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miércoles, 23 de marzo de 2016

Frustración (musical)

La frustración de ver unas teclas sonar y querer tocarlas, soñar con tocarlas, pero ver las manos incapacitadas para ese don, para esa magia sonora que embriaga el oído a través de pequeñas pulsaciones sobre piezas blancas y negras, como un ajedrez que ha caído vertical y se ha convertido en instrumento, más allá de su lógica y función.
El cansancio y la mirada fatigada de escuchar la melodía ansiada, tocada por otras manos, acariciada por otros dedos, sentida por unas yemas ajenas al propio cuerpo, se incrementan. Y el oído intenta reconfortar, evitar estas sensaciones al suspirar en su cabeza, como si realmente pudiera lograrlo. Pero ya se sabe de antemano que su intento es en vano.
Los párpados se cierran, agotados, y la espalda se echa para atrás, cayendo hasta sentir alguna superficie blanda, mientras las notas siguen sonando. Y siguen sonando. Remarcando a cada paso, a cada dedo, a cada pulsación, que aquel deseo no podrá ser satisfecho, que aquel deseo se unirá al gran lote de deshechos, a ese peso que no se reduce por muchos suspiros que produzca. Y el sueño al final hace mella y la sonrisa se torna más amarga ante su presencia, mas no se opone a su propósito y, con los ojos húmedos bajo los párpados, deja que, para variar, venga la insonora oscuridad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El Séptimo Arte

En referencia a Dante no concibo otra cosa que la música y todo el esplendor que posee para dominar y manipular todas las otras artes, creando algo único en cada mente.
Pero toda palabra se queda corta para esta maravilla, pues pasarla a letras, definirla, es un acto que conlleva demasiada valentía y que muy fácilmente puede caer en el error.
Por ello es mejor el silencio literario y que suenen las notas con su natural e irrepetible fervor. Pues ninguna otra cosa, más que ella misma, logrará pincelarla mejor.



domingo, 1 de marzo de 2015

Y las teclas vuelven a sonar...

Y las teclas vuelven a sonar en su cabeza. Como si tras un largo invierno floreciera alguna cosa, aunque sea una música suave pero pesada, llena de nostalgia a pesar de su delicadeza y fragilidad, como una rosa de cristal manchada con un par de lágrimas rojas que se deslizan por su copa. Las teclas vuelven a sonar.
Los dedos que ve tras sus párpados cerrados acarician el blanco y negro de su mundo, lleno de tinta y papel, aportándole una melodía que hacía demasiado que no siente. Aunque esa música no le sea del todo agradable, aunque esa música en verdad lo desgarre. Pero ahí está, dentro de su coraza, floreciendo como una primavera otoñal. Unas estaciones sin colores a pesar de ser las que la realidad más les brinde. Unas estaciones todavía detenidas en el tiempo invernal que hay dentro de esa bola de cristal. Quizá lo único que le falte entonces sea el calor, un verano cálido que derrita el hielo y permita que primavera y otoño se fundan en uno en lugar de quedarse atrapados bajo unos grises muros aéreos. Pero esa calidez no llega y la tormenta sigue haciendo acto de presencia.
La música suena y, aunque sólo sea en su cabeza, sus oídos la captan a la primera, empapándose de ella como si fuera la lluvia de una tormenta de primavera. ¿Acaso esa melodía estará transformando todo aquello que se encuentra encerrado?, ¿o simplemente será otro intento en vano de un violento desgarro destinado al fracaso? No lo sabe, pero pese a ello sigue y con los ojos cerrados sonríe nostálgicamente. Quizá, pese a todo, ese paisaje modificado le aporte alguna cosa nueva, sea mala o fructuosa, pero algo insólito con lo que pueda iluminar un poco esa oscuridad que se cierne sobre su cabeza grisácea. Algo nuevo con lo que poder mostrar un poco esa oscuridad que siempre le acompaña como una sombra nocturna.
Y las teclas vuelven a resonar en su cabeza, como si tras un largo invierno alguna cosa floreciera en ese mundo que espera, que espera a que algo ocurra aunque sea una locura; pues para ello necesita que el tiempo transcurra y el suyo se encuentra detenido, como un reloj marchito. Pero aun así la espera prosigue, aunque sea porque es lo único que tiene. Espera, paciente, a ver qué es lo que ocurre. Y piensa en las teclas. Siempre teclas. Tanto para la escritura como para la música. Teclas, papeles y manchas negras que se rompen y estallan en su mente como fuegos artificiales que no hacen colores. Como fuegos artificiales que, por lo menos, prenden emociones. Aunque éstas acaben dispersándose. Pero logran que la vista se alce y que ésta observe aquellos centelleos que ofrece la noche estrellada, permite contemplar una belleza lejana que le recuerda a todas aquellas pérdidas que siempre añora. A todo aquello que, por mucho que alargue la mano, nunca alcanza. Imágenes etéreas que se difuminan en la lejanía, como los recuerdos hacen en la memoria misma.
Y espera, espera y espera mientras las teclas resuenan otra vez en su cabeza.

viernes, 7 de marzo de 2014

Acordes de sudor

Lento movimiento de dedos, acompasados y perfectamente coordinados, yendo uno detrás de otro como quien toca una pieza en el piano, acariciando las teclas una por una, deslizando la yema de los dedos por ellas, con el roce necesario para provocar que la melodía, procedente de sus entrañas, se escape suave. Delicada y tiernamente, como la carne de blanco marfil que tiembla nerviosa, impaciente por ser tomada con esa sensualidad armoniosa.
Vello erizado en la piel, sintiendo distintas tonalidades invadiendo tus oídos para incitarte, provocarte a continuar ese placentero baile pasional, esa contienda anímica que deseas que nunca tenga final. Procurando alargarla hasta la eternidad, hasta el fin de los días, donde el cielo se rompa y caigan las estrellas del placer, sintiendo el desaparecer y gozando con todo ello, unánime. Conforme al absoluto decaer, correspondiendo a ese trance cercano a la muerte.
Punzadas, dentelladas y sudor recorriéndote la tez. Moviendo los hombros cargados para librarte de aquel peso aferrado con sus sanguinolentos dientes. Embistiendo adelante para satisfacerte con la música que sale de sus cuerdas vocales, rotas en aullidos de deleite. Rodeando su figura con tus brazos, estrechándola contra la tuya y apretando con fuerza tus manos, buscando inmortalizar esa continua fruición, como las notas grabadas en tu mente que reviven entre las cuerdas en plena vibración. Esa unión momentánea pero perpetua en el recuerdo, en vuestras cabezas bien secreto. Pues ambos amantes resultáis ser infieles; uno a su duque y otro a su pianoforte.

jueves, 17 de octubre de 2013

Música

¡Buenas noches, queridos lectores! Hoy os traigo un relato dedicado a lo que indica el propio título de la narración y, conociendo que hay un considerable número de músicos que leen mis relatos, espero que el escrito sea de su agrado. Así que no me demoraré más y ya os lo dejo aquí.


Suave caricia en la cabeza, filtrada a través de los oídos, que empapa tu cerebro de pequeñas gotas que van recorriéndolo por cada uno de sus rincones. Despacio, impregnando su sabor incluso en los más recónditos recovecos.
Susurros en un viento que resuena ululando en cuanto cierras los párpados. Una brisa interna que se filtra por todo tu ser, erizándote poco a poco el vello, provocándote sensaciones que sin su empuje jamás creerías sentir.
Experimentando un efecto totalmente nuevo y único según se acompañan y perfilan las notas, una tras de otra.
Escuchas, dejando la mente en blanco, dejando de cavilar. Solamente oyes, percibes y dejas que tu mente se filtre a través de cada sonido, entremezclándose con todos ellos. Sintiéndolos suyos mientras ellos, a la inversa, la cautivan haciéndola soñar cosas completamente extraordinarias y fantásticas. Cosas que en un principio parecían inimaginables.
Un pequeño oleaje se acumula en tu interior y, el cuerpo, incauto e inconsciente, lo estimula oscilándose de una manera casi imperceptible.
El ritmo aumenta, se intensifica, y la negrura de tu cabeza cobra más tonalidades y colores. Más formas y movimientos. Hasta crear un paraje completo alrededor de ti, pues también te dibujas en él.
Avanzas, sintiendo una extraña e inexplicable emoción hacia todo. Recorres cada camino trazado y sin explorar. E investigas más allá de lo que nunca irías si no fuera por esa melodía que suena de fondo en mitad de esa aventura.
Hasta que cesa. Y todo desaparece con ella.
Abres los ojos y encuentras una terrible exaltación dentro de ti por lo vivido, aunque al mismo tiempo también descubres la desilusión por el hecho de haberlo perdido. Y observas al músico con su instrumento, quien ha precisado cada uno de los detalles que has recorrido, a pesar de que aparenta no ser consciente de ello.
Sonríes levemente y te parece que asiente unos momentos antes de que empiece a tocar la pieza nuevamente mientras tú, sintiendo una extraña emoción crecer, cierras de nuevo los ojos para sumergirte otra vez en el mundo que tu mente te ofrece. Pese a saber que no será lo mismo que has vivido anteriormente.
Pero la novedad y lo desconocido te atrae de manera significante.
Haciendo que, aún así, te resulte totalmente excitante.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado o, incluso, se ha dado el caso de que alguien experimente la música de una manera similar a la detallada en la historia? Ya sabéis que podéis comentar, valorar, opinar, compartir y demás aquí abajo sin ningún tipo de problemas y toda opinión siempre será bienvenida, además de que si hay alguna duda, se intentará aclarar.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 1 de mayo de 2013

Dolor de cabeza

¡Buenas noches, queridos lectores!
Espero que habéis disfrutado del día de hoy o lo hayáis aprovechado bien. Hoy, como en mi caso ha sido un dolor de cabeza constante, un no parar, he decidido dedicarle a este "bendito" estar un relato. Espero que os guste y disfrutéis con la lectura.


La cabalgata de las Valkirias de Wagner de fondo. Una marcha militar con pasos firmes y pesados, marcando cada pisada en el duro suelo que resuena por las calles. Un eco seco que se va incrementando según se aleja del lugar de la marcha. Disparos de fondo según la música aumenta de intensidad. Primero pistolas, luego escopetas, finalmente cañones. Y más pasos.
Una breve calma. Algo ascendiendo al cielo. Una explosión. La prosigue otra y otra a continuación. Un sinfín de explosiones en el cielo de diversos colores. Cohetes. Y los pasos vuelven, bien firmes por encima el andén.
Una última pisada. Golpean con la culata del rifle el suelo. Hacen maniobras con éste. Haciendo el mayor ruido posible mientras las explosiones prosiguen, tanto en el cielo como a las afueras. Tanto por los petardos como por los cañonazos.
Y de repente un silencio sepulcral.
Ruido de motores. Hélices de aviones. Cada vez más cercanos. Sonido de sorpresa mirando al cielo. El zumbido de los propulsores se escucha con mayor claridad. Aviones navegando el azulado cielo, de aquí para allá. Dejando rastros de humo blanco, luego de colores, para finalmente pasar un avión más grande que los demás, haciendo un mayor estruendo.
Abre las compuertas de su “estómago” y la suelta.
Otro silencio. Precedido de gritos. Los soldados firmes, dando sus pasos entre los gritos y los cañonazos. Una enorme explosión en el centro del lugar.
Y luego silencio.
Mucho silencio.
Hasta que vienen, finalmente, los compañeros del primer avión y empiezan con el bombardeo. Uno tras otro. Uno tras otro. Soltando bombas y más bombas. Sin parar. Mientras sigue sonando La cabalgata de las Valkirias de Wagner.
Y así, amigos, es cómo está mi cabeza.



Creí oportuno dejaros La cabalgata de las Valkirias de Wagner en la entrada para quien no conociera la sinfonía o no recordase exactamente cual es. Pero bueno, ya sabéis que podéis opinar, valorar y demás aquí abajo. Y añado, como nota, que lo acabo de escribir ahora mismo, así que es otro de esos relatos instantáneos. Me atrevería a decir que, en esta ocasión, sin ni siquiera una revisión previa antes de subirlo al blog. Así que bueno, a ver que os parece.


   ¡Un saludo y hasta la próxima!