domingo, 6 de noviembre de 2016

XXXII - 43

Las flores de espinas clavadas en las ramas de sus brazos atravesaban la piel de quien intentaba acariciar su rostro, envuelto en hojas. Las raíces de aquellos dedos, en antaño carnosos, profundizaban en el fango de una superficie tan incorpórea como el alma de sus fuentes de vida, de las cuales extraía el néctar para mantener la llama de su vista; para evitar que el cardo que brotaba de sus finos labios se convirtiera en ceniza y volase propagando una desdicha no escrita. Pues el tronco palpitante de aquella descrita no guardaba otra cosa que tósigo disuelto en un sinfín de órganos descompuestos.
¡Y era tósigo, sí, lo que emanaba de esa ranura cerrada en párpados escarlatas! Tósigo y ponzoña que brillaban bajo el peso de la gota que recorría la mejilla ignota de ese semblante cubierto por hojas, cubierto por hojas y un velo de espera, de espera eterna ante una muerte tan efímera como duradera frente a las garras salvajes que arañaron sus piernas retorcidas con una enredadera mustia.
Por eso las caricias y dulzuras dieron paso a la marchita amargura, a la escasa lluvia y a la brisa fría, que recorrían todos los rasguños de aquella corteza cada vez más áspera y esquiva al efecto que pudo recibir algún remoto día; convirtiendo tal corteza casi en piedra y maleza, en escollo y cantil a un abismo sin fin y negrura eterna extendida a lo largo de las gélidas venas de ajado cristal. Pues no había mano, ni siquiera temerosa, que se acercase ya a ese Ídolo carcomido en vacío; ¡tal había sido la fractura que dicho ente había padecido! Fractura perenne y constante en una ampliación de diversas variantes que fecundan las ramas dignificantes de esa desoladora aflicción que, en sus brazos, parece desarrollarse a través de unas ligeras semillas punzantes, de las cuales, más adelante, acaba por surgir La flor que sus adversidades contrae. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

Quiero, quisiera... que alguien entrase en esa habitación funesta

Quiero, quisiera, que alguien entrase, poquito a poco, sin hacer mucho ruido, y sin levantar mucho polvo –pues debe haber bastante polvo ahí acumulado–, por la puertecilla agrietada de ese órgano tosedor. Me gustaría, me agradaría, que alguien se acurrucase dentro, pese al frío interno, más intenso que el de afuera, y se cubriera con las mantas viejas, manchadas de rojos arañazos y roídas por pulgas amargas, que ahí se encontrasen. Estaría bien, muy bien la verdad, que se quedase quieto, sin moverse, apreciando esta nada, en algún rincón, a su preferencia, por muy pegajosos y salados que éstos fueran, sin tener en cuenta las cicatrices de costras medio abiertas. Yo, por mi parte, intentaría avivar un pequeño fueguecillo, algo a lo que ese alguien pudiera acercar sus manos, pese a que seguramente fuese un breve brillo, una fugacidad, una ilusión quizá, o un espejismo anhelante de anhelo, que aumentaría, probablemente, la tiritona del cuerpo establecido en ese frágil no-domicilio. Pero los hilos tejidos por el tiempo muerto podrían servir de entretenimiento a los ojos que se irían cargando de cansancio según pasaran los suspiros nocturnos, según pasaran, si es que pasaran siendo (pre)visibles, las lunas del pesar; tan lejanas y a la vez tan cercanas al oleaje emocional que golpearía, a veces tenue, a veces fuerte, ese deshogar. Removiendo esos cuadros, (re)torcidos todos ellos, representantes de recuerdos y ficciones, de afanes futuros que se sitúan en tiempos distantes, y de pasados remotos vívidos en un presente eterno, que se mezclarían entre ellos en un vaivén de memorias (ir)reales. Mas esos cuadros no deberían, no debieran tocarse, pues los gusanos que los habitan mordisquean, y mordisquearían sin piedad, aún más el ya carcomido papel restregado en esas paredes en un vano intento de ocultar el mohoso recubrimiento que las conforma desde antes de los orígenes de esas ¿horribles? memorias.
Me gustaría, quisiera, estaría muy bien, la verdad, que esa silenciosa compañía no trajera ningún (des)orden, que dejase todo según emerge, de no sé dónde, y simplemente observase, sin molestarse, ni molestar a aquellas diminutas criaturas hurañas que, desde su hollín, manejan, como pueden, esta desmoronada carcasa. Yo agradecería su presencia, su compañía, pese al resquemor que produciría, pese al incesante miedo a su huida, o a su marca vacía, o a las huellas unidas sobre otras huellas antiguas que revolvieron las cosas, y añadieron de otras, quebrando sus formas, marcando las horas, queriendo fragmentos, de lágrimas y tiempo, salpicados de espeso carmesí, virulento y sediento, de aquella desgracia que no abandona el cuerpo, en su día.
Mas el dolor mitiga ese dolor temor, ese posible riesgo, ese peligro de observación, de rozadura y emoción, con sus palabras; únicas habitantes de esa cripta soterrada en una oscura cámara; invisibles pero tan existentes como el vaho allí acumulado, junto a la eterna ceniza. No hay nadie que se acerque siquiera a los barrotes previos a la pena. Por ello sólo queda ese “Quiero, quisiera”, ese deseo tan punzante que atraviesa, pese a estar tan bien velado en esa diminuta arqueta oculta en el fondo de un cajón de una mesilla de polillas desnudamente muertas.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Una historia – Dónde se encuentran las caricias del viento, del tiempo, del invierno y el infierno

I

La inmensidad de la soledad del alma en el universo infinito, que se extiende entre los múltiples fragmentos de ésta, rodeándose por su niebla al fluir entre sus grietas cual ríos en la tierra.
Las percepciones alteradas por la inmensurable saturación de emociones inidentificables, cual rostros borrados en negros garabatos, que estallan en desconocidas formas, cual fuegos de artificio imperceptibles para nuestras retinas, demasiado viejas, demasiado antiguas, para ser capaces de captar siquiera el colorido no-color de esa explosión.
Y el lienzo en blanco que supone esa oscuridad perenne que acompaña a todo ser hasta la muerte desde su muerte, lleno de pinceladas invisibles que atravesaron en lágrimas rojas sus fauces, sus patas, sus garras desgarradas por aquellas propias almas mutiladas que no logran conformar un conjunto.

La luz encallada en la vista, en la pupila, que ciega la mente, quema su acuosa prisión y derrite sus barrotes salados que caen, lentamente, deslizándose cual granos de arena atrapados en un cristal que se estrecha. ¿Dónde está aquello que se anhela? ¿Dónde está aquello que se halla sin buscarse? ¿Dónde se encuentran las caricias del viento, del tiempo, del invierno y el infierno, rozando el cuerpo, la piel y el hueso en arañazos de suspiros rotos en espejos clavados por en la carne e-tierna? ¿Dónde, dónde se encuentra, si no es en este órgano que bombea, entumecido, morado y deformado, lleno de golpes, magullado, por una presencia que vive inerte en su interior, pese a sus rasguños, o a sus zarpazos más bien, exteriores? ¿Dónde, dónde se encuentra?

II

El brillo que se filtra entre las comisuras de los dedos revienta el rostro que resulta ajeno. La inmensidad despierta (en) el veneno corrosivo que se diluye en óxido entre las raíces internas. Y el retorcimiento de las formas grotescas quiebra la huesuda sombra del blanco polvo, ahora rojizo en perlas rubíes, compactado.
Ya nada espera al todo.
Las tinieblas se han dilatado en un éxtasis provocado por un carámbano ingerido por un torso malherido a su causa. Las zarpas aferradas a la nada han soltado aquello que las sostenía en el cielo. Y la caída ha matado al cerebro antes de que éste colisionase contra el suelo, reventando en mil fragmentos. Porciones de un intelecto destrozado dentro de su vacío. Pedazos de pensamiento que se evaporan cual gases nocivos, huyendo del cuerpo corroído, del gris pútrido que los ha engendrado en su nido, para dejar atrás un semblante de nulas facciones que se deshace en su cabeza antes pensante. Que se deshace, como si al disolverse lograse por fin fundirse con algo que le pertenece y no fuera solamente con ese hueco absolutamente de caído en un cuadro lleno de precipicios.

III

La muerte ha sonreído en su oscuridad.


(A partir del segundo 0:05)

Seguramente, inacabado.

domingo, 28 de agosto de 2016

«Ese mundo de cristal»

Un espejo. Dos reflejos. Cuatro luces brillando casi en el centro de la profunda oscuridad, pendientes de su imitación. Y unos dedos, pares en ambos lados, arrastrando el vaho acumulado en un vidrio agrietado en una caricia sin fin de su inverso igual.
Así es como definiría ese mundo de cristal.

martes, 23 de agosto de 2016

Mariposas de cristal

–¿Alguna vez has visto las mariposas de cristal?
–¿Las mariposas de cristal?
–Sí, esas mismas. Esas que revolotean como unas gotas de agua clara y la mismísima brisa, esas que su transparencia captura la luz durante unos breves instantes para convertirla en un centelleo frente a los ojos inexpertos, frente a aquellos que desconocen su vuelo secreto entre las ramas y la oscuridad de la sombra, entre el nacer del alba y el caer del ocaso, justo cuando los rayos se muestran perezosos, lentos, pesados, por el porvenir o por el cansancio. Esos ligeros brillos, fugaces cual chispa en el cielo, son sus alas batiéndose por un instante antes de fragmentarse tenuemente en mil grietas, grietas que se acumulan y se expanden cual raíces arbóreas y forman formas, dibujos abstractos de compleja complexión con su significado único pese a su gran dolor, pues, aunque estén cargadas de belleza, esas grietas destrozan su vidrioso cuerpo, como aquellas lágrimas que despedazan nuestro órgano interno.
Mas no por ello detienen su vuelo. Sus alas se baten en silencio, como un susurro que no llega a salir de la mente, como una confesión que se guarda en los labios hasta que éstos quedan inertes, y se desplazan firmes, seguras, pese a los fragmentos que a veces caen debido a su frágil compostura. Pues por mucho que intenten fijar sus fisuras contrayendo su cuerpo de gusano, sus alas nunca pueden dejar de moverse, ¿ya que sino qué fin tendría el poseerlas si no es para elevarse? Y es por ello que estas mariposas siguen revoloteando, pues no quieren volver a tocar el viejo suelo de antaño, solo sueñan con el cielo ansiado, con el brillo provocado y el estallido fragmentario de su cuerpo progresivamente acristalado.
Exacto, progresivamente acristalado, pues no son de cristal nada más ponerse a volar, en esos momentos únicamente poseen su transparencia; es cuando el tiempo las apremia y las grietas las inundan que su figura se torna luna invisible incapaz de distinguirse más allá de en sus fugaces fulgores. Y cuando sus alas, y su cuerpo, se tornan vidrio al completo, con todas las hendiduras que eso conlleva, ellas se extienden como nunca y se impulsan instintivamente hacia el anhelado y lejano firmamento, seguras de que será entonces cuando lograrán alcanzarlo; mas cuando el éxtasis roza sus antenas, su cuerpo se quiebra y estalla en millones de fragmentos que descienden como polvo a contraluz, volando y dispersándose en mil direcciones cual gota que colisiona. Y es entonces cuando la poca luz que quedaba guardada en su interior se esparce y diluye cual reflejo espontáneo en un hierro transitorio.


domingo, 7 de agosto de 2016

Hipocresía marchita

Hipocresía marchita que resaltas en tus oros, que en tus grietas y deploros destapas tu verdad, no eres capaz, siquiera, de mentirte a ti misma y pretendes mentir a los demás, creando una falsa esperanza de verdades que nunca más se sostendrán.
Hipocresía marchita que te desmoronas con la brisa, rompiéndote en mil pedazos formados de lágrimas que en el pecho ajeno anidan. ¿Cómo vas a mantenerte, si ya nada te cree? ¿Cómo vas a disfrazarte, si el ácido de tus palabras y apariencias corroyó tu mantel?
Huye, corre, hipócrita máscara que lucha sin armas pero haciendo trampas, que engaña, que miente, que dice y no siente cómo sienta aquello que supuestamente ofrece. Vete, si eres capaz, de allí donde naciste, de donde te formaste, desde la inocencia aparente, destruyendo, arrancando, este suelo firme –que tanto agrietaste–, con esas raíces deformes que se alimentan de podredumbre.
Pues si no lo haces, no habrá otra opción; un hacha, de doloroso doble filo, deberá atravesar ese rudo corazón que se resguarda retorciéndose en un tronco ya roto por tu insaciable escozor.

martes, 19 de julio de 2016

Apatía

Barbarossa rompe el silencio de la solitaria noche con sus oscuras esperanzas, que acompañan la tranquilidad de la tardía hora. La luz amarillenta de la lámpara castigada cara a la pared acaricia mi rostro con su reflejo proyectado en un muro tan irregular como los pensamientos que se baten en mi cabeza, como botes en la marea. Quizá sólo requieran de un faro que los ilumine sin parpadear; que los ilumine sin intentar provocar su zozobra en unas astilladas rocas en mitad de la espuma que colisiona, insistente. Pero aquí no parece que puedan encontrar algo así.

El suspiro que se escapa de unos labios, desgastados por los mordiscos del tiempo, es la única brisa que parece traer nuevos aires. Pese a sus antecedentes. Las ventanas están cerradas y no parecen tener intención de hacer cambiar esta noche eterna que se cierne sobre una cabeza y un rostro que se refleja en una pantalla, que se refleja en una realidad tan suya y natural como extraña. Las paredes están clausuradas. Toda puerta pareció venirse abajo para convertirse en muro tapiado, como para asegurarse que no cambiase nada ahí dentro, pero olvidaron tapizar las grietas del pensamiento y ya es tarde para rasurar esa fatiga que se mece bajo los ojos.

Los pilares están viejos y cansados, ancianos por todo aquello que los ha ido agujereando, pero siguen firmes pese a su tambaleo digno de la ebriedad más humana; más que un hogar, más que un calabozo, parece un ataúd en descomposición, pero sin obertura que permita salir del decrépito arcón. La tierra que golpeaba la tierra enterrándola subterráneamente dejó de oírse y el silencio fue lo único que le sucedió, viniendo así la calma, propia del muerto, y con ella las divagaciones y pensamientos. No hay nada para salir de este entierro. Todo agujero posible fue cavado para sepultar más aquello que ya estaba dentro de este cuerpo y ahora sólo queda su silueta contemplando, contemplando el devenir eterno.