gotas que estallan al colisionar, sólo que en mi lugar, a diferencia de ellas, ninguna pieza parece unirse para formar una más grande y nueva. Simplemente son cristales punzantes que no parecen poder repararse. Y eso me entristece.
Me he empapado de arriba abajo; mi sombrero, mi chaqueta de cuero e incluso mis zapatos viejos. No se ha librado siquiera la pequeña libreta en la que se han iniciado estas letras. Me he sentado en un banco, o al menos eso he imaginado, notando cómo el frío del agua escalaba por mi espalda e invadía mi persona, para luego sacar un lápiz y empezar a escribir. Las páginas se mojaron poco a poco y todavía siguen húmedas. Es como si se impregnasen de unas lágrimas que se niegan a marchar, a evaporarse y abandonar estos papeles. Igual es porque expresan lo que sienten, pues en aquellos momentos, a pesar del cielo grisáceo y las ramas desnudas que intentaban alcanzarlo, sólo había tristeza. Una tristeza extraña y tiesa, como si estuviera congelada y yo tuviera que cargarla a la espera de que se derritiera. Pero nada, cada vez era más fría y pesada.
Las pequeñas notas de una melodía sonaban en mi cabeza en armonía con la lluvia. Era como estar encerrado en una bola de cristal con cajita de música incluida. ¿Pero de qué servía todo eso? En esos lugares tan frágiles todo suele ser bonito y casi perfecto, a pesar de lo que puedan significar si no se ven desde dentro, pero aquí sólo hay descontento. Es como si desde que aparecieron los nubarrones ya nada pudiera entrar o salir, ni siquiera vivir. Y yo ya no sé qué hacer aquí. Espero mientras el tiempo sigue corriendo. Espero mientras veo cómo todo va envejeciendo. Espero mientras noto cómo me quemo por dentro y sólo se queda el desaliento debido a que los ánimos salieron en suspiros cenizos. Espero y sueño.
Miro mis manos bañadas de negro y no sé si es el carboncillo de escribir desgastado o el hollín que he ido exhalando, pero en mi cabeza sé que la melodía que sonaba desde el pasado está llegando a su final y dejará a la lluvia sonar sin compañía. Será otro silencio que se sumará a la pila. Así que me levanto y miro a mi alrededor: todo sigue igual, intacto, como un decorado hecho a mano por algún artesano (aunque éste lo haya abandonado inacabado), y pienso en los árboles y en cómo se deshojan y en cómo lloran caducos como…
Silencio.
Y ahora tiemblo de ausencia y me resigno en una sonrisa hueca por haber soltado letras que forman palabras demasiado sinceras. Tiemblo, y no es por el frío que se provoca a sí mismo, es por aquel que si pronuncias, desaparece, engendrado por lo ausente a pesar de que, paradójicamente, sí se encuentre presente en mi mente. Tiemblo, fantaseo y quiebro instantes. Irrealidades congeladas en bolitas de nieve.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Trenes

El silencio hacía acto de presencia entre los habituales pasajeros de madrugada, como si fuera una niebla que se extendía por el suelo hasta llegar a sus bocas para mantenerlas cerradas. El traqueteo de las vías era lo único perceptible, tanto por su sonido como por la vibración que provocaba en los incómodos asientos, junto al triste paisaje que, difuminado por la velocidad que adquiría el vehículo, parecía querer simular ser pintura lanzada contra el cristal de la ventana corriéndose para dar paso a nuevos colores, todo en una gama de grises.
Mis manos estaban frías incluso debajo de los guantes. El invierno llegó de golpe una mañana y pareció congelar tanto al panorama como al resto de personas. Pero eso no importaba, no me importaba. Como una llama bajo el agua toda la vitalidad que pudo tener mi entorno, e incluso yo mismo, permanecía apagada sin ninguna aparente posibilidad de volver a ser reavivada. Pero eso tampoco importaba. Todas las miradas parecían cansadas, hastiadas de aquella monótona rutina que llamarían vida. O igual sólo era mi vista, reflejada en las caras desconocidas que ahí se acumulaban según el tren se demoraba en sus obligatorias paradas. Él también tendría una existencia repetitiva, seguramente pesada y aburrida.
Suspiré. El vaho se elevó hacia mi rostro como el humo de un cigarrillo. ¿Qué había hecho la noche anterior? No lo recordaba. Igual la pasé entre vasos de alcohol, no sería nada raro y menos teniendo en cuenta dónde me había despertado: en el mismo lugar en el que ahora me encontraba sentado. Igual mi yo ebrio buscaba consuelo en este trayecto, como si quisiera escapar de su realidad. Igual no le gustaba y pensó que encontraría alguna salida. Pero pobre, ¿si la hubiera de verdad no cree que la habría usado ya? ¿Acaso pensaba que él la encontraría? Maldito infeliz, se parece tanto a mí…
Otro suspiro y un parpadeo largo.
Las ventanas habían oscurecido. ¿Un túnel? Vete a saber, ni siquiera recuerdo qué línea debí coger, a mi memoria sólo vienen flashes: mis ojos clavados en mis mocasines desgastados que avanzaban por el andén, el sonido del megáfono avisando de que tuviéramos cuidado y las luces de los faros iluminando mi cuerpo, parado en el ferrocarril.
Oh, mierda, por lo visto sí que encontró cómo salir.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Ceniza

Como siempre que transcurría el ocaso, se asomó al balcón, pensativo. ¿Qué pasaría por su mente mientras encendía su rutinario cigarrillo? ¿Quizá en los gritos de su casa, tan habituales como los de aquellos domingos que antes pasaba en la plaza? ¿O puede que en su antiguo trabajo, del cual le habían echado? Quién sabe. Igual sólo miraba la oscuridad de la noche donde ni siquiera la luna se atrevía a mostrarse, escondiéndose tras las nubes.
Una cortina de humo salió de sus labios, difuminándole el rostro como una niebla encargada de ocultar un malestar que se percibía en su dificultad por tragar saliva. Su mano izquierda, cogida a la barandilla, apretaba con más fuerza aquella barra metálica según daba caladas al cigarro. Pero dudó ante la última y sus dedos se soltaron, cansados.
Su meñique y anular derechos rodearon la baranda y su mirada, antes alzada al cielo, bajó hasta perderse entre los huecos de los otros edificios, ensombrecidos por las luces naranjas que parpadeaban en las calles y ventanas.
Un suspiro, envuelto de humo, y unas pupilas mirando de reojo al lóbrego interior de su domicilio.
El cigarrillo acabó por consumirse solo y se deslizó entre sus dedos, resbalándole para caer al vacío desde aquel quinto piso. Sus ojos, rápidos, lo observaron. Y, por unos instantes, se iluminaron. Pero un tosido que le obligó a llevarse la mano a la boca le distrajo.
Cenizas. Cenizas todavía candentes en su palma. Y una mirada baja; su idea no le serviría de nada. Se consumía, día tras día, para acabar convertido en una cinérea colilla que en cualquier momento el tiempo pisaría. Así que cerró los ojos y soltó la bruma que quedaba en su interior.
Sus hombros cayeron, exhaustos, y con movimientos automáticos se dirigió a su sombrío lecho, donde debería haberse quedado durmiendo hace mucho tiempo.

domingo, 15 de junio de 2014

Estrellas

–Dicen que cuando mueres –empezó a hablar con su pueril vocecita mientras alzaba el rostro hacia el firmamento, contemplándolo con sus labios entreabiertos–, la chispa de tus ojos desaparece para irse al cielo. Dicen que eso –Bajó la vista y observó fijamente la oscuridad que se extendía a lo largo del campo en el que nos encontrábamos sentados– son las estrellas: miradas que observan una vida que ya no disfrutarán.
Guardé silencio y ella miró al suelo. ¿Qué podía decir ante eso? ¿Qué podía decirle a esa chiquilla de ojos tristes y sin hogar que seguramente había vivido más experiencias en lo que llevaba de su corta vida que cualquier persona adulta a lo largo de su existencia? ¿Qué podía…?
–¿Pero sabes? –Rompió de nuevo el silencio, interrumpiendo mis pensamientos–. Siempre he tenido una duda.
Ladeé la cabeza y nuestras miradas se cruzaron.
–¿Dónde van a parar las chispas que se han apagado en aquellos ojos que todavía viven?

domingo, 8 de junio de 2014

Primero un disparo y luego silencio

Una pistola, dos hombres forcejeando y un cadáver en el suelo.

Quién hubiera adivinado que Erik, nada más llegar a casa, se encontraría con esa situación: su mujer frente a un desconocido con pasamontañas que la amenazaba con el cañón de un arma. Un cañón que disparó una bala nada más la puerta se cerró de golpe tras de sí.
No hubo gritos de dolor. Ni siquiera de desesperación por intentar salvarla. Solamente estupefacción. Todo lo había pillado de improvisto y su cabeza no parecía encajar nada.
El desconocido se giró y vio el rostro de Erik momentos antes de que éste, que al fin comprendía lo ocurrido, enrojeció y, temblando de rabia, se abalanzó sin dudarlo hacia el actual asesino. Lo empujó al suelo mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas, pero el desconocido lo agarró de los hombros y ambos cayeron mientras la pistola se escapaba de las sucias manos del homicida. Un puñetazo por la derecha. Otro por la izquierda. Erik golpeaba al extraño que se intentaba proteger la cabeza con sus brazos antes de propinarle un rodillazo en la entrepierna, librándose así de la víctima convertida en agresor.
Erik se retorció, tirándose a un lado. El desconocido escupió sangre al suelo y, jadeante, se levantó. Pero no tardó en volver a caer. El nuevo viudo pateó sus piernas como pudo para tirarlo de nuevo y, de esta forma, enzarzarse otra vez en ese patoso mano a mano.

Quién hubiera adivinado que Tom, nada más llegar a esa casa, descubriría que la esposa del hombre al que había venido a buscar se encontraría ahí. Él quería acabar con el asunto lo más rápido posible y esa mujer no tenía nada que ver con todo el meollo. ¿Qué culpa tenía ella de que su marido le hubiera jodido la vida tras despedirlo? ¿Qué culpa tenía ella de que su marido, al despedirlo, hubiera causado que su novia lo dejase, se hubiera quedado sin casa y todo lo que se llevaba a la boca proviniera de un comedor social? ¿Qué culpa tenía ella de que, desolado y con ese rencor creciente en su pecho, se viera obligado a empeñar hasta casi la última de sus posesiones con tal de poder comprar ese arma a un tipo que encontró en las calles? Ninguna. Esa mujer no tenía ninguna culpa.
Y ahí estaba: él frente a ella. Pistola en mano y silencio absoluto. Hasta que un portazo a sus espaldas lo asustó y, sin querer, apretó el gatillo como acto reflejo. Viendo cómo la señora, sorprendida, recibía el disparo y caía al suelo. Viendo cómo, al darse la vuelta, se encontraba cara a cara con Erik, quien parecía no caber en sí mismo. Y, aunque su antiguo jefe no lo reconoció por llevar el rostro oculto, la rabia que su mirada poseía era la misma que tiempo atrás había visto en su propio rostro cuando se miraba en el espejo. “¿Qué has hecho, Tom…?”, se cuestionó él al captar la situación mientras sus ojos se enrojecían, llorosos.
Pero no tuvo demasiado tiempo para pensar. Un golpe lo derribó y, para cuando se enteró de lo que estaba sucediendo, un puñetazo le cruzó la cara y su pistola se había deslizado hasta el cadáver.

En un vano esfuerzo por librarse de las manos del desconocido que, desesperadas, no paraban de arañarle la cara, Erik le quitó el pasamontañas de un tirón y ambos se apartaron. Tom tenía el labio partido y casi toda la cara hinchada por los golpes que había recibido. Erik sangraba por la falta de carne y piel en su semblante, que ahora no se hallaba en éste, sino bajo las uñas de su antiguo empleado.
No comprendía qué sucedía. Él siempre le había tratado con respeto. Tuvo que despedirlo por una reducción de personal que le mandaron desde arriba. Pero como le ocurrió a Tom, les ocurrió a diecinueve personas más. No era culpa suya.
Erik se tocó el costado y empezó a toser. En la trifulca había recibido otro golpe ahí y, ahora que la cosa parecía haberse calmado y la adrenalina no era tan presente en su organismo, empezaba a dolerle todo.
El ex-empleado observaba silente, dudando sobre qué hacer. Pero sabía que pocas alternativas tenía ya. Había matado a una persona. Una persona amada por otra, otra que se encontraba allí con él y que no le dejaría irse tan tranquilo. Sabía que tarde o temprano volvería a embestirle y la pelea proseguiría. Sabía que la cosa ya no podía terminar bien de ninguna manera.
Suspiró, casi en un llanto ahogado, y tragó saliva mientras observaba de reojo su única posesión, dispuesta en el suelo.
El hombre del traje rasgado se fijó de inmediato en las intenciones de su antiguo trabajador y miró también la pistola. Levantó la vista y la mirada de ambos se cruzaron, diciéndose todo lo que debían decirse sin mediar ni una palabra.
Los pobres desgraciados no dudaron más; se tiraron hacia el cuerpo difunto de la mujer con tal de apoderarse del arma y, tras un brusco forcejeo entre cuatro manos, un disparo marcó el silencio definitivo.

sábado, 26 de abril de 2014

Acompáñame

Acompáñame, ven conmigo, sin decir nada, sólo agarrando mi palma y siguiendo mis pisadas. Déjame guiarte, lentamente, por aquellos caminos inexplorados, extraños, desconocidos por todos. Incluso por mí mismo debido a su constante cambio. Yendo así por esos oscuros bosques de secretos vetustos que brillan tenuemente bajo nuestros pies, embarrados de incógnitas. Esperando ser resueltas en nuestras cabezas, donde vivirán ocultas en nuestras miradas. Comprendidas solamente por nosotros cuando éstas sean cruzadas.
Acompáñame, en silencio, solamente sujetando mis dedos y siguiendo mis pasos. Exploremos aquellas maravillas secretas. Las mismas que se encuentran cubiertas para no ser advertidas por ojos inexpertos, ojos que no saben apreciar su real belleza. Pero que, pese a ello, se encuentran descubiertas frente a cualquiera. Desnudas pero difusas. Como aquello que se esconde delante de quien no quiere que le observe, viendo así cómo solamente aquel que realmente le quiere puede verle.
Acompáñame, silente, únicamente rozando mis yemas y siguiendo mis huellas. Permite que te lleve a todos esos lugares que jamás imaginaste más allá de las letras. Consiente que mi presencia esté cerca, abrazándote sin tocarte, para así mostrarte lo que mi mente contempla. Hablándote con gestos y ojeadas, sin usar palabras. Y así, al fin, quedar maravillada con aquellas discretas confidencias, compartidas contigo para grabarlas en tu silueta como disimuladas memorias. Recuerdos únicos que evoquen cuando nuestras manos nuevamente se crucen.

martes, 17 de diciembre de 2013

Chica raposa

¡Buenas tardes-noches, queridos lectores! ¿Cómo van estos últimos días de clase? ¿Mucho trabajo? Entonces... ¿qué mejor que una pequeña lectura en forma de cuento fantástico para despejar un poco la cabeza? Pues bien, esto es lo que os dejo esta semana. Un pequeño cuento que escribí en su día y que espero que disfrutéis con su lectura.


Mi vista escalaba su piel de nieve, alcanzando la cima y clavándose en su grana cabellera. Pero no concluyó allí su trayectoria, pues descendió hasta perderse en su astuta y única mirada, en su iris verdoso y la profundidad de sus pupilas.
Buscó acercarse, perdiéndose aún más en su negrura, hasta percibir un pequeño centelleo. Parecía una chispa, ¿pero de dónde provenía? ¿Habría percibido ansias de aventura, de viajes y travesías?
Una sonrisa inigualable, pícara como ella sola pero sin malicia alguna, deshizo el hechizo que me apresaba. ¿Qué decía? ¿Qué guardaba? ¿Qué escondía?
Unos pasos inseguros, haciéndome avanzar hacia su ser, junto a un fugaz y rápido movimiento de mi mano agarrando la suya para empezar a correr. Sin importar dónde íbamos a parar.
Corría y corría, con ella detrás de mí, atravesando juntos la espesa arboleda. Escuchando las ramas y las hojas secas chasquear bajo nuestros pies, el río fluir a lo lejos y el piar de aves que hacían de meras observadoras.
¿Pero qué era esa sensación que nos envolvía? ¿Qué quería decir? ¿Cuál era el secreto que sus labios mantenían en el sello del silencio?
Me giré y, en un abrazo, la puse delante mientras mi boca susurraba “guíame”.
Sus ojos sonrieron, mas la comisura de sus labios apenas se movió. ¿Por qué me confundía? ¿Cómo, ese rostro de tan finos rasgos y sencilla belleza, podía embaucarme tan fácilmente?
Se giró y corrió antes de que yo pudiera atrapar siquiera sus dedos, los cuales acariciaron mi palma sin llegar a ser sujetos.
La estupefacción me mantuvo detenido demasiado tiempo. Para cuando me apresuré a ir tras ella, su pista se había perdido entre troncos idénticos a mis ojos.
Busqué y busqué, pero no conseguía encontrarla. Y no logré hallar nada más que una peluda cola, que entre los arbustos destacaba.
Rojizo pelaje de blanca punta. Orejas puntiagudas y oscuras, como sus patas peludas. Y un húmedo hocico que parecía preguntarme qué hacía observándola. Pero su ladina mirada la delataba.
–No, no me guíes –murmuré–. Acompáñame –mi voz disminuía–. Acompáñame siempre…
Ladeó su cabeza y una brisa meció las copas de los árboles. Parpadeé y me encontré en mitad del bosque, sin compañía alguna. Y suspiré.
Un crujido de ramas a mis espaldas hizo girarme. Y ahí la vi, con su ligero y simple ropaje, con su bello y misterioso rostro observándome, esperando en silencio para ser mi acompañante.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Espero que así sea. Ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar aquí abajo sin ningún tipo de problemas.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!