domingo, 10 de abril de 2016

Como un gato

I

–Te he engañado.
Quizá fue por la tardía hora a la que se dijeron esas palabras, o por las luces parpadeantes de las farolas que atraían a las polillas, haciendo que revoloteasen bajo su luz sombría, o puede que fuera por el lento goteo de la ducha todavía húmeda por su reciente uso, pero el silencio parecía absoluto.
Las palabras habían resonado en la habitación pero era como si nadie las hubiera escuchado, ni siquiera quien las había pronunciado; flotaron en el aire y se dispersaron en él, como un suspiro fugitivo que pasa imperceptible incluso para aquellos labios que lo aprisionaban. Fue por ello que, seguramente, se volvieron a repetir, pero en esta ocasión más despacio, como saboreando, con cierto amargor, cada uno de esos vocablos, cada una de esas sílabas, cada una de aquellas letras que se arrastraban tras su consecuencia en un intento de alcanzarla para no quedarse abandonadas, como si nada, con su propia desolación. Pero, nuevamente, no hubo respuesta alguna.
Los ojos buscaron los otros ojos, culpables, arrepentidos, como si con una mirada obtuvieran el perdón, como si en una mirada pudieran leer aquella respuesta que anhelaban pero que no obtenían a través de la voz. Mas el silencio se incrementaba y esos ojos, que buscaban otros ojos, no hallaron nada en la ajena mirada. Y la respiración se aceleró, poco a poco, temblando.
–¡Ódiame! –exclamó quien se había confesado hacía unos momentos– ¡Grítame, déjame, pero dime algo!
Mas, nuevamente, no hubo respuesta alguna. Al menos no hablada, pues los brazos de quien callaba rodearon el cuerpo de quien confesaba que, debido a ese abrazo, sintió cómo su interior se deshacía en lágrimas, de odio, de ira, de incomprensión y rabia. En lágrimas que no sabía cómo expresar en actos o palabras. Y temblaba, de emociones que le embriagaban pese a la calma que le sujetaba.
Los labios sollozaban. Los párpados se cerraban, húmedos como esa ventana vestida de lluvia. Y la oscuridad de la habitación descendía según los nubarrones se hacían más presentes en esa noche desteñida. El viento, que ululante silbaba a través de los rincones que encontraba, gemía como lo hacía el llanto de quien entre lágrimas se derrumbaba; y el temblor, tanto por el frío externo como interior, menguó.

II

“¿Por qué…?”, se llegó a discernir minutos más tarde. “¿Por qué…?”, se repitió en voz trémula, como si fuera un pensamiento fugaz que corretea encargado de romper, de forma disimulada, el silencio. “¿Por qué…?”.
Las pupilas de quien envolvía el cuerpo ajeno con su propio cuerpo se posaron en el pelo de aquella cabeza escondida en su pecho. Y sus labios, agrietados, se abrieron despacio.
–Como un gato –dijo, como si soltase el vaho de su boca–. Dije que te querría como un gato –continuó, poco a poco, mientras notaba cómo el rostro de quien se apretaba contra su cuerpo se movía, quizá en sueños, quizá para escuchar mejor lo que decía–. Eso implica que tú vives tus momentos, ya lo sabes, como yo los míos; y a veces, en ciertas ocasiones, éstos se entremezclan –la voz que hablaba era suave, pausada, tan tranquila como aquella mano que acariciaba sosegadamente la espalda–. Yo por eso no te quiero menos, como dudo que tú fueras a hacerlo, pero que esté contigo no implica que seas de mi propiedad; como yo tampoco lo soy de la tuya. Te acompaño y nos hacemos compañía, agradable compañía, pero eso no quita que cada uno tenga su vida. Por ello, lo que tú puedas considerar engaño, yo así no lo trato. Y no deberías culparte por ello: has disfrutado de una experiencia, ¡y eso está bien!, más faltaría, y yo he disfrutado de tu confianza al querer compartírmela.
Silencio.
–No hay más –prosiguió con un tono más bajo–, por algo así… no te tienes que preocupar.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Frustración (musical)

La frustración de ver unas teclas sonar y querer tocarlas, soñar con tocarlas, pero ver las manos incapacitadas para ese don, para esa magia sonora que embriaga el oído a través de pequeñas pulsaciones sobre piezas blancas y negras, como un ajedrez que ha caído vertical y se ha convertido en instrumento, más allá de su lógica y función.
El cansancio y la mirada fatigada de escuchar la melodía ansiada, tocada por otras manos, acariciada por otros dedos, sentida por unas yemas ajenas al propio cuerpo, se incrementan. Y el oído intenta reconfortar, evitar estas sensaciones al suspirar en su cabeza, como si realmente pudiera lograrlo. Pero ya se sabe de antemano que su intento es en vano.
Los párpados se cierran, agotados, y la espalda se echa para atrás, cayendo hasta sentir alguna superficie blanda, mientras las notas siguen sonando. Y siguen sonando. Remarcando a cada paso, a cada dedo, a cada pulsación, que aquel deseo no podrá ser satisfecho, que aquel deseo se unirá al gran lote de deshechos, a ese peso que no se reduce por muchos suspiros que produzca. Y el sueño al final hace mella y la sonrisa se torna más amarga ante su presencia, mas no se opone a su propósito y, con los ojos húmedos bajo los párpados, deja que, para variar, venga la insonora oscuridad.

lunes, 14 de marzo de 2016

¿Sueña?

¿Sueño? ¿Si sueño, pregunta? Bueno, la verdad es que sí. A veces, sueño.
¿Con qué? ¿Con qué, quiere saber? Si insiste… La verdad es que la mayoría de esas veces sueño con cosas que cualquiera podría clasificar de desagradables. Para mí, al menos una vez despierto, no son más que fantasiosas ficciones muy alejadas de la realidad. No veo por qué deberían tener relación alguna conmigo si sé diferenciar bien… Oh, vale, no quiere que explique estas cosas. Que me limite únicamente al sueño, dice. Bien, bien, si usted lo pide, que así sea.
A veces, o mejor dicho, la mayoría de veces, sueño con un gramófono. Y se preguntará: ¿qué tiene eso de desagradable? ¡Nada, por supuesto! El gramófono, como la música que sale de él, es exquisito. Bach. Creo que suele sonar Bach en el gramófono. Y su melodía invade mis oídos. No, no de forma penetrante y violenta, sino de forma suave y relajada, y yo siento cómo me balanceo poco a poco con los ojos cerrados. Siguiendo la música. Pero en un momento se detiene de golpe y yo los abro. ¿Y qué veo, me pregunta? Pues oscuridad. No veo más que oscuridad. Como si no hubiera abierto los ojos. Pero sé que los párpados están separados. ¡Por supuesto! Pues la oscuridad no es igual nunca: si miras a la derecha, quizá ahí es más oscura que en la izquierda. ¡Y viceversa! Pero eso no es lo importante, en absoluto. Lo importante llega cuando tras buscar con la mirada aquello que ha detenido la música, una luz me ciega y me veo obligado a ponerme la mano enfrente para protegerme de esa especie de foco que se cuela entre las ranuras de mis dedos. Y a lo lejos parezco distinguir una sonrisa. Demasiada ancha y descuidada para ser humana. Demasiado rota para poder proceder de un supuesto cristal. Aunque todo cobra un poco más de sentido cuando dicho cristal estalla en un estruendo que activa de nuevo el gramófono y mi cabeza es consciente de que debe huir de allí. ¿Y qué haces cuando huyes? Ir en la dirección contraria, por supuesto. Sin dudar. Aunque no importe que no sepas dónde estás, aunque igual por ahí no haya salida alguna, aunque no importe nada. Se va en esa dirección como si no fuera una posible trampa del perseguidor que pretende atraerte allí. Se corre, sintiendo una presencia a pocos centímetros de tu espalda. Sintiendo que, si uno se gira, ésta presencia te agarrará y despedazará. Se corre. Y nada más.
¡Pero oh!, el sueño no termina ahí, ni mucho menos. Sería imposible. Correr y correr por una oscuridad infinita, ¡no habría modo de despertar! Siempre debe haber algo que active la realidad, un botón que te mueva a respirar hondo y te encuentres de nuevo en tu habitación. Por eso yo corro mientras la oscuridad se va difuminando poco a poco y el pasillo se hace más claro. Más claro y rojizo. Como unos intestinos de metal que sangran. Se remueven, chirrían, padecen a cada paso que doy. Pero no puedo detenerme. Sigo adelante, sintiendo la desconocida presencia más cerca. Sintiendo tanto su hálito en mi nuca como sus dientes ansiosos de atravesarla y arrancarme la cabeza. La siento. Pero por mucho que el pasillo esté libre de oscuridad no se ve puerta alguna, ni siquiera una pared que me obligue a detenerme. No. Por eso sigo corriendo mientras el pasillo se estrecha, chirría, gime y sangra desde sus oxidadas paredes. Hasta que uno, no sabe cómo, tropieza y cae. Cae y cae, aprovechando los instantes antes para ladear leve y lentamente la mirada en un intento de observar aquella presencia que le persigue. Pero sólo se es capaz de ver, otra vez, la sonrisa. Ahora burlona. Como si todo fuera un juego, una prueba, un entretenimiento para satisfacerla. Pero eso ya no es lo importante, pues ahora caigo y caigo. Y el túnel es pegajoso, más bien viscoso, y oscuro. Pero pese a ello puedo ver cómo gotean rubíes líquidos de su techo y cómo unos bultos carnosos se acumulan en las paredes. Y algo me dice que, si no vigilo, yo me uniré a ellos. Por lo que me muevo, como puedo, según caigo más y más hondo. Evitando tocar las paredes llenas de sangre y óxido. Hasta que finalmente veo a lo lejos un fondo negro. Otro agujero dentro del agujero. Por el cual no puedo evitar caer; mis intentos de agarrarme a algo son vanos y siento cómo mi cuerpo vuela unos instantes. Floto en el aire y aspiro como puedo algo de ese húmedo y empobrecido oxígeno que ahí se encuentra, hasta hundirme de golpe en una superficie caliente y densa. Quizá más bien espesa. Y granate también. ¿Y qué hago allí? ¡Pues muevo los brazos! Intento nadar a la superficie aunque ni siquiera sea consciente de dónde queda ésta. Y cuando parece que al final la alcanzo, que podré salir de aquella masa líquida, al notar que mis manos se abren paso a una luz parpadeante y naranja para luego intentarlo con mi rostro, me veo en la cama cogiendo aire como si se me estuviera acabando para luego soltarlo en un suspiro y quedarme mirando al techo. Como si no hubiera vivido nada de esto hace unos momentos.




lunes, 22 de febrero de 2016

Impresión

Esta mañana empieza un poco apagada. No sé el día que hace fuera de las pocas paredes que me rodean, pero la luz aquí apenas entra. Imagino que las nubes deben tapar el Sol, quien se debe revolver por proyectar su luz entre los pequeños huecos que le dejen, mientras la calle se mantiene de un color grisáceo. Supongo que el viento debe aullar entre los callejones y las pequeñas oberturas de las paredes, arrastrando algunas hojas muertas, pero tampoco puedo estar seguro de ello; aquí no hay sonido alguno más allá del de mi respiración. Quizá, y sólo quizá, algún pájaro vuele a lo lejos, entre un cielo blanco esponjoso y una niebla que difumina su silueta. Pero ni siquiera de eso estoy seguro. Puede que no sea así, puede que ni siquiera las nubes impidan la luz y la calle no sea gris, pero esa es la impresión que me da a mí, quien se encuentra encerrado entre unas pocas paredes y una ventana que parece pintada.

domingo, 7 de febrero de 2016

Se desvanece

Perdido en el tiempo de una destructora indiferencia. Aislado en un mundo de libros y letras. Te observo, a lo lejos, partir.
Veo tu sombra apartarse de mi mirada, girar la cabeza entre decidida y asustada, y escucho cómo, en un bello silencio, se parte mi alma. No puedo sostener mi mirada; los ojos caen y las lágrimas me encharcan. ¿Cómo puedo hablar si mi garganta ha sido cortada por unas tajantes y afiladas palabras? ¿Cómo puedo, siquiera, sostener tu presencia si fue creada con simple y vana niebla? Sencillamente, no puedo. Y admitir eso me destroza los dedos, que sangran desde todos sus recovecos. Y busco de nuevo las teclas del recuerdo.
Pues para mí, la belleza reside en el brillo de lo fugaz y una melodía de piano pronta a terminar. Y aquí, como ves, cada vez hay más silenciosa oscuridad. Las estrellas murieron hace ya tiempo, en explosiones de sentimiento, y el cielo se apagó bajo el infinito, aplastado por quimeras impropias de los mitos. Ahora sólo queda el mudo grito de quien escribe, como puede, desgarrándose (y la evidencia de una ausencia implacable). Los pies ya ni siquiera se dignan a levantarse y el agudo suelo se clava en mis carnes; alzo la cabeza en un último intento de verte, pero sólo me queda una mirada triste y un cansancio inagotable, pues tu sombra, a lo lejos, ya se ha vuelto inalcanzable.

jueves, 28 de enero de 2016

Cada noche me despertaba

Cada noche me despertaba; no importaba lo que hubiese ocurrido a lo largo del día, la hora a la que me acostase o lo agotado que estuviera; cada noche me despertaba. Aquella sensación de ser observado a través de todas las sombras que la tenue luz de la ventana provocaba era asfixiante. Allí donde miraba, ya no estaba. Allí donde la luz iluminaba, desaparecía. No importaba que durmiese con la lámpara encendida, ni siquiera con la que colgaba del techo: siempre había algún rincón oscuro, algún recoveco donde pudiera esconderse de mi mirada. Cosa que yo no podía hacer de la suya.
Probé a cambiar los muebles, a comprar una cama baja, sin espacio para guardar nada debajo, incluso me mudé en un par de ocasiones. Pero tarde o temprano, cuando creía que el asunto se había solucionado, que aquello que me contemplaba por la noche ya no estaba, ni iba a volver, ni me iba a encontrar, aparecía de nuevo con su invisible presencia. Y mis ojeras se volvían otra vez tan oscuras como aquello que al parecer ninguna luz alumbra.
La sensación de peligro se asimiló con el tiempo, pero la de encontrarme indefenso sólo empeoraba. A cada solución, un fracaso. A cada intento, una muestra de fuerzas gastadas en vano. Y la respiración aumentaba según los segundos pasaban con mis párpados abiertos observando la nada, aquella nada oscura que todo ocultaba. Y la respiración se agitaba según los segundos se convertían en minutos y los minutos en eternidad. Agitándose como las ramas que sacudía la tormenta, como las sombras gigantescas y grotescas que se proyectaban a través de un cristal mudo testigo de todo lo que allí sucedía.
El sudor recorría mi frente, mi espalda y se helaba con los escalofríos que él mismo provocaba. El temblor aumentaba con espasmos en mis brazos. Y las uñas arañaban un colchón deshilachado. Las sombras desfiguradas crecían y decrecían, como manos pendientes de ver si me dormía. Y la sensación de desfallecimiento se intensificaba según la noche, a su lento ritmo, pasaba entre aullidos y ruidos mentales. Tan reales como esos ojos ponzoñosos ocultos en el reflejo de la oscuridad.
Y el cansancio fundía sueño y realidad. Cada silueta era un nuevo ser extraño deformado por una vista tan fatigada como su dueño. La perspectiva ya no importaba: las manos eran pequeñas y lejanas, la habitación se alargaba y la garganta se ahogaba como si la lluvia de afuera inundase la sala. Y la mirada. Aquella mirada invisible. Aquella mirada omnipresente. Ahí estaba, en la misma habitación, contemplándome, mirándome, examinándome, esperando a que me durmiese para saltar y despedazarme, arrancándome las carnes con sus garras y dientes, manchando las paredes con mi sangre aún caliente y dejándome con vida lo suficiente para que yo mismo observase mi muerte. Pero antes de que viera mi cuerpo destripado desangrándose una última bocanada de aire me dejaba inconsciente, a merced de mi suerte para ver si lograría, de nuevo, ver la mañana siguiente.

viernes, 22 de enero de 2016

The Hunter

La sombra, niebla de oscuridad, se alargaba y contraía según el balanceo de la parpadeante bombilla que colgaba del techo. Las duras y frías paredes se encontraban desgastadas por los golpes y el tiempo, teñidas de manchas que en su día bien pudieron ser más claras, y las cadenas, oxidadas pero todavía resistentes, pendían de ellas en un silencio que jamás obtuvieron en su lejano pasado. Mas un cuerpo, derrotado por el cansancio, aún se encontraba sujeto a un par de ellas.
Unas pupilas, que brillaban de vez en cuando según la luz acariciaba su desvaído rostro, se encontraban clavadas en ese cuerpo lánguido repleto de cardenales rojizos y azulados. El suspiro que soltaron los labios resecos del dueño de esa mirada llenó la sala y los otros ojos allí presentes se abrieron como pudieron, pero no se alzaron. El calzado resonó a cada paso y la ropa crujió en cuanto las rodillas del único individuo vestido se doblaron para agacharse. Su mano, enguantada pero de la misma blancura que su tez, sujetó con los dedos la barbilla del encadenado y levantó su cabeza. Los labios del sujeto temblaban, sus párpados luchaban contra el instinto de cerrarse y el estremecimiento que recorría su cuerpo se debatía con éste mismo en un vano intento de ser disimulado. El pavor era real.
Una lengua, áspera como la de un felino, recorrió la mejilla mal cicatrizada del aherrojado y una sonrisa se asomó por la comisura derecha de la boca dueña de ese húmedo músculo. Se regocijaba ante el aún presente sabor metálico. Los dedos de mármol palmearon dicha mejilla y su propietario hizo el ademán de levantarse, pero no hubo tiempo suficiente para que el otro lo celebrase; sus dientes se clavaron en su hombro.
Un hilillo negruzco recorrió el torso del herido desnudo según la boca ajena succionaba su jugo. Unos segundos de extraño placer invadía ambos cuerpos dentro de ese tétrico ritual donde la víctima del sangrado jadeaba y ponía los ojos en blanco. Luego, el bebedor se apartaba con furia y golpeaba el cuerpo de aquel que se deleitaba. Puñetazos, punzadas de pie, incluso cabezazos si era necesario, y no paraba hasta que sus guantes, en un principio impolutos, se teñían de color carmesí.
La sangre bebida por él era negra, sí, pero las heridas chorreaban rojo. Sólo con el dolor, pese al llanto mezclado con la risa, se conseguía sonsacar la verdadera vida de las almas y no únicamente la podredumbre líquida que las inundaba. Por lo que más tarde, una vez calmado, cogía un hilo y una aguja al rojo vivo y cosía las heridas producidas. No quería destruirla, al menos no todavía, pues ese hecho era inevitable. En cuanto se acabase uno de los dos néctares, aquel cuerpo consumido estallaría y sólo quedaría su sombra, grisácea, impregnada en la pared. Descoloriéndose, poco a poco, según el tiempo le sobreviniese. Y aquel, que en esos momentos se encontraba empapado de escarlata, debería volver a la caza entre esos individuos que sólo notan su presencia como un escalofrío hasta hallar a quien que pudiera verle y temiera su presencia.