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jueves, 24 de agosto de 2017

Efialtes lloraba

Escuchaste las olas del mar rompiéndose en un vacío sideral, abisal, que se perdía en la oscuridad de la noche sin fin, y tus ojos no pudieron apartarse ya más de ese oleaje, de ese ir y venir, entre los cuales, tú, Efialtes, empezaste a suspirar frente a una espera desconocida, frente a la búsqueda de la llegada de aquello que desconocías, como si, algún día, pudieras identificar la ola correcta. Como si, algún día, ésta al fin llegase y no te hallase muerta.
La playa, perdida de arena, extraviada en la negrura perenne, envolvía tus pies y abrazaba, como podía, las partes del cuerpo que le dejabas mientras tus dedos jugueteaban con su composición, con esa ceniza quemada -sin arder- bajo el oculto Sol. El viento ha huido y los susurros de la brisa solo recorren tu cabeza y tu vello que, entre escalofríos, se eriza según tu mirada, enorme, sigue fija en ese punto invisible que divide el negror en dos. La luz se ha filtrado en tu corazón y no sabes cómo -ni cuándo- sucedió. Mas lo tomas como algo malo, algo marchito, que calcina todo lo pensado, todo lo escrito, y lo ocultas, en el frío, procurando que pase desapercibido para quienes, con una cerilla, procuran encontrar el camino para morar en ese hueco que, pese a su bombeo, aparenta estar vacío.

La noche se posó en tus ojos, Efialtes, la noche se posó en ellos y los tornó de su color, convirtiendo tu mirar, y tu pupila, en su efigie. El negror se ocultó bajo tu rostro y tus comisuras, rasgadas, dejaron ver su voluntad cuando éstas no sonreían, sinceras, frente a la realidad. Y la lucha interna por esas luces apagadas que soplaban las pequeñas llamas de las velas terminó aislando aquel brillo que, desesperado, buscaba un centelleo al que aferrar todos sus deseos y anhelos antes de que éstos terminasen convertidos en exhalación sin fuerza ni cuerpo, aire arrastrado por unos labios descompuestos.

Mas, pese a ello, pese a esa oscuridad, a esa tiniebla que, cual bruma, asomaba por las grietas, la espera seguía en mitad de ese entumecimiento de manos, de esa mirada sin objetivo -pese a estar aguardando-, de ese ir y venir por parte del oleaje que, como la leve luz, brillaba espontáneamente bajo el resplandor de las lejanas estrellas que, fugazmente, caían. Pues Efialtes, en su ensimismamiento, lloraba, y ni siquiera lo sabía.
  



domingo, 5 de julio de 2015

XXIII

Los ojos pesan, cansados de tanto sentimiento, y ruegan por cerrarse de una vez a este mundo emocional que llevan encadenado dentro. Las ojeras se suman a la carga y al vacío del interior que, pese a estar hueco, es mucho más pesado que si fuera llenado con eso que tanto anhela. Y el tiempo pasa en esa mirada exhausta, abandonada, suspirante por todo aquello que nunca obtendrá como quiere.
Los minutos se alargan, las horas se eternizan y los años mortifican, flagelando ese exhausto pecho tan necesitado de correspondencias; pues no hace otra cosa que lanzar cartas en botellas a mares tempestuosos, como si eso fuera a servir para algo más allá de para perder y romper sueños y deseos en miles de fragmentos que cortan como ese cristal roto que contenía aquel triste papel mal garabateado, ahora hundido y ahogado, gritando en burbujas bajo el océano.
El viento sopla, acaricia mi cabeza y la mirada se difumina. ¿Por qué las lágrimas se agarran a los párpados y se asoman? ¿De veras añoro tanto esos recuerdos de tacto y olfato?, ¿de veras añoro tanto los sabores del tiempo pasado? Pues es lo que noto en mis pupilas, que ahora sólo ven el mundo a través de un agua salada y cristalina. ¿Significará eso, pues, que yo también he saltado a nadar con esos mensajes, a buscar lo que ellos nunca lograron traerme? Pero en ese caso, ¿por qué lo habré hecho? Yo también voy a perderme como ellos. Aunque quizá, como mi esperanza, ahora sea lo único que quiero. Hundirme y ahogarme en la tempestad hasta que nadie encuentre mi cuerpo muerto desde hace tiempo, ahora sólo húmedo y medio descompuesto.
Así que los brazos golpean el agua sin ganas y las olas me devuelven las brazadas mal dadas según los pies crean una estela apenas percibida. Las estrellas del deseo brillan sobre mi testa observándome en esa noche, engañándome al rodearme con su reflejo, esperando que me lance de cabeza en alguno de esos espejismos al creer que al fin he logrado atrapar uno por mí mismo. Pero sólo nado y nado según mi llanto acrecienta ese vasto firmamento marino. Y las lágrimas brillan según se derraman, según descienden por mis mejillas hasta fundirse con esa marea que brama; brillan como reflejo de mi vida, brillan para indicar que ésta está siendo malgastada y perdida. Pero yo continúo, pues sólo puedo vivir de quimeras y deseos, de ensueños imposibles que apenas llego a rozar con los dedos y que se esfuman cuando mis labios se posan en ellos; convirtiéndose en humo, niebla y sueño, despertándome en la orilla de algún lugar desierto donde el sentimiento y la impotencia oprimen más mi pecho y yo vuelvo a lanzar mensajes embotellados y deshechos.



jueves, 20 de febrero de 2014

Naufragio interno

Como una marea en calma tras la tormenta. Embarcaciones de sensaciones saliendo a flote, indolentes. Náufragos de una desolación emocional que los ha hecho zozobrar, precipitándolos al oscuro fondo de esa mar. Perdiéndose para siempre, ahogándose.
Sobreviven los más fuertes, los más resistentes. Pese a que todo sea escogido por un caprichoso azar. Quien, guerreando contra la fuerza de voluntad, decide a cuáles no salvar. Pues incluso los más arraigados en el interior de su ser, acabaron arriesgándose a desaparecer.
Una bruma de confusión y desorientación. Mezcla de salmuera y atmósfera sin haber ningún punto de unión. Nadando con esfuerzo en ese gélido líquido que conforma el firmamento. Fundado por pequeñas luces de esperanza que brillan a lo lejos. Ajenas de todos esos sentimientos revueltos, tercos y descontentos que se aferran, fatigados, a ese lejano sueño. Imaginando llegar pronto a buen puerto, donde estén seguros y cobijados para despedir a sus viejos compañeros extraviados, a sus antiguos camaradas que ahora surcan los mares de los pasados muertos, formando únicamente parte del recuerdo. Y, pese a lo ocurrido, anhelando reanudar la travesía. Zarpando con una nueva compañía. Volviendo así hacia esa peligrosa mar desconocida, cargada de riquezas vivas que aguardan ser descubiertas… algún día.

jueves, 26 de diciembre de 2013

A la espera

¡Buenas tardes, queridos lectores! ¿Cómo van las vacaciones? ¿Todo bien por ahora? Espero que así sea. Hoy os traigo un pequeño relato escrito hace relativamente poco con el cual espero que disfrutéis leyéndolo. Así que no os entretengo más y os dejo con él.


La nieve y la bruma nublaban sus vistas, impidiéndoles ver más allá de dos palmos de sus caras. Los barcos, dirigidos por Freight, capitán de renombre por aquellas blancas tierras, surcaban las aguas heladas despacio pero con una rapidez asombrosa para estar navegando en mitad de aquella ventisca con el hielo pudiendo emerger de cualquier parte en cualquier momento. Pero no había ni un solo fallo en sus órdenes, trazaba las rutas sin la necesidad del mapa, como si hubiera nacido en aquellos mares congelados.
El viento silbaba en los oídos de los tripulantes, quienes los tenían rojos como sus narices a causa del frío, mientras empujaba las velas anaranjadas que ostentaban los navíos para poder ser visualizados con mayor facilidad los unos con los otros desde la lejanía. Era más, incluso el sonido del vendaval llegaba a enmudecer el ruido de cubierta, a excepción de los gritos del capitán y su hombre de confianza dispuesto en la otra nave. Pues parecían poder romper los propios icebergs con un solo bramido.
Los marineros, cubiertos con todas las pieles que podían, se movían ágilmente de un lado a otro a pesar de su corpulento tamaño. Saltaban, brincaban y corrían como si de monos en la selva se tratasen, atentos a todo lo que había a su alrededor y funcionando como el engranaje de un reloj: perfectos en cada movimiento, sin tener fallos que pudieran concluir en una desgracia para todas las otras piezas.
Y yo, paciente, como el propio tiempo que circula en las agujas de un cronómetro, los observaba transitando entre ellos, caminando por esos enormes témpanos que flotaban en el agua salada, a la espera de un pequeño error que pudiera acarrear alguna calamidad que me permitiese empezar a segar.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Y supongo que sabréis quién es el narrador de la historia, ¿verdad? Supongo que así será. Por otra parte, ya sabéis que podéis comentar, compartir, valorar y opinar aquí abajo sin ningún tipo de problema.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El océano de la mente

¡Buenas noches, queridos lectores! Sé que no suelo hacer más de una entrada por semana, pero esta es diferente al resto. Hoy os expondré un relato que escribí en el tren (es la segunda vez que escribo en un sitio público) y la verdad es que lo hago con la esperanza de recibir algún comentario acerca del resultado. Pero bueno, aquí os dejo con la lectura, la cual espero que disfrutéis.


Una marea en calma residiendo dentro de un único individuo dejándose llevar por las suaves y tranquilas olas de ésta. Dejándose llevar por el sosiego del recuerdo de la brisa acariciando su suave piel y alborotando ligeramente su pelo. Dejándose llevar por la blanca espuma que se produce en su pensamiento y lo arrastra poco a poco agua adentro, hasta sumergirlo por completo. Hasta zambullirle totalmente en las profundidades abismales de aquel océano.
Y, él, como si se tratase de un cuerpo inerte carente de vida, se deja llevar cual a títere.
Escucha las burbujas de oxígeno, cargadas de existencia y memorias, escaparse de su nariz y no de su cosida y acallada (desde hace años) boca.
Ve como esas transparentes pompas huyen hacia la luz, sin poder hacer nada, pues pese a intentar atraparlas, él se hunde cada vez más. Rozándolas levemente con la yema de sus dedos antes de perderlas para siempre.
Y la oscuridad lo envuelve más y más, quedando sumergido en una noche eterna. Una noche eternamente fría y desprovista de sensaciones, desprovista de sentido.
Notando entonces, en ese preciso instante, cómo se ahoga.
Provocándole desear, desde lo más profundo de su ser, una mano a la que aferrarse con tal de salir de allí y volver a la orilla. Una orilla en la que pueda recobrar el aire que le falta e impregnarlo de nuevos recuerdos.


¿Qué os ha parecido? La verdad es que me gustaría saberlo, por lo que todo comentario (como siempre) será bien recibido. Y ya sabéis que podéis opinar y valorar como veáis más oportuno, además de compartirlo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!