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domingo, 4 de octubre de 2015

Es octubre

Es octubre. Las noches y las lluvias pasan, como el Sol por las mañanas. Nada cambia más allá del frío, nada cambia. Las gotas empañan mis ventanas, pareciendo ese ligero y húmedo rocío que siempre posee mi alma, y mis dedos forman formas al azar en ese húmedo cristal.
Los truenos han sido las palabras más reales que he escuchado en meses. Los rayos, las ilusiones que más he creído. He pensado en ellos como todo aquello que he querido: ruido potente, belleza inminente y fuga fugaz. Sin saber cuándo volverán o si los días pasarán y pasarán hasta que alguno se digne a regresar.
Es octubre, sí, y nada cambia más allá del frío, ahora también exterior. Mis manos se entumecen, confundidas, ante la lluvia que cae y la escarcha que cubre mi interior. El hielo es profundo y quema, pero ya nada siente mi corazón. Quizá ahora sea otoño, pero dentro de mí hace tiempo que dejó de salir el Sol; el invierno eterno me rodea y mis palabras, ahora carámbanos, murieron de congelación.
Yo no sé por qué intento luchar contra esta tormenta si es lo único capaz de calmar mi cabeza, que se desespera y anhela. Las emociones, como las flores que son, hace tiempo que se marchitaron y murieron. Puede que sea octubre, pero aquí sólo es desolación; ruinas y cansancio comprimidos habitan en este cuerpo exhausto y lleno de desesperación. Quizá la música se fue hace aún más tiempo y sólo dejó este desconcierto, de notas rotas y solitarias como aquellas almas que sin rumbo vagan; como aquella Luna que el cielo todavía guarda.
Las hojas, enrojecidas, caen y se disuelven en este mar de sangre. Sus letras, no tardan en desaparecer y mueren sin ser relevantes. Pues es octubre, y nada cambia: la pesadumbre prevalece y todo termina como estas palabras.

martes, 24 de marzo de 2015

Invierno

Los árboles son grises, acordes al cielo, sus hojas hace mucho que se fueron. Cenizas, sólo cenizas blancas e impolutas, en ocasiones caen de unas nubes brunas. Las noches alargan sus garras y se aferran a la tierra mientras acechan con su fría y oscura naturaleza. Y el silencio suena en una línea recta, inmutable al frío como en una fotografía perfecta. Estático. Estático e indiferente está todo. Muerto sobre una tierra helada que todo lo degrada, donde la vida huye y se esconde, refugiándose donde puede, a excepción de unos pocos valientes, o locos, o listos, o insanos, o lobos solitarios que vagan por ese desierto congelado teñido de blanco grisáceo, dejando unas sucias huellas a su paso, como si buscaran algo. Algo perdido y olvidado. Quizá esos colores extraviados. Pero ni siquiera los pájaros se atreven a piar sobre eso. Sólo el silencio les acompaña a lo lejos, para acallarlos también a ellos y borrar, con el tiempo, aquellas marcas que dejaron sobre el gélido suelo.
Los árboles son grises, acordes al cielo, y sus hojas, como todo lo vivo, hace mucho que se fueron.

domingo, 19 de octubre de 2014

Profundidad

“El pomo estaba helado y un escalofrío recorrió mi cuerpo, gritándome que no entrase, pero antes de poder pensar con claridad mi mano giró el picaporte y la puerta se abrió.
La habitación estaba sumida en la oscuridad, como si ésta fuera el material de sus paredes y muebles. Diminutas partículas de polvo bailaban frente a mis ojos en el pequeño sendero lumínico que brindaba la ranura de la entrada. Intenté atraparlas, como si pudieran retener la luz en la que se encontraban, pero las manos me dolían, como si se estuvieran congelando debido al ambiente de ese lugar.
Inspiré, con dificultades, y el vahó se escapó entre mis labios antes de seguir adentrándome.
Acaricié los muebles convertidos en sombra, escuché mis pisadas que hacían crujir el suelo y alcé la mirada al techo. Perlas diminutas centelleaban con un fuego casi extinto, muriendo en aquel cielo pintado de noche.
Los pasos seguían avante y mi cuerpo tropezó con un escritorio, tirando las cosas al suelo. Clac, clac, clac. Mi mano pulsó botones de una maquina de hierro al tantear sobre la mesa y luego tiró de una cuerdecilla; la luz se hizo un momento, permitiéndome ver las hojas esparcidas por el suelo (la mayoría en blanco, algunas de garabateadas y otras llenas de palabras), y estalló.
Moví los brazos intentando apartar los miles de puntos luminosos que aparecieron en la habitación, pero era inútil; el flash me había cegado. Así que cerré los ojos y noté cómo el lugar empequeñecía y empequeñecía, ahogándome.
No aguanté más y volví a abrir los párpados. Ahora mis pupilas parecían haberse adaptado a aquella negrura. Distinguían las siluetas donde antes no había más que una nada negra.
Pero la puerta ya no se veía.
Un sudor frío recorrió mi nuca, mi vello se erizó y las manos empezaron a temblar. Un nerviosismo creciente se iba apoderando de mi interior, abriéndose paso hacia el exterior según apartaba mis entrañas como un ser que excava con sus garras para llegar a una superficie incierta pero deseada.
Un pisotón en el suelo pareció detenerlo. Gruñendo.
Ladeé la cabeza y dudé entre seguir adelante o buscar aquella puerta extraviada. Aunque, más bien, fuera yo quien lo hubiera hecho. Vacilé en volver, pero lo desconocido me llamaba y yo no podía ignorar sus reclamos silenciosos.”



[1er Manuscrito de “El vagamundos”]

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El océano de la mente

¡Buenas noches, queridos lectores! Sé que no suelo hacer más de una entrada por semana, pero esta es diferente al resto. Hoy os expondré un relato que escribí en el tren (es la segunda vez que escribo en un sitio público) y la verdad es que lo hago con la esperanza de recibir algún comentario acerca del resultado. Pero bueno, aquí os dejo con la lectura, la cual espero que disfrutéis.


Una marea en calma residiendo dentro de un único individuo dejándose llevar por las suaves y tranquilas olas de ésta. Dejándose llevar por el sosiego del recuerdo de la brisa acariciando su suave piel y alborotando ligeramente su pelo. Dejándose llevar por la blanca espuma que se produce en su pensamiento y lo arrastra poco a poco agua adentro, hasta sumergirlo por completo. Hasta zambullirle totalmente en las profundidades abismales de aquel océano.
Y, él, como si se tratase de un cuerpo inerte carente de vida, se deja llevar cual a títere.
Escucha las burbujas de oxígeno, cargadas de existencia y memorias, escaparse de su nariz y no de su cosida y acallada (desde hace años) boca.
Ve como esas transparentes pompas huyen hacia la luz, sin poder hacer nada, pues pese a intentar atraparlas, él se hunde cada vez más. Rozándolas levemente con la yema de sus dedos antes de perderlas para siempre.
Y la oscuridad lo envuelve más y más, quedando sumergido en una noche eterna. Una noche eternamente fría y desprovista de sensaciones, desprovista de sentido.
Notando entonces, en ese preciso instante, cómo se ahoga.
Provocándole desear, desde lo más profundo de su ser, una mano a la que aferrarse con tal de salir de allí y volver a la orilla. Una orilla en la que pueda recobrar el aire que le falta e impregnarlo de nuevos recuerdos.


¿Qué os ha parecido? La verdad es que me gustaría saberlo, por lo que todo comentario (como siempre) será bien recibido. Y ya sabéis que podéis opinar y valorar como veáis más oportuno, además de compartirlo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima! 

lunes, 21 de octubre de 2013

"El mejor plan del mundo"

¡Buenas tardes, queridos lectores! Hoy os traigo un relato que he escrito a través de un pequeño reto que he pedido por Twitter. Las palabras claves han sido "Asesinato, amor, inteligencia, frío y carcajadas" (como bien indica este tweet), así que de eso ha tratado el relato. Pero el escrito me ha generado dos posibles finales: uno de no ficción y otro de ficción/fantasía. Aunque al no decidirme por cuál de ambos dejar, he decidido por una vez subir un relato con dos posibles finales y que vosotros, lectores, os quedéis con el que más os guste. Dicho esto, os dejo con el relato.


Una carcajada rompió el silencio de esa oscura noche de invierno. El frío helaba sus desnudos dedos y su enrojecida nariz. Se relamía los labios para humedecerlos, pero eso sólo provocaba que se agrietasen más. Y, tras otra carcajada, la comisura de estos se partió levemente. Pero ya nada le importaba.
Miro al suelo, iluminando con su farol la blanquecina nieve salpicada de rojo, y ladeó la cabeza.
Se agachó, poniéndose de cuclillas, y apartó los rizos de oro de su cara. Era tan bella. Parecía que durmiese, como otras veces la había visto en su cama, tras amarse apasionadamente. Pero él sabía perfectamente que ya no era así. No dormía. O al menos no como todo el mundo suele entender el hecho de dormir.
Chasqueó con la lengua a modo de negativa.
-Si hubieras sido más buena –empezó a reprocharle en un susurro en su oreja mientras el vaho se escapaba de sus rasgados labios y volvía a lamerlos-. Si hubieras sido más buena, quizá ahora vivirías –ladeó la cabeza y miró directamente sus párpados cerrados-. Yo te quería. Y lo sabías. Pero tú me obligaste –suspiró sobre su pálido cuello-. No quería llegar a esto. Deberías haber sido más buena. Debiste haber sido más buena…
Se levantó y se río tristemente para luego negar con la cabeza y murmurar la palabra “mujeres…”.
Clavó en el suelo la pala, con la que momentos antes había golpeado su cabeza para dejarla inconsciente y que no sufriera por el disparo directo a su pecho, y empezó a cavar. Tenía toda la noche, pues no eran ni siquiera las once.
Notaba como su sudor rociaba su piel por el esfuerzo. No estaba demasiado acostumbrado a los esfuerzos físicos continuos y eso le costaría unas agujetas durante una semana. Pero él estaba alegre. “El mejor plan del mundo”, se había dicho muchas veces antes de llevarlo a cabo.
-Te lo di todo –empezó a hablar, desahogando parte de su ira-. No tenías nada. Ni a nadie. Y yo te lo di todo –le echó en cara mientras clavaba con más fuerza la pala en el suelo congelado-. Un trabajo, un hogar, incluso una familia que te apreciaba. Y tú, desagradecida, así me lo pagaste –salió del hoyo y miró de nuevo el cadáver-. Pero tranquila, nadie notará tu ausencia. Porque eras una don nadie.
Cogió el cuerpo por los pies y lo arrastró al agujero, arrojándolo con cuidado. Miró de nuevo su cara y acercó su boca a sus labios. Besándolos por última vez.
-Yo te quería. Y lo sabías. Pero tú me obligaste –besó su mejilla-. No quería llegar a esto. Deberías haber sido más buena –besó su cuello-. Debiste haber sido más buena. Y quizá ahora vivirías…
Juntó su frente con la suya y cerró los ojos, despidiéndose en su mente de ella.

Final 1 (no-ficción):
Salió del foso y empezó a cubrir el cuerpo con la tierra sacada previamente junto a la nieve. Una vez cubierto, cogió la luz e iluminó el segundo cuerpo.
-Y a ver qué cojones hago ahora yo con este perro –dijo mirando con rabia a un joven castaño. 

Final 2 (ficción):
Un dolor punzante atravesó su cuello mientras sus ojos se abrían como platos y se ponían en blanco mientras su boca intentaba gritar auxilio sin salirle ningún sonido.
En cuestión de segundos cayó de lado, justo en el agujero donde debía estar la joven, quien ahora se encontraba firme limpiando su boca llena de sangre.
-Lo siento, querido –dijo con una voz dulce-. Yo también te quería, pero en este amor debes permitirme algún que otro capricho… o te convertirás en mero ganado.
Sonrió melancólicamente y salió del hoyo con la ayuda de otra mano. La de su amante al que su recién ex-novio también creyó haber matado. 


¿Y bien?, ¿qué final os ha gustado más, el primero o el segundo? Ya sabéis de más que aquí abajo podéis comentar sin problemas lo que creáis conveniente, expresando vuestra opinión, además de valorarlo, compartirlo y demás.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las garras de la mente

¡Buenas noches, queridos lectores! ¿Cómo van los últimos exámenes? Espero que todo bien, tanto los de Selectividad como los de recuperación. Pero bueno, hoy os traigo un nuevo relato que escribí hace poco y casi que se podría decir que es "recién salido del horno". Aún así, espero que disfrutéis con la lectura.


Corría y corría. No sabía hacia donde, ni siquiera tenía claro el motivo cuando cambiaba de dirección. Lo único importante era correr. Correr antes de ser alcanzado. Antes de ser atrapado.
Las ramas de los árboles arañaban mi cara y mis ropajes. Los arbustos los destrozaban y me causaban cortes. Pero no podía detenerme. Debía correr. Correr y no parar bajo ninguna condición.
El agotamiento pesaba en todo mi cuerpo, pero la adrenalina y el miedo de lo que me perseguía le obligaban a continuar y no mirar atrás. No podía mirar atrás, porque si lo hacía… ya sería demasiado tarde.
Di un salto, cayendo por una colina rodando. Me levanté de inmediato y seguí hacia adelante. Viendo el sol a lo lejos, ocultándose tras las enormes montañas que escondían infinitas ciudades y maravillas entre sus valles y sus cimas. Haciendo que la sombra se me cerniera tanto por detrás como por delante. Que me rodease hasta ocultarme.
Grité que no lo hiciera, que no se fuera. No debía hacerlo, no podía hacérmelo. No, no y no. Por nada del mundo. No podía dejarme aquí en medio, abandonado, sin faro alguno que me guiase.
Escuché un cuchicheo a mis espaldas, cercano y frívolo. Mierda, ¡mierda! Me había detenido sin darme cuenta al ver mi única esperanza desaparecer delante de mis narices. Emprendí de nuevo la marcha, pero sabía perfectamente que ya no serviría de nada. Me atraparía y no podría huir. No podría escapar de sus frías garras y haría conmigo lo que quisiera. Formaría parte de mí, aferrándose hasta lo más profundo de mi alma. Y todo por mi culpa y desesperanza.
Una sonrisa de formó en la comisura de mis labios y una sonora carcajada salió de ellos. Una risa tan profunda que parecía provenir desde las mismísimas entrañas de mi ser mientras abría los ojos como platos y miraba al frente.
Me había atrapado, sí. Me había atrapado y me envolvía. Me dijeron que no debía dejar que eso ocurriese. ¡Pero necios quienes lo dijeron! ¡No querían que viera una nueva visión de la realidad! Una visión nueva, plena y llena de cosas que cualquier otro no hubiera ni podido imaginar.
Pues lo que vosotros nombrasteis como locura, a mí se me presentó como una visión mucho más perfecta de la realidad. Donde las emociones son más fuertes e intensas. Donde todo cobra distintos sentidos y significados. Donde nunca nada está mal porque no existe el bien. Y todo con una única sinfonía: una risa continuada que nunca se apaga.


¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Espero que así sea y que el título no diera demasiadas pistas sobre lo que trataba el relato. Aún así, ya sabéis que aquí abajo podéis comentar, valorar, opinar, compartir y lo que vosotros creáis conveniente.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tengo frío...

¡Buenos días queridos lectores! El verano empieza a acabar, pero eso no es motivo por dejar el blog de lado sin ninguna fuerza mayor de por medio, así que aquí os dejo otro relato que escribí hace tiempo, el cual espero que disfrutéis con su lectura.


Oh, blanquecina y suave mano, que repasa el contorno mi rostro con sus finos dedos, guiándome a alzarlo, a mirar hacia arriba, con la punta de sus huesudas falanges.
Oh, finas y frías caricias que recorren mi cuerpo, erizando mi vello, poniendo mi piel de gallina por dicho tacto, por tal sensación que envuelve mi cuerpo. Una sensación que emana desde lo más profundo de mi ser. Reconfortante pero a la vez solitaria.
Oh, dueña de dichos mimos, ¿por qué me incita a elevar mi semblante si no quiere que vea todavía el suyo? ¿Por qué repasa mis mejillas con sus afiladas puntas, como si de lágrimas cayendo por éstas se trataran?
Pero no, no pare. Continúe, por favor, continúe.
Necesito que siga con sus dulces carantoñas y cánticos que endulzan mis oídos en un susurro apenas perceptible. Necesito que me hable, en murmullos, calmándome a pesar de las palabras inquietantes que sus labios descarnados sueltan.
Oh, prosiga con su labor, dulce dama que me trata como su hijo, como su amante, a pesar de ser casi desconocidos. Quédese aquí, conmigo.
Porque, a pesar de que todo esté oscuro, como si mis ojos estuvieran cerrados, soy capaz de ver su preciada mano con total claridad.
Pero hace mucho frío, amada señora. ¿Por qué hace tanto frío? Parece que todo mi alrededor estuviera gélido. Como si todo el calor, que parecía provenir de mi cuerpo, hubiera desaparecido.
Oh, la necesito, la necesito tanto. Necesito que esté aquí, a mi lado.
Y se lo suplico, déjeme ver su pálida faz, déjeme besarla. Por favor.
Pero no, acompáñeme al menos hasta el final. No, no se vaya.
Oh, no, por favor no. No aparte su oscuro velo de mi cuerpo, pues éste me abriga y reconforta del frío. A pesar de la sentencia que conlleva.


¿Y bien? ¿Os ha gustado y/o habéis podido entender sin problemas el significado del relato? Espero que sí. Además, ya sabéis que podéis comentar, valorar, compartir y demás aquí abajo sin ninguna clase de problema.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!