sábado, 21 de noviembre de 2015

He buscado...

He buscado tus labios, con los míos, en unos que no son tuyos. Y no te he encontrado. He acariciado pieles, manos, cuerpos, creyendo verte; pero solo te he imaginado. Mis dedos anhelan ligarse a los tuyos y se lanzan a cualquier nudo que les ofrezca una promesa similar, pero sólo caen y caen en un abismo donde, obviamente, no te pueden hallar.
Mis párpados se cierran, mis ojos no quieren mirar, y aunque mis susurros formen letras, sus palabras sólo te quieren encontrar. Ya no sé cómo hacerlo si en mí reina tal pensamiento traidor; pues creo verte a lo lejos, pero solo son espejismos muertos.
Los suspiros atraviesan mi pecho, como bien hizo el anhelo en su momento, y arañan mi garganta, pero solo porque antes lo han hecho con mi alma. Puede que estas palabras no te digan nada, mas sus uñas se clavan en mi espalda, y mi cara, desgarrada, sangra; cansada de las noches de ausencia y de tormenta; cansada ya de las noches donde el recuerdo, y la impaciencia, son lo único que queda.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Desconectar. Sólo me apetece desconectar. ¿Pero cómo hacerlo si no me quedan ni siquiera fuerzas para tirar del enchufe que me mantiene encendido a esta incesante corriente que me arrastra, que me arrastra…? ¿Cómo hacerlo?
Los brazos están débiles, exhaustos de tanto agotamiento, la mirada apenas se sostiene firme y se precipita a cada momento. Las piernas murieron hace tiempo y ahora cien cuchillos atraviesan mi pecho y su sufrimiento. No sé dónde me encuentro, no sé dónde me encuentro… Igual estoy en mi lecho, pero eso no quita que éste pueda ser bajo un techo de tierra, escondido a cuatro metros. Así es como lo siento, así es como lo siento…, con la inmovilidad atando cada una de mis extremidades, cada uno de mis pensamientos, que gritan en silencio.
Los suspiros se fueron corriendo; la resignación pasó a ser el momento. Y el cansancio se hizo eterno. Movimiento continuo por inercia de un descompuesto. Quizá los gusanos se encuentren poco satisfechos con este deshecho, con este mar de embrollos perdido en el subsuelo, mas tampoco se puede esperar demasiado de ello: los gusanos fueron quienes vomitaron mi cuerpo. Un cuerpo muerto que se encuentra podrido por dentro. Un cuerpo muerto que la desolación arreó hace demasiado tiempo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Es octubre

Es octubre. Las noches y las lluvias pasan, como el Sol por las mañanas. Nada cambia más allá del frío, nada cambia. Las gotas empañan mis ventanas, pareciendo ese ligero y húmedo rocío que siempre posee mi alma, y mis dedos forman formas al azar en ese húmedo cristal.
Los truenos han sido las palabras más reales que he escuchado en meses. Los rayos, las ilusiones que más he creído. He pensado en ellos como todo aquello que he querido: ruido potente, belleza inminente y fuga fugaz. Sin saber cuándo volverán o si los días pasarán y pasarán hasta que alguno se digne a regresar.
Es octubre, sí, y nada cambia más allá del frío, ahora también exterior. Mis manos se entumecen, confundidas, ante la lluvia que cae y la escarcha que cubre mi interior. El hielo es profundo y quema, pero ya nada siente mi corazón. Quizá ahora sea otoño, pero dentro de mí hace tiempo que dejó de salir el Sol; el invierno eterno me rodea y mis palabras, ahora carámbanos, murieron de congelación.
Yo no sé por qué intento luchar contra esta tormenta si es lo único capaz de calmar mi cabeza, que se desespera y anhela. Las emociones, como las flores que son, hace tiempo que se marchitaron y murieron. Puede que sea octubre, pero aquí sólo es desolación; ruinas y cansancio comprimidos habitan en este cuerpo exhausto y lleno de desesperación. Quizá la música se fue hace aún más tiempo y sólo dejó este desconcierto, de notas rotas y solitarias como aquellas almas que sin rumbo vagan; como aquella Luna que el cielo todavía guarda.
Las hojas, enrojecidas, caen y se disuelven en este mar de sangre. Sus letras, no tardan en desaparecer y mueren sin ser relevantes. Pues es octubre, y nada cambia: la pesadumbre prevalece y todo termina como estas palabras.

sábado, 19 de septiembre de 2015

IV

Te escribo. Ya no sé desde dónde, ni cómo, ni por qué. Pero aquí estoy, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote. Las letras no paran de morir en mi cabeza según surgen. Son como brillos fugaces de estrellas que perecen en un instante. Y yo intento atraparlas, capturarlas como buenamente puedo en este papel, a través de mis dedos. Pero nada, es imposible hacerme con todas ellas. Supongo que su destino es morir, supongo que están más vivas de lo que en su día creí, ¿pues cómo puede morir, sino, algo si no está vivo?
En su momento pensé que esto no sería más que otra carta. Tal vez, con suerte, algo importante, pero según la tinta mancha el blanco con estas impresiones sólo puedo decir que no paran de generarse confusiones en mi cabeza, en mis letras. Ni siquiera sé qué diablos hacer con tanta palabrería. Pero aquí la ves. ¿Quieres, pues, que para repararlo te cuente alguna historia? ¿Quizá de cómo un individuo se perdió en su propia memoria? ¿Puede que prefieras el viaje por un sendero oscuro, sin iluminación, donde nada importaba tanto como los pasos que se iban dando? A lo mejor prefieres algo más alegre, como una tarde tranquila llena de viajes en una mente que sueñe. Siento no saber qué buscas, o no poder dártelo, pues lo conozco pero no lo hallo. O igual no lo poseo. Podrían ser ambas cosas, o muchas de otras. Pero aquí estoy, como bien he dicho, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote.
Las letras, como dije, surgen. Y sé que son horribles. Perdieron hace mucho sus buenas formas y modales, sus características esenciales. Ahora sólo se encargan de buscar algún resquicio por el que colarse. Y hay tantas grietas por donde pueden perderse hasta olvidarse… Abismos incontables que resplandecen incesantes, tentadores, como ciertos labios que aprendí a desconocer. Y, como yo, las letras se tiran y caen y caen y caen, creyendo que algún día alcanzarán algo importante. Creyendo, como si no hubieran aprendido nada durante todo este tiempo. Y puede que no lo hayan hecho, pues ninguna ha vuelto para enseñarles su sufrimiento; sólo han caído por un precipicio negro donde su tinta ha perdido sentido. Fundiéndose con su entorno como si nunca hubieran nacido.
Y quizá aquí me hallo, precipitado, agarrando pedazos rotos como recortes de un periódico, para formar una carta, quizá de auxilio o de socorro, quizá de desespero o de entierro. Para lanzarla lejos, como si eso sirviera de algo más allá de formar más confusión en un alboroto extraviado con ideas y pensamientos acumulados. Y quién lo diría, pues yo no, que esto sucedería. Historias muertas. Otros escritos abriéndose como capullos marchitos que se abren. Flores enfermas que caen. Que caen… Pues se abren y de tanto abrirse se parten, se desmoronan y se deshacen. Cenizas que se creen palabras, palabras que se queman nada más ser pronunciadas. Y cartas extraviadas en las memorias donde fueron procreadas. Anhelando algún día encontrar un destinatario que las quiera, alguna correspondencia, pero sus sobres se perdieron bajo la marea.
El abismo se cierra. O esa impresión crea la noche, sin estrellas, confundiendo el blanquecino cielo con la espesa agua negra. Puede que llueva, mas mi piel está demasiado seca; las gotas sólo le formarán más grietas. ¿Podría colarme yo por ellas? Quizá mi alma ya lo hizo y ahora no encuentra salida. Quizá el abismo es interior y las gotas son lágrimas perdidas. Aquellas que nunca salieron en su momento idóneo. Pero tampoco puedo confirmarlo; no sé dónde me hallo, no sé qué diablos hago; sólo estiro la mano, como si pudiera ver mis dedos, esperando. Y puede, puede ser, que algún día, algo, o alguien, la agarre y me arrastre. Aunque sea sólo para ayudarme a hundirme más en este constante e infinito desastre.


(Añado aquí lo que sonaba mientras escribía.)

domingo, 16 de agosto de 2015

XVI

Los pies fríos, acordes al vacío, y tormentas en la cabeza, con cuerdas que relampaguean. Olas rompiéndose en piedras que golpean las orillas y a quienes se atreven a verlas, con sales marineras que quieren tensar las velas bajo las aguas negras; como si las embarcaciones pudieran navegar a la inversa, surcando las estrellas verdaderas y no las que se reflejan.
Nubes brunas que centellean a oscuras, tinta volátil que inunda la partitura de las gotas de música que repiquetean como si rascasen los remaches de una cajita no-muda y la vista nublada con las caricias de la melodía que mece las tablas, que rompe las corazas; arrancando capas como quien desnuda a quien ama para incitarle al naufragio entre las blanquiazules sábanas.
Agarres y amarres en puertos invisibles e impares que estallan cuando el cielo cruje. Anclas sin nudos que ahogan cuellos desnudos. Y unas uñas arañando la dura corteza de aquel nuevo árbol creado con nuevas piezas viejas. Rotas, las embestidas golpean y entran, inundan como el deleite inunda dos cinturas y los dientes de aguardiente mueren entre las carnes de aquellos que prefieren mostrarse pacientes; hasta que el tiempo les cubre y fallecen, ahogados por él. Finados en la incertidumbre de si su destino hubiera sido distinto en caso de haberse opuesto a su lumbre y a las letras que arden en su interior como los rugidos incesantes de un pasado también muerto.
El naufragio se rompe cuando queda algún superviviente, como el placer pierde su lucha en cuanto se abren los ojos de sus combatientes. Pero ambos se encuentran perdidos en un nuevo ambiente, confusos y desorientados por un final inesperado donde al perecer la vida ha logrado abrirse paso. Como si eso fuera algo deseado. Como si uno no quisiera morir en adrenalina y otro en éxtasis donde sobrevivir no es nada más que una falsa excusa para proseguir. Como si la lluvia buscase al Sol, como si no lo utilizase para sus propósitos y luego decirle “adiós”. Los pensamientos desaparecen con la distracción y los instantes con el recuerdo. Las nubes grises se las lleva el viento y lo demás es arrasado por éste como bien haría el tiempo. Todo momento desaparece como el barco en la mar: flotan destrozos en las aguas y ya no queda nada más.

domingo, 5 de julio de 2015

XXIII

Los ojos pesan, cansados de tanto sentimiento, y ruegan por cerrarse de una vez a este mundo emocional que llevan encadenado dentro. Las ojeras se suman a la carga y al vacío del interior que, pese a estar hueco, es mucho más pesado que si fuera llenado con eso que tanto anhela. Y el tiempo pasa en esa mirada exhausta, abandonada, suspirante por todo aquello que nunca obtendrá como quiere.
Los minutos se alargan, las horas se eternizan y los años mortifican, flagelando ese exhausto pecho tan necesitado de correspondencias; pues no hace otra cosa que lanzar cartas en botellas a mares tempestuosos, como si eso fuera a servir para algo más allá de para perder y romper sueños y deseos en miles de fragmentos que cortan como ese cristal roto que contenía aquel triste papel mal garabateado, ahora hundido y ahogado, gritando en burbujas bajo el océano.
El viento sopla, acaricia mi cabeza y la mirada se difumina. ¿Por qué las lágrimas se agarran a los párpados y se asoman? ¿De veras añoro tanto esos recuerdos de tacto y olfato?, ¿de veras añoro tanto los sabores del tiempo pasado? Pues es lo que noto en mis pupilas, que ahora sólo ven el mundo a través de un agua salada y cristalina. ¿Significará eso, pues, que yo también he saltado a nadar con esos mensajes, a buscar lo que ellos nunca lograron traerme? Pero en ese caso, ¿por qué lo habré hecho? Yo también voy a perderme como ellos. Aunque quizá, como mi esperanza, ahora sea lo único que quiero. Hundirme y ahogarme en la tempestad hasta que nadie encuentre mi cuerpo muerto desde hace tiempo, ahora sólo húmedo y medio descompuesto.
Así que los brazos golpean el agua sin ganas y las olas me devuelven las brazadas mal dadas según los pies crean una estela apenas percibida. Las estrellas del deseo brillan sobre mi testa observándome en esa noche, engañándome al rodearme con su reflejo, esperando que me lance de cabeza en alguno de esos espejismos al creer que al fin he logrado atrapar uno por mí mismo. Pero sólo nado y nado según mi llanto acrecienta ese vasto firmamento marino. Y las lágrimas brillan según se derraman, según descienden por mis mejillas hasta fundirse con esa marea que brama; brillan como reflejo de mi vida, brillan para indicar que ésta está siendo malgastada y perdida. Pero yo continúo, pues sólo puedo vivir de quimeras y deseos, de ensueños imposibles que apenas llego a rozar con los dedos y que se esfuman cuando mis labios se posan en ellos; convirtiéndose en humo, niebla y sueño, despertándome en la orilla de algún lugar desierto donde el sentimiento y la impotencia oprimen más mi pecho y yo vuelvo a lanzar mensajes embotellados y deshechos.



sábado, 27 de junio de 2015

IX

Las nubes parecen algodón lleno de polvo a mis pies, la noche brilla estrellada sobre mi cabeza y el viento acaricia mi cara. ¿Dónde me encuentro yendo a estas horas directo a la nada? Lo último que recuerdo es que intentaba refugiarme en mis letras, en mi cabeza, pero ante la imposibilidad de lograrlo destrocé el muro de mi claustrofóbica estancia y salí de allí volando, desgarrando las alas plegadas bajo la piel de mi espalda.
La sangre ya no chorrea a pesar del rastro que dejé de buen inicio. Una lluvia roja para los vecinos que gritarán horrorizados nada más verlo tras el primer sujeto matutino. Lástima que no vaya a poder disfrutar de esa escena, me dirijo a la nada con mis grandes alas desgastadas y mis penas.
El suelo ya no existe. Las nubes parecen difuminarse. Y el cielo siempre está tan lejano como esas inalcanzables estrellas. Por mucho que alce el vuelo, la distancia no se acorta y sólo logra alejarme de todo aquello que me rodea. Me convierto en un punto borroso que acabará siendo borrado en un soplido, si es que no se ahoga antes al quedarse sin oxígeno para caer cual Ícaro. Pero el cansancio en mis ojos me impide preocuparme por nada que no sea volar hasta donde el color pierde sentido, hasta donde el negro es blanco y el blanco es olvido y las palabras sólo son un alboroto confuso de sinsentidos vacíos.
Me pregunto qué pasará por mi cabeza entonces. Y cómo será todo y toda realidad. Si veré alguna cosa curiosa o sólo pasarán ideas torpes que pretenden parecer contrarias y valiosas. Me pregunto si mis alas desaparecerán o me las arrancarán como si tirasen de mis brazos para amputarlos de cuajo. Si quedará hueso o sólo dos huecos surtidores de sangre. Si mi cuerpo estallará o permanecerá intacto y sin tacto, invisible al ojo e inodoro al olfato. Aunque quizá sólo se convierte en un maldito garabato hecho por una mano rabiosa que araña, que desgarra, que cercena una hoja con un lápiz roto.
O quizá simplemente no llego allí. El Sol está a punto de salir y mis ojos sólo quieren dormir, rendirse al cansancio y precipitarse hacia algún peñasco para despedazar la carne de su cuerpo como un estropajo y dejar un sucio borrón que nadie verá y que el tiempo se encargará de borrar. Que la lluvia arrastre ese cuerpo mutilado y desmembrado en un olvido olvidado de mareas negras hundidas en miseria y así se pierda. Donde nadie lo recuerda, donde nadie lo menciona. Donde nadie nunca nada. Y así la lluvia ayuda al tiempo limpiándole las manos con su negra agua sucia.
Pero las alas siguen batiéndose destrozándose como la mente, como los brazos de aquel hombre que sueña con alzarse, como la cabeza del ave que choca y colisiona contra un ventilador gigante. Siguen batiéndose arrancándose sus pedazos ardientes, dirigiéndose eternamente a esa nada tan ansiada donde ya no serán relevantes ni utilizadas. Donde la inexistencia por fin será alcanzada.