Mostrando entradas con la etiqueta piano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta piano. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2016

Frustración (musical)

La frustración de ver unas teclas sonar y querer tocarlas, soñar con tocarlas, pero ver las manos incapacitadas para ese don, para esa magia sonora que embriaga el oído a través de pequeñas pulsaciones sobre piezas blancas y negras, como un ajedrez que ha caído vertical y se ha convertido en instrumento, más allá de su lógica y función.
El cansancio y la mirada fatigada de escuchar la melodía ansiada, tocada por otras manos, acariciada por otros dedos, sentida por unas yemas ajenas al propio cuerpo, se incrementan. Y el oído intenta reconfortar, evitar estas sensaciones al suspirar en su cabeza, como si realmente pudiera lograrlo. Pero ya se sabe de antemano que su intento es en vano.
Los párpados se cierran, agotados, y la espalda se echa para atrás, cayendo hasta sentir alguna superficie blanda, mientras las notas siguen sonando. Y siguen sonando. Remarcando a cada paso, a cada dedo, a cada pulsación, que aquel deseo no podrá ser satisfecho, que aquel deseo se unirá al gran lote de deshechos, a ese peso que no se reduce por muchos suspiros que produzca. Y el sueño al final hace mella y la sonrisa se torna más amarga ante su presencia, mas no se opone a su propósito y, con los ojos húmedos bajo los párpados, deja que, para variar, venga la insonora oscuridad.

domingo, 1 de marzo de 2015

Y las teclas vuelven a sonar...

Y las teclas vuelven a sonar en su cabeza. Como si tras un largo invierno floreciera alguna cosa, aunque sea una música suave pero pesada, llena de nostalgia a pesar de su delicadeza y fragilidad, como una rosa de cristal manchada con un par de lágrimas rojas que se deslizan por su copa. Las teclas vuelven a sonar.
Los dedos que ve tras sus párpados cerrados acarician el blanco y negro de su mundo, lleno de tinta y papel, aportándole una melodía que hacía demasiado que no siente. Aunque esa música no le sea del todo agradable, aunque esa música en verdad lo desgarre. Pero ahí está, dentro de su coraza, floreciendo como una primavera otoñal. Unas estaciones sin colores a pesar de ser las que la realidad más les brinde. Unas estaciones todavía detenidas en el tiempo invernal que hay dentro de esa bola de cristal. Quizá lo único que le falte entonces sea el calor, un verano cálido que derrita el hielo y permita que primavera y otoño se fundan en uno en lugar de quedarse atrapados bajo unos grises muros aéreos. Pero esa calidez no llega y la tormenta sigue haciendo acto de presencia.
La música suena y, aunque sólo sea en su cabeza, sus oídos la captan a la primera, empapándose de ella como si fuera la lluvia de una tormenta de primavera. ¿Acaso esa melodía estará transformando todo aquello que se encuentra encerrado?, ¿o simplemente será otro intento en vano de un violento desgarro destinado al fracaso? No lo sabe, pero pese a ello sigue y con los ojos cerrados sonríe nostálgicamente. Quizá, pese a todo, ese paisaje modificado le aporte alguna cosa nueva, sea mala o fructuosa, pero algo insólito con lo que pueda iluminar un poco esa oscuridad que se cierne sobre su cabeza grisácea. Algo nuevo con lo que poder mostrar un poco esa oscuridad que siempre le acompaña como una sombra nocturna.
Y las teclas vuelven a resonar en su cabeza, como si tras un largo invierno alguna cosa floreciera en ese mundo que espera, que espera a que algo ocurra aunque sea una locura; pues para ello necesita que el tiempo transcurra y el suyo se encuentra detenido, como un reloj marchito. Pero aun así la espera prosigue, aunque sea porque es lo único que tiene. Espera, paciente, a ver qué es lo que ocurre. Y piensa en las teclas. Siempre teclas. Tanto para la escritura como para la música. Teclas, papeles y manchas negras que se rompen y estallan en su mente como fuegos artificiales que no hacen colores. Como fuegos artificiales que, por lo menos, prenden emociones. Aunque éstas acaben dispersándose. Pero logran que la vista se alce y que ésta observe aquellos centelleos que ofrece la noche estrellada, permite contemplar una belleza lejana que le recuerda a todas aquellas pérdidas que siempre añora. A todo aquello que, por mucho que alargue la mano, nunca alcanza. Imágenes etéreas que se difuminan en la lejanía, como los recuerdos hacen en la memoria misma.
Y espera, espera y espera mientras las teclas resuenan otra vez en su cabeza.

viernes, 7 de marzo de 2014

Acordes de sudor

Lento movimiento de dedos, acompasados y perfectamente coordinados, yendo uno detrás de otro como quien toca una pieza en el piano, acariciando las teclas una por una, deslizando la yema de los dedos por ellas, con el roce necesario para provocar que la melodía, procedente de sus entrañas, se escape suave. Delicada y tiernamente, como la carne de blanco marfil que tiembla nerviosa, impaciente por ser tomada con esa sensualidad armoniosa.
Vello erizado en la piel, sintiendo distintas tonalidades invadiendo tus oídos para incitarte, provocarte a continuar ese placentero baile pasional, esa contienda anímica que deseas que nunca tenga final. Procurando alargarla hasta la eternidad, hasta el fin de los días, donde el cielo se rompa y caigan las estrellas del placer, sintiendo el desaparecer y gozando con todo ello, unánime. Conforme al absoluto decaer, correspondiendo a ese trance cercano a la muerte.
Punzadas, dentelladas y sudor recorriéndote la tez. Moviendo los hombros cargados para librarte de aquel peso aferrado con sus sanguinolentos dientes. Embistiendo adelante para satisfacerte con la música que sale de sus cuerdas vocales, rotas en aullidos de deleite. Rodeando su figura con tus brazos, estrechándola contra la tuya y apretando con fuerza tus manos, buscando inmortalizar esa continua fruición, como las notas grabadas en tu mente que reviven entre las cuerdas en plena vibración. Esa unión momentánea pero perpetua en el recuerdo, en vuestras cabezas bien secreto. Pues ambos amantes resultáis ser infieles; uno a su duque y otro a su pianoforte.