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viernes, 10 de marzo de 2017

Efialtes es una rosa en llamas (detenida en el tiempo)

Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea junto al resplandor de la flama.
Belleza es aquello que no se acapara, que se escapa, que se filtra entre los dedos de la vista y el alma, rozando, con caricias, aquello que impregna, sin ser nunca apresada, ni siquiera en palabra.
Palabra es lo huidizo, rosa de instante, instante que roza, que busca una imagen exacta en la inexactitud de la contradictoria fantasía, ajena, mientras la fotografía mental de quien la graba se difumina… y estalla, en letras igualmente grabadas.


Caricia de alma, de alma acariciada, Efialtes no vive ni muere, pero tampoco ama, la inmortalidad la llama y la noche, oscuridad difamada, se posa en la tinta de quien la define pero no habla.


Efialtes es una rosa en llamas detenida en el tiempo, ardiendo, sin cesar, en perenne destrucción, mientras la belleza, aún no ceniza, centellea junto a su resplandor.
Es ojos, es manos, es caricia de ébano blanco, que susurra en silencio marmóreo y observa con los párpados cerrados.
Es sensación de sentimiento no encontrado, de vocablo perdido, extraviado, de mente difusa en paradojas mudas, que languidecen y contemplan el aire de un porvenir inminente por no llegar, mientras la yema de la caricia no encuentra qué acariciar y la entelequia provoca la añoranza.


Ilusión de ilusión, ilusión sin ilusionismo, delirio mimético que resbala en quimeras de largas zarpas, rotas, limitadas y limadas, Efialtes escribe, pero no habla, queda cautivada en un cielo de escarcha, en el frío de un témpano de ese tiempo que no avanza; paralizada, paralizada, en una estación abandonada.


Efialtes es una rosa en llamas que estalla, en pétalo y flama, y la dimensión exagerada la atrapa en una precipitada congelación fotográfica.

lunes, 30 de enero de 2017

Pasa la noche lenta

La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. La noche pasa, lenta. Y las estrellas no parecen querer brillar en ese cielo que se extiende sobre una cabeza reclinada sobre una indiferencia materializada en madera.
La penumbra ha cubierto la habitación con sus garras tras acariciarla lentamente según la luz cedía ante su abrigo, ignorante del frío, y ya nada importa; el abismo se ha vuelto realidad.
La noche, que vigilaba, a lo lejos, con sus astros, no ofrece ya seguridad; el dolor la ha dañado y su grito no logra resquebrajar ningún cristal. Quién diría que esas lunas perdidas en la inmensidad finalmente se perderían de verdad. Quién diría que el puño que las ansiaba, al fin, las iba a alcanzar, aunque no fuese tal como deseaba.
La noche… pasa lenta. Y el llanto que se silencia en ella se propaga por unas lágrimas secas. Los dedos lograron hallar el corazón y sus uñas se han clavado como víboras sedientas de dolor, envenenando según hurgaban más y más en su interior, royendo todo lo que pudiera parecer, en algún momento, vivo.
Y el golpe seco ha estallado cual fuego de artificio demencial.
Todo aquello que alguna vez se tomó por firme, salta por los aires y sólo se observan pedazos cayendo eternamente; uno tras otro, uno tras otro, como si nunca fuera suficiente; uno tras otro, uno tras otro, explosionando y ensordeciendo toda palabra que pudiera querer perdurar en el eco del tiempo, hasta que las propias agujas del reloj cayeron con los números reventados por el suelo.
…
La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. Y el latir de la cabeza que gotea reclinada sobre una indiferente mesa parece creerse una estrella.