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miércoles, 11 de febrero de 2015

Desvaríos

Quisiera (volver a) sentir la blanca arena crujir bajo mis patas de invierno. Mas ahora sólo hay hueso, vacío de su tuétano de sentimiento, convertido en un mero desperdicio desprovisto de aquello que debería estar recubriendo según se hiela por momentos. Las carcomidas y pútridas carnes que una vez lo recubrieron se desprendieron hace tiempo, pérdidas en mitad de un trayecto sin regreso, pues los pasos fueron envueltos en fango y cubiertos por un hielo extraño que, por mucho que arañase o golpease, sólo lograba mancharlo de mi oscura sangre. Quizá fuera cierto aquello de que somos presos de nuestros caminos, aunque éstos fueran andados sin sentido. Y ahora que mi mirada se clava en la bóveda y contempla las estrellas caer sobre mi rostro para derretirse en mis mejillas, siento cómo algo grita. El problema es que sólo es el eco de una antiquísima y ya lejana dicha.

[? Manuscrito de “El vagamundos”] 

domingo, 3 de agosto de 2014

Cometido nocturno

Los ojos de Dante centelleaban de emoción ante el espectáculo nocturno que presenciaban: miles de puntos brillantes corrían por el cielo, fugaces y fugitivos del firmamento. La luna, en su blanco esplendor, se reflejaba en el cristal de la ventana e iluminaba su habitáculo. Pero un ruido a sus espaldas quitó al muchacho de su ensimismamiento. Su madre entró en el momento justo que volvió a tumbarse en su camastro y, con los ojos entrecerrados, observó cómo suspiraba antes de dirigirse al ventano y cerrarlo. La diversión había acabado.

Un golpe en el tejado hizo que Dante se despertase. Confuso, miró a su alrededor, cogió una de las cerillas que tenía en su mesita y prendió la mecha de la vela. No parecía haber nada raro, pero un nuevo sonido le extrañó e hizo que finalmente se levantase. Cogió la palmatoria y, tras vacilar unos segundos, salió a ese pasillo gobernado por el silencio. Sus padres parecían seguir durmiendo.
Negó con la cabeza y pensó que quizá todo era imaginado, que era un sueño. Por lo que decidió volver a su aposento, pero un tercer sonido seguido de un cuarto y un quinto acabaron por desvelarle tanto a él como a su curiosidad.
Caminó sigiloso por el corredizo y pasó por delante de las otras estancias hasta llegar a la escalera que daba a una pequeña lumbrera. Dejó la vela en una estantería y empezó a escalar, precavido con tal de no hacer ni el mínimo ruido. Abrió la claraboya y salió tras poner la vara que evitaba que se cerrara. Sus ojos, negros como la noche que se cernía sobre ellos, miraron al cielo. Pero no tenía ningún brillo, más allá del de la luna, que parecía entristecido. Frunció el ceño y miró al techo. “¿Piedras?”, pensó al verlas. “¿Cómo habrán llegado…?”. La respuesta no tardó en venir: como si granizase, diversos cantos que parecían arder caían desde los nubarrones, precipitándose al vacío para estrellarse contra el suelo y apagarse. El joven se maravilló con ese desconocido suceso pero, al alzar la vista de nuevo, su alegría fue sustituida por una mueca de preocupación: ¡las estrellas estaban cayendo!
Dante empezó a dar vueltas sobre sí mismo, contemplando esa bella pero horrenda visión. Pensaba que debía hacer algo, pero no sabía el qué. Y las rocas no tardaron en volver a caer sobre el tejado, cerrando la claraboya al golpear el palo que sostenía su marco.
En un intento desesperado de huida, el muchacho se lanzó por el lado del balcón. Pero sus pies desnudos resbalaron.
Sus manos se aferraron como pudieron a la barandilla y quedó colgando a unos cuantos metros del patio. Frente a él, una de las piedras que había caído todavía parecía refulgir. Todavía parecía albergar el fuego del firmamento en su interior. Y Dante quería ayudar, quería hacer que las estrellas volvieran a destellar. Por lo que la agarró, sin tener en cuenta que, nada más hacerlo, se precipitaría al suelo, cayendo de lado.
Un enorme dolor le penetró en el cráneo. Apenas sentía la pierna izquierda y el brazo del mismo lado lo tenía entumecido. La cabeza le daba vueltas, pero el pequeño tesoro que guardaba entre sus dedos le dio el vigor suficiente para incorporarse y encaminarse hacia el bosque que se extendía frente a él.
Cojeaba, pero eso no le importaba. Tenía que devolver aquel último aliento de estrella a su lugar. Por mucho que le pudiera costar. Así que siguió avanzando, a pesar de las punzadas que sentía por todo su cuerpo; prosiguió hacia la arboleda, temblando de frío y angustia, mientras dejaba un pequeño rastro rojizo que, gota a gota, caía de las puntas de los dedos del brazo que le había quedado inutilizado.
El muchacho se detuvo en el árbol más alto que recordaba haber trepado durante sus juegos. Respiraba con dificultad y sentía que los pulmones le iban a estallar. Un sudor gélido recorría todo su cuerpo y la vista se le nublaba por momentos. Pero debía continuar, debía seguir con tal de lograr su compromiso. Así que guardó la piedra en un bolsillo y agarró la primera rama con la mano derecha para impulsarse y empezar a ascender.
Primero la mano derecha y luego el pie de su respectivo lado, después ponía su sangradura zurda en algún tallo para usar ese brazo de gancho y se agarraba del muslo restante para poner la pierna izquierda en el primer sitio que viera. Pero según subía las ramas le arañaban en la cara y cuando debía impulsarse de un tirón con su  brazo derecho, parte de su pijama se raspaba y se hería aún más la pierna inválida.
“No puedo seguir, no puedo…”, se repitió en un susurro cuando el dolor de sus forzadas axilas le empezó a martirizar. “No puedo…”, volvió a decirse al apoyar la cabeza en el tronco. Pero el fulgor de la luna, que entre las sombrías nubes iluminaba su demacrado rostro, le dio el ímpetu que necesitaba. Le recordó por qué luchaba. Así que se aferró a la siguiente rama y, yendo a trompicones y empujones, alcanzó la copa, se deslizó entre las hojas y alzó la vista hacia el solitario astro. Sacó el canto de su bolsillo y lo levantó al cielo en su palma abierta. Pero no sucedía nada. Y tampoco sabía qué hacer.
Se quedó quieto y los minutos pasaron. Se quedó quieto y el tiempo se le hizo eterno. Y las lágrimas se abrieron paso en sus cansados ojos.
Se cuestionó si todo había sido en vano, si su esfuerzo realmente había servido de algo. Y cerró los párpados, pero la rabia líquida seguía deslizándose por sus sucias mejillas malheridas.
Apretó con fuerza la roca brillante y, tras un pequeño “crack”, sintió que su cuerpo se paralizaba mientras el corazón se le subía a la garganta. “¿Qué he hecho…? ¿Qué he hecho…?”, se reiteraba en su mente, miedoso a abrir su puño. Pero lo hecho, hecho estaba y ya no podía hacer nada. Así que separó poco a poco los dedos y vio lo que su mano contenía: burda gravilla que ya no resplandecía.
Dante sintió su interior romperse en mil fragmentos, convertirse en aquella vulgar grava sin valor. Y todo por su culpa. Todo por su única y absoluta culpa.
Miró de nuevo a la luna e intentó disculparse como pudo, pero no tenía palabras; sus cuerdas vocales le fallaban y su mente parecía que no pensaba. Pese a ello, aquella a quien servía aparentó emitir un brillo distinto. Y, como si suspirase, una brisa sopló sobre su mano para hacer que aquel polvo, que asemejaba ser de diamantes entre las nubes, centellease según surcaba el aire.
Un destello en el firmamento iluminó su mirada. Y Dante cerró los ojos. Sonrió en la comisura de sus labios resecos y, notando cómo era acariciado por el viento, dejó caer su cuerpo exhausto. Pues, al fin y al cabo, había logrado su cometido.

domingo, 15 de junio de 2014

Estrellas

–Dicen que cuando mueres –empezó a hablar con su pueril vocecita mientras alzaba el rostro hacia el firmamento, contemplándolo con sus labios entreabiertos–, la chispa de tus ojos desaparece para irse al cielo. Dicen que eso –Bajó la vista y observó fijamente la oscuridad que se extendía a lo largo del campo en el que nos encontrábamos sentados– son las estrellas: miradas que observan una vida que ya no disfrutarán.
Guardé silencio y ella miró al suelo. ¿Qué podía decir ante eso? ¿Qué podía decirle a esa chiquilla de ojos tristes y sin hogar que seguramente había vivido más experiencias en lo que llevaba de su corta vida que cualquier persona adulta a lo largo de su existencia? ¿Qué podía…?
–¿Pero sabes? –Rompió de nuevo el silencio, interrumpiendo mis pensamientos–. Siempre he tenido una duda.
Ladeé la cabeza y nuestras miradas se cruzaron.
–¿Dónde van a parar las chispas que se han apagado en aquellos ojos que todavía viven?

sábado, 17 de agosto de 2013

El hombre que cayó de las estrellas

¡Buenas noches queridos lectores! Esta semana he estado fuera (otra vez) y acabo de volver a casa. Así que una vez acomodado y demás, os cuelgo aquí un pequeño cuento/relato que escribí en su día y espero que disfrutéis leyéndolo.


Sintió su cuerpo frágil. Ligero, como si pudiera flotar. Pesado, como si jamás hubiera descansado. Atrapado y a la vez libre.
Una mirada vacía que observaba todo, sin ver nada. Una boca abierta, dispuesta a hablar, pero tan seca que no era capaz de pronunciar palabra alguna. Una mente brillante, rebosante de ideas, pero detenida. Como una maquina sin aceite.
Y así se mantuvo, en el suelo, como el primer resplandor en el oscuro cielo. Un resplandor que ni siquiera las miradas más curiosas y atentas pudieron percibir.
Cerró sus pesados párpados. Pero no podía dormir a pesar de sentir su cuerpo agotado. Notó como las gotas empezaron a caer sobre él, mojando su áspero cuerpo y enterrándolo bajo el barro que caía en el cráter que él mismo había provocado.
Un suspiro se escapó de sus labios. No de desolación, ni de alivio. Sino de fuga. Pues su alma abandonó su cuerpo antes de ser enterrado. Un cuerpo que había sido rechazado, por no ser como los demás.
Un cuerpo que llegó del cielo, cayendo de él. Una noche sin estrellas, pues le abandonaron a su suerte. Y buscó ayuda. Pero no, no era un hombre como los demás. Era un extraño que buscaba indicaciones tras salir de un enorme agujero provocado en un estruendo. Un ser singular, nada particular. El desconocido que resplandecía.
Y todos quisieron ese esplendor.
Así que ignorando sus peticiones, se abalanzaron hacia él. Por ser diferente, por ser especial. En mitad de tanta gente corriente, en mitad de gente normal. Pero no pudieron quitarle su luz, pues la llevaba pegada a su aura, a su alma.
Y lo echaron. A pedradas y bastonazos. Golpeado por los ignorantes mientras los demás observaban, en silencio.
Hasta que su brillo parpadeó en el aire, saliendo de su boca, de su tos.
Todos miraron al suelo, a las gotas brillantes que se apagaron al momento. Y luego miraron al ser, sonrientes, mientras prosiguieron. Golpeándolo, hasta que huyó.
Corriendo por las callejuelas, yendo al exterior. Hasta su cráter, en el que se tiró.
Y miró al cielo, incomprendido y suplicando, mientras poco a poco su luz se iba atenuando. Hasta cerrar los ojos y suspirar.
Entonces fue, cuando en el cielo, todos los individuos lo vieron. Vieron en el cielo un centelleo. El de una única estrella, solitaria, brillar.


Y bien, ¿qué os ha parecido? Espero que hayáis disfrutado de la lectura y ya sabéis que, como siempre, podéis comentar, valorar, compartir y demás aquí abajo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!