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martes, 1 de julio de 2014

El hada de cristal

Su delicada y pequeña mano acarició con lentitud la frágil superficie, recorriéndola de arriba abajo. El tacto era frío, su contorno quebradizo y el material translucía. Como si se tratase de una gota de agua, una lágrima perdida en una tierna mejilla.
Las puntas de sus dedos no alcanzaron el final del recorrido; debía agacharse para continuar, pero no se molestó. Ya conocía de sobra aquella figura.
Ladeó levemente su cabeza, rozando con su puntiaguda barbilla la tela azul celeste de su vestido, y admiró con tristeza sus diminutas alas de libélula, que, como siempre, tenían un pequeño centelleo azul que brillaba cuando se movían. Además de dejar un ligero polvo que parecía refulgir mientras caía. Pero sólo se trataba de una mera ilusión; su polvo había acabado por desaparecer con el paso del tiempo y ahora, lo único que veía, era un recuerdo revivido en su cabeza.
Una sonrisa amarga se formó en la comisura de sus pequeños labios. El fulgor de sus alitas se apagaba según pasaban los días. Aunque no tenía miedo, ya no tenía miedo de lo que le pudiera ocurrir. Sabía a la perfección que tarde o temprano llegaría esta fecha y, no sin resignación, se sentía preparada para ello.
Poco a poco, como si estuviera en mitad de un ritual conocido únicamente por ella, se sentó en el suelo y miró al frente. Clavó su ensombrecida mirada en un desconocido horizonte y esperó en silencio. Un silencio en mitad de aquella creciente oscuridad que le hacía divagar entre sus malas memorias.
Malparado el día en que el viento la arrastró a ese lugar dominado por hombres de extrañas actitudes, encontrándose con aquel que la apresaría. Aquel que la apresaría para luego perderla, junto a su vida, en aquella tempestuosa tormenta marítima sin llegar a liberarla antes de la desgracia y, de esta manera, condenándola. Condenándola a hundirse junto al navío en las profundidades de aquel océano olvidado, atrapada en esa pequeña botellita de cristal que apestaba a alcohol barato, hasta que su vida, como su brillo, se apagase en un último hálito.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El océano de la mente

¡Buenas noches, queridos lectores! Sé que no suelo hacer más de una entrada por semana, pero esta es diferente al resto. Hoy os expondré un relato que escribí en el tren (es la segunda vez que escribo en un sitio público) y la verdad es que lo hago con la esperanza de recibir algún comentario acerca del resultado. Pero bueno, aquí os dejo con la lectura, la cual espero que disfrutéis.


Una marea en calma residiendo dentro de un único individuo dejándose llevar por las suaves y tranquilas olas de ésta. Dejándose llevar por el sosiego del recuerdo de la brisa acariciando su suave piel y alborotando ligeramente su pelo. Dejándose llevar por la blanca espuma que se produce en su pensamiento y lo arrastra poco a poco agua adentro, hasta sumergirlo por completo. Hasta zambullirle totalmente en las profundidades abismales de aquel océano.
Y, él, como si se tratase de un cuerpo inerte carente de vida, se deja llevar cual a títere.
Escucha las burbujas de oxígeno, cargadas de existencia y memorias, escaparse de su nariz y no de su cosida y acallada (desde hace años) boca.
Ve como esas transparentes pompas huyen hacia la luz, sin poder hacer nada, pues pese a intentar atraparlas, él se hunde cada vez más. Rozándolas levemente con la yema de sus dedos antes de perderlas para siempre.
Y la oscuridad lo envuelve más y más, quedando sumergido en una noche eterna. Una noche eternamente fría y desprovista de sensaciones, desprovista de sentido.
Notando entonces, en ese preciso instante, cómo se ahoga.
Provocándole desear, desde lo más profundo de su ser, una mano a la que aferrarse con tal de salir de allí y volver a la orilla. Una orilla en la que pueda recobrar el aire que le falta e impregnarlo de nuevos recuerdos.


¿Qué os ha parecido? La verdad es que me gustaría saberlo, por lo que todo comentario (como siempre) será bien recibido. Y ya sabéis que podéis opinar y valorar como veáis más oportuno, además de compartirlo.

   ¡Un saludo y hasta la próxima!