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domingo, 28 de agosto de 2016

«Ese mundo de cristal»

Un espejo. Dos reflejos. Cuatro luces brillando casi en el centro de la profunda oscuridad, pendientes de su imitación. Y unos dedos, pares en ambos lados, arrastrando el vaho acumulado en un vidrio agrietado en una caricia sin fin de su inverso igual.
Así es como definiría ese mundo de cristal.

martes, 23 de agosto de 2016

Mariposas de cristal

–¿Alguna vez has visto las mariposas de cristal?
–¿Las mariposas de cristal?
–Sí, esas mismas. Esas que revolotean como unas gotas de agua clara y la mismísima brisa, esas que su transparencia captura la luz durante unos breves instantes para convertirla en un centelleo frente a los ojos inexpertos, frente a aquellos que desconocen su vuelo secreto entre las ramas y la oscuridad de la sombra, entre el nacer del alba y el caer del ocaso, justo cuando los rayos se muestran perezosos, lentos, pesados, por el porvenir o por el cansancio. Esos ligeros brillos, fugaces cual chispa en el cielo, son sus alas batiéndose por un instante antes de fragmentarse tenuemente en mil grietas, grietas que se acumulan y se expanden cual raíces arbóreas y forman formas, dibujos abstractos de compleja complexión con su significado único pese a su gran dolor, pues, aunque estén cargadas de belleza, esas grietas destrozan su vidrioso cuerpo, como aquellas lágrimas que despedazan nuestro órgano interno.
Mas no por ello detienen su vuelo. Sus alas se baten en silencio, como un susurro que no llega a salir de la mente, como una confesión que se guarda en los labios hasta que éstos quedan inertes, y se desplazan firmes, seguras, pese a los fragmentos que a veces caen debido a su frágil compostura. Pues por mucho que intenten fijar sus fisuras contrayendo su cuerpo de gusano, sus alas nunca pueden dejar de moverse, ¿ya que sino qué fin tendría el poseerlas si no es para elevarse? Y es por ello que estas mariposas siguen revoloteando, pues no quieren volver a tocar el viejo suelo de antaño, solo sueñan con el cielo ansiado, con el brillo provocado y el estallido fragmentario de su cuerpo progresivamente acristalado.
Exacto, progresivamente acristalado, pues no son de cristal nada más ponerse a volar, en esos momentos únicamente poseen su transparencia; es cuando el tiempo las apremia y las grietas las inundan que su figura se torna luna invisible incapaz de distinguirse más allá de en sus fugaces fulgores. Y cuando sus alas, y su cuerpo, se tornan vidrio al completo, con todas las hendiduras que eso conlleva, ellas se extienden como nunca y se impulsan instintivamente hacia el anhelado y lejano firmamento, seguras de que será entonces cuando lograrán alcanzarlo; mas cuando el éxtasis roza sus antenas, su cuerpo se quiebra y estalla en millones de fragmentos que descienden como polvo a contraluz, volando y dispersándose en mil direcciones cual gota que colisiona. Y es entonces cuando la poca luz que quedaba guardada en su interior se esparce y diluye cual reflejo espontáneo en un hierro transitorio.


martes, 1 de julio de 2014

El hada de cristal

Su delicada y pequeña mano acarició con lentitud la frágil superficie, recorriéndola de arriba abajo. El tacto era frío, su contorno quebradizo y el material translucía. Como si se tratase de una gota de agua, una lágrima perdida en una tierna mejilla.
Las puntas de sus dedos no alcanzaron el final del recorrido; debía agacharse para continuar, pero no se molestó. Ya conocía de sobra aquella figura.
Ladeó levemente su cabeza, rozando con su puntiaguda barbilla la tela azul celeste de su vestido, y admiró con tristeza sus diminutas alas de libélula, que, como siempre, tenían un pequeño centelleo azul que brillaba cuando se movían. Además de dejar un ligero polvo que parecía refulgir mientras caía. Pero sólo se trataba de una mera ilusión; su polvo había acabado por desaparecer con el paso del tiempo y ahora, lo único que veía, era un recuerdo revivido en su cabeza.
Una sonrisa amarga se formó en la comisura de sus pequeños labios. El fulgor de sus alitas se apagaba según pasaban los días. Aunque no tenía miedo, ya no tenía miedo de lo que le pudiera ocurrir. Sabía a la perfección que tarde o temprano llegaría esta fecha y, no sin resignación, se sentía preparada para ello.
Poco a poco, como si estuviera en mitad de un ritual conocido únicamente por ella, se sentó en el suelo y miró al frente. Clavó su ensombrecida mirada en un desconocido horizonte y esperó en silencio. Un silencio en mitad de aquella creciente oscuridad que le hacía divagar entre sus malas memorias.
Malparado el día en que el viento la arrastró a ese lugar dominado por hombres de extrañas actitudes, encontrándose con aquel que la apresaría. Aquel que la apresaría para luego perderla, junto a su vida, en aquella tempestuosa tormenta marítima sin llegar a liberarla antes de la desgracia y, de esta manera, condenándola. Condenándola a hundirse junto al navío en las profundidades de aquel océano olvidado, atrapada en esa pequeña botellita de cristal que apestaba a alcohol barato, hasta que su vida, como su brillo, se apagase en un último hálito.