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sábado, 16 de septiembre de 2017

En medio de la oscuridad

La luna ha colisionado ante nuestros ojos y se ha difuminado en miles de partículas incapaces de ser realmente retenidas en nuestra memoria; el sol se ha apagado en un brillo de ojos muertos que resplandecen en la oscuridad ebria de noche. Si al menos, tan siquiera, estas manos temblorosas pudieran sostenerse en pie sin precipitar al vacío el primer vaso que se cruzara con ellas, quizá, al menos, las palabras saldrían de sus yemas rotas a mordiscos nerviosos.
Pero aquí no hay nada más que zozobra en una certera incertidumbre acerca de un porvenir sin por llegar. La lucha de las masas que conforman este pensamiento sin sentido ni consistencia se encarniza con el rojo de los ojos y las mejillas cansadas de llorar. Si al menos el vaso se sostuviera y se pudiera dejar quiero en la mesa mientras los dedos intentan dibujar, sin éxito, unas letras, la noche no parecería tan nocturna, pero las farolas están ahí, fijas, acusando en naranja, como si no hubiera resguardo posible en el alba.
Y el desvarío se generaliza en un malestar previo a su existencia, en una búsqueda de explicaciones que no llegan jamás.
Si al menos algo pudiera ser real, si al menos el veneno que cruza esta sangre no derramada sin parar fuera de calibre mortal, cual bala que atraviesa, sin sonido aparente, la calavera de quien yacía antes del disparo, puede que todo hubiera terminado ya. Pero aquí no hay más que tristes papeles en miedo de la oscuridad…


(Calma; en teoría la lectura debería durar hasta el minuto 1:15)

martes, 5 de mayo de 2015

La luna está bien alta, el bosque duerme y la noche se cubre / (Por debajo de un manto esponjoso)

La luna está bien alta, el bosque duerme y la noche se cubre de la mirada de las estrellas con su manto de nubes de tormenta para poder empezar a llorar por debajo de éstas. La frustración rompe el llanto en forma de relámpago y los truenos gritan por una impotencia incapaz de expresarse. La furia zarandea los brazos de los árboles, agitándolos para que golpeen y se derrumben, cayendo como meras hojas arrojadas por el viento en mitad de un oscuro invierno.
Con un vendaval que arrastra unas lágrimas convertidas en suciedad y fango, en ríos de lodo lloroso que arramblan lo poco vivo que queda para ahogarlo en su fondo incierto y pantanoso, el tiempo pasa como aquella tierra perdida en una ciénaga quemada. Las plantas bajas fueron arrasadas por una violencia desatada, y las más altas no tardaron en caer para perecer. La cólera chocó contra las ramas de la carencia y la aflicción estalló en miles de fuegos e incendios, los cuales consumieron hasta su propio oxígeno; devastando todo lo vivo.
Las raíces del subsuelo despellejado sangran y tiñen de savia la tierra encarnecida. Los anhelos y deseos convertidos en ceniza se deshacen y desvanecen al no distinguirse entre el paisaje; se disipan con la explosión de la ignición, con aquellas llamas, vientos y rayos que todo arrasaron. La calma recupera su noche y la noche recupera su silencio, pero no por debajo de aquel esponjoso manto, pues la esencia de vida sigue fluyendo por la polvareda y poco a poco todo lo llena mientras las últimas brisas ululan entre las ruinas y sombras carbonizadas donde las emociones se desencuentran fragmentadas poco antes de ser apagadas.

domingo, 3 de agosto de 2014

Cometido nocturno

Los ojos de Dante centelleaban de emoción ante el espectáculo nocturno que presenciaban: miles de puntos brillantes corrían por el cielo, fugaces y fugitivos del firmamento. La luna, en su blanco esplendor, se reflejaba en el cristal de la ventana e iluminaba su habitáculo. Pero un ruido a sus espaldas quitó al muchacho de su ensimismamiento. Su madre entró en el momento justo que volvió a tumbarse en su camastro y, con los ojos entrecerrados, observó cómo suspiraba antes de dirigirse al ventano y cerrarlo. La diversión había acabado.

Un golpe en el tejado hizo que Dante se despertase. Confuso, miró a su alrededor, cogió una de las cerillas que tenía en su mesita y prendió la mecha de la vela. No parecía haber nada raro, pero un nuevo sonido le extrañó e hizo que finalmente se levantase. Cogió la palmatoria y, tras vacilar unos segundos, salió a ese pasillo gobernado por el silencio. Sus padres parecían seguir durmiendo.
Negó con la cabeza y pensó que quizá todo era imaginado, que era un sueño. Por lo que decidió volver a su aposento, pero un tercer sonido seguido de un cuarto y un quinto acabaron por desvelarle tanto a él como a su curiosidad.
Caminó sigiloso por el corredizo y pasó por delante de las otras estancias hasta llegar a la escalera que daba a una pequeña lumbrera. Dejó la vela en una estantería y empezó a escalar, precavido con tal de no hacer ni el mínimo ruido. Abrió la claraboya y salió tras poner la vara que evitaba que se cerrara. Sus ojos, negros como la noche que se cernía sobre ellos, miraron al cielo. Pero no tenía ningún brillo, más allá del de la luna, que parecía entristecido. Frunció el ceño y miró al techo. “¿Piedras?”, pensó al verlas. “¿Cómo habrán llegado…?”. La respuesta no tardó en venir: como si granizase, diversos cantos que parecían arder caían desde los nubarrones, precipitándose al vacío para estrellarse contra el suelo y apagarse. El joven se maravilló con ese desconocido suceso pero, al alzar la vista de nuevo, su alegría fue sustituida por una mueca de preocupación: ¡las estrellas estaban cayendo!
Dante empezó a dar vueltas sobre sí mismo, contemplando esa bella pero horrenda visión. Pensaba que debía hacer algo, pero no sabía el qué. Y las rocas no tardaron en volver a caer sobre el tejado, cerrando la claraboya al golpear el palo que sostenía su marco.
En un intento desesperado de huida, el muchacho se lanzó por el lado del balcón. Pero sus pies desnudos resbalaron.
Sus manos se aferraron como pudieron a la barandilla y quedó colgando a unos cuantos metros del patio. Frente a él, una de las piedras que había caído todavía parecía refulgir. Todavía parecía albergar el fuego del firmamento en su interior. Y Dante quería ayudar, quería hacer que las estrellas volvieran a destellar. Por lo que la agarró, sin tener en cuenta que, nada más hacerlo, se precipitaría al suelo, cayendo de lado.
Un enorme dolor le penetró en el cráneo. Apenas sentía la pierna izquierda y el brazo del mismo lado lo tenía entumecido. La cabeza le daba vueltas, pero el pequeño tesoro que guardaba entre sus dedos le dio el vigor suficiente para incorporarse y encaminarse hacia el bosque que se extendía frente a él.
Cojeaba, pero eso no le importaba. Tenía que devolver aquel último aliento de estrella a su lugar. Por mucho que le pudiera costar. Así que siguió avanzando, a pesar de las punzadas que sentía por todo su cuerpo; prosiguió hacia la arboleda, temblando de frío y angustia, mientras dejaba un pequeño rastro rojizo que, gota a gota, caía de las puntas de los dedos del brazo que le había quedado inutilizado.
El muchacho se detuvo en el árbol más alto que recordaba haber trepado durante sus juegos. Respiraba con dificultad y sentía que los pulmones le iban a estallar. Un sudor gélido recorría todo su cuerpo y la vista se le nublaba por momentos. Pero debía continuar, debía seguir con tal de lograr su compromiso. Así que guardó la piedra en un bolsillo y agarró la primera rama con la mano derecha para impulsarse y empezar a ascender.
Primero la mano derecha y luego el pie de su respectivo lado, después ponía su sangradura zurda en algún tallo para usar ese brazo de gancho y se agarraba del muslo restante para poner la pierna izquierda en el primer sitio que viera. Pero según subía las ramas le arañaban en la cara y cuando debía impulsarse de un tirón con su  brazo derecho, parte de su pijama se raspaba y se hería aún más la pierna inválida.
“No puedo seguir, no puedo…”, se repitió en un susurro cuando el dolor de sus forzadas axilas le empezó a martirizar. “No puedo…”, volvió a decirse al apoyar la cabeza en el tronco. Pero el fulgor de la luna, que entre las sombrías nubes iluminaba su demacrado rostro, le dio el ímpetu que necesitaba. Le recordó por qué luchaba. Así que se aferró a la siguiente rama y, yendo a trompicones y empujones, alcanzó la copa, se deslizó entre las hojas y alzó la vista hacia el solitario astro. Sacó el canto de su bolsillo y lo levantó al cielo en su palma abierta. Pero no sucedía nada. Y tampoco sabía qué hacer.
Se quedó quieto y los minutos pasaron. Se quedó quieto y el tiempo se le hizo eterno. Y las lágrimas se abrieron paso en sus cansados ojos.
Se cuestionó si todo había sido en vano, si su esfuerzo realmente había servido de algo. Y cerró los párpados, pero la rabia líquida seguía deslizándose por sus sucias mejillas malheridas.
Apretó con fuerza la roca brillante y, tras un pequeño “crack”, sintió que su cuerpo se paralizaba mientras el corazón se le subía a la garganta. “¿Qué he hecho…? ¿Qué he hecho…?”, se reiteraba en su mente, miedoso a abrir su puño. Pero lo hecho, hecho estaba y ya no podía hacer nada. Así que separó poco a poco los dedos y vio lo que su mano contenía: burda gravilla que ya no resplandecía.
Dante sintió su interior romperse en mil fragmentos, convertirse en aquella vulgar grava sin valor. Y todo por su culpa. Todo por su única y absoluta culpa.
Miró de nuevo a la luna e intentó disculparse como pudo, pero no tenía palabras; sus cuerdas vocales le fallaban y su mente parecía que no pensaba. Pese a ello, aquella a quien servía aparentó emitir un brillo distinto. Y, como si suspirase, una brisa sopló sobre su mano para hacer que aquel polvo, que asemejaba ser de diamantes entre las nubes, centellease según surcaba el aire.
Un destello en el firmamento iluminó su mirada. Y Dante cerró los ojos. Sonrió en la comisura de sus labios resecos y, notando cómo era acariciado por el viento, dejó caer su cuerpo exhausto. Pues, al fin y al cabo, había logrado su cometido.