Es octubre. Las noches y las lluvias pasan, como el
Sol por las mañanas. Nada cambia más allá del frío, nada cambia. Las gotas
empañan mis ventanas, pareciendo ese ligero y húmedo rocío que siempre posee mi
alma, y mis dedos forman formas al azar en ese húmedo cristal.
Los truenos han sido las palabras más reales que he
escuchado en meses. Los rayos, las ilusiones que más he creído. He pensado en
ellos como todo aquello que he querido: ruido potente, belleza inminente y fuga
fugaz. Sin saber cuándo volverán o si los días pasarán y pasarán
hasta que alguno se digne a regresar.
Es octubre, sí, y nada cambia más allá del frío,
ahora también exterior. Mis manos se entumecen, confundidas, ante la lluvia que
cae y la escarcha que cubre mi interior. El hielo es profundo y quema, pero ya nada
siente mi corazón. Quizá ahora sea otoño, pero dentro de mí hace tiempo que
dejó de salir el Sol; el invierno eterno me rodea y mis palabras, ahora
carámbanos, murieron de congelación.
Yo no sé por qué intento luchar contra esta tormenta
si es lo único capaz de calmar mi cabeza, que se desespera y anhela. Las
emociones, como las flores que son, hace tiempo que se marchitaron y murieron.
Puede que sea octubre, pero aquí sólo es desolación; ruinas y cansancio
comprimidos habitan en este cuerpo exhausto y lleno de desesperación. Quizá la
música se fue hace aún más tiempo y sólo dejó este desconcierto, de notas rotas y solitarias como aquellas almas que sin rumbo vagan; como aquella Luna que
el cielo todavía guarda.
Las hojas, enrojecidas, caen y se disuelven en este
mar de sangre. Sus letras, no tardan en desaparecer y mueren sin ser relevantes.
Pues es octubre, y nada cambia: la pesadumbre prevalece y todo termina como
estas palabras.
Te escribo. Ya no sé desde dónde, ni cómo, ni por qué.
Pero aquí estoy, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote. Las letras
no paran de morir en mi cabeza según surgen. Son como brillos fugaces de
estrellas que perecen en un instante. Y yo intento atraparlas, capturarlas como
buenamente puedo en este papel, a través de mis dedos. Pero nada, es imposible
hacerme con todas ellas. Supongo que su destino es morir, supongo que están más
vivas de lo que en su día creí, ¿pues cómo puede morir, sino, algo si no está
vivo?
En su momento pensé que esto no sería más que otra carta.
Tal vez, con suerte, algo importante, pero según la tinta mancha el blanco con
estas impresiones sólo puedo decir que no paran de generarse confusiones en mi
cabeza, en mis letras. Ni siquiera sé qué diablos hacer con tanta palabrería.
Pero aquí la ves. ¿Quieres, pues, que para repararlo te cuente alguna historia?
¿Quizá de cómo un individuo se perdió en su propia memoria? ¿Puede que
prefieras el viaje por un sendero oscuro, sin iluminación, donde nada importaba
tanto como los pasos que se iban dando? A lo mejor prefieres algo más alegre,
como una tarde tranquila llena de viajes en una mente que sueñe. Siento no
saber qué buscas, o no poder dártelo, pues lo conozco pero no lo hallo. O igual
no lo poseo. Podrían ser ambas cosas, o muchas de otras. Pero aquí estoy, como
bien he dicho, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote.
Las letras, como dije, surgen. Y sé que son horribles.
Perdieron hace mucho sus buenas formas y modales, sus características
esenciales. Ahora sólo se encargan de buscar algún resquicio por el que
colarse. Y hay tantas grietas por donde pueden perderse hasta olvidarse…
Abismos incontables que resplandecen incesantes, tentadores, como ciertos
labios que aprendí a desconocer. Y, como yo, las letras se tiran y caen y caen
y caen, creyendo que algún día alcanzarán algo importante. Creyendo, como si no
hubieran aprendido nada durante todo este tiempo. Y puede que no lo hayan
hecho, pues ninguna ha vuelto para enseñarles su sufrimiento; sólo han caído
por un precipicio negro donde su tinta ha perdido sentido. Fundiéndose con su
entorno como si nunca hubieran nacido.
Y quizá aquí me hallo, precipitado, agarrando pedazos
rotos como recortes de un periódico, para formar una carta, quizá de auxilio o
de socorro, quizá de desespero o de entierro. Para lanzarla lejos, como si eso sirviera
de algo más allá de formar más confusión en un alboroto extraviado con ideas y
pensamientos acumulados. Y quién lo diría, pues yo no, que esto sucedería.
Historias muertas. Otros escritos abriéndose como capullos marchitos que se
abren. Flores enfermas que caen. Que caen… Pues se abren y de tanto abrirse se
parten, se desmoronan y se deshacen. Cenizas que se creen palabras, palabras
que se queman nada más ser pronunciadas. Y cartas extraviadas en las memorias
donde fueron procreadas. Anhelando algún día encontrar un destinatario que las
quiera, alguna correspondencia, pero sus sobres se perdieron bajo la marea.
El abismo se cierra. O esa impresión crea la noche, sin
estrellas, confundiendo el blanquecino cielo con la espesa agua negra. Puede
que llueva, mas mi piel está demasiado seca; las gotas sólo le formarán más
grietas. ¿Podría colarme yo por ellas? Quizá mi alma ya lo hizo y ahora no
encuentra salida. Quizá el abismo es interior y las gotas son lágrimas perdidas.
Aquellas que nunca salieron en su momento idóneo. Pero tampoco puedo confirmarlo;
no sé dónde me hallo, no sé qué diablos hago; sólo estiro la mano, como si pudiera ver mis dedos, esperando. Y puede, puede ser, que algún día, algo, o
alguien, la agarre y me arrastre. Aunque sea sólo para ayudarme a hundirme más
en este constante e infinito desastre.
Los pies fríos, acordes al vacío, y tormentas en la
cabeza, con cuerdas que relampaguean. Olas rompiéndose en piedras que golpean
las orillas y a quienes se atreven a verlas, con sales marineras que quieren
tensar las velas bajo las aguas negras; como si las embarcaciones pudieran
navegar a la inversa, surcando las estrellas verdaderas y no las que se
reflejan.
Nubes brunas que centellean a oscuras, tinta volátil
que inunda la partitura de las gotas de música que repiquetean como si rascasen
los remaches de una cajita no-muda y la vista nublada con las caricias de la
melodía que mece las tablas, que rompe las corazas; arrancando capas como quien
desnuda a quien ama para incitarle al naufragio entre las blanquiazules
sábanas.
Agarres y amarres en puertos invisibles e impares que
estallan cuando el cielo cruje. Anclas sin nudos que ahogan cuellos desnudos. Y
unas uñas arañando la dura corteza de aquel nuevo árbol creado con nuevas
piezas viejas. Rotas, las embestidas golpean y entran, inundan como el deleite inunda
dos cinturas y los dientes de aguardiente mueren entre las carnes de aquellos
que prefieren mostrarse pacientes; hasta que el tiempo les cubre y fallecen,
ahogados por él. Finados en la incertidumbre de si su destino hubiera sido distinto
en caso de haberse opuesto a su lumbre y a las letras que arden en su interior
como los rugidos incesantes de un pasado también muerto.
El naufragio se rompe cuando queda algún
superviviente, como el placer pierde su lucha en cuanto se abren los ojos de
sus combatientes. Pero ambos se encuentran perdidos en un nuevo ambiente,
confusos y desorientados por un final inesperado donde al perecer la vida ha
logrado abrirse paso. Como si eso fuera algo deseado. Como si uno no quisiera
morir en adrenalina y otro en éxtasis donde sobrevivir no es nada más que una
falsa excusa para proseguir. Como si la lluvia buscase al Sol, como si no lo
utilizase para sus propósitos y luego decirle “adiós”. Los pensamientos
desaparecen con la distracción y los instantes con el recuerdo. Las nubes grises
se las lleva el viento y lo demás es arrasado por éste como bien haría el
tiempo. Todo momento desaparece como el barco en la mar: flotan destrozos en
las aguas y ya no queda nada más.
Los ojos
pesan, cansados de tanto sentimiento, y ruegan por cerrarse de una vez a este
mundo emocional que llevan encadenado dentro. Las ojeras se suman a la carga y
al vacío del interior que, pese a estar hueco, es mucho más pesado que si fuera
llenado con eso que tanto anhela. Y el tiempo pasa en esa mirada exhausta,
abandonada, suspirante por todo aquello que nunca obtendrá como quiere.
Los
minutos se alargan, las horas se eternizan y los años mortifican, flagelando
ese exhausto pecho tan necesitado de correspondencias; pues no hace otra cosa
que lanzar cartas en botellas a mares tempestuosos, como si eso fuera a servir
para algo más allá de para perder y romper sueños y deseos en miles de
fragmentos que cortan como ese cristal roto que contenía aquel triste papel mal
garabateado, ahora hundido y ahogado, gritando en burbujas bajo el océano.
El
viento sopla, acaricia mi cabeza y la mirada se difumina. ¿Por qué las lágrimas
se agarran a los párpados y se asoman? ¿De veras añoro tanto esos recuerdos de
tacto y olfato?, ¿de veras añoro tanto los sabores del tiempo pasado? Pues es
lo que noto en mis pupilas, que ahora sólo ven el mundo a través de un agua
salada y cristalina. ¿Significará eso, pues, que yo también he saltado a nadar
con esos mensajes, a buscar lo que ellos nunca lograron traerme? Pero en ese
caso, ¿por qué lo habré hecho? Yo también voy a perderme como ellos. Aunque
quizá, como mi esperanza, ahora sea lo único que quiero. Hundirme y ahogarme en
la tempestad hasta que nadie encuentre mi cuerpo muerto desde hace tiempo,
ahora sólo húmedo y medio descompuesto.
Así que
los brazos golpean el agua sin ganas y las olas me devuelven las brazadas mal
dadas según los pies crean una estela apenas percibida. Las estrellas del deseo
brillan sobre mi testa observándome en esa noche, engañándome al rodearme con
su reflejo, esperando que me lance de cabeza en alguno de esos espejismos al creer que al fin he logrado atrapar uno por mí mismo. Pero sólo nado y nado
según mi llanto acrecienta ese vasto firmamento marino. Y las lágrimas brillan
según se derraman, según descienden por mis mejillas hasta fundirse con esa marea
que brama; brillan como reflejo de mi vida, brillan para indicar que ésta está
siendo malgastada y perdida. Pero yo continúo, pues sólo puedo vivir de
quimeras y deseos, de ensueños imposibles que apenas llego a rozar con los
dedos y que se esfuman cuando mis labios se posan en ellos; convirtiéndose en
humo, niebla y sueño, despertándome en la orilla de algún lugar desierto donde
el sentimiento y la impotencia oprimen más mi pecho y yo vuelvo a lanzar
mensajes embotellados y deshechos.
Las
nubes parecen algodón lleno de polvo a mis pies, la noche brilla estrellada
sobre mi cabeza y el viento acaricia mi cara. ¿Dónde me encuentro yendo a estas
horas directo a la nada? Lo último que recuerdo es que intentaba refugiarme en
mis letras, en mi cabeza, pero ante la imposibilidad de lograrlo destrocé el
muro de mi claustrofóbica estancia y salí de allí volando, desgarrando las alas
plegadas bajo la piel de mi espalda.
La
sangre ya no chorrea a pesar del rastro que dejé de buen inicio. Una lluvia
roja para los vecinos que gritarán horrorizados nada más verlo tras el primer
sujeto matutino. Lástima que no vaya a poder disfrutar de esa escena, me dirijo
a la nada con mis grandes alas desgastadas y mis penas.
El suelo
ya no existe. Las nubes parecen difuminarse. Y el cielo siempre está tan lejano
como esas inalcanzables estrellas. Por mucho que alce el vuelo, la distancia no
se acorta y sólo logra alejarme de todo aquello que me rodea. Me convierto en
un punto borroso que acabará siendo borrado en un soplido, si es que no se ahoga
antes al quedarse sin oxígeno para caer cual Ícaro. Pero el cansancio en mis
ojos me impide preocuparme por nada que no sea volar hasta donde el color
pierde sentido, hasta donde el negro es blanco y el blanco es olvido y las
palabras sólo son un alboroto confuso de sinsentidos vacíos.
Me
pregunto qué pasará por mi cabeza entonces. Y cómo será todo y toda realidad. Si
veré alguna cosa curiosa o sólo pasarán ideas torpes que pretenden parecer contrarias
y valiosas. Me pregunto si mis alas desaparecerán o me las arrancarán como si
tirasen de mis brazos para amputarlos de cuajo. Si quedará hueso o sólo dos
huecos surtidores de sangre. Si mi cuerpo estallará o permanecerá intacto y sin
tacto, invisible al ojo e inodoro al olfato. Aunque quizá sólo se convierte en
un maldito garabato hecho por una mano rabiosa que araña, que desgarra, que
cercena una hoja con un lápiz roto.
O quizá
simplemente no llego allí. El Sol está a punto de salir y mis ojos sólo quieren
dormir, rendirse al cansancio y precipitarse hacia algún peñasco para despedazar
la carne de su cuerpo como un estropajo y dejar un sucio borrón que nadie verá
y que el tiempo se encargará de borrar. Que la lluvia arrastre ese cuerpo
mutilado y desmembrado en un olvido olvidado de mareas negras hundidas en
miseria y así se pierda. Donde nadie lo recuerda, donde nadie lo menciona. Donde
nadie nunca nada. Y así la lluvia ayuda al tiempo limpiándole las manos con su
negra agua sucia.
Pero las
alas siguen batiéndose destrozándose como la mente, como los brazos de aquel
hombre que sueña con alzarse, como la cabeza del ave que choca y colisiona
contra un ventilador gigante. Siguen batiéndose arrancándose sus pedazos
ardientes, dirigiéndose eternamente a esa nada tan ansiada donde ya no serán
relevantes ni utilizadas. Donde la inexistencia por fin será alcanzada.
Hoy he
soñado que estaba contigo, otra vez. He soñado que te amaba, que me querías, y
que inundábamos nuestros cuerpos de caricias. He soñado que recorría tu piel
fina con la yema de mis dedos, saboreando tu tacto con ellos, mientras una
ligera sonrisa rompía tus comisuras. He soñado que tu cuerpo, suave, se
moldeaba en mis manos, adaptándose, como el mármol al escultor y que encajaban,
mis huecos con tus miembros, durante todo el proceso.
Hoy he
soñado que nos encontrábamos, otra vez. He soñado que te quería, que nos
amábamos, y que los besos inundaban esos recovecos tan difícil de verlos por
culpa de las cicatrices del tiempo. He soñado que tu espalda se posaba en el
suelo mientras tus labios se separaban y, con un suspiro, rompían tu garganta…
según mis dientes marcaban tus pechos que, endurecidos, sólo pedían más y más
mordiscos. He soñado que nos apretábamos, nos arañábamos y luego nos besábamos,
acariciándonos y lamiéndonos aquellas heridas que, inocentemente, nos
producíamos.
Hoy he
soñado contigo, y con tu cuerpo, otra vez. He soñado que hacíamos bellos
cuadros de poesía, con nuestro afecto, sin ni siquiera ser conscientes de ello
mientras, a lo lejos, nos desvanecíamos en un sueño.
“El
fuego hace ver a la ciudad tan brillante…”, dijo en un susurro mientras clavaba
su fría mirada en las llamas que crecían en el horizonte. “Tan brillante…”,
repitió con un lento movimiento de sus labios. Yo, por mi parte, no podía
apartar la vista de ella, viendo su silueta desdibujada por las sombras de aquella
lejana luz que sus pupilas observaban. Con otro movimiento, también lento,
apartó su mano izquierda de encima de su pierna y la puso en el suelo, entre
los dos, con la palma hacia arriba. ¿Esperaría que la cogiera? Sí, era probable
que eso fuera lo que esperaba que hiciera. Así que acerqué mis dedos y, poco a
poco, fui rodeando los suyos según notaba el contraste de su fría mano metálica
respecto a la mía, humana.
Apretó mi
mano con delicadeza. ¿Tendría miedo? ¿O quizá se trataría de algún sentimiento
desconocido que rondaba por aquellos circuitos inexplorados? “Son como hormigas
huyendo de un hormiguero dominado por una lupa”, volvió a susurrar. ¿Se referiría
a las personas que estarían corriendo y chillando desesperadas? No lo sabía y
tampoco había forma de que lo supiera. Nos encontrábamos sentados en un pequeño
precipicio del bosque y, desde allí, la ciudad para mí no era más que un
incendio deforme. Un faro descontrolado que tiembla sin saber dónde queda el
océano. Pero quizás ella podía verlos, quizás con sus ojos robóticos podía
incluso ver las caras de terror de quienes se encontraban en medio del fuego.
Entonces, ¿por qué la seguí? Es más, ¿por qué diablos me sacó a mí de aquel
edificio y me llevó a un lugar seguro para más tarde traerme aquí? No había hecho
otra cosa que seguirla intentando saber qué demonios hacía con aquellos bidones
de gasolina. ¿Quizá pensaría que la comprendía? Porque si se había formado esa
expectativa, tarde o temprano me descubriría y seguramente me mataría. Porque yo
no la comprendía. Ni siquiera sabía qué la motivaba o qué sentía, si realmente
algo lo hacía.
Cerré
los ojos y me cortó el suspiro que iba a soltar con otra frase pronunciada por
su voz artificial. ¿Me había pedido que me quedase consigo? ¿Acaso era eso o tal
vez me lo había imaginado? Abrí los párpados y ahí vi su preciosa mirada mecánica,
clavada en mis pupilas. “Quédate conmigo, quédate a mi lado…”, repitió, como si
fuera consciente de que no la había entendido de buen inicio. “Quédate…”.
La
imagen de ella, de aquella desconocida con la que no había compartido nada más
que unas pocas palabras y horas contadas por milímetros y segundos, junto a lo
que dijo, me sorprendió. Pero no lo hizo tanto como el abrazo que me dio justo
en mi parpadeo, rodeándome con sus fuertes pero delicados brazos y hundiendo su
cabeza en mi pecho. ¿Estaría llorando? ¿Era eso posible? ¿O acaso ahora sí que
se trataba de una impresión que me había formado yo, muy lejos de la realidad?
Quizá simplemente pretendía hacerla más humana de lo que en verdad era. Quizá
simplemente eran cosas de mi cabeza. Pero un pequeño gimoteo procedente de aquellos
finos labios hizo que se desvaneciera de inmediato esa idea. Y yo ladeé la
cabeza.
El fuego
brillaba con intensidad, creciendo cada vez más. ¿Acaso nadie se encargaba de
intentar apagarlo o es que, por otra parte, lo que en realidad querían era que
todo quedase arrasado? Porque, en ese caso, ella solamente les habría hecho el
favor de haberlo iniciado. “En el fondo, sólo son, y somos, personas que
deseamos, de alguna forma, arder. Sólo que algunas desean hacerlo literalmente…”,
murmuré y noté cómo ella alzaba la vista para mirarme fijamente. Le devolví la
mirada y me pareció percibir sus ojos más brillantes (aunque no supiera
explicar la causa real de aquel líquido centelleo en su metal).