martes, 1 de julio de 2014

El hada de cristal

Su delicada y pequeña mano acarició con lentitud la frágil superficie, recorriéndola de arriba abajo. El tacto era frío, su contorno quebradizo y el material translucía. Como si se tratase de una gota de agua, una lágrima perdida en una tierna mejilla.
Las puntas de sus dedos no alcanzaron el final del recorrido; debía agacharse para continuar, pero no se molestó. Ya conocía de sobra aquella figura.
Ladeó levemente su cabeza, rozando con su puntiaguda barbilla la tela azul celeste de su vestido, y admiró con tristeza sus diminutas alas de libélula, que, como siempre, tenían un pequeño centelleo azul que brillaba cuando se movían. Además de dejar un ligero polvo que parecía refulgir mientras caía. Pero sólo se trataba de una mera ilusión; su polvo había acabado por desaparecer con el paso del tiempo y ahora, lo único que veía, era un recuerdo revivido en su cabeza.
Una sonrisa amarga se formó en la comisura de sus pequeños labios. El fulgor de sus alitas se apagaba según pasaban los días. Aunque no tenía miedo, ya no tenía miedo de lo que le pudiera ocurrir. Sabía a la perfección que tarde o temprano llegaría esta fecha y, no sin resignación, se sentía preparada para ello.
Poco a poco, como si estuviera en mitad de un ritual conocido únicamente por ella, se sentó en el suelo y miró al frente. Clavó su ensombrecida mirada en un desconocido horizonte y esperó en silencio. Un silencio en mitad de aquella creciente oscuridad que le hacía divagar entre sus malas memorias.
Malparado el día en que el viento la arrastró a ese lugar dominado por hombres de extrañas actitudes, encontrándose con aquel que la apresaría. Aquel que la apresaría para luego perderla, junto a su vida, en aquella tempestuosa tormenta marítima sin llegar a liberarla antes de la desgracia y, de esta manera, condenándola. Condenándola a hundirse junto al navío en las profundidades de aquel océano olvidado, atrapada en esa pequeña botellita de cristal que apestaba a alcohol barato, hasta que su vida, como su brillo, se apagase en un último hálito.

viernes, 20 de junio de 2014

Ellos me lo dijeron

–Hazlo.
–Venga, hazlo.
–¿Por qué dudas?
–Que lo hagas.
–¡Hazlo!
–¡No! –grité, pero aquellas voces se clavaban en mi cabeza, cada vez más profundas, más insistentes.
–¿Por qué no?
–Es lo que siempre has querido.
–Siempre te quejabas de ello.
–Y venga a aguantarte.
–La misma cháchara cada día.
–Hazlo.
–Cumple con tu palabra y hazlo.
–¡No quiero!
–¡Qué lo hagas!
Caí de rodillas, las lágrimas nublaron mi vista y no pude hacer otra cosa que mirar a esa multitud de figuras difuminadas que se encontraban a mi alrededor.
Sus bocas seguían moviéndose, persistentes. Me tapé los oídos, pero ahí seguía su voz. ¿Por qué no me dejaban en paz? Ni siquiera me permitían pensar con claridad. Cualquier pensamiento que cruzase por mi mente era cortado por un “¡Hazlo!” cada vez más estridente.
Golpeé el suelo con los puños.
–¡Basta!
Silencio.
Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos, como si se tomasen aquel gesto como un desafío, como una falta de respeto. Y arrugaron lo que parecía ser su nariz mientras levantaban su labio superior, mostrando sus dientes de forma amenazadora según silbaban un agudo y desquiciante pitido.
Un inesperado temblor invadió mi cuerpo y me incorporé de un salto. Miré hacia todos lados, pero estaba rodeada por aquellas borrosas siluetas en mitad de una nada blanquecina.
–¡Fuera! ¡Largo! –volví a gritar y cerré los ojos para empezar a sacudir los brazos de un lado a otro en un vano intento de que dejasen de aproximarse-. ¡Dejadme!
Sonó un grito ahogado y luego otra vez silencio.
Una gota cayó en mi mejilla. Abrí los párpados y el pánico invadió mis pupilas. Caminé hacia atrás pero caí al suelo al tropezar con un taburete de la cocina.
Notaba mis manos pringosas. Las extendí frente a mí y vi que estaban manchadas de rojo. Un chillido escapó de mi garganta y perdí la conciencia.

Apunté la última palabra con la estilográfica y levanté la vista del bloc de notas. Miré a la muchacha que se encontraba frente a mí y entrecerré los ojos, dubitativo.
–Supongo que esto es todo por ahora.
–¿Puedo irme a casa?
–Lo siento –negué con la cabeza–, pero me temo que no.
–Dijeron que cuando acabase de explicarle lo sucedido podría irme a casa…
–Acaba de confesar un asesinato, señorita Anderson.
–¡Ellos me dijeron que lo abriese en canal! ¡Yo no quería!
Ellos –remarqué la palabra con cierto retintín– son producto de su imaginación, señorita. Usted llamó a la policía alegando que alguien se había llevado a su marido y la encontraron en la cocina cubierta con su sangre, como demostraron las pruebas de ADN posteriormente, y aferrada a un cuchillo. –Me coloqué bien las gafas y crucé los dedos de las manos, apoyándolas sobre la mesa metálica de la sala de interrogatorios. “¿De verdad es necesario llamar a un psicólogo para determinar que una persona está claramente mal de la cabeza?”, pensé antes de proseguir tras soltar un sonoro resoplido–. No había nadie más allí, señorita. Y en caso de que así fuera, ¿qué iban a hacer Ellos con el cadáver de su marido?
–¡Se lo acabo de decir! –Golpeó la mesa con los puños. Parecía tenerlos apretados a más no poder, pero por alguna extraña razón ignoraba el dolor. Si es que de verdad lo sentía–. ¡Querían hacerle una disección o algo así!
–Y según sus palabras, aprovecharon que siempre se quejaba de que no era atento con usted y demás aspectos cotidianos que le desagradaban para comerle la cabeza y hacer que colaborase, ¿cierto?
La joven de rizos rubios asintió. Yo volví a soplar por mi boca entreabierta. Necesitaba un cigarro.
–¿No cree que quizá su mente ha buscado crearle una fantasía para así justificar el asesinato de su cónyuge?
–¿¡Y el cuerpo!? ¿¡Qué ha pasado con él!?
–Tiene herramientas en el garaje. Y la excusa de que son para el huerto –torcí el morro– no es muy fiable, la verdad.
–¡Pero si mi marido me sacaba dos cabezas! ¿¡Acaso es idiota o qué!? ¿¡Cómo pretende que yo hiciera eso!?
La chica hablaba atropelladamente y se había levantado de la silla. Parecía amenazante. Tragué saliva mientras aquellos labios, rojos como la sangre que todavía manchaba su vestido verde, seguían gritándome. Intenté decirle que se calmase, pero fue inútil.
Una palma, que sangraba por unos cortes que parecían producidos por las uñas de sus propios dedos, se levantó de pronto y yo hice un gesto para llamar a seguridad. Pero ambas manos fueron directas a su cara, que rompió en llanto. “Inestabilidad emocional”, pensé de inmediato y rodé los ojos.
Uno de los policías entró y rodeó a la muchacha con sus brazos de una forma aparentemente afectuosa pero con la suficiente fuerza como para tenerla bien sujeta. El segundo se acercó cuando estuvo seguro del asunto y le colocó lentamente las esposas para poder llevársela con su compañero a pesar de que siguiera balbuceando y tachándome de incrédulo e inepto.
 Exhalé e inspiré poco a poco para recuperar la compostura y me sequé el sudor de la frente.
–Aliens… –murmuré según tanteaba mi chaqueta para buscar la cajetilla de tabaco tras revisar las notas tomadas– Menudo disparate.

domingo, 15 de junio de 2014

Estrellas

–Dicen que cuando mueres –empezó a hablar con su pueril vocecita mientras alzaba el rostro hacia el firmamento, contemplándolo con sus labios entreabiertos–, la chispa de tus ojos desaparece para irse al cielo. Dicen que eso –Bajó la vista y observó fijamente la oscuridad que se extendía a lo largo del campo en el que nos encontrábamos sentados– son las estrellas: miradas que observan una vida que ya no disfrutarán.
Guardé silencio y ella miró al suelo. ¿Qué podía decir ante eso? ¿Qué podía decirle a esa chiquilla de ojos tristes y sin hogar que seguramente había vivido más experiencias en lo que llevaba de su corta vida que cualquier persona adulta a lo largo de su existencia? ¿Qué podía…?
–¿Pero sabes? –Rompió de nuevo el silencio, interrumpiendo mis pensamientos–. Siempre he tenido una duda.
Ladeé la cabeza y nuestras miradas se cruzaron.
–¿Dónde van a parar las chispas que se han apagado en aquellos ojos que todavía viven?

domingo, 8 de junio de 2014

Primero un disparo y luego silencio

Una pistola, dos hombres forcejeando y un cadáver en el suelo.

Quién hubiera adivinado que Erik, nada más llegar a casa, se encontraría con esa situación: su mujer frente a un desconocido con pasamontañas que la amenazaba con el cañón de un arma. Un cañón que disparó una bala nada más la puerta se cerró de golpe tras de sí.
No hubo gritos de dolor. Ni siquiera de desesperación por intentar salvarla. Solamente estupefacción. Todo lo había pillado de improvisto y su cabeza no parecía encajar nada.
El desconocido se giró y vio el rostro de Erik momentos antes de que éste, que al fin comprendía lo ocurrido, enrojeció y, temblando de rabia, se abalanzó sin dudarlo hacia el actual asesino. Lo empujó al suelo mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas, pero el desconocido lo agarró de los hombros y ambos cayeron mientras la pistola se escapaba de las sucias manos del homicida. Un puñetazo por la derecha. Otro por la izquierda. Erik golpeaba al extraño que se intentaba proteger la cabeza con sus brazos antes de propinarle un rodillazo en la entrepierna, librándose así de la víctima convertida en agresor.
Erik se retorció, tirándose a un lado. El desconocido escupió sangre al suelo y, jadeante, se levantó. Pero no tardó en volver a caer. El nuevo viudo pateó sus piernas como pudo para tirarlo de nuevo y, de esta forma, enzarzarse otra vez en ese patoso mano a mano.

Quién hubiera adivinado que Tom, nada más llegar a esa casa, descubriría que la esposa del hombre al que había venido a buscar se encontraría ahí. Él quería acabar con el asunto lo más rápido posible y esa mujer no tenía nada que ver con todo el meollo. ¿Qué culpa tenía ella de que su marido le hubiera jodido la vida tras despedirlo? ¿Qué culpa tenía ella de que su marido, al despedirlo, hubiera causado que su novia lo dejase, se hubiera quedado sin casa y todo lo que se llevaba a la boca proviniera de un comedor social? ¿Qué culpa tenía ella de que, desolado y con ese rencor creciente en su pecho, se viera obligado a empeñar hasta casi la última de sus posesiones con tal de poder comprar ese arma a un tipo que encontró en las calles? Ninguna. Esa mujer no tenía ninguna culpa.
Y ahí estaba: él frente a ella. Pistola en mano y silencio absoluto. Hasta que un portazo a sus espaldas lo asustó y, sin querer, apretó el gatillo como acto reflejo. Viendo cómo la señora, sorprendida, recibía el disparo y caía al suelo. Viendo cómo, al darse la vuelta, se encontraba cara a cara con Erik, quien parecía no caber en sí mismo. Y, aunque su antiguo jefe no lo reconoció por llevar el rostro oculto, la rabia que su mirada poseía era la misma que tiempo atrás había visto en su propio rostro cuando se miraba en el espejo. “¿Qué has hecho, Tom…?”, se cuestionó él al captar la situación mientras sus ojos se enrojecían, llorosos.
Pero no tuvo demasiado tiempo para pensar. Un golpe lo derribó y, para cuando se enteró de lo que estaba sucediendo, un puñetazo le cruzó la cara y su pistola se había deslizado hasta el cadáver.

En un vano esfuerzo por librarse de las manos del desconocido que, desesperadas, no paraban de arañarle la cara, Erik le quitó el pasamontañas de un tirón y ambos se apartaron. Tom tenía el labio partido y casi toda la cara hinchada por los golpes que había recibido. Erik sangraba por la falta de carne y piel en su semblante, que ahora no se hallaba en éste, sino bajo las uñas de su antiguo empleado.
No comprendía qué sucedía. Él siempre le había tratado con respeto. Tuvo que despedirlo por una reducción de personal que le mandaron desde arriba. Pero como le ocurrió a Tom, les ocurrió a diecinueve personas más. No era culpa suya.
Erik se tocó el costado y empezó a toser. En la trifulca había recibido otro golpe ahí y, ahora que la cosa parecía haberse calmado y la adrenalina no era tan presente en su organismo, empezaba a dolerle todo.
El ex-empleado observaba silente, dudando sobre qué hacer. Pero sabía que pocas alternativas tenía ya. Había matado a una persona. Una persona amada por otra, otra que se encontraba allí con él y que no le dejaría irse tan tranquilo. Sabía que tarde o temprano volvería a embestirle y la pelea proseguiría. Sabía que la cosa ya no podía terminar bien de ninguna manera.
Suspiró, casi en un llanto ahogado, y tragó saliva mientras observaba de reojo su única posesión, dispuesta en el suelo.
El hombre del traje rasgado se fijó de inmediato en las intenciones de su antiguo trabajador y miró también la pistola. Levantó la vista y la mirada de ambos se cruzaron, diciéndose todo lo que debían decirse sin mediar ni una palabra.
Los pobres desgraciados no dudaron más; se tiraron hacia el cuerpo difunto de la mujer con tal de apoderarse del arma y, tras un brusco forcejeo entre cuatro manos, un disparo marcó el silencio definitivo.

sábado, 31 de mayo de 2014

Bestia

Abres los ojos tras unos segundos de estar y no estar, clavas los dedos en la húmeda tierra llena de suciedad y te pones a gatas, escupiendo sangre al suelo. Pero una patada en el estómago te hace rodar y te tira otra vez. La boca te sabe a mugre y hierro y percibes que quien te ha estado golpeando se acerca. Ladeas la cabeza, mirándolo de reojo, y percibes en la comisura de sus labios una sonrisa triunfal. Esa sonrisa que da por hecho que alcanzará la victoria pase lo que pase.
–Los de vuestra calaña deberían estar muertos –escuchas antes de girarte y notar un pisotón en tu pecho que te corta súbitamente el aliento.
Vuestros ojos se cruzan. Los suyos tienen seguridad y pena, decepcionados por esta actuación. Los tuyos tienen miedo, e impotencia.
Por favor…, suplicas en tu mente mientras miras al cielo nocturno bañado en nubarrones. Por favor…, insistes según notas el viento acariciando tu cabeza ensangrentada. “¡Por favor!”, gritas exasperado, exigiendo con una voz quebrada. Y al fin logras ver esa luz que tanto ansiabas que brillase en la bóveda celeste mientras tu contrincante se agacha para cogerte del cabello y escupirte en la cara según desenfunda una daga.
Tú pataleas, como si intentases zafarte. Y gruñes, mostrando que en realidad no es eso lo que pretendes. Él se aparta de golpe y te observa, confuso, para luego alzar la vista al firmamento. Su mirada está alterada, no se había fijado en que la persecución había durado más de lo previsto, en que la cacería se alargó debido a su soberbia. Esa arrogancia que fue la encargada de que ahora se horrorizase mientras veía cómo el cuerpo delgado, casi esquelético, del hombre que había derrumbado hacía rato, se iba incorporando según aumentaba su tamaño y crujían sus huesos. Adquiriendo una atroz corpulencia, propia de una bestia.
El montero lanza su daga, clavándotela en la espalda, pero apenas notas el dolor a pesar de que un pequeño hilo de sangre negra a la luz de las estrellas tiña tu oscuro pelaje. Y ya erguido sobre tus dos patas, giras la cabeza para olfatear el olor del cazador hecho presa.
Tus húmedos colmillos, asomándose bajo el hocico, se muestran en lo que parece una siniestra sonrisa, pero ambos sabéis que no estás riendo. Eres un animal. Un animal herido, acorralado y hambriento. Dotado además de intelecto y resentimiento.
Tu nueva caza se da la vuelta, queriendo huir como tú hiciste desde buena mañana, pero él no tiene la misma suerte; la áurea mirada, antes celeste, que reluce por tu apetito, se ha clavado en su espalda. Justamente como, segundos después, hicieron tus garras mientras un grito gutural rompía el silencio del bosque antes de ser acallado por un aullido.
Lo giras de un zarpazo y las uñas se clavan en su carne poco a poco. Pero él ya no grita, aprieta los dientes y siente cómo los ojos le estallarán en cualquier momento según la respiración se le hace dificultosa, exponiendo todo su cuello al brillo lunar. Tentando con esa primera vista de su palpitante y sudorosa yugular.

Y vuestras miradas se cruzan de nuevo. La suya está llena de miedo, e impotencia, turbada por esta actuación. La tuya de seguridad y pena, junto al resplandor de una rabia expuesta.

domingo, 25 de mayo de 2014

Voces

“¿Escuchas las voces? ¿Las escuchas? Yo sí. O no, quizá no. A lo mejor son pensamientos. ¿Los pensamientos hablan? Sí, supongo. Es decir, ¿sino cómo sabría que son pensamientos? Porque si no hablasen, ¿qué serían? Aunque bueno..., quizá los pensamientos no hablan y lo que habla no son pensamientos. ¿A ti te hablan? Los pensamientos, digo. Quizá sí y crees que no. O quizá no y crees que sí. ¿Realmente estas voces son pensamientos diversos o son otra cosa? ¿Cómo puedo estar seguro si tú tampoco lo estás? Dicen que escuchar voces no está bien. ¿Y si lo que no está bien es no escucharlas porque tu cabeza está hueca? ¿Entonces qué? ¿Cómo puedo saber que esto es así y no de otra manera? Porque a lo mejor mi cabeza está hueca también y las voces son un simple eco del exterior que resuena eternamente y va llegando con el paso del tiempo. Sí, es posible. Aunque quién sabe, ¿no? Es decir, ¿has estado tú en mi cabeza para afirmar que son voces lo que oyes? ¿He estado yo en la tuya para afirmar que son voces lo que escucho? O para negarlo, claro. Que también puede ser que no lo sean. Pero espera, un momento. Si no son voces o si sí son voces, en todo caso, ¿a quién le estoy hablando?”

domingo, 18 de mayo de 2014

Más allá

—Más allá de toda muralla y toda ciudad. Más allá de toda casa construida en pueblos y villas. Más allá de toda obra humana. Mucho más allá, todavía se puede observar aquello que al hombre tanto fascina pero a su vez aterra.
¿Y qué hay más allá, en aquellas tierras lejanas de parajes vírgenes e inexplorados donde el verde abunda? ¿Qué hay más allá, en aquellas altas montañas de picos nevados dotadas de profundas cavernas que se adentran en el corazón de la tierra? ¿Qué hay más allá, en aquellos oscuros bosques donde la luz del día no es capaz de alcanzar la superficie debido a que viven bajo una constante noche de nubes? ¿Qué hay mucho más allá, donde la vista nos engaña? Quién sabe lo que hay en ese lugar. Quién sabe siquiera qué secretos y tesoros puede aguardar. Pues raramente alguien retorna y, cuando lo hace, nada quiere contar. ¿Miedo? ¿Recelo? ¿Ciego, mudo, sordo o todo al mismo tiempo? Quién sabe, pero si no fuera porque su lengua sigue intacta, cualquiera afirmaría que ha sido cortada.
Muchos se preguntarán qué debe haber en ese territorio ignoto, inhabitado… ¡Oh, inhabitado no! Pues que no haya hombre viviendo sobre esas regiones no implica que no pueda haber otra criatura. Pero claro, ¿quién sabe exactamente lo que reside? ¿Los ancianos, los viejos, los sabios, los eruditos…? ¿Los guerreros, los soldados, los renegados, los milicianos…? ¿Los campesinos, los pueblerinos, los reyes, los soberanos…? ¿Tal vez los magos? ¿O, por una ocasión, los afortunados son los cuentacuentos? Pues, ¿quién habrá visto más mundo que un propio vagabundo? ¿Y qué son los propios cuenteros más allá que extraños y solitarios viajeros?
Por hermosos y horribles paisajes he transitado. Bajo tormentas y diluvios he caminado. En desiertos de arena, tierra y fango he andado. Y debéis saber que, solamente con el valor de mi cuerpo, a los elementos me he enfrentado. Observando a bellas y preciosas criaturas y a otras más espantosas que, en múltiples ocasiones, tuve que evadir para estar ahora mismo aquí.
Pues… ¡Cuernos, dientes y garras! Todos dispuestos para acabar con mi savia en un preciso instante. Pero también sabiduría y monstruosa comprensión, que ni los más cultos jamás abarcaron. Filosofías ocultas que nosotros no entenderíamos al estar escritas en viejas runas. Artes oscuras que en buenos escondrijos se camuflan. Y armas de leyendas que perduran a la espera de aquel valeroso o valerosa que sea lo suficientemente noble para llegar a empuñarlas algún día y así blandir todo su poderío (¿quizá tú serás a quien han elegido?).
Pero ciertamente, todo esto son meros cuentos. Crónicas, relatos, narrados, escritos enterrados y otros de desvelados. ¿Y eso los hace falsos? Oh, ¡para nada! Pues, como en toda mentira, en cada historia hay algo de verdadero. Esperando para ser descubierto.