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domingo, 22 de febrero de 2015

Oliver

Las ramas se mecían bajo el viento que ululaba entre sus hojas como la brisa lo hacía con algunos mechones castaños de Oliver, quien se encontraba tumbado en el césped con los ojos clavados en el extraño baile de los árboles. El calor del día le adormecía poco a poco, pero se resistía a ello intentando distraerse con el sonido de algún pájaro o el de algún motor lejano que pasaba por ahí. Las nubes, que momentos antes habían navegado por el enorme mar aéreo, habían desaparecido sin dejar rastro junto a las voces de la ciudad, que parecían haber enmudecido por arte de magia. Pero eso no le preocupaba, él seguía disfrutando de su cómoda escena.
El aire, que entró por la nariz de Oliver en una gran inspiración antes de ser soltado en un tranquilo suspiro, pareció ser acompañado de ideas que permanecieron en su cabeza. Pensó que podía levantarse y así asegurarse el no dormirse, correr hacia ninguna parte como solía hacer muchas veces, adentrarse en la oscuridad de aquel bosque que tenía delante, guiado únicamente por el piar de aquellas aves invisibles, o también ir en dirección contraria: hacia las casas que se difuminaban en la lejanía. Pero también podía seguir como ahora, bajo el riesgo de ser vencido por la modorra, o buscar cualquier nueva distracción con el simple hecho de cambiar su posición. Pero no quería, o eso parecía, así que siguió pensando en todas esas opciones mientras sus párpados se iban cerrando lentamente. Podía, podía y podía. Parecía que no le faltaban posibilidades, ¿pero y las ganas? ¿O, por decirlo de alguna manera, el vencer a su supuesta pereza? Eso ya era más complicado y por ello, antes de quedarse dormido, prefirió darlo todo por terminado y, de entre todas sus alternativas, decidió escoger la definitiva de poner un punto. Y el escenario cambió.
Las gaviotas graznaban por encima de su cabeza rompiendo el sonido de las olas rotas en la orilla. La arena, calentada por el día que ya terminaba, rodeaba cada vez más su cuerpo aunque él no lo viera. Su respiración seguía plácida y lenta, incluso cuando notó cómo sus pies eran mojados por aquella fría agua salada, que trepaba por sus piernas según el Sol se hundía en la marea. ¿Quizá eso era lo que hacía que ésta subiera? Oliver no lo sabía, pero le gustaba esa idea: pensar que el Sol se apagaba por el agua y que por eso la oscuridad reinaba; que, mientras el mar guardaba la estrella en su interior, la Luna hacía una guardia nocturna como un sustituto del Sol. El cómo se encendía luego otra vez el astro le traía sin cuidado, pensaba que darle una explicación a eso estropearía su cuento. Es por ello que siempre lo dejaba incompleto, una historia donde, al final, sólo quedaba una noche eterna.
El agua ya alcanzaba los hombros de Oliver y él notaba las puntas de su cabello moverse como las ramas de los antiguos árboles, así que cogió aire y dejó que el mar le cubriese. Una vez hecho, abrió los párpados y observó, desde debajo de esa capa líquida, un mundo borroso, oscuro y ondeante. Su cuerpo había sido enterrado bajo la arena húmeda y sólo podía mover la cabeza que, sumergida, contemplaba cómo la amarillenta estrella enrojecía y enrojecía según se ahogaba para terminar convertida en una especie de enorme esfera negra que se hundía, muerta. ¿Entonces su historia condenaba al astro o era él mismo que se veía reflejado en ese sombrío mundo subacuático? Quién sabe, al final sólo quedaba una noche eterna y un cadáver.
La imagen lo superó y no lo soportó, soltó todo el oxígeno en un chillido sordo e intentó mover los brazos para nadar a la superficie. Pero éstos estaban enterrados por la arena, aferrados bajo tierra. Oliver pensaba en qué podría haber ocurrido para que, de todas las anteriores opciones, ahora ninguna se hiciera presente. Pero ante la falta de respuestas y alternativas sabía que debía volver a cambiar el escenario. Así que decidió poner un nuevo punto, pero éste lo echó de su mundo.
Y ahí se encontró de nuevo, con la respiración agitada y el sudor mezclado con lágrimas, frente a una pantalla llena de letras. Recapacitando en cómo podía continuar todo, si es que se atrevía a volver a esos insanos mundos que siempre le parecían idílicos de buen inicio aunque tarde o temprano se viera abocado a sus precipicios.

domingo, 18 de enero de 2015

Silencio

“Los árboles se deshojan y lloran caducos como nuestros silencios.”

Es curioso cómo, ahora que hay un silencio indefinido, añoro aquellos que teníamos; no pensé que uno de tan grande me fuera a afectar tanto. Los de antaño eran nuestros e interpretables, pero éste… simplemente cae para permanecer en lugar de desvanecerse.
Hoy ha llovido. Y yo ya no sé para qué o para quién escribo. Cada vez estoy más disperso, como los fragmentos de las gotas que estallan al colisionar, sólo que en mi lugar, a diferencia de ellas, ninguna pieza parece unirse para formar una más grande y nueva. Simplemente son cristales punzantes que no parecen poder repararse. Y eso me entristece.
Me he empapado de arriba abajo; mi sombrero, mi chaqueta de cuero e incluso mis zapatos viejos. No se ha librado siquiera la pequeña libreta en la que se han iniciado estas letras. Me he sentado en un banco, o al menos eso he imaginado, notando cómo el frío del agua escalaba por mi espalda e invadía mi persona, para luego sacar un lápiz y empezar a escribir. Las páginas se mojaron poco a poco y todavía siguen húmedas. Es como si se impregnasen de unas lágrimas que se niegan a marchar, a evaporarse y abandonar estos papeles. Igual es porque expresan lo que sienten, pues en aquellos momentos, a pesar del cielo grisáceo y las ramas desnudas que intentaban alcanzarlo, sólo había tristeza. Una tristeza extraña y tiesa, como si estuviera congelada y yo tuviera que cargarla a la espera de que se derritiera. Pero nada, cada vez era más fría y pesada.
Las pequeñas notas de una melodía sonaban en mi cabeza en armonía con la lluvia. Era como estar encerrado en una bola de cristal con cajita de música incluida. ¿Pero de qué servía todo eso? En esos lugares tan frágiles todo suele ser bonito y casi perfecto, a pesar de lo que puedan significar si no se ven desde dentro, pero aquí sólo hay descontento. Es como si desde que aparecieron los nubarrones ya nada pudiera entrar o salir, ni siquiera vivir. Y yo ya no sé qué hacer aquí. Espero mientras el tiempo sigue corriendo. Espero mientras veo cómo todo va envejeciendo. Espero mientras noto cómo me quemo por dentro y sólo se queda el desaliento debido a que los ánimos salieron en suspiros cenizos. Espero y sueño.
Miro mis manos bañadas de negro y no sé si es el carboncillo de escribir desgastado o el hollín que he ido exhalando, pero en mi cabeza sé que la melodía que sonaba desde el pasado está llegando a su final y dejará a la lluvia sonar sin compañía. Será otro silencio que se sumará a la pila. Así que me levanto y miro a mi alrededor: todo sigue igual, intacto, como un decorado hecho a mano por algún artesano (aunque éste lo haya abandonado inacabado), y pienso en los árboles y en cómo se deshojan y en cómo lloran caducos como…
Silencio.
Y ahora tiemblo de ausencia y me resigno en una sonrisa hueca por haber soltado letras que forman palabras demasiado sinceras. Tiemblo, y no es por el frío que se provoca a sí mismo, es por aquel que si pronuncias, desaparece, engendrado por lo ausente a pesar de que, paradójicamente, sí se encuentre presente en mi mente. Tiemblo, fantaseo y quiebro instantes. Irrealidades congeladas en bolitas de nieve.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un cuento

¡Buenas tardes, queridos lectores! ¿Qué os pareció el anterior relato? ¿Os gustó? Espero que así fuese. Hoy os traigo un relato que me pidieron (la petición es tal cual el primer diálogo, el relato es lo que le procede después, a partir de dónde se especifica quién hace la petición de tal narración). Así que deseo que disfrutéis con la lectura.


—He oído que contáis cuentos… ¿Tendríais algún buen cuento para este cansado viajero? Una línea de cuentos o un cuento de una línea… –dijo un anciano, acercándoseme.‎
—¿Que cuento cuentos, escuchasteis? –pregunté–. ¿O que los cuentos me usaban para ser contados? Fuese lo que fuese, cierto es que las narraciones salen de mi ser.
¿Pero qué clase de cuento le sorprendería? ¿Uno fantástico? ¿Uno triste? ¿Uno horripilante? ¿Uno de amores posibles e imposibles? Hay tantas variedades, tanta infinidad de ellos, todos con miles de historias que contar y cobrar vida una vez más a través de meras palabras...
¿Qué tal, entonces, un cuento sobre un cuento? Un cuento donde explique cómo en antaño las fábulas y leyendas no debían ser contadas, pues eran vistas con los propios ojos y percibidas con el resto de sentidos, haciendo que cada persona fuese parte de ese mito en que, generaciones más tarde, sería transmitido de boca a oído y de oído a boca, hasta ser plasmado en el papel con la tinta, tan rojiza como el fuego o tan negra como la noche o, incluso, con sustancias ocultas que sólo podrían ver quienes descubrieran los secretos de estas propias historias, escribiendo el verdadero cuento entre líneas.
¿Qué tal pues, un cuento sobre un cuento? Un cuento donde las criaturas jamás imaginadas eran reales más allá de donde alcanzaba la mirada, donde las aventuras (como las desventuras) aguardaban en cualquier rincón, a la espera de ser iniciadas y llevadas a cabo tanto por intrépidos aventureros como por jóvenes con ansias de ver mundo. Con esa necesidad de llenar sus vidas con andanzas y hazañas, aunque también con desdichas y adversidades que, finalmente, resultarían ser más valiosas que las primeras, puesto que les enseñarían que no hay verdadera recompensa sin un esfuerzo, que no hay mal que por bien no venga, que no hay amor sin desamor...
¿Qué tal un cuento sobre un cuento? Un cuento todavía sin escribir. Un cuento todavía sin pensar. Un cuento donde las posibilidades son infinitas. Un cuento donde el azar y la fortuna son sus únicos guías. Un cuento ya contado, pero que variará según a quien se lo cuentes.
Pues este es el cuento, que cada uno es libre de recrear según su mente sueñe.



Bueno, ¿ha sido de vuestro agrado el cuento? Espero que sí. Ya sabéis que podéis comentar, compartir, opinar, valorar y demás aquí abajo sin ningún tipo de problemas y toda aportación suele ser bienvenida.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

jueves, 17 de octubre de 2013

Música

¡Buenas noches, queridos lectores! Hoy os traigo un relato dedicado a lo que indica el propio título de la narración y, conociendo que hay un considerable número de músicos que leen mis relatos, espero que el escrito sea de su agrado. Así que no me demoraré más y ya os lo dejo aquí.


Suave caricia en la cabeza, filtrada a través de los oídos, que empapa tu cerebro de pequeñas gotas que van recorriéndolo por cada uno de sus rincones. Despacio, impregnando su sabor incluso en los más recónditos recovecos.
Susurros en un viento que resuena ululando en cuanto cierras los párpados. Una brisa interna que se filtra por todo tu ser, erizándote poco a poco el vello, provocándote sensaciones que sin su empuje jamás creerías sentir.
Experimentando un efecto totalmente nuevo y único según se acompañan y perfilan las notas, una tras de otra.
Escuchas, dejando la mente en blanco, dejando de cavilar. Solamente oyes, percibes y dejas que tu mente se filtre a través de cada sonido, entremezclándose con todos ellos. Sintiéndolos suyos mientras ellos, a la inversa, la cautivan haciéndola soñar cosas completamente extraordinarias y fantásticas. Cosas que en un principio parecían inimaginables.
Un pequeño oleaje se acumula en tu interior y, el cuerpo, incauto e inconsciente, lo estimula oscilándose de una manera casi imperceptible.
El ritmo aumenta, se intensifica, y la negrura de tu cabeza cobra más tonalidades y colores. Más formas y movimientos. Hasta crear un paraje completo alrededor de ti, pues también te dibujas en él.
Avanzas, sintiendo una extraña e inexplicable emoción hacia todo. Recorres cada camino trazado y sin explorar. E investigas más allá de lo que nunca irías si no fuera por esa melodía que suena de fondo en mitad de esa aventura.
Hasta que cesa. Y todo desaparece con ella.
Abres los ojos y encuentras una terrible exaltación dentro de ti por lo vivido, aunque al mismo tiempo también descubres la desilusión por el hecho de haberlo perdido. Y observas al músico con su instrumento, quien ha precisado cada uno de los detalles que has recorrido, a pesar de que aparenta no ser consciente de ello.
Sonríes levemente y te parece que asiente unos momentos antes de que empiece a tocar la pieza nuevamente mientras tú, sintiendo una extraña emoción crecer, cierras de nuevo los ojos para sumergirte otra vez en el mundo que tu mente te ofrece. Pese a saber que no será lo mismo que has vivido anteriormente.
Pero la novedad y lo desconocido te atrae de manera significante.
Haciendo que, aún así, te resulte totalmente excitante.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado o, incluso, se ha dado el caso de que alguien experimente la música de una manera similar a la detallada en la historia? Ya sabéis que podéis comentar, valorar, opinar, compartir y demás aquí abajo sin ningún tipo de problemas y toda opinión siempre será bienvenida, además de que si hay alguna duda, se intentará aclarar.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

viernes, 26 de julio de 2013

Imagina

¡Buenos días queridos lectores! Siento la tardanza en subir una entrada, es más, todavía sigo en mi viaje (aunque volveré el día 31), aunque pude encontrar un ordenador en el cual subir la entrada que dije que intentaría subir antes de irme. Así que aquí os la dejo. Espero que os guste y disfrutéis con su lectura.


Imagina que tuvieras un mundo nuevo delante de ti. Para poder crear lo que quisieras; todas sus historias, todas sus vivencias. Incluso los seres que siempre soñaste o circularon por tu cabeza alguna vez, las situaciones que jamás ocurrieron más allá de tus pensamientos o que te gustaría que pasaran en una realidad única.
Imagina que te digo que puedes hacerlo. Crear todo eso y más. Ir hasta la frontera que delimita la propia realidad y cruzarla sin problemas. Caminar más allá de lo que antes habías caminado, creando senderos con tus propias manos.
Imagina que sólo necesitas dos instrumentos para hacerlo. Sencillos y fáciles, sin ningún secreto ni truco escondido tras ellos. Sólo ponerle la dedicación y las ansias de tu pensamiento. Y ver como el resto ya irá viniendo.
Imagina que esos instrumentos ya los tienes, de nacimiento. Sin tener que aprender en ningún sitio, ni que te eduquen en ello. Que sólo hace falta tu cabeza y un medio. Escrito o hablado, interpretado o pintado. Lo que encuentres más adecuado.
Imagina. Tan sólo eso: imagina.


Bueno, ¿qué os ha parecido? Espero que os haya gustado este pequeño relato y quien sabe, quizá os haya transmitido algo incluso. Y, en cuanto llegue a casa, añadiré un soundtrack que escuché mientras lo escribía y que creo que le da un toque más intenso.
Aún así, ya sabéis que como siempre aquí abajo podéis comentar, valorar, compartir y demás, cosa que siempre será bien recibida.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

jueves, 6 de junio de 2013

Muñequito

¡Buenas noches queridos lectores! Creo que al final haré lo de ir subiendo relatos cada X tiempo sin avisar ni nada, que viene a ser casi lo que hago últimamente (eso sí, siempre habría mínimo algo nuevo para cada semana). Pero bueno, esta vez se trata del relato "siniestro" que prometí dedicar al seguidor nº 90 pero que, a pesar de que dijera que por el tema está bien, a dicho seguidor no le gustó demasiado, por lo que creo que es mejor obviar quién es (a no ser que me indique lo contrario, en ese caso editaré la entrada para nombrarlo).
Pues lo dicho, aquí os dejo con éste relato y espero que lo disfrutéis. Aunque aviso que, antes de leerlo, quizá no sea mucho de vuestro agrado. Así que ya he avisado.


¿Me estás leyendo? Oh, cielo santo. Alguien me está leyendo. A mí. A un mero narrador de unas palabras que quizá vas a querer olvidar. No, no vas a quererlo, lo desearás. Así que antes de que empieces a leer este texto, que haré tan breve como me sea permitido, piénsalo dos veces. No por mí, sino por ti.
Porque lo que hoy será desvelado, mañana podría ser clausurado…


Era noche cerrada. Estaba en mi casa, observando por la ventana. Había tanta vida ahí afuera, abajo, a unos metros de mi posición. Tanta vida, inconsciente de lo que ocurría realmente. Tanta vida, prisionera de su ética y moral.
No, ahí no había vida. Ahí sólo había muñecos.
Y los muñecos están hechos para jugar, ¿no?

Me giré y observé su rostro. Un rostro cansado que expresó una mueca de terror al ver que volvía a tener mi atención.
Estaba medio desnudo, atado en una silla de madera y amordazado.
Me acerqué a él, sonriente, y acaricié su magullada barbilla mal afeitada, pues tenía diversos cortes de navajazos en un intento fallido de recortar esa horrible barba.
Miré a sus ojos, temerosos y llenos de pánico. Suplicantes.
Yo negué con la cabeza, sonriente, y le cogí del escroto con fuerza.
-Hoy toca el plato fuerte –dije.
Él lo captó a la primera y probó a rogar, inútilmente.
Yo cogí las tenazas que había a su lado, en una mesita, y las bajé hacia allí. Cogí la envoltura con ellas y empecé a tirar mientras escuchaba sus lamentos y ahogados gritos. Deleitándome con ello hasta que la arranqué, observando como empezaba a desangrarse.

“Ojalá”, pensé mirando por la ventana. “Ojalá”. Y me giré, observando la silla de madera manchada y vacía al lado de la mesita con una caja de herramientas.
“Ojalá llegue ese día, el día donde los que vivimos podamos jugar con los muñecos.”


Bueno, ¿qué os ha parecido? Sé que es corto, pero creo que lo suficiente intenso además de dejar claro cierto mensaje. Aún así, ya sabéis que podéis opinar, comentar, valorar, compartir, etcétera aquí abajo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 13 de marzo de 2013

¡Dejadme despertar!

¡Buenas noches queridos lectores! Hoy os traigo otro sueño que tuve. Concretamente esta mañana cuando estaba medio despierto - medio dormido y que han sido los primeros tuits que he publicado en Twitter. Aún así, para quien no los haya leído o, simplemente, para quien quiera releerlo pero todo narrado mejor y repasado como hago con los sueños relatados antes de publicarlos en el blog, aquí lo podréis encontrar.
¡Pero antes de eso tengo que notificaros algo importante! El jueves de la semana que viene me voy a Londres de viaje de fin de curso y no volvería hasta el domingo (tarde, muy tarde) y dependiendo de las notas no sé si el lunes siguiente o el martes viajaría a cierto lugar (muy especial para mi, siendo francos), hasta el siguiente domingo o, incluso, hasta el lunes. Es por ello que si tengo tiempo publicaré el siguiente capítulo de Un bar cualquiera por anticipado, pero como podréis ver algunos que me sigan en Twitter tengo exámenes por doquier (y aun gracias que encuentro tiempo para escribir), así que intentaré hacer lo que pueda. Aunque al menos ya he cumplido al avisar, pero eso si, una vez finalizada la semana santa o por ahí ya os digo que el blog volvería a funcionar con total normalidad.
Bueno, una vez hecho el comunicado, aquí os dejo el sueño de hoy.


Un sonido extraño me obligó a abrir los ojos y mirar mi mesilla de noche. No sabía qué era exactamente ese ruido, pero cuando miré el teléfono móvil me sorprendí; una enanita, como si de una duendecilla se tratara, estaba encima del aparato e iba bloqueando éste siempre que se encendía para que sonara el despertador y, así, me despertara.
Yo, curioso, bajé mi cabeza y le pregunté (consciente de que mi cuerpo real seguía dormido) "¿Por qué haces esto? ¿Por qué no quieres que me despierte?", a lo que ella me contestó con una fina y chillona vocecita "¡Estoy enfadada! Estoy enfadada porque, el tonto de mi novio, se ha atrevido a pedirme matrimonio en un restaurante muy triste con un anillo muy barato. ¡Mira que cutre puede llegar a ser!". Yo, extrañado, pensé en qué culpa tenía de eso, pero continuó hablando: "Y si tú no lo arreglas... ¡No dejaré que te despiertes nunca!", me amenazó.
Yo, que no tenía nada que ver con el asunto y sabía de más que si no me despertaba llegaría tarde a clase, la cogí del cuello del jersey, por la parte de atrás, y la puse frente al enanito que parecía algo tristón y, con un tono algo mosqueado, les repliqué "Ahora casaos, sed felices ¡y dejad de tocarme la moral!". Ambos enmudecieron inmediatamente y se miraron.
Por mi parte, volví al móvil, lo cogí y observé como sonaba el despertador. Despertándome.

Quizá os preguntéis qué pasó al final con esos dos. Pues francamente no tengo ni idea y tampoco me importa demasiado, no era mi problema.


Bueno, ¿qué os ha parecido? He de admitir que es la primera cosa que escribo directamente en el blog, sin usar word previamente ni nada, únicamente los cuatro tuits en que publiqué el sueño esta mañana. Nada más. Así que bueno, si os ha gustado, podéis comentarlo, opinar, valorar y demás abajo, como siempre. Y, francamente, este sueño casi podría escribirse como un cuento, quizá me lo plantee en un futuro. Quien sabe, pero tranquilos, ya os informaría sobre el caso. Pero bueno, me despido ya y espero que os haya gustado.


¡Un saludo y hasta la próxima!

jueves, 1 de noviembre de 2012

Arachs

¡Buenas noches estimados lectores y... Feliz Halloween! (o castanyada, para los congéneres catalanes) Hoy empezaré informándoos de que han escrito ¡mi primera reseña! Universo La Maga ha sido quien se ha dedicado a redactarla y, francamente, ¡estoy eufórico, emocionado! Dicha reseña la podréis encontrar aquí. Espero que podáis echarle un vistazo, incluso han incluido uno de mis relatos.
Pero bueno, no me alargaré mucho más, a continuación trataré sobre el relato de hoy o, mejor dicho, sueño (ya dije que hacía tiempo que no subía ninguno y que ya era hora en una anterior entrada).
Pues bien, este sueño es algo raro y confuso y aparecen algunas personas y cosas concretas, por lo que he retocado y perfilado más esos detalles para que podáis imaginaros la lectura tal y como yo tuve el sueño. Pero bueno, aquí os lo dejo:


   Me encontraba reunido en el interior de una clase de mi instituto, solo que esta vez las mesas individuales se encontraban formando un cuadrado, dejando vacío el centro. Todos hablaban a la suya, ignorando al resto, pero el tema era común: qué debíamos hacer.
   ¿Sobre qué? Sencillo. Por lo visto queríamos ir al pasado, a la boda de dos miembros de la reunión debido a que nadie había podido asistir en su debido momento y, desde ese día, habían sucedido unos extraños sucesos de los cuales no estaba demasiado bien informado.
   La puerta se abrió y, desde el oscuro pasillo, entró un anciano encapuchado, vestido con una oscura túnica y llevando en su mano derecha un viejo cetro. Se trataba del guardián, que venía a informarnos de que los Aranchs estaban listos, por lo que debíamos darnos prisa en elegir las cuatro personas, como mucho seis, que iban a ir pues, si tardábamos demasiado, se acabarían poniendo nerviosos.
   Empezamos a debatir y decidir quienes irían y, por precaución, se eligió solamente a cuatro jóvenes, de entre catorce y diecisiete años, por si ocurría algo. Yo, para variar, figuraba entre ellos, teniendo dieciséis años.
   En dicho trayecto me iban a acompañar un viejo amigo, de pelo corto y castaño y piel ligeramente morena, llamado Rubén. También una tal Laia, si bien recuerdo, a quien no conocía de nada y sería más pequeña que yo. Finalmente, una chica nombrada Luna.
   Los cuatro salimos al pasillo y cada uno tomó un rumbo distinto. Yo bajé por unas escaleras, llegando hacía el salón de mi casa. Allí, me puse unas botas de montaña, el reloj digital de muñeca, cogí el móvil y subí a mi habitación para coger una espada de madera, la cual me puse en uno de esos huecos de los vaqueros donde se pone el cinturón.
   Acto seguido salí del garaje, donde habían unas especies de barcas. Me imaginé montado en una de estas con Rubén, mientras que en otra estarían Laia y Luna, para luego llevarnos a un mar oscuro, hundirnos y aparecer en el pasado. Pero me equivoqué.
   El guardián nos indicó para subir, si, pero tras eso dio un golpe con el bastón y unas criaturas, negras como la noche de unos tres metros de altura, con un cuerpo delgado pero corpulento y unos brazos y piernas mucho más finos que su torso pero con garras y pies más grandes que sus brazos y patas. Tenían, además, unas alas algo desgarradas por las puntas y, su cabeza, parecía ser de un reptil, disponía de unas orejas que parecían pequeños cuernos y unos dientes afilados, a pesar de que solo uno abrió la boca y fue para emitir un sonido algo agudo.
    Lo más inquietante eran sus ojos, sus diminutos ojos. Unos los tenían rojos. Otros verdes.
   Parecían pequeños puntitos en sus enormes cabezas, sin pupila. Parecían que podían ver tu alma con un solo vistazo y, eso, hacía que te estremecieras y tu piel fuera recorrida por varios escalofríos.
   Las criaturas, o Arachs como había dicho el guardián, se colocaron detrás de las balsas, uno por cada una. Luego, tres sobrantes, se colocaron enfrente y el guardián montó sobre el primero.
   Tras eso caí inconsciente.
  No me desperté hasta llegar a una cabaña de madera, o eso parecía, donde todavía era de noche. Allí, un señor me indicó que debía pasar por una puerta, para luego preguntar al dependiente. Y eso hice, crucé la puerta y vi a un tipo vendiendo figurillas, de todo tipo, incluso algunas de pesebre. Por acto reflejo quise comprar algunas, fueran las que fueran.
   Tras llenar un pequeño barril de ellas, me avisó de que con el viaje se me podrían perder, pero yo ignoré ese comentario, pues ya había tomado rumbo al camino que me había indicado para llegar con el resto de personas.
  Llegué a lo que parecía un muelle, solo que en lugar de barcos habían una especie de columpios de madera, colgando encima de una neblina que impedía ver lo que había debajo.
   El guardián me indicó mi sitio; al lado de una niñita que estaba en el centro del columpio y que tenía a su otro lado a una señora mayor. Por lo visto esos "columpios" de madera eran para tres personas, separando los huecos de cada una con una raya roja pintada encima la madera.
   Una vez me senté, la neblina fue ascendiendo, hasta que no pudimos ver los demás columpios y yo volví a perder la consciencia tras observar como a la señora también le pasaba.
   Cuando desperté, solo estábamos la chiquilla y yo. Esta me empezó a dar prisas para que pasara a una madera horizontal, la cual parecía pertenecer al muelle que antes había habido detrás nuestro para subir al balancín.
   Me coloqué con precaución y me senté. Tiré un poquito a la derecha y la niña también se colocó.
   Pude observar como la gente se quitaba de los columpios y se ponía en postes iguales o, simplemente, desaparecía de mi campo de visión por culpa de la niebla.
   Entonces vi a diversos Arachas, volando entre esta. Pero, a diferencia de los anteriores, estos eran más pequeños, de un metro y medio, y sus ojos eran anaranjados.
   Estos, iban recogiendo cosas, al sumergirse en la niebla, y entregándoselas a personas, a sus respectivos dueños si recordaban de quien era y, sino, al primer individuo que encontraran, por eso a mí me dieron más dinero del que realmente llevaba encima y, como pude ver, la niñita se quiso aprovechar de ellos reclamando todavía más dinero del que ya le habían dado.
   Uno, luego, me entregó mi barrilete de madera, que por dentro estaba afelpado de un color rojo, solo que ahora estaba completamente vacío. Por lo visto las figuritas se habían perdido por el camino.
   Tras un rato ahí sentado, escuché como alguien me llamaba. Me giré y vi a la chica de pelo largo y oscuro llamada Luna, sentada en el mismo tablón que yo, solo que alejada unos metros, por lo que se fue acercando y me dijo que fuera hacía la derecha, ya que era la única manera de salir. Así que hice caso, pero en más de una ocasión estuve apunto de caer, cosa que hizo que mi miedo aumentase y me costara más seguir. Para rematarlo, la niña no paraba de dar prisas y quejarse.
   Al final llegué a otro muelle de esos, me puse en pie y observé como Luna y la dichosa cría llegaban también, de una manera mucho más rápida.
   Tras eso, Luna y yo salimos de allí por una puerta y nos encontramos en una sala en blanco. Un señor nos dijo que, como era la primera vez, nos habían llevado un día antes del previsto para tener más tiempo, como regalo. Aunque mi instinto me decía que algo había salido mal.
Acto seguido, el hombre desapareció junto a la sala, encontrándonos frente a uno de esos jardines laberínticos, el cual estaba en el sitio donde se iba a celebrar la boda al día siguiente.
Miré a Luna, que ahora iba con un elegante vestido, seguramente para la ocasión, y luego al todavía nocturno cielo. Algo, en mi interior, me decía que ese lugar no era para nada seguro.


Y bueno, después de ese último presentimiento, me desperté. Creo que es uno de mis sueños donde ocurren muchísimas cosas y las recuerdo todas (o casi todas) con bastante detalle, pero no logro entender el significado que tiene, si es que posee alguno. Pero bueno, espero que os haya gustado, si es así ya sabéis que podéis votarlo, twittearlo, comentarlo o, incluso, enviarlo. Además de que quedan 5 días para finalizar la votación de la serie semanal.
¡Ah! Si tenéis algo de tiempo, por favor, os pediría que votarais mi vídeo para el concurso, me harías un gran favor, de verdad.
Pero ya es tarde, así que me despido por hoy y nos vemos este sábado o domingo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

martes, 2 de octubre de 2012

Puertas a la imaginación

¡Buenas tardes, estimados lectores!
¿Qué les pareció el anterior relato? Espero que les gustara.
Al ver que al subirlo al blog ocupa bastante (y esto puede pasar factura a la hora de tener bastantes entradas en un futuro), lo que haré será subir los relatos que en un word superen las 2 páginas en dos entradas distintas.
Y siento las molestias por no haber podido subir la entrada el lunes pasado, como dije que haría, pero es que un servidor estuvo ocupado y no encontró el hueco necesario para subirlo, así que ruego que disculpen las molestias.
Bueno, mejor no os entretengo más, seguramente ahora lo que querréis será leer el próximo relato en lugar del porqué no pude estar el lunes, así que, como siempre, os hago una pequeña introducción del relato; es un relato breve, como el de Pequeña estrella solo que esta vez no se trata de un cuento infantil, una historieta élfica, sino que es un relato que hice algo rápido hará un par de días, pensando cuando uno se pone a hacer algún garabato (por ejemplo en mitad de una clase, no importa el motivo, sino el hecho) y se distrae en este, aislándose de todo lo demás, de todo lo que lo rodea y así es como presento el relato, a continuación os lo dejo.
¡Espero que lo disfrutéis tanto leyéndolo como yo escribiéndolo!


   Abrió la libreta, su querida libreta de dibujo. Giró página por página, rebuscando entre ellas una ilustración que había dejado a medias. No tardó en encontrarla.
   Se trataba de un árbol de cristal; tronco blanquecino, hecho de hielo. Siempre desprendiendo una neblina debido a que su corteza estaba en contacto con el calor del exterior pero su interior siempre estaba helado, lo que lo mantenía en pie.
   Sus ramas, también de hielo, se retorcían; semicírculos las más bajas y en formas serpenteantes las más altas, que ascendían en busca de la luz lunar, que era la que alimentaba ese árbol.
   Se había quedado a la mitad de la copa de dicho árbol, dibujando sus hojas cristalinas. Dichas hojas tenían diversos colores, pero muy, muy claro, pues eran de cristal con apenas una gotita de color que recorría su contorno y nervadura. Dicho color, a pesar de que los tonos verdosos fueran predominantes, también se podía observar alguna con un tono amarillento, rojizo o amarronado, solo que estas hojas se encontraban desperdigadas, haciendo que el árbol llamara la atención sobre el ojo humano debido a esa combinación.
   Sacó punta a su lápiz de punta fina, el único que usaba para sus dibujos, y puso el afilado extremo exactamente donde había dejado el trazo el último día. Este se rompió un poco debido a la presión de su mano, dejando algo de carboncillo en la hoja.
   Agachó la cabeza y sopló. El carboncillo desapareció rodando por la hoja, sin mancharla.
   Levantó la cabeza y, al mirar de nuevo la hoja, notó como su cuerpo empequeñecía para dar vueltas en un remolino grisáceo, como el color del carbón del lápiz.
   Dicho tirabuzón se adentraba cada vez más a la hoja del dibujo. Cerró los ojos y sintió como la superficie impulsaba su cuerpo para arriba. Notó como su cuerpo se mantenía en el aire durante unos instantes, pero de inmediato pudo palpar con sus manos, que anteriormente tocaban el vacío, la actual y nueva superficie, la cual no advirtió el momento de su llegada.
   La nueva área era fría al tacto, pero no incomodaba, más bien, refrescaba y su color anaranjado brillaba con el efecto contraluz. Como si de un atardecer se tratara.
   Abrió los ojos, pero los colores eran grisáceos a su mirada.
   Desplazó su vista hacia abajo, pero no podía apreciar la altura en la que se encontraba. No saltaría. Alzó la mirada, pero tampoco podía apreciar la cima de ese lugar. Escalaría.
   Y eso hizo. Saltó de la hoja en la que se encontraba a la rama que la sostenía y, tras dar unos pasos y llegar a la siguiente, empezó a escalar.
   Fue escalando, rama por rama, hasta que en un momento las ramas se acabaron, pero algo le decía que debía seguir subiendo, ir más arriba, pero no veía nada. Todo era completamente blanco.
   Dudó si seguir. Dudó sobre bajar. Barajó las posibilidades. Miró de nuevo abajo. Miró de nuevo arriba. Algo brilló. Alzó la mano. Una rama, recién dibujada, apareció con sus hojas de brillo color gris. La cogió y subió. Alzó de nuevo la mano. Otra rama. Subió de nuevo.
   Rama por rama, hoja por hoja. Todo se iba formando según iba subiendo. Todo se formaba con sus características formas serpenteantes y retorcidas puntas. Cada vez que subía más, sin darse cuenta, se iba adentrando más al centro de la copa hasta que llegó justo en él. El brillo provenía de ahí.
   Un enorme cristal. Brillo blanquecino. Contornos grisáceos. Interior hueco.
   Estiró el brazo, pero parecía ser demasiado corto. No llegaba. Lo intentó de nuevo. Se puso de puntillas en la rama de la que se sujetaba y, cuando iba a resbalar, tocó con la yema de sus dedos la superficie. El blanquecino y vacío cristal brilló con mayor claridad sobre las grises ramas.
   Sonrió. Pero su cuerpo se precipitaba al vacío y parecía no darse cuenta. Solo tenía ojos para el cegador y reconfortante brillo.
   La suerte quiso brindarle ayuda, pues una rama agarró su, también blanco, suéter. Lo arañó, pero le salvó la vida.
   Sus ojos seguían fijos en el cristal con forma de rombo del centro, por lo que se libró de la rama, tras cogerse a otra, y volvió a escalar, rama a rama, hasta llegar al cristal. Esta vez saltó y, para no resbalar, se abrazó a este, el cual empezó a brillar con mayor intensidad.
   Abrazó con más fuerza. Un brillo externo le hizo voltear su cabeza y, de esta manera, pudo contemplar cómo la luna empezaba a resplandecer, dando la luz necesaria para que las hojas relucieran en su esplendor verdoso, rojizo, amarillento y marronado.
   Levantó la punta del lápiz de color marrón y miró el resultado de su obra. Sonrió. Guardó el lápiz y cerró la libreta.


Vale, vale, lo admito, en el principio he hecho un pequeño "spoiler" del tema del relato, que el lector debería haber descubierto por él mismo, pero bueno, también viene a ser mi opinión e inspiración para el relato, pero vosotros, desde un punto de vista distinto, quizá podéis ver otras cosas y, dichas cosas, me gustaría que las compartierais conmigo en este blog, la página de Tuenti o de Facebook, como prefiráis.
Y bueno, ¿os gustó? Si es así, ya sabéis, una manita arriba (típica de Facebook) de "Me gusta" nunca hace daño a nadie, además de como indiqué ahora, tras publicar esta entrada, pondré la opción para que votéis que os parece cada entrada~

Nos vemos el próximo sábado para el siguiente relato,
¡Un saludo!