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martes, 23 de agosto de 2016

Mariposas de cristal

–¿Alguna vez has visto las mariposas de cristal?
–¿Las mariposas de cristal?
–Sí, esas mismas. Esas que revolotean como unas gotas de agua clara y la mismísima brisa, esas que su transparencia captura la luz durante unos breves instantes para convertirla en un centelleo frente a los ojos inexpertos, frente a aquellos que desconocen su vuelo secreto entre las ramas y la oscuridad de la sombra, entre el nacer del alba y el caer del ocaso, justo cuando los rayos se muestran perezosos, lentos, pesados, por el porvenir o por el cansancio. Esos ligeros brillos, fugaces cual chispa en el cielo, son sus alas batiéndose por un instante antes de fragmentarse tenuemente en mil grietas, grietas que se acumulan y se expanden cual raíces arbóreas y forman formas, dibujos abstractos de compleja complexión con su significado único pese a su gran dolor, pues, aunque estén cargadas de belleza, esas grietas destrozan su vidrioso cuerpo, como aquellas lágrimas que despedazan nuestro órgano interno.
Mas no por ello detienen su vuelo. Sus alas se baten en silencio, como un susurro que no llega a salir de la mente, como una confesión que se guarda en los labios hasta que éstos quedan inertes, y se desplazan firmes, seguras, pese a los fragmentos que a veces caen debido a su frágil compostura. Pues por mucho que intenten fijar sus fisuras contrayendo su cuerpo de gusano, sus alas nunca pueden dejar de moverse, ¿ya que sino qué fin tendría el poseerlas si no es para elevarse? Y es por ello que estas mariposas siguen revoloteando, pues no quieren volver a tocar el viejo suelo de antaño, solo sueñan con el cielo ansiado, con el brillo provocado y el estallido fragmentario de su cuerpo progresivamente acristalado.
Exacto, progresivamente acristalado, pues no son de cristal nada más ponerse a volar, en esos momentos únicamente poseen su transparencia; es cuando el tiempo las apremia y las grietas las inundan que su figura se torna luna invisible incapaz de distinguirse más allá de en sus fugaces fulgores. Y cuando sus alas, y su cuerpo, se tornan vidrio al completo, con todas las hendiduras que eso conlleva, ellas se extienden como nunca y se impulsan instintivamente hacia el anhelado y lejano firmamento, seguras de que será entonces cuando lograrán alcanzarlo; mas cuando el éxtasis roza sus antenas, su cuerpo se quiebra y estalla en millones de fragmentos que descienden como polvo a contraluz, volando y dispersándose en mil direcciones cual gota que colisiona. Y es entonces cuando la poca luz que quedaba guardada en su interior se esparce y diluye cual reflejo espontáneo en un hierro transitorio.


domingo, 22 de febrero de 2015

Oliver

Las ramas se mecían bajo el viento que ululaba entre sus hojas como la brisa lo hacía con algunos mechones castaños de Oliver, quien se encontraba tumbado en el césped con los ojos clavados en el extraño baile de los árboles. El calor del día le adormecía poco a poco, pero se resistía a ello intentando distraerse con el sonido de algún pájaro o el de algún motor lejano que pasaba por ahí. Las nubes, que momentos antes habían navegado por el enorme mar aéreo, habían desaparecido sin dejar rastro junto a las voces de la ciudad, que parecían haber enmudecido por arte de magia. Pero eso no le preocupaba, él seguía disfrutando de su cómoda escena.
El aire, que entró por la nariz de Oliver en una gran inspiración antes de ser soltado en un tranquilo suspiro, pareció ser acompañado de ideas que permanecieron en su cabeza. Pensó que podía levantarse y así asegurarse el no dormirse, correr hacia ninguna parte como solía hacer muchas veces, adentrarse en la oscuridad de aquel bosque que tenía delante, guiado únicamente por el piar de aquellas aves invisibles, o también ir en dirección contraria: hacia las casas que se difuminaban en la lejanía. Pero también podía seguir como ahora, bajo el riesgo de ser vencido por la modorra, o buscar cualquier nueva distracción con el simple hecho de cambiar su posición. Pero no quería, o eso parecía, así que siguió pensando en todas esas opciones mientras sus párpados se iban cerrando lentamente. Podía, podía y podía. Parecía que no le faltaban posibilidades, ¿pero y las ganas? ¿O, por decirlo de alguna manera, el vencer a su supuesta pereza? Eso ya era más complicado y por ello, antes de quedarse dormido, prefirió darlo todo por terminado y, de entre todas sus alternativas, decidió escoger la definitiva de poner un punto. Y el escenario cambió.
Las gaviotas graznaban por encima de su cabeza rompiendo el sonido de las olas rotas en la orilla. La arena, calentada por el día que ya terminaba, rodeaba cada vez más su cuerpo aunque él no lo viera. Su respiración seguía plácida y lenta, incluso cuando notó cómo sus pies eran mojados por aquella fría agua salada, que trepaba por sus piernas según el Sol se hundía en la marea. ¿Quizá eso era lo que hacía que ésta subiera? Oliver no lo sabía, pero le gustaba esa idea: pensar que el Sol se apagaba por el agua y que por eso la oscuridad reinaba; que, mientras el mar guardaba la estrella en su interior, la Luna hacía una guardia nocturna como un sustituto del Sol. El cómo se encendía luego otra vez el astro le traía sin cuidado, pensaba que darle una explicación a eso estropearía su cuento. Es por ello que siempre lo dejaba incompleto, una historia donde, al final, sólo quedaba una noche eterna.
El agua ya alcanzaba los hombros de Oliver y él notaba las puntas de su cabello moverse como las ramas de los antiguos árboles, así que cogió aire y dejó que el mar le cubriese. Una vez hecho, abrió los párpados y observó, desde debajo de esa capa líquida, un mundo borroso, oscuro y ondeante. Su cuerpo había sido enterrado bajo la arena húmeda y sólo podía mover la cabeza que, sumergida, contemplaba cómo la amarillenta estrella enrojecía y enrojecía según se ahogaba para terminar convertida en una especie de enorme esfera negra que se hundía, muerta. ¿Entonces su historia condenaba al astro o era él mismo que se veía reflejado en ese sombrío mundo subacuático? Quién sabe, al final sólo quedaba una noche eterna y un cadáver.
La imagen lo superó y no lo soportó, soltó todo el oxígeno en un chillido sordo e intentó mover los brazos para nadar a la superficie. Pero éstos estaban enterrados por la arena, aferrados bajo tierra. Oliver pensaba en qué podría haber ocurrido para que, de todas las anteriores opciones, ahora ninguna se hiciera presente. Pero ante la falta de respuestas y alternativas sabía que debía volver a cambiar el escenario. Así que decidió poner un nuevo punto, pero éste lo echó de su mundo.
Y ahí se encontró de nuevo, con la respiración agitada y el sudor mezclado con lágrimas, frente a una pantalla llena de letras. Recapacitando en cómo podía continuar todo, si es que se atrevía a volver a esos insanos mundos que siempre le parecían idílicos de buen inicio aunque tarde o temprano se viera abocado a sus precipicios.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Picos de papel

Elisabeth hizo un último pliegue en el folio, tal y como él le había enseñado, y lanzó esa especie de triángulo blanco al aire. El viento lo elevó y, debido al impulso, no tardó en alcanzar al resto del grupo, que volaba por encima del agua de un río perdido.
Él le había enseñado que los deseos no debían pedirse en barquitos, pues las ninfas líquidas los cogían, se los comían y nunca se cumplían. No, los deseos debían escribirse en picos voladores para luego lanzarlos y que fuera el aire quien decidiera si merecían hacerse realidad o, por el contrario, alimentar a esas criaturas hambrientas.
La joven estiró los brazos, bostezó y clavó sus ojos verdes en el azul cristalino mientras seguía esperando.
Como pequeñas joyas de cristal, los puntos donde los rayos del Sol se reflejaban fascinaban a la muchacha. Él le explicó que, por cada brillo, había un deseo incumplido. Un recuerdo centelleante de una petición que se convirtió en un anhelo ahogado por el infortunio. Ella le preguntó si podían rescatarse, coger esos puntos relucientes y liberarlos nuevamente. Él se rió, pero ella no le entendió. “Piensa en las velas de un sepulcro, ¿no son acaso en memoria del difunto?”, le dijo, “¿Qué crees que ocurriría si las quitásemos?”. Su respuesta fue el silencio, como seguía siendo en su pensamiento.
Miró a su alrededor. Hacía rato que se había quedado sola en aquel descampado. Mientras que él había vuelto al carromato, ella se quedó pintando en papeles que, más tarde, para practicar, lanzaría al aire. No podía pedir demasiadas cosas o las consecuencias podrían ser realmente costosas. “Los deseos a medida de bolsillo: algo ligero, útil y querido”, le comentó él ofreciéndole una caja con distintos lápices tras hacer volar su pico de papel. Y ella siguió el consejo, escribiendo sólo una frase que todavía surcaba el cielo.


[Cuento II de El vagamundos]

viernes, 24 de octubre de 2014

¿Alguna vez has visto a las mariposas de fuego?

El hombre se sentó al borde del pequeño escenario adjunto a su carromato y miró a quienes se había reunido a su alrededor. Parecía extrañado por el interés que había generado, pero sabía que no debía desaprovecharlo.
–Y bien –empezó a hablar–, ¿alguna vez han visto a las mariposas de fuego?
La pregunta causó una pequeña conmoción. ¿Mariposas de fuego? Nadie sabía qué era aquello. Pero las imágenes que empezaban a cobrar forma en las mentes de los oyentes no eran ni mucho menos que formidables, en todos sus sentidos. Desde bestias enormes devora-hombres hasta pequeños seres imperceptibles. El tipo sonrió y, con un giro de muñeca que simulaba coger una manzana invisible en el aire, chasqueó los dedos para captar la atención de los presentes.
–Bueno, bueno –prosiguió–, me tomaré vuestro cuchicheo como un no. Cosa que es una lástima, por cierto.
Encogió los hombros, hizo una mueca con los labios y miró a un lado. Nadie dijo nada y él permaneció en silencio. Segundos, minutos, hasta que una joven de ojos verdes le preguntó:
–¿Qué son las mariposas de fuego, buen señor?
El desconocido sonrió otra vez y saltó al suelo impulsándose con sus manos. Miró a la chiquilla y le respondió “¡Algo magnífico!”. Ella quería contestar, pero él se puso el índice derecho en sus labios, torció la cabeza para indicarle que no dijera nada y se acercó a ella para llevar el dedo a la boca de su interlocutora. Pero antes de tocarla puso la mano izquierda junto a la diestra y simuló un estallido agitando delicadamente sus dedos.
Sus miradas se cruzaron. El forastero sonrió pícaro y la muchacha se ruborizó.
–Las mariposas de fuego, las mariposas de fuego… –comenzó, como si dudase sobre si contarlo o no–. ¡Ay, las mariposas de fuego! ¡Qué ser más bello! –Clavó sus pupilas en el rubor de la joven de ojos verdes–. Si ustedes pudieran verlo… ¡Si ustedes pudieran verlo…! Pero para eso he venido; para describírselo aunque no me vea capaz de alcanzar su majestuosidad, aunque no me vea capaz de poder describir cómo sus alas, bañadas en atardeceres, se baten grácilmente con lentos movimientos, como si fueran pájaros que vuelan flemáticos, inalterables por las prisas del tiempo o el viento.
Repasó todos los semblantes, expectativos y llenos de un curioso entusiasmo, y prosiguió:
–¡Explosiones de colores! –Repitió el gesto de las manos, pero esta vez más exagerado, como la gesticulación de su rostro. Algunos creyeron ver unas chispas saliendo de sus palmas–. ¡Rojos amaneceres y chiribitas amarillas!, que brillan cuando estos seres eclosionan de sus crisálidas antes de fundirse en una llama naranja cuando sus alas son desplegadas. ¡Destellos de flamas recién avivadas! E incluso –El hombre iba de aquí para allá, agachándose y mirando a cada persona según narraba–, lumbres azules. Fuegos fatuos vivos, pues se tratan de los machos, bien raros y poco conocidos. Que vuelan solitarios –Sus ojos volvieron a encontrarse con aquellos que guardaban esmeraldas en su interior– hasta que una hembra logra encontrarlos y, entonces –Cogió la mano de la chica para acercarla a él–, se unen en un baile de aleteos donde, ambos, desatan todo el calor que guardan en su interior formando un pequeño torbellino. –Hizo que la joven diera una pirueta–. Un pequeño torbellino de ardientes tonalidades que no se trata de otra cosa que la persecución del uno al otro al unísono rodeando una rama según ascienden, con ella, al cielo antes de caer en picado –Soltó a la muchacha tras levantarla y chasqueó los dedos– y, en un último estampido –El vestido estalló en llamas con forma de mariposa–, depositar los huevos en aquel carboncillo que han creado. Muriendo ipso facto.
Se hizo el silencio de nuevo pero el extraño, en un ademán tierno, sonrió con la intención de subir los ánimos. Luego levantó su brazo e hizo un medio círculo extendiendo la mano abierta hacia las nubes, mirando también en esa dirección. El Sol quedó oculto tras su palma y los rayos se colaron entre los huecos de sus dedos, manchándole la tez de puntos relucientes.
–Desgraciadamente –Su expresión pareció ensombrecerse cuando la silueta femenina se deshizo en polvo–, son inalcanzables. Como la luz del día, se filtran por cualquier ranura para evitar su captura y, en el caso de que alguien las atrape o las aplaste, desaparecen al convertirse en fina ceniza.

[Cuento I de El vagamundos]

domingo, 3 de agosto de 2014

Cometido nocturno

Los ojos de Dante centelleaban de emoción ante el espectáculo nocturno que presenciaban: miles de puntos brillantes corrían por el cielo, fugaces y fugitivos del firmamento. La luna, en su blanco esplendor, se reflejaba en el cristal de la ventana e iluminaba su habitáculo. Pero un ruido a sus espaldas quitó al muchacho de su ensimismamiento. Su madre entró en el momento justo que volvió a tumbarse en su camastro y, con los ojos entrecerrados, observó cómo suspiraba antes de dirigirse al ventano y cerrarlo. La diversión había acabado.

Un golpe en el tejado hizo que Dante se despertase. Confuso, miró a su alrededor, cogió una de las cerillas que tenía en su mesita y prendió la mecha de la vela. No parecía haber nada raro, pero un nuevo sonido le extrañó e hizo que finalmente se levantase. Cogió la palmatoria y, tras vacilar unos segundos, salió a ese pasillo gobernado por el silencio. Sus padres parecían seguir durmiendo.
Negó con la cabeza y pensó que quizá todo era imaginado, que era un sueño. Por lo que decidió volver a su aposento, pero un tercer sonido seguido de un cuarto y un quinto acabaron por desvelarle tanto a él como a su curiosidad.
Caminó sigiloso por el corredizo y pasó por delante de las otras estancias hasta llegar a la escalera que daba a una pequeña lumbrera. Dejó la vela en una estantería y empezó a escalar, precavido con tal de no hacer ni el mínimo ruido. Abrió la claraboya y salió tras poner la vara que evitaba que se cerrara. Sus ojos, negros como la noche que se cernía sobre ellos, miraron al cielo. Pero no tenía ningún brillo, más allá del de la luna, que parecía entristecido. Frunció el ceño y miró al techo. “¿Piedras?”, pensó al verlas. “¿Cómo habrán llegado…?”. La respuesta no tardó en venir: como si granizase, diversos cantos que parecían arder caían desde los nubarrones, precipitándose al vacío para estrellarse contra el suelo y apagarse. El joven se maravilló con ese desconocido suceso pero, al alzar la vista de nuevo, su alegría fue sustituida por una mueca de preocupación: ¡las estrellas estaban cayendo!
Dante empezó a dar vueltas sobre sí mismo, contemplando esa bella pero horrenda visión. Pensaba que debía hacer algo, pero no sabía el qué. Y las rocas no tardaron en volver a caer sobre el tejado, cerrando la claraboya al golpear el palo que sostenía su marco.
En un intento desesperado de huida, el muchacho se lanzó por el lado del balcón. Pero sus pies desnudos resbalaron.
Sus manos se aferraron como pudieron a la barandilla y quedó colgando a unos cuantos metros del patio. Frente a él, una de las piedras que había caído todavía parecía refulgir. Todavía parecía albergar el fuego del firmamento en su interior. Y Dante quería ayudar, quería hacer que las estrellas volvieran a destellar. Por lo que la agarró, sin tener en cuenta que, nada más hacerlo, se precipitaría al suelo, cayendo de lado.
Un enorme dolor le penetró en el cráneo. Apenas sentía la pierna izquierda y el brazo del mismo lado lo tenía entumecido. La cabeza le daba vueltas, pero el pequeño tesoro que guardaba entre sus dedos le dio el vigor suficiente para incorporarse y encaminarse hacia el bosque que se extendía frente a él.
Cojeaba, pero eso no le importaba. Tenía que devolver aquel último aliento de estrella a su lugar. Por mucho que le pudiera costar. Así que siguió avanzando, a pesar de las punzadas que sentía por todo su cuerpo; prosiguió hacia la arboleda, temblando de frío y angustia, mientras dejaba un pequeño rastro rojizo que, gota a gota, caía de las puntas de los dedos del brazo que le había quedado inutilizado.
El muchacho se detuvo en el árbol más alto que recordaba haber trepado durante sus juegos. Respiraba con dificultad y sentía que los pulmones le iban a estallar. Un sudor gélido recorría todo su cuerpo y la vista se le nublaba por momentos. Pero debía continuar, debía seguir con tal de lograr su compromiso. Así que guardó la piedra en un bolsillo y agarró la primera rama con la mano derecha para impulsarse y empezar a ascender.
Primero la mano derecha y luego el pie de su respectivo lado, después ponía su sangradura zurda en algún tallo para usar ese brazo de gancho y se agarraba del muslo restante para poner la pierna izquierda en el primer sitio que viera. Pero según subía las ramas le arañaban en la cara y cuando debía impulsarse de un tirón con su  brazo derecho, parte de su pijama se raspaba y se hería aún más la pierna inválida.
“No puedo seguir, no puedo…”, se repitió en un susurro cuando el dolor de sus forzadas axilas le empezó a martirizar. “No puedo…”, volvió a decirse al apoyar la cabeza en el tronco. Pero el fulgor de la luna, que entre las sombrías nubes iluminaba su demacrado rostro, le dio el ímpetu que necesitaba. Le recordó por qué luchaba. Así que se aferró a la siguiente rama y, yendo a trompicones y empujones, alcanzó la copa, se deslizó entre las hojas y alzó la vista hacia el solitario astro. Sacó el canto de su bolsillo y lo levantó al cielo en su palma abierta. Pero no sucedía nada. Y tampoco sabía qué hacer.
Se quedó quieto y los minutos pasaron. Se quedó quieto y el tiempo se le hizo eterno. Y las lágrimas se abrieron paso en sus cansados ojos.
Se cuestionó si todo había sido en vano, si su esfuerzo realmente había servido de algo. Y cerró los párpados, pero la rabia líquida seguía deslizándose por sus sucias mejillas malheridas.
Apretó con fuerza la roca brillante y, tras un pequeño “crack”, sintió que su cuerpo se paralizaba mientras el corazón se le subía a la garganta. “¿Qué he hecho…? ¿Qué he hecho…?”, se reiteraba en su mente, miedoso a abrir su puño. Pero lo hecho, hecho estaba y ya no podía hacer nada. Así que separó poco a poco los dedos y vio lo que su mano contenía: burda gravilla que ya no resplandecía.
Dante sintió su interior romperse en mil fragmentos, convertirse en aquella vulgar grava sin valor. Y todo por su culpa. Todo por su única y absoluta culpa.
Miró de nuevo a la luna e intentó disculparse como pudo, pero no tenía palabras; sus cuerdas vocales le fallaban y su mente parecía que no pensaba. Pese a ello, aquella a quien servía aparentó emitir un brillo distinto. Y, como si suspirase, una brisa sopló sobre su mano para hacer que aquel polvo, que asemejaba ser de diamantes entre las nubes, centellease según surcaba el aire.
Un destello en el firmamento iluminó su mirada. Y Dante cerró los ojos. Sonrió en la comisura de sus labios resecos y, notando cómo era acariciado por el viento, dejó caer su cuerpo exhausto. Pues, al fin y al cabo, había logrado su cometido.

martes, 17 de diciembre de 2013

Chica raposa

¡Buenas tardes-noches, queridos lectores! ¿Cómo van estos últimos días de clase? ¿Mucho trabajo? Entonces... ¿qué mejor que una pequeña lectura en forma de cuento fantástico para despejar un poco la cabeza? Pues bien, esto es lo que os dejo esta semana. Un pequeño cuento que escribí en su día y que espero que disfrutéis con su lectura.


Mi vista escalaba su piel de nieve, alcanzando la cima y clavándose en su grana cabellera. Pero no concluyó allí su trayectoria, pues descendió hasta perderse en su astuta y única mirada, en su iris verdoso y la profundidad de sus pupilas.
Buscó acercarse, perdiéndose aún más en su negrura, hasta percibir un pequeño centelleo. Parecía una chispa, ¿pero de dónde provenía? ¿Habría percibido ansias de aventura, de viajes y travesías?
Una sonrisa inigualable, pícara como ella sola pero sin malicia alguna, deshizo el hechizo que me apresaba. ¿Qué decía? ¿Qué guardaba? ¿Qué escondía?
Unos pasos inseguros, haciéndome avanzar hacia su ser, junto a un fugaz y rápido movimiento de mi mano agarrando la suya para empezar a correr. Sin importar dónde íbamos a parar.
Corría y corría, con ella detrás de mí, atravesando juntos la espesa arboleda. Escuchando las ramas y las hojas secas chasquear bajo nuestros pies, el río fluir a lo lejos y el piar de aves que hacían de meras observadoras.
¿Pero qué era esa sensación que nos envolvía? ¿Qué quería decir? ¿Cuál era el secreto que sus labios mantenían en el sello del silencio?
Me giré y, en un abrazo, la puse delante mientras mi boca susurraba “guíame”.
Sus ojos sonrieron, mas la comisura de sus labios apenas se movió. ¿Por qué me confundía? ¿Cómo, ese rostro de tan finos rasgos y sencilla belleza, podía embaucarme tan fácilmente?
Se giró y corrió antes de que yo pudiera atrapar siquiera sus dedos, los cuales acariciaron mi palma sin llegar a ser sujetos.
La estupefacción me mantuvo detenido demasiado tiempo. Para cuando me apresuré a ir tras ella, su pista se había perdido entre troncos idénticos a mis ojos.
Busqué y busqué, pero no conseguía encontrarla. Y no logré hallar nada más que una peluda cola, que entre los arbustos destacaba.
Rojizo pelaje de blanca punta. Orejas puntiagudas y oscuras, como sus patas peludas. Y un húmedo hocico que parecía preguntarme qué hacía observándola. Pero su ladina mirada la delataba.
–No, no me guíes –murmuré–. Acompáñame –mi voz disminuía–. Acompáñame siempre…
Ladeó su cabeza y una brisa meció las copas de los árboles. Parpadeé y me encontré en mitad del bosque, sin compañía alguna. Y suspiré.
Un crujido de ramas a mis espaldas hizo girarme. Y ahí la vi, con su ligero y simple ropaje, con su bello y misterioso rostro observándome, esperando en silencio para ser mi acompañante.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Espero que así sea. Ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar aquí abajo sin ningún tipo de problemas.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 2 de octubre de 2013

Inocencia

¡Buenas noches, queridos lectores! Sé que últimamente estaba subiendo un relato semanal, pero he escrito unos cuantos "tweets" mientras escuchaba una canción (que pondré al final, por si os interesa) que han dado como origen a este pequeño relato, el cual he querido compartir aquí. Aunque, de buen inicio, pensé en repartirlo en el Salón del Manga de Barcelona de este año y subirlo luego. Así que si os gusta quizá lo reparta, pero eso ya se vería según gustase o no. Y no me entretengo más, aquí os dejo el cuento.


Quisiste entrar en mi cabeza, ver los mundos que guardaba.
Yo te lo negué y te enfadaste.
¿Por qué no entendías que estos también ardían?

Todas las historias albergaban vida, maravillas. Y lo sabías.
Pero también poseían muerte, pesadillas. Y no me creías.

No te negaba la entrada por gusto, lo hacía por tu felicidad. Yo me guardaba el sufrimiento, y tú me lo aliviabas con una sonrisa. Una de tus magníficas sonrisas que eran mejor que cualquier historia que yo jamás inventara. Pues lo que me transmitía no lo lograba ningún relato, ni con miles de palabras.
Tú te preguntabas porque no te lo mostraba todo y yo te decía que en la vida había intriga, misterios que debían resolverse con el tiempo. Tú hinchabas los mofletes y, entre enfada y divertida, asentías.
Oh, si tú supieras, querida… Si supieras que tu corazoncito era más frágil que el mío. Que yo debía cuidarme de guardártelo, de protegértelo de todo el mal que habitaba fuera. De las llamas abrasadoras del dolor y la desgracia...
Te contaba narraciones fantásticas, con miles de aventuras, viajes y hazañas que debían llevar a cabo unos protagonistas. Te contaba cuentos de tierras lejanas, dominadas por la ficción y la magia.
Pero siempre preguntabas: ¿y luego qué pasaba?
Un nudo se formaba en mi garganta. ¿Qué respuesta esperabas? ¿La verdadera o la falsa? No lo sabía y con un “vivían felizmente” acababa.
No quería decirte la incertidumbre de su vida. El azar que existía. No quería que supieras que no se sabía cómo terminaba.
Y te contaba esa piadosa mentira, que podía ser tan cierta como errónea.
Tú sonreías y cerrabas los ojos, soñando con fábulas. Yo apagaba la luz y besaba tu frente mientras te arropaba. Esperando a que te durmieras, quedándome en tu cama atento a que ningún temor nocturno te aterrara.
Pues pese a todo siempre serías mi pequeña.
A quien protegería y cuidaría.
Hasta el fin de los días.




¿Qué tal? ¿Os ha gustado? Ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar entre muchas cosas más aquí abajo sin ningún tipo de problemas. Además de que quizá ponga música al blog, pero no sé si sería molesto para algunas personas y mejor ponerla únicamente en las entradas con los relatos que crea que lo requieran.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 23 de septiembre de 2013

La promesa

¡Buenos tardes, queridos lectores! ¿Cómo están yendo las clases? ¿Todo bien por ahora? Eso espero. ¿Y qué os pareció el relato leído de la anterior entrada? Ojalá os gustase, pues estoy pensando en interpretar un poco algunas cosas en ese canal (cosa que ya veré cómo sale). Pero bueno, hoy os traigo un relato que diría que es el primero que escribo de tal manera que se puede interpretar tanto de manera heterosexual como homosexual. Pero no, no es erótico, ya veréis de qué trata. Espero que os guste y disfrutéis con la lectura.


Una caricia en su mejilla, rescatando la lágrima que se precipitaba en el vacío y expandiéndola por toda ella.
Un suave beso en sus labios, los mismos que había humedecido en miles de ocasiones antes por pasión, amor y deseo.
Unas suaves palabras en su oído que le prometían seguridad, que le prometían volver a reencontrarse.
Un “te quiero” tan fugaz como el centelleo del fuego al ser llevado por el viento.

Recordó cuando los dos se fundieron en uno, abrazados.
Recordó cuando él besó todo su cuerpo, diciéndole bellas palabras mientras inundaba de mimos cada rincón de su piel y luego notaba la calidez de su boca en ella.
Recordó cuando se deslizaba hacia abajo, para hacer que disfrutase una oleada de sensaciones inolvidables que jamás hubiera imaginado.
Recordó como capturó, entre sus labios, cada uno de sus puntos débiles provocándole los jadeos necesarios hasta soltar un placentero suspiro al notar su unión. Haciendo que fuera suyo.

Miró al oscuro cielo, quien acompañaba su sentimiento de impotencia y sufrimiento.
Miró las gotas caer poco a poco, enmudeciendo a su llanto de ese fatídico día, que tuvo que vestir elegantes prendas oscuras.
Miró la caja de roble y, pese haberse prometido el mantenerse firme y aguantar, no pudo evitar abalanzarse sobre ella y abrazarla, hasta que una mano en su hombro le dijo que debía soltarla.
Miró a la oscuridad de su mente, cerrando los ojos, por no poder afrontar el dolor de esas últimas imágenes.

Sintió el viento en su viejo rostro, repasando una a una sus marcas de la edad.
Sintió su mano invisible aferrada a la suya, para que lo acompañara.
Sintió la comisura de sus labios, serios durante ya demasiado tiempo, volviendo a moverse ligeramente.
Sintió como su corazón, vacío y roto, volvía a ser llenado con una calidez inigualable.

Y vio su cuerpo, dormido en una mecedora, mientras se volvía a sentir joven al lado de su amante. Quien le había cuidado y esperado hasta su muerte, para volver a reunirse y así cumplir su promesa.


Porque una promesa, por muy difícil que sea, siempre debe intentar cumplirse.

¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado. Ya sabéis también que, aquí abajo, podéis comentar, valorar, compartir y opinar de diversas maneras. Sin olvidar que para cualquier cosa hay un apartado que facilita el contactar conmigo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

sábado, 17 de agosto de 2013

El hombre que cayó de las estrellas

¡Buenas noches queridos lectores! Esta semana he estado fuera (otra vez) y acabo de volver a casa. Así que una vez acomodado y demás, os cuelgo aquí un pequeño cuento/relato que escribí en su día y espero que disfrutéis leyéndolo.


Sintió su cuerpo frágil. Ligero, como si pudiera flotar. Pesado, como si jamás hubiera descansado. Atrapado y a la vez libre.
Una mirada vacía que observaba todo, sin ver nada. Una boca abierta, dispuesta a hablar, pero tan seca que no era capaz de pronunciar palabra alguna. Una mente brillante, rebosante de ideas, pero detenida. Como una maquina sin aceite.
Y así se mantuvo, en el suelo, como el primer resplandor en el oscuro cielo. Un resplandor que ni siquiera las miradas más curiosas y atentas pudieron percibir.
Cerró sus pesados párpados. Pero no podía dormir a pesar de sentir su cuerpo agotado. Notó como las gotas empezaron a caer sobre él, mojando su áspero cuerpo y enterrándolo bajo el barro que caía en el cráter que él mismo había provocado.
Un suspiro se escapó de sus labios. No de desolación, ni de alivio. Sino de fuga. Pues su alma abandonó su cuerpo antes de ser enterrado. Un cuerpo que había sido rechazado, por no ser como los demás.
Un cuerpo que llegó del cielo, cayendo de él. Una noche sin estrellas, pues le abandonaron a su suerte. Y buscó ayuda. Pero no, no era un hombre como los demás. Era un extraño que buscaba indicaciones tras salir de un enorme agujero provocado en un estruendo. Un ser singular, nada particular. El desconocido que resplandecía.
Y todos quisieron ese esplendor.
Así que ignorando sus peticiones, se abalanzaron hacia él. Por ser diferente, por ser especial. En mitad de tanta gente corriente, en mitad de gente normal. Pero no pudieron quitarle su luz, pues la llevaba pegada a su aura, a su alma.
Y lo echaron. A pedradas y bastonazos. Golpeado por los ignorantes mientras los demás observaban, en silencio.
Hasta que su brillo parpadeó en el aire, saliendo de su boca, de su tos.
Todos miraron al suelo, a las gotas brillantes que se apagaron al momento. Y luego miraron al ser, sonrientes, mientras prosiguieron. Golpeándolo, hasta que huyó.
Corriendo por las callejuelas, yendo al exterior. Hasta su cráter, en el que se tiró.
Y miró al cielo, incomprendido y suplicando, mientras poco a poco su luz se iba atenuando. Hasta cerrar los ojos y suspirar.
Entonces fue, cuando en el cielo, todos los individuos lo vieron. Vieron en el cielo un centelleo. El de una única estrella, solitaria, brillar.


Y bien, ¿qué os ha parecido? Espero que hayáis disfrutado de la lectura y ya sabéis que, como siempre, podéis comentar, valorar, compartir y demás aquí abajo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 1 de julio de 2013

Gisel

Buenas noches, queridos lectores. Esta semana he estado fuera y no recuerdo si lo comenté. En caso de no haberlo hecho, pido disculpas, pues me fui creyendo tener Internet en el hotel y al final resultó que no había wifi ni nada, así que no pude subir nada. Aún así, os dejo hoy con un relato que me inspiró una niñita a la que vi jugar en un parque mientras cenaba. Espero que os guste y disfrutéis con la lectura.


Sus manitas apartaron las hojas que tenía enfrente. Abrió bien los ojos y la ilusión se apoderó de su rostro.
Su mirada estaba clavada enfrente, hacia el majestuoso bosque que se expandía ante ella y, antes de que nadie le pudiera decir nada, echó a correr.
El verde invadía el lugar con cierto tinte marrón en algún que otro sitio. Pero sus inocentes ojos veían más allá de eso. Veían como la luz se filtraba entre las hojas, como las sombras tomaban espléndidas formas, como todo cobraba vida a su alrededor.
Y entonces lo vio. Vio el enorme árbol que se alzaba en el centro. Y no dudó ni un instante, pues ya estaba empezando a trepar por sus ramas. Yendo arriba, hasta la copa. Desde donde pudo observar como la arboleda se extendía hasta límites insospechados.
Un pequeño pájaro se posó en la rama en la cual ella estaba sentada y, curiosa, se acercó a él. Pero éste alzó el vuelo y ella lo intentó coger. Fallando y precipitándose abajo mientras soltaba un gritito de terror.
Alguien lo escuchó y se levantó de la silla en la que estaba.
La buscó con la mirada pero no la encontró. Luego observó la floresta y lo comprendió y, mientras el pequeño gritito seguía sonando en su cabeza, corrió hacia donde creía que provenía.
No tardó en llegar. Y justo en el momento adecuado, pues la niña cayó entre sus brazos.
La madre, preocupada y enfadada, la miró dispuesta a regañarla. Pero ella sonrió y la miró con sus pequeños e inocentes ojos mientras esbozaba una sonrisa. Haciendo que cualquier enfado de su madre desapareciera de inmediato.
Provocándole también una sonrisa e incitándola a subir con ella.


Bueno, ¿qué os parece? Espero que os haya gustado y, además, para quien le guste leer relatos con algún Soundtrack de fondo creo que hay bastantes que encajarían a la perfección para este relato.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

viernes, 10 de mayo de 2013

Diversos microrrelatos

¡Buenas tardes, queridos lectores!
Siento, de verdad, siento muchísimo no poder estar últimamente por aquí ya que, siendo franco, no tengo todo el tiempo que me gustaría para poder escribir. Pero supongo que eso se solucionará dentro de dos semanas (espero) y podré volver a subir las cosas a su tiempo e incluso hacer cosas nuevas. Por lo que, hasta ahora, casi que sólo he escrito algún que otro microrrelato y vía Twitter o para algún concurso y demás (¡Ah! ¡Y gané uno, organizado por Bentaya! Pero el relato que presenté lo subiré cuando en un tiempo, cuando ellos lo suban antes en su web), por lo que, como he dicho, no he tenido todo el tiempo que me hubiera gustado.
Aún así, subiré en esta entrada algunos de los microrrelatos que publiqué en Twitter y supongo que menos es nada (cosa que ya hubiera sido demasiado al no haber podido subir el último capítulo el fin de semana pasado). Y aquí os los dejo:


Quietos. En silencio. Observando el tiempo. Como pasa muy lentamente. Sin reparar en nada concreto. Cuando todo ocurre de manera continua.


Mírame directamente a los ojos.
Mírame y dime...
¿Qué ves?


Léelas, escúchalas, escríbelas.
Haz lo que quieras con ellas, pero entiéndelas.
Pues te llevarán a parajes que jamás imaginarías.


Un graznido.
Un aleteo nervioso.
Unos ojos negros observantes.
Un suelo manchado de rojo.
Un único testigo no hablador.


Alza tus manos,
coge las estrellas.
Son tuyas,
todas enteras.
Yo te las regalo,
cada una de ellas.


Bueno, ¿qué os han parecido estos 5 microrrelatos? Espero que os hayan gustado. Los títulos de los tres últimos llevan directamente al tuit en concreto, mientras que el de los dos primeros, al no tener título, he usado la primera frase.
Cualquier cosa, ya sabéis que podéis comentar y demás, sin olvidar el hecho de que en esta ocasión compartirlo es mucho más fácil (mediante los RTs y eso), además de no tener que compartir la entrada entera (sino que se puede compartir directamente los que más gusten).


   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 13 de marzo de 2013

¡Dejadme despertar!

¡Buenas noches queridos lectores! Hoy os traigo otro sueño que tuve. Concretamente esta mañana cuando estaba medio despierto - medio dormido y que han sido los primeros tuits que he publicado en Twitter. Aún así, para quien no los haya leído o, simplemente, para quien quiera releerlo pero todo narrado mejor y repasado como hago con los sueños relatados antes de publicarlos en el blog, aquí lo podréis encontrar.
¡Pero antes de eso tengo que notificaros algo importante! El jueves de la semana que viene me voy a Londres de viaje de fin de curso y no volvería hasta el domingo (tarde, muy tarde) y dependiendo de las notas no sé si el lunes siguiente o el martes viajaría a cierto lugar (muy especial para mi, siendo francos), hasta el siguiente domingo o, incluso, hasta el lunes. Es por ello que si tengo tiempo publicaré el siguiente capítulo de Un bar cualquiera por anticipado, pero como podréis ver algunos que me sigan en Twitter tengo exámenes por doquier (y aun gracias que encuentro tiempo para escribir), así que intentaré hacer lo que pueda. Aunque al menos ya he cumplido al avisar, pero eso si, una vez finalizada la semana santa o por ahí ya os digo que el blog volvería a funcionar con total normalidad.
Bueno, una vez hecho el comunicado, aquí os dejo el sueño de hoy.


Un sonido extraño me obligó a abrir los ojos y mirar mi mesilla de noche. No sabía qué era exactamente ese ruido, pero cuando miré el teléfono móvil me sorprendí; una enanita, como si de una duendecilla se tratara, estaba encima del aparato e iba bloqueando éste siempre que se encendía para que sonara el despertador y, así, me despertara.
Yo, curioso, bajé mi cabeza y le pregunté (consciente de que mi cuerpo real seguía dormido) "¿Por qué haces esto? ¿Por qué no quieres que me despierte?", a lo que ella me contestó con una fina y chillona vocecita "¡Estoy enfadada! Estoy enfadada porque, el tonto de mi novio, se ha atrevido a pedirme matrimonio en un restaurante muy triste con un anillo muy barato. ¡Mira que cutre puede llegar a ser!". Yo, extrañado, pensé en qué culpa tenía de eso, pero continuó hablando: "Y si tú no lo arreglas... ¡No dejaré que te despiertes nunca!", me amenazó.
Yo, que no tenía nada que ver con el asunto y sabía de más que si no me despertaba llegaría tarde a clase, la cogí del cuello del jersey, por la parte de atrás, y la puse frente al enanito que parecía algo tristón y, con un tono algo mosqueado, les repliqué "Ahora casaos, sed felices ¡y dejad de tocarme la moral!". Ambos enmudecieron inmediatamente y se miraron.
Por mi parte, volví al móvil, lo cogí y observé como sonaba el despertador. Despertándome.

Quizá os preguntéis qué pasó al final con esos dos. Pues francamente no tengo ni idea y tampoco me importa demasiado, no era mi problema.


Bueno, ¿qué os ha parecido? He de admitir que es la primera cosa que escribo directamente en el blog, sin usar word previamente ni nada, únicamente los cuatro tuits en que publiqué el sueño esta mañana. Nada más. Así que bueno, si os ha gustado, podéis comentarlo, opinar, valorar y demás abajo, como siempre. Y, francamente, este sueño casi podría escribirse como un cuento, quizá me lo plantee en un futuro. Quien sabe, pero tranquilos, ya os informaría sobre el caso. Pero bueno, me despido ya y espero que os haya gustado.


¡Un saludo y hasta la próxima!

lunes, 24 de septiembre de 2012

Pequeña estrella

Buenas tardes, estimados lectores.
Hoy, que es lunes publicaré otro de mis relatos y procuraré hacer mínimo de una entrada semanal (aunque si puedo una de lunes a viernes y otra entre el sábado y domingo, mejor que mejor).
Bien, esta vez os presento una pequeña historieta que hice hará relativamente poco, se titula "Pequeña estrella" y es una historieta élfica. Y, como la mayoría de historias e historietas de dicha condición, suelen tener cierta sensibilidad o significado especial, pues como se suele decir; los elfos gozan de una sensibilidad mucho mayor que los humanos en muchos aspectos.
Pues bien, esta historieta élfica titulada Pequeña estrella viene a representar una historia que se contaría sobretodo a las jóvenes elfas, antes de empezar a tener responsabilidades y, siendo más concreto, lo pensé para una raza de elfos del bosque, la cual he descrito en un pequeño bestiario personal que llevo sobre criaturas fantásticas para un próximo escrito.
Bueno, no me voy a ir más por las ramas, así que ya os pongo el relato.
¡Que lo disfruten!


La muchacha recogió la blanca pluma que había descendido desde el cielo azul hasta la fresca agua del río, también de tonos azulados. La observó y el brillo del sol se reflejó en las gotas que se desprendieron de ésta al ser sacada del agua.
La joven, intrigada, levantó la mirada, pero sólo pudo ver como su dueño se alejaba a lo lejos, volando. Pensando que esa pluma no era suya, miró de nuevo por donde había desaparecido el pájaro y cerró los ojos.
Llevó sus manos, abiertas, con la pluma en medio a su boca y sopló suave, haciendo que recobrara el vuelo mientras deseaba que regresara con su dueño, pues no le pertenecía y confiaba en que el viento la llevara hacia él. Aunque éste quiso que volviera a sus manos.
Tras eso, retomó el camino hacia casa pisando el empedrado con sus descalzos pies, debido a que le gustaba sentir la naturaleza debajo de ellos, además de en todo su cuerpo. Era por ello que solamente vestía con una pequeña toga verdosa, como las hojas de los árboles.
Cuando llegó a su morada, abrió la vieja puertecita de madera y encendió el candil con una rama fogosa de los árboles fatuos que crecían por allí. La ramita azulada se consumió rápidamente y el candil prendió con la misma rapidez. La chica sonrió al ver el fuego azulino que generaban las ramitas de dicho árbol durante unos breves instantes antes de tomar su color natural anaranjado.
Apartó delicadamente las enormes hojas que hacían de cortina y miró hacia la pequeña mesa que había en la única habitación. Ahí estaba un bol con su comida, como siempre le preparaba un misterioso desconocido mientras ella se bañaba y jugaba en el río.
Se digirió hacia allí, pero no se sentó, pues una ave estaba sentada en su lugar. La miró con unos enormes y tristes ojos azules. Ella sonrío y le dijo que comiese.
-Come pequeña estrella –dijo-, come.
La ave pareció sonreír y empezó a picotear de la comida, sin dejar nada. La muchacha se limitó a observarla y pudo ver como, entre su bello plumaje blanco, había un pequeño hueco vacío.
-Oh, pequeña estrella –dijo-. Tu hermoso plumaje está inacabado –dijo-. Deja que te ayude.
La muchacha cogió la pluma que había guardado en un pequeño bolsillo de sus ropajes y se la colocó en el pequeño huequecito, apenas perceptible.
La mirada de la ave recobró su alegría y miró a la joven.
-Gracias muchachita –dijo-. Gracias por tu hospitalidad y bondad –dijo-. Y gracias por tu ayuda.
La jovencita sonrió con su carita de finos rasgos y sus pequeños y blanquecinos dientes.
-Déjame devolverte el favor –dijo-. Es lo mínimo que puedo hacer.
La avecilla separó de su cuerpo una de sus bonitas y blancas alas y colocó el pelo negro y brillante de la muchacha por detrás de sus orejas, mostrando su final en punta.
-Como solamente soy una ave –dijo-, solo te puedo devolver el favor con un pequeño consejo.
-¿Y cuál es ese –preguntó la jovencita-, pequeña estrella?
-No te escondas y muéstrate tal y como eres –dijo-, pues así demostrarás a todo el mundo lo hermosa y bella que eres –dijo-. Siéntete orgullosa de tu condición y demuéstralo a todo el mundo, pues tú, pequeña estrella, eres lo más hermoso que estos ojos jamás han visto.
Entonces, la muchacha, desplegó sus alas y echó a volar, saliendo por una de las ventanas.

Al final, la jovencita despertó en su pequeña cama de hojas y musgo. Despertó con su forma normal, pero con una pequeña pluma blanca entre sus manos, el bol vacio y, su pelo negro y brillante, colocado tras sus puntiagudas orejas.


NOTA: Las repeticiones de "dijo" y el hecho de poner ave en femenino, esta hecho adrede, pues como dije, viene a ser un relato infantil y piensa que vendría a ser como si se lo contarás a alguien pequeño, como quien le narra alguno de los cuentos populares como Caperucita roja, Los tres cerditos, etc.


Espero que les haya gustado.
Si es así, ya saben que pueden comentar abajo~

¡Un saludo!