martes, 24 de marzo de 2015

Invierno

Los árboles son grises, acordes al cielo, sus hojas hace mucho que se fueron. Cenizas, sólo cenizas blancas e impolutas, en ocasiones caen de unas nubes brunas. Las noches alargan sus garras y se aferran a la tierra mientras acechan con su fría y oscura naturaleza. Y el silencio suena en una línea recta, inmutable al frío como en una fotografía perfecta. Estático. Estático e indiferente está todo. Muerto sobre una tierra helada que todo lo degrada, donde la vida huye y se esconde, refugiándose donde puede, a excepción de unos pocos valientes, o locos, o listos, o insanos, o lobos solitarios que vagan por ese desierto congelado teñido de blanco grisáceo, dejando unas sucias huellas a su paso, como si buscaran algo. Algo perdido y olvidado. Quizá esos colores extraviados. Pero ni siquiera los pájaros se atreven a piar sobre eso. Sólo el silencio les acompaña a lo lejos, para acallarlos también a ellos y borrar, con el tiempo, aquellas marcas que dejaron sobre el gélido suelo.
Los árboles son grises, acordes al cielo, y sus hojas, como todo lo vivo, hace mucho que se fueron.

sábado, 14 de marzo de 2015

El silencio

Es curioso cómo el silencio es sinónimo de estar bien. Como no dice nada, como no se queja de nada, es porque precisamente no pasa nada, es porque está bien. Entonces, por ello, los muertos deben estar estupendamente. Y es que a veces los silencios pueden ser agradables, como incómodos, pero esos sólo surgen en público, o hablando, no cuando alguien enmudece estando solo.
¿Acaso de verdad ven ese silencio como algo positivo? ¿Es porque si se estuviera muriendo estaría chillando? Pero si hay muertes que no producen ruido alguno. ¿O acaso creen que si alguien necesitase ayuda siempre pediría auxilio, incluso cuando fuera que le rescatasen de sí mismo? ¿Qué clase de pensamiento es ese? ¿Acaso el que se rinde no lo hace callando? Yo no me veo anunciando alegremente que me rindo, que me retiro, que dimito y que paso, si no es por un cabreo momentáneo. O es que igual yo no entiendo los gestos, la comunicación. O es que igual, al contrario, soy de los pocos que sí entienden esta reacción, sólo que si no hay nadie que la interprete es tan útil como romperse los dientes.
¿Entonces qué se debe hacer? ¿Pedir ayuda una y otra y otra vez? Yo no veo al ahogado emitir ningún sonido, más bien parece estar plácidamente dormido. Sólo se hunde, inconsciente, y, si no hay nadie que lo saque, perece. Aunque también pueden sacarlo demasiado tarde y entonces sólo obtendrán su frío y húmedo fiambre. Tan silencioso como en el momento de su muerte.

“Ah…”, suspiro y pienso, “es curioso cómo se interpreta el silencio”.


(Lo ideal es empezar en el segundo 0:07)

domingo, 8 de marzo de 2015

Quiero que me susurres al oído...

Quiero que me susurres al oído, tras acercarte con sigilo, y que te sientes en mi falda, sin camisa y contra mi pecho bien apretada; que muevas ligeramente la cadera, como si te acomodases pero con unos roces tan explícitos que ambos sepamos su verdadero objetivo, y que tu mano me acaricie la espalda, mientras tus susurros siguen de tal forma que lo único que quiera es que tus labios se deslicen a los míos en lugar de quedarse ahí, susurrándome al oído.

domingo, 1 de marzo de 2015

Y las teclas vuelven a sonar...

Y las teclas vuelven a sonar en su cabeza. Como si tras un largo invierno floreciera alguna cosa, aunque sea una música suave pero pesada, llena de nostalgia a pesar de su delicadeza y fragilidad, como una rosa de cristal manchada con un par de lágrimas rojas que se deslizan por su copa. Las teclas vuelven a sonar.
Los dedos que ve tras sus párpados cerrados acarician el blanco y negro de su mundo, lleno de tinta y papel, aportándole una melodía que hacía demasiado que no siente. Aunque esa música no le sea del todo agradable, aunque esa música en verdad lo desgarre. Pero ahí está, dentro de su coraza, floreciendo como una primavera otoñal. Unas estaciones sin colores a pesar de ser las que la realidad más les brinde. Unas estaciones todavía detenidas en el tiempo invernal que hay dentro de esa bola de cristal. Quizá lo único que le falte entonces sea el calor, un verano cálido que derrita el hielo y permita que primavera y otoño se fundan en uno en lugar de quedarse atrapados bajo unos grises muros aéreos. Pero esa calidez no llega y la tormenta sigue haciendo acto de presencia.
La música suena y, aunque sólo sea en su cabeza, sus oídos la captan a la primera, empapándose de ella como si fuera la lluvia de una tormenta de primavera. ¿Acaso esa melodía estará transformando todo aquello que se encuentra encerrado?, ¿o simplemente será otro intento en vano de un violento desgarro destinado al fracaso? No lo sabe, pero pese a ello sigue y con los ojos cerrados sonríe nostálgicamente. Quizá, pese a todo, ese paisaje modificado le aporte alguna cosa nueva, sea mala o fructuosa, pero algo insólito con lo que pueda iluminar un poco esa oscuridad que se cierne sobre su cabeza grisácea. Algo nuevo con lo que poder mostrar un poco esa oscuridad que siempre le acompaña como una sombra nocturna.
Y las teclas vuelven a resonar en su cabeza, como si tras un largo invierno alguna cosa floreciera en ese mundo que espera, que espera a que algo ocurra aunque sea una locura; pues para ello necesita que el tiempo transcurra y el suyo se encuentra detenido, como un reloj marchito. Pero aun así la espera prosigue, aunque sea porque es lo único que tiene. Espera, paciente, a ver qué es lo que ocurre. Y piensa en las teclas. Siempre teclas. Tanto para la escritura como para la música. Teclas, papeles y manchas negras que se rompen y estallan en su mente como fuegos artificiales que no hacen colores. Como fuegos artificiales que, por lo menos, prenden emociones. Aunque éstas acaben dispersándose. Pero logran que la vista se alce y que ésta observe aquellos centelleos que ofrece la noche estrellada, permite contemplar una belleza lejana que le recuerda a todas aquellas pérdidas que siempre añora. A todo aquello que, por mucho que alargue la mano, nunca alcanza. Imágenes etéreas que se difuminan en la lejanía, como los recuerdos hacen en la memoria misma.
Y espera, espera y espera mientras las teclas resuenan otra vez en su cabeza.

domingo, 22 de febrero de 2015

Oliver

Las ramas se mecían bajo el viento que ululaba entre sus hojas como la brisa lo hacía con algunos mechones castaños de Oliver, quien se encontraba tumbado en el césped con los ojos clavados en el extraño baile de los árboles. El calor del día le adormecía poco a poco, pero se resistía a ello intentando distraerse con el sonido de algún pájaro o el de algún motor lejano que pasaba por ahí. Las nubes, que momentos antes habían navegado por el enorme mar aéreo, habían desaparecido sin dejar rastro junto a las voces de la ciudad, que parecían haber enmudecido por arte de magia. Pero eso no le preocupaba, él seguía disfrutando de su cómoda escena.
El aire, que entró por la nariz de Oliver en una gran inspiración antes de ser soltado en un tranquilo suspiro, pareció ser acompañado de ideas que permanecieron en su cabeza. Pensó que podía levantarse y así asegurarse el no dormirse, correr hacia ninguna parte como solía hacer muchas veces, adentrarse en la oscuridad de aquel bosque que tenía delante, guiado únicamente por el piar de aquellas aves invisibles, o también ir en dirección contraria: hacia las casas que se difuminaban en la lejanía. Pero también podía seguir como ahora, bajo el riesgo de ser vencido por la modorra, o buscar cualquier nueva distracción con el simple hecho de cambiar su posición. Pero no quería, o eso parecía, así que siguió pensando en todas esas opciones mientras sus párpados se iban cerrando lentamente. Podía, podía y podía. Parecía que no le faltaban posibilidades, ¿pero y las ganas? ¿O, por decirlo de alguna manera, el vencer a su supuesta pereza? Eso ya era más complicado y por ello, antes de quedarse dormido, prefirió darlo todo por terminado y, de entre todas sus alternativas, decidió escoger la definitiva de poner un punto. Y el escenario cambió.
Las gaviotas graznaban por encima de su cabeza rompiendo el sonido de las olas rotas en la orilla. La arena, calentada por el día que ya terminaba, rodeaba cada vez más su cuerpo aunque él no lo viera. Su respiración seguía plácida y lenta, incluso cuando notó cómo sus pies eran mojados por aquella fría agua salada, que trepaba por sus piernas según el Sol se hundía en la marea. ¿Quizá eso era lo que hacía que ésta subiera? Oliver no lo sabía, pero le gustaba esa idea: pensar que el Sol se apagaba por el agua y que por eso la oscuridad reinaba; que, mientras el mar guardaba la estrella en su interior, la Luna hacía una guardia nocturna como un sustituto del Sol. El cómo se encendía luego otra vez el astro le traía sin cuidado, pensaba que darle una explicación a eso estropearía su cuento. Es por ello que siempre lo dejaba incompleto, una historia donde, al final, sólo quedaba una noche eterna.
El agua ya alcanzaba los hombros de Oliver y él notaba las puntas de su cabello moverse como las ramas de los antiguos árboles, así que cogió aire y dejó que el mar le cubriese. Una vez hecho, abrió los párpados y observó, desde debajo de esa capa líquida, un mundo borroso, oscuro y ondeante. Su cuerpo había sido enterrado bajo la arena húmeda y sólo podía mover la cabeza que, sumergida, contemplaba cómo la amarillenta estrella enrojecía y enrojecía según se ahogaba para terminar convertida en una especie de enorme esfera negra que se hundía, muerta. ¿Entonces su historia condenaba al astro o era él mismo que se veía reflejado en ese sombrío mundo subacuático? Quién sabe, al final sólo quedaba una noche eterna y un cadáver.
La imagen lo superó y no lo soportó, soltó todo el oxígeno en un chillido sordo e intentó mover los brazos para nadar a la superficie. Pero éstos estaban enterrados por la arena, aferrados bajo tierra. Oliver pensaba en qué podría haber ocurrido para que, de todas las anteriores opciones, ahora ninguna se hiciera presente. Pero ante la falta de respuestas y alternativas sabía que debía volver a cambiar el escenario. Así que decidió poner un nuevo punto, pero éste lo echó de su mundo.
Y ahí se encontró de nuevo, con la respiración agitada y el sudor mezclado con lágrimas, frente a una pantalla llena de letras. Recapacitando en cómo podía continuar todo, si es que se atrevía a volver a esos insanos mundos que siempre le parecían idílicos de buen inicio aunque tarde o temprano se viera abocado a sus precipicios.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Desvaríos

Quisiera (volver a) sentir la blanca arena crujir bajo mis patas de invierno. Mas ahora sólo hay hueso, vacío de su tuétano de sentimiento, convertido en un mero desperdicio desprovisto de aquello que debería estar recubriendo según se hiela por momentos. Las carcomidas y pútridas carnes que una vez lo recubrieron se desprendieron hace tiempo, pérdidas en mitad de un trayecto sin regreso, pues los pasos fueron envueltos en fango y cubiertos por un hielo extraño que, por mucho que arañase o golpease, sólo lograba mancharlo de mi oscura sangre. Quizá fuera cierto aquello de que somos presos de nuestros caminos, aunque éstos fueran andados sin sentido. Y ahora que mi mirada se clava en la bóveda y contempla las estrellas caer sobre mi rostro para derretirse en mis mejillas, siento cómo algo grita. El problema es que sólo es el eco de una antiquísima y ya lejana dicha.

[? Manuscrito de “El vagamundos”] 

domingo, 18 de enero de 2015

Silencio

“Los árboles se deshojan y lloran caducos como nuestros silencios.”

Es curioso cómo, ahora que hay un silencio indefinido, añoro aquellos que teníamos; no pensé que uno de tan grande me fuera a afectar tanto. Los de antaño eran nuestros e interpretables, pero éste… simplemente cae para permanecer en lugar de desvanecerse.
Hoy ha llovido. Y yo ya no sé para qué o para quién escribo. Cada vez estoy más disperso, como los fragmentos de las gotas que estallan al colisionar, sólo que en mi lugar, a diferencia de ellas, ninguna pieza parece unirse para formar una más grande y nueva. Simplemente son cristales punzantes que no parecen poder repararse. Y eso me entristece.
Me he empapado de arriba abajo; mi sombrero, mi chaqueta de cuero e incluso mis zapatos viejos. No se ha librado siquiera la pequeña libreta en la que se han iniciado estas letras. Me he sentado en un banco, o al menos eso he imaginado, notando cómo el frío del agua escalaba por mi espalda e invadía mi persona, para luego sacar un lápiz y empezar a escribir. Las páginas se mojaron poco a poco y todavía siguen húmedas. Es como si se impregnasen de unas lágrimas que se niegan a marchar, a evaporarse y abandonar estos papeles. Igual es porque expresan lo que sienten, pues en aquellos momentos, a pesar del cielo grisáceo y las ramas desnudas que intentaban alcanzarlo, sólo había tristeza. Una tristeza extraña y tiesa, como si estuviera congelada y yo tuviera que cargarla a la espera de que se derritiera. Pero nada, cada vez era más fría y pesada.
Las pequeñas notas de una melodía sonaban en mi cabeza en armonía con la lluvia. Era como estar encerrado en una bola de cristal con cajita de música incluida. ¿Pero de qué servía todo eso? En esos lugares tan frágiles todo suele ser bonito y casi perfecto, a pesar de lo que puedan significar si no se ven desde dentro, pero aquí sólo hay descontento. Es como si desde que aparecieron los nubarrones ya nada pudiera entrar o salir, ni siquiera vivir. Y yo ya no sé qué hacer aquí. Espero mientras el tiempo sigue corriendo. Espero mientras veo cómo todo va envejeciendo. Espero mientras noto cómo me quemo por dentro y sólo se queda el desaliento debido a que los ánimos salieron en suspiros cenizos. Espero y sueño.
Miro mis manos bañadas de negro y no sé si es el carboncillo de escribir desgastado o el hollín que he ido exhalando, pero en mi cabeza sé que la melodía que sonaba desde el pasado está llegando a su final y dejará a la lluvia sonar sin compañía. Será otro silencio que se sumará a la pila. Así que me levanto y miro a mi alrededor: todo sigue igual, intacto, como un decorado hecho a mano por algún artesano (aunque éste lo haya abandonado inacabado), y pienso en los árboles y en cómo se deshojan y en cómo lloran caducos como…
Silencio.
Y ahora tiemblo de ausencia y me resigno en una sonrisa hueca por haber soltado letras que forman palabras demasiado sinceras. Tiemblo, y no es por el frío que se provoca a sí mismo, es por aquel que si pronuncias, desaparece, engendrado por lo ausente a pesar de que, paradójicamente, sí se encuentre presente en mi mente. Tiemblo, fantaseo y quiebro instantes. Irrealidades congeladas en bolitas de nieve.