Es de noche. Madrugada 21. No ha sido un mal día. Tampoco
uno bueno. Simplemente ha sido.
La noche llega y los ojos de las personas se cierran,
acurrucados al calor ajeno y confortable, a la piel cálida que los abraza en
medio de la oscuridad. Otra noche como otra, y nada más. Manos juntas, suspiros
y ronquidos, pausa y tranquilidad. Quizá alguna ventana abierta, con la luz encendida,
a saber por qué, frente a los ojos turbios de quien fuma, en el balcón, sin
poder dormir. Otra noche como otra.
La calle descansa, la luna se recuesta entre las nubes y las
estrellas observan, somnolientas, cómo nada sucede, cómo la vida duerme. Es de
noche y nadie, nadie más allá de los insomnes, que confunden el tiempo y creen
estar en un día sin sol, lo perciben. Porque, ¿quién iba a notarlo, si no es
importante, si nada ocurre? Es otra noche, otra como otra, y nada más.
La lluvia devora la noche a través de cristales empapados de
niebla, como si no importasen las pupilas que en ellos se buscan reflejar. La
oscuridad gotea entre el cielo y el vidrio, formando caminos de luces lejanas
que pasan rápidas, cual chispas de vida en suspiros incomprensibles. Y las manos,
frías, buscan calentarse entre ellas a través de unos dedos helados.
Ya no queda mirada alguna más allá de la del cristal roto en
transparencia, fragmentado en raíces que lagrimean frente a una ciudad ennegrecida
de neón, frente a unos rostros iluminados bajo sombras; el ojo observa el
interior tal como éste intenta contemplar lo de afuera, aquello tornado reflejo
turbio que se encuentra tras él, aquello que el ojo muestra y oculta sin saber.
Los claroscuros juegan entre repiqueteos y la penumbra crece según los párpados
artificiales ceden ante el brillo de lo espontáneo, ante los colores fugazmente
ficticios, desmoronando en ríos la forma de la vista. Como si no importase.
Como si no importase nada en absoluto.
Lo borroso se torna realidad y la realidad se
emborrona; difuminación de formas, de siluetas; se diluye aquello que la pupila
transmite y la lluvia devora la noche, haciéndola crecer. La luz que en su
momento pudiera significar algo ya no es; solos, puntos, color, tinte sin
valor, mera apariencia destinada a perecer entre el olvido y la tiniebla, el
cristal revienta en su propia existencia al perder su condición, al convertirse
en algo nuevo que no le es propio, y la apariencia se deforma entre delirios,
entre quimeras, imaginaciones que buscan siempre referencias, incapaces de
admitir la azarosa casualidad, incapaces de convivir en medio de una lluvia a punto
de estallar, como si no lo hubiera hecho ya. La luz se extingue y nada cambia.
Solo, a solas, una mirada vidriosamente apagada.
Te observo esta noche donde tus pupilas no se cruzan con las mías y pienso “Efialtes...” en voz baja,
queriendo que tus ojos se fijen en los míos en mitad de una oscuridad estática,
en medio de un pedazo de tiempo congelado en papel, como si ese imposible fuera
realizable a través del susurro de una palabra.
La noche se ha posado sobre
tu cuerpo en forma de sábanas y acaricia tu piel mientras las manos,
invisibles, aprietan sus dedos anhelantes. Tus yemas reposan sobre la nada y
las mías sobre el recuerdo; si al menos pudieran cruzarse durante un breve
momento... quizá de esa forma las pupilas chocarían entre ellas y los labios
quedarían entreabiertos, sin necesidad de hablar, mientras las miradas
contemplan lo ajeno y el murmuro precede al suave e intangible beso.
Una
caricia en mitad de la oscuridad, repasando una espalda desnuda como una
silueta fantasmagórica en mitad de la ilusión imaginaria que cubre unos ojos
cansados, ocultos tras los párpados. La mano rozando el contorno de aquello
soñado, tanteando con los dedos, susurrando con las yemas, en medio de una piel
ajena, que respira, lenta, en un anochecer que -ojalá- no parece cesar jamás.
Los labios medio secos, medio húmedos, buscando una lengua que logre aclarar su
confusión, agrietada por frías brisas y carencias, y un estremecimiento que
contrae el cuerpo en un escalofrío desgarrador. La noche hace presencia con su
repentino despertar.
La
mano, ajena, aferrada a unos dedos, ajenos también, sin distinguirse entre el
absoluto de la negrura que engloba y cubre las miradas de las pupilas, como si
no hubiera nunca, jamás, o inicio siquiera. Donde las sábanas, como único
refugio, fundido de oscuro, manto de negror, ocultan el cuerpo como si no
estuviera ya unido a ello, fundido también, junto al sonido inquietante del
silencio que deja a solas la mente.
Un
respirar lento, unos parpadeos imperceptibles que no cambian la realidad y unos
ojos que contemplan sin mirar. La noche observa a quien intenta observar y la
compañía innata, presente, ausente, carente, de quien está sin estar, parece
ser el único sitio al que aferrarse en mitad de esta oscuridad. Deseando
regresar al sueño lo antes posible, donde, al menos, aunque quizá tampoco nada
se distinguiera, uno no tendría conciencia de esta tiniebla.
La
luna ha colisionado ante nuestros ojos y se ha difuminado en miles de
partículas incapaces de ser realmente retenidas en nuestra memoria; el sol se
ha apagado en un brillo de ojos muertos que resplandecen en la oscuridad ebria
de noche. Si al menos, tan siquiera, estas manos temblorosas pudieran
sostenerse en pie sin precipitar al vacío el primer vaso que se cruzara con
ellas, quizá, al menos, las palabras saldrían de sus yemas rotas a mordiscos
nerviosos.
Pero
aquí no hay nada más que zozobra en una certera incertidumbre acerca de un
porvenir sin por llegar. La lucha de las masas que conforman este pensamiento
sin sentido ni consistencia se encarniza con el rojo de los ojos y las mejillas
cansadas de llorar. Si al menos el vaso se sostuviera y se pudiera dejar quiero
en la mesa mientras los dedos intentan dibujar, sin éxito, unas letras, la
noche no parecería tan nocturna, pero las farolas están ahí, fijas, acusando en
naranja, como si no hubiera resguardo posible en el alba.
Y
el desvarío se generaliza en un malestar previo a su existencia, en una
búsqueda de explicaciones que no llegan jamás.
Si
al menos algo pudiera ser real, si al menos el veneno que cruza esta sangre no
derramada sin parar fuera de calibre mortal, cual bala que atraviesa, sin
sonido aparente, la calavera de quien yacía antes del disparo, puede que todo
hubiera terminado ya. Pero aquí no hay más que tristes papeles en miedo de la
oscuridad…
(Calma; en teoría la lectura debería durar hasta el minuto 1:15)
Escuchaste
las olas del mar rompiéndose en un vacío sideral, abisal, que se perdía en la
oscuridad de la noche sin fin, y tus ojos no pudieron apartarse ya más de ese
oleaje, de ese ir y venir, entre los cuales, tú, Efialtes, empezaste a suspirar
frente a una espera desconocida, frente a la búsqueda de la llegada de aquello
que desconocías, como si, algún día, pudieras identificar la ola correcta. Como
si, algún día, ésta al fin llegase y no te hallase muerta.
La
playa, perdida de arena, extraviada en la negrura perenne, envolvía tus pies y
abrazaba, como podía, las partes del cuerpo que le dejabas mientras tus dedos
jugueteaban con su composición, con esa ceniza quemada -sin arder- bajo el oculto
Sol. El viento ha huido y los susurros de la brisa solo recorren tu cabeza y tu
vello que, entre escalofríos, se eriza según tu mirada, enorme, sigue fija en
ese punto invisible que divide el negror en dos. La luz se ha filtrado en tu
corazón y no sabes cómo -ni cuándo- sucedió. Mas lo tomas como algo malo, algo
marchito, que calcina todo lo pensado, todo lo escrito, y lo ocultas, en el
frío, procurando que pase desapercibido para quienes, con una cerilla, procuran
encontrar el camino para morar en ese hueco que, pese a su bombeo, aparenta
estar vacío.
La
noche se posó en tus ojos, Efialtes, la noche se posó en ellos y los tornó de
su color, convirtiendo tu mirar, y tu pupila, en su efigie. El negror se ocultó
bajo tu rostro y tus comisuras, rasgadas, dejaron ver su voluntad cuando éstas
no sonreían, sinceras, frente a la realidad. Y la lucha interna por esas luces
apagadas que soplaban las pequeñas llamas de las velas terminó aislando aquel
brillo que, desesperado, buscaba un centelleo al que aferrar todos sus deseos y
anhelos antes de que éstos terminasen convertidos en exhalación sin fuerza ni cuerpo,
aire arrastrado por unos labios descompuestos.
Mas,
pese a ello, pese a esa oscuridad, a esa tiniebla que, cual bruma, asomaba por
las grietas, la espera seguía en mitad de ese entumecimiento de manos, de esa
mirada sin objetivo -pese a estar aguardando-, de ese ir y venir por parte del
oleaje que, como la leve luz, brillaba espontáneamente bajo el resplandor de las
lejanas estrellas que, fugazmente, caían. Pues Efialtes, en su ensimismamiento,
lloraba, y ni siquiera lo sabía.