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domingo, 7 de agosto de 2016

Hipocresía marchita

Hipocresía marchita que resaltas en tus oros, que en tus grietas y deploros destapas tu verdad, no eres capaz, siquiera, de mentirte a ti misma y pretendes mentir a los demás, creando una falsa esperanza de verdades que nunca más se sostendrán.
Hipocresía marchita que te desmoronas con la brisa, rompiéndote en mil pedazos formados de lágrimas que en el pecho ajeno anidan. ¿Cómo vas a mantenerte, si ya nada te cree? ¿Cómo vas a disfrazarte, si el ácido de tus palabras y apariencias corroyó tu mantel?
Huye, corre, hipócrita máscara que lucha sin armas pero haciendo trampas, que engaña, que miente, que dice y no siente cómo sienta aquello que supuestamente ofrece. Vete, si eres capaz, de allí donde naciste, de donde te formaste, desde la inocencia aparente, destruyendo, arrancando, este suelo firme –que tanto agrietaste–, con esas raíces deformes que se alimentan de podredumbre.
Pues si no lo haces, no habrá otra opción; un hacha, de doloroso doble filo, deberá atravesar ese rudo corazón que se resguarda retorciéndose en un tronco ya roto por tu insaciable escozor.

sábado, 2 de julio de 2016

XV

Caricias en una piel muerta que no va a volver, las manos se marchitan como las últimas flores que resistieron la tempestad del invierno. Las hojas caen por unas mejillas pálidas como aquellas plumas de aves extraviadas que alzaron el vuelo y huyeron hace tiempo, las gotas del viento golpearon el silencio y quebrantaron el hueso, hueco de tuétano.
La lluvia no se ha ido, pero tampoco es capaz de mojar. Los truenos persisten en la lejanía, en el eco de una cueva sin final, donde ningún relámpago es capaz de alumbrar, y los ojos confunden la profunda pupila con la realidad.
Una húmeda lágrima roza el oscuro cansancio de una mirada perdida en el abismo de su propio reflejo, en un espejo fragmentado que estalló bajo la presión de unas yemas titubeantes. Vidriosos ojos multiplicados y cristalinas lágrimas que se dividen incrementan la fatiga que allí reside. El suspiro no producido ahoga el gemido en un cuello de cuerdas mustias, incapaces de sonar ante un pensamiento acribillante de voces que chillan mudas, y las manos se cierran en un vano intento de aferrar aquello fugaz, de guardar, por unos instantes, un brillo que se desvanece en sus propias palmas.
El roce de los dedos por un cuerpo extraño pero conocido, envuelto en memoria, no ha sido capaz de soñar la realidad y sus puntas se desgastan. Como el sentimiento que guardan. Gotean sensaciones perdidas en fantasías irreales incapaces de cumplirse y la ilusión se consume en su propio anhelo zozobrante. Ya no hay nada más que caricias incapaces, falsos dedos amantes que luchan por alzarse sin poder moverse, y el murmullo ululante de quien padece temporales más allá de los nubarrones inamovibles.
Las manos despojadas de carne y pétalos caen enterradas bajo el fangoso suelo y, sepultadas por el propio desconsuelo, se tornan olvido en su ahora inherente abatimiento.