Como
siempre que transcurría el ocaso, se asomó al balcón, pensativo. ¿Qué pasaría
por su mente mientras encendía su rutinario cigarrillo? ¿Quizá en los gritos de
su casa, tan habituales como los de aquellos domingos que antes pasaba en la
plaza? ¿O puede que en su antiguo trabajo, del cual le habían echado? Quién sabe.
Igual sólo miraba la oscuridad de la noche donde ni siquiera la luna se atrevía
a mostrarse, escondiéndose tras las nubes.
Una
cortina de humo salió de sus labios, difuminándole el rostro como una niebla
encargada de ocultar un malestar que se percibía en su dificultad por tragar
saliva. Su mano izquierda, cogida a la barandilla, apretaba con más fuerza
aquella barra metálica según daba caladas al cigarro. Pero dudó ante la última
y sus dedos se soltaron, cansados.
Su
meñique y anular derechos rodearon la baranda y su mirada, antes alzada al cielo,
bajó hasta perderse entre los huecos de los otros edificios, ensombrecidos por
las luces naranjas que parpadeaban en las calles y ventanas.
Un suspiro,
envuelto de humo, y unas pupilas mirando de reojo al lóbrego interior de su
domicilio.
El
cigarrillo acabó por consumirse solo y se deslizó entre sus dedos, resbalándole
para caer al vacío desde aquel quinto piso. Sus ojos, rápidos, lo observaron. Y,
por unos instantes, se iluminaron. Pero un tosido que le obligó a llevarse la
mano a la boca le distrajo.
Cenizas.
Cenizas todavía candentes en su palma. Y una mirada baja; su idea no le
serviría de nada. Se consumía, día tras día, para acabar convertido en una
cinérea colilla que en cualquier momento el tiempo pisaría. Así que cerró los
ojos y soltó la bruma que quedaba en su interior.
Sus
hombros cayeron, exhaustos, y con movimientos automáticos se dirigió a su sombrío
lecho, donde debería haberse quedado durmiendo hace mucho tiempo.
Las
gotas, como pedazos de un alma alquitranada por el tiempo que reventó ante un
viejo y continuo sufrimiento, caían frente a sus ojos, oscurecidos como el
temporal. La lluvia, guiada por el incesante viento, no dejaba de golpear la
ventana. Y aquel sonido le relajaba. Pero los suspiros que escapaban de sus
labios no eran de alivio, eran de cansancio.
Sus
parpadeos eran cada vez más lentos, más fatigados, e iban acorde con sus
inspiraciones. Meditaba con paciencia todo aquello que circulaba por su cabeza.
Pero sabía perfectamente que ninguna idea le haría cambiar de parecer; ya había
tomado una decisión y, en esa ocasión, ya no había vuelta atrás.
Había
vivido todo lo que debía vivir. O eso quería creer para no autocompadecerse
más; tenía suficiente con lo que los años le habían llevado a hacerlo ya. Y era
hora de enfrentarse a aquello de lo que había huido tanto tiempo, a aquello que
tanto había pospuesto con cualquier excusa sacada en el último momento.
Ya era
hora. Y no vacilaría.
Sus ojos
estaban cerrados, pensativos. Sus manos cruzadas, golpeándose los pulgares
rítmicamente. Y sus labios, resecos y agrietados por la edad, fueron relamidos
en un segundo por la punta de la lengua que guardaban en su interior.
No había
alternativa. Lo sabía.
Abrió los
párpados y observó su imagen en el cristal. El pelo blanquecino marcaba su
longevidad pero eran las arrugas, aquellas cicatrices del tiempo en su rostro,
las que definían su vida. Algunos pensarían que el sillón y el despacho
demostrarían unas expectativas cumplidas, pero sólo lo harían quienes no fueran
capaces de fijarse en aquel reflejo de mirada vacía. En aquellos ojos llenos de
experiencias y carencias, llenos de una oscuridad que, paradójicamente,
albergaba todo y nada. Un hueco repleto de sentimientos huecos a su vez.
Las
palmas, ancianas, acariciaron los reposabrazos en un pestañeo. Al siguiente,
raudas, colocaron una caja sobre la falda de su dueño. Tras un clic se levantó aquella tapa tallada con
delicadeza y los dedos de la mano derecha, ayudados de un elegante giro de
muñeca, cogieron su contenido. La cubierta se cerró. Y el arma descansó encima
de ella.
No
faltaba mucho para que cumpliera su cometido.
Otro
suspiro. Esta vez el definitivo. Y él era consciente de ello pues, cuando su
boca soltó todo el aire contenido, el cañón ya se había colocado en su sien.
Un
relámpago iluminó el cuerpo vencido. ¿Su reto? Haber vivido.
Le
habían pillado. Todo el mundo fue testigo de sus crímenes y, aun así, nadie se
atrevió a hacer nada. Ni siquiera cuando el portavoz de aquel tribunal de
fantasmas se levantó para dictar la sentencia absolutoria.
Tenía
las manos manchadas de sangre tan negra como su alma, tan oscura como aquellos
pensamientos que se desfiguraban en su retorcida mente enfermiza. Los
escenarios de sus delitos eran dignos de horror. Más de uno tuvo que apartar la
mirada un momento antes de poder continuar analizando aquello que se había
cometido entre cuatro simples paredes. O, al menos, cuando las había. Pues no
tenía lugar fijo para cometer sus fechorías: descampados, lagos, habitaciones,
coches e incluso ascensores o retretes públicos. El lugar le era indiferente, lo
importante era tener alguien con quien satisfacerse.
Y eso
era lo único que le bastaba.
Además,
originalidad no le faltaba. No le gustaba la monotonía, o eso parecía debido a
que su patrón era la ausencia de éste: degollamientos, mutilaciones, ahogos o
incluso torturas hasta que la víctima no aguantaba y perecía. Si es que no le
daba por hacerlo de forma rápida: un tiro o corte limpio y a por alguien nuevo.
Le
habían pillado, sí. Él mismo confesó haber sido autor de todo aquello. Él mismo
admitió que se encargó de planear con todo detalle cómo la señora Adam sería
ahorcada con sus propios intestinos. Incluso añadió que tenía una cuerda
preparada por si eso fallaba. Por no hablar de Otto, quien fue golpeado
repetidas veces con su propio bate hasta que se le partió el cráneo. Y tampoco
hay que olvidarse de Alana, con sus brillantes ojos azules, que fueron hundidos
en sus cuencas después de encontrar el cadáver de Vincent en el parque
municipal: un disparo en la sien y el cuerpo tirado en el estanque.
Pero el
que seguramente destaque sea el caso de Iván, que fue encontrado en lo alto de
un rascacielos con su cuerpo descarnado y fracturado de cintura a pies y sus
órganos envolviéndole el torso. Aunque tenía una sonrisa de oreja a oreja. O
eso podría decirse si se hubieran encontrado, pues a día de hoy siguen en
paradero desconocido. ¿La explicación de ese acto? Un encogimiento de hombros
acompañado de un “Cuando uno tiene recursos los aprovecha para
divertirse”.
Diversión.
¿Sería esa la motivación de aquel maniaco? Sólo él lo sabe de verdad. ¿Aunque sería
por eso que se libró? ¿Por enfermo? Lo dudo mucho pues, pese a todo lo ocurrido,
pese a todo lo hallado y descrito, nunca hubo ninguna prueba concluyente. Ni siquiera aquel manuscrito encuadernado donde eran relatados todos y cada uno de los
actos. Unas acciones que, en realidad, solamente sucedían dentro de esas líneas en las que
estaban escritas. Y en las cabezas de quienes las leían.
Su
cuerpo, que se ceñía al vestido blanco que transparentaba debido al agua,
estaba empapado a causa de la incesante lluvia. Pero eso no parecía
importunarla. Ella seguía dando vueltas y vueltas sobre sí misma, con la mirada
al cielo y su perlada sonrisa rasgando sus sonrojadas mejillas. Como si los
nubarrones en los que clavó las pupilas antes de cerrar los párpados fueran
rayos de luz, rayos de luz encargados de iluminarla y darle el calor necesario
para que el frío no la calara.
Los
pezones de aquellos pequeños y tiernos pechos se marcaban en la tela, su vientre hubiera parecido desnudo si no fuera por aquella ligera capa que tenía encima, que emulaba ser una malla translúcida, y sus pies descalzos se manchaban cada
vez más de fango al pisar los charcos que salpicaban sus elegantes muslos.
Erik
notaba cómo su pecho crepitaba ante aquella visión, pero se mantenía a una
distancia prudencial; no quería llamar la atención de la chica que bailaba bajo
la tormenta. No quería interrumpir aquella danza que lo hipnotizaba. Y por
ello se quedaba quieto, en el suelo, observando en el más completo silencio
cómo los pasos de la muchacha se movían entre aquellos espejos acuáticos antes
de ser rotos bajo su peso, fragmentándolos en mil gotas.
Debido a
la situación le costaba respirar con normalidad. Era por ello que el joven
debía coger bocanadas de aire a pesar de que el paladar le supiera a tierra. A tierra y
sangre.
El sabor
metálico descolocó su mente, pero lo ignoró, igual que cuando se pasó los dedos
bajo su nariz y los notó pringosos. El espectáculo lo tenía demasiado cautivo con sus
gráciles pasos.
Parpadeó
un momento y recordó el viento meciendo su cabello justo antes de poder ver el
primer relámpago a lo lejos. O eso le pareció por el trueno que retumbó a los pocos
segundos, un tronido tan potente que le ensordeció los oídos con un agudo e
insistente pitido.
Pero la
imagen de la muchacha mojada era lo único que le importaba. Pese a las siluetas
difusas que empezaron a correr frente a él, sombras borrosas entre las que
continuaba el baile.
Hasta
que notó sus brazos elevarse, como si una fuerza externa quisiera alzarle.
El
muchacho se removió; no quería ser descubierto. Pero le fue inútil resistirse, las manos que sujetaban sus extremidades lo levantaron mientras creía escuchar
cómo alguien le llamaba. Mas su mirada quedó fascinada en las delicadas
facciones de la chica, que lo miraba.
Los ojos
de ambos se cruzaron y aquella perlada sonrisa que rasgaba sus sonrojadas
mejillas se tornó cálida. Él, como pudo, también sonrió. Y una punzada le golpeó
el esternón. Creyó que era el corazón que, ardiendo, le fundía el torso para
correr a los húmedos brazos de aquel recuerdo manifestado en mitad del campo.
Pero antes de caer de nuevo al barro, el dolor que prosiguió al desconocido impacto
le hizo ver cómo aquel vestido, empapado, era borrado junto a la persona que lo
llevaba puesto. Desvaneciéndose la actuación sin que pudiera hacer nada para remediarlo, como
sus compañeros tampoco pudieron socorrerlo a él, pues el miliciano se había
sumado al resto de finados.
Su mano
se posó sobre mi hombro en un suave gesto. Aspiré aire despacio y lo solté con
la misma velocidad, ya había llegado la hora.
La
saliva raspó mi garganta seca y la penumbra fue cerniéndose sobre mí. Ladeé la
cabeza y ahí estaba: su larga túnica negra con una capucha que ensombrecía su apariencia
pero que, al estar solamente oculta hasta la mitad, permitía ver aquellos
dientes desgastados colocados en un cráneo sin labios.
Suspiré.
No hacía
falta que dijera nada, ambos sabíamos qué tocaba. Mas una duda crecía en mi
pecho. Y al final no pude evitar formularla:
–¿Por
qué llevas esa máscara?
La
presión del inicio se esfumó, me había soltado y parecía sorprendida.
¿Quizá no se lo esperaba?
–Déjame
ver tu cara –le dije clavando mis pupilas en la parte que su capuz cubría.
Dio unos
pasos hacia atrás y se apartó. El silencio invadió las tinieblas en las que
estábamos sumidos y mi respiración menguó. Me quedaría poco para irme con ella
o quedarme eternamente en ese paraje desconocido, en esa especie de limbo. Pero
aún así, necesitaba saberlo.
–¿Por
qué?
Su voz
era suave, melodiosa. Distinta por completo a como pudiera haberla imaginado:
áspera y ronca. Apagada, igual que la vida que con ella se llevaba.
Bajé la
vista.
–Quiero
verte.
Unos
segundos de indecisión. Unos segundos de total inacción. Como si el tiempo se
hubiera detenido incluso para nosotros mismos. Pero sus dedos, que dejaron de
ser falanges, se movieron lentamente hacia su barbilla para subirla y
permitirme ver su semblante que, pese a su lobreguez, era serio. Serio y bello.
Pálido como su imagen de huesos.
Nuestras
miradas se cruzaron. La mía llena de curiosidad. La suya llena de tristeza y
oscuridad. Sus ojos, negros azabache, contenían una desolación digna de hacer
perder la razón, de enloquecer a cualquiera que conociera la plenitud de los
secretos que parecían albergar, la abundancia de visiones que debieron soportar.
Y nunca
acababan. Eran como un pozo, un pozo sin fondo en el que morías antes de tocar
el suelo, pues el pánico era quien se encargaba de destruirte después del
sufrimiento.
–¿Por
qué? –le pregunté–, ¿por qué, pese a tu belleza, llevas ese disfraz?
Titubeó.
Sus mejillas, cadavéricas, se ruborizaron por un instante. Y su fina y pequeña boca
se abrió para hablar. Pero no dijo nada. ¿Qué me iba a explicar que no supiera
ya? ¿Qué me iba a decir más allá de que, cuando se es rechazada, tachada de
monstruosidad, con una hermana a la que parecen adorar, no se puede hacer otra
cosa que convertirse en aquello que se te otorga, mostrándote en esa horrible
forma?
Sabía la
respuesta. Y me la dijo sin palabras. Sólo con una sencilla mirada.
Sus ojos
se entristecieron, aún más si era posible. Pero yo no quería verla triste.
–Acércate
–le dije.
Y ella
se acercó.
Su pelo,
largo y oscuro como el firmamento, se deslizó por su delicado cuello en cuanto
se inclinó para aproximar su rostro al mío. Nos miramos con sosiego y, tras cerrar
nuestros párpados un momento, mis labios se fundieron con los suyos en un beso
lento.
Una
espesa neblina te fatiga en mitad de la oscuridad. Mueves los brazos de forma
lenta, perezosa, como si no tuvieras energía y tus párpados se niegan a abrirse
por completo. Zarandeas la cabeza con tal de aclararlo todo, pero lo único que
consigues es un repentino mareo. Y caes al suelo.
Tus
rodillas, clavadas en una invisible superficie, tiemblan, incapaces de sostener
el peso que aumenta en tus hombros. Te pones a cuatro patas y sientes cómo la
carga se dispersa por la espalda, creyendo que eso te permitirá soportarla. Pero
tu columna se quiebra y gritas.
Y las
lágrimas caen de unos ojos muertos para humedecer el negro terreno. Unos
flashes del exterior vienen ensuciados en bruno y contemplas a alguien aferrado
a sus piernas en un rincón, apartado, desconsolado. Llorando por motivos que no
comprendes hasta que, tras tu último chillido, mueres.
Caminas
en mitad de una negrura con una niebla que todo lo embadurna. No sabes qué
haces allí, pero según avanzas encuentras huellas dispersas. Un impulso
automático te lleva a seguirlas y, cuando terminan, encuentras un pequeño saco.
Pero algo te dice que no debes abrirlo. Así que sólo lo recoges para
llevártelo, pues el mismo instinto de antes te indica que así debes hacerlo.
Y
prosigues.
No hay
sendero, ni indicaciones. Solamente tinieblas y bruma. Sin embargo, tú
continúas.
Sonidos
momentáneos te hacen replantearte tus actos. Te giras, das vueltas. Pero no hay
nada nuevo. Y olvidas qué está ocurriendo. Hasta que un punto, que a lo lejos
centellea, te cautiva como si fuera una luciérnaga. Una luciérnaga que pretendes
atrapar para usarla como farol entre tus, ahora que las miras, agrietadas y
secas manos.
¿Cuánto llevas divagando?
Niegas
con la cabeza. No puedes distraerte. No puedes permitir volver a perderte. O
eso piensas mientras corres hacia aquella luz atrayente.
Te
detienes. Una cajita, pequeña y cuadrada, semienterrada por lo que parece polvo
y arena, es lo que destella. Te agachas y la curioseas. No sabes qué hace ahí, ni
de dónde ha salido. Pero, moviéndote por una curiosidad mecánica, la tocas con la
yema del dedo índice. Y una chispa, fosforescente, salta en forma de nube.
Antes de apagarse y fundirse con la calígine.
Y el
cubo deja de brillar.
Miedoso,
por lo que eso pueda acarrear, lo recoges y lo metes en aquel saco que olvidaste
hacía rato. Aunque no lo ves; sólo te llevas la mano al omóplato y la caja
desaparece. Como si nunca hubiera existido. Porque tampoco recuerdas qué ha sucedido.
Simplemente te encuentras perdido, sin saber qué rumbo tomar. Sin saber realmente
qué haces en aquel extraño y confuso lugar.
Y
caminas.
Caminas,
caminas y caminas.
Tus
piernas se cansan con el tiempo y tu cuerpo, que olvida sus actos nada más
guardar un cubo nuevo, falla por momentos. Y aún así persistes. Queriendo
averiguar qué es lo que ocurre, qué es lo que instintivamente sigues.
Los
hombros te pesan y los ojos se te cierran. Las fuerzas te fallan y la memoria
hace ya mucho que no te acompaña. Y crees que ya no queda ni hay nada. Mas una
intuición, un impulso que emerge de tu interior, te obliga a permanecer con la
labor. Como si te fuese la vida en ello.
A pesar
de que, en alguna ocasión, hayas visto de refilón un ligero reflejo en uno de
esos desconocidos poliedros. Viendo así un rostro esquelético, demacrado por el
agotamiento que conlleva el transcurso del tiempo. Oxidado por el abandono.
Pero a
los segundos esa imagen es omitida, como si nunca hubiera sido vista.
Y
vagabundeas.
Vagabundeas,
deambulas y yerras.
Hasta
que un día las rodillas te tiemblan, los párpados te pesan y sientes los
hombros abrumados, sobrecargados por un peso ajeno. Los miembros ceden y, al
final, desisten, derrumbándote.
Sientes
cómo la enigmática carga se dispersa por tu espalda y crees que eso te
permitirá soportarla. Pero tu columna se quiebra. Y gritas de desesperación y
dolor. Pidiendo auxilio. Un auxilio que nunca será recibido.
Y el
negro terreno se humedece con las lágrimas de unos ojos muertos.
Unos
flashes externos, sombríos y nauseabundos, invaden tu pensamiento. Y contemplas
cómo alguien, desconsolado y apartado, se aferra a sus piernas en un rincón.
Llorando por unos motivos que te son incomprensibles hasta que, antes de
chillar tu último alarido, levantas la vista al cielo y ves cómo un resplandor
se alza des del saco. Un resplandor de sonidos, imágenes, sensaciones y
sentimientos, de recuerdos desagradables que se apartaron para olvidarse. Pero
su peso, su lastre, se hizo demasiado cargante. Y estalló, rompiendo tu
intelecto y matando a tu guardián inconsciente. Quien, al poco, abrirá los ojos
de nuevo. Sin comprender qué está sucediendo.
Los ojos de Dante centelleaban de emoción ante el espectáculo nocturno que presenciaban: miles de puntos brillantes corrían por el cielo, fugaces y fugitivos del firmamento. La luna, en su blanco esplendor, se reflejaba en el cristal de la ventana e iluminaba su habitáculo. Pero un ruido a sus espaldas quitó al muchacho de su ensimismamiento. Su madre entró en el momento justo que volvió a tumbarse en su camastro y, con los ojos entrecerrados, observó cómo suspiraba antes de dirigirse al ventano y cerrarlo. La diversión había acabado.
Un golpe en el tejado hizo que Dante se despertase. Confuso, miró a su alrededor, cogió una de las cerillas que tenía en su mesita y prendió la mecha de la vela. No parecía haber nada raro, pero un nuevo sonido le extrañó e hizo que finalmente se levantase. Cogió la palmatoria y, tras vacilar unos segundos, salió a ese pasillo gobernado por el silencio. Sus padres parecían seguir durmiendo.
Negó con la cabeza y pensó que quizá todo era imaginado, que era un sueño. Por lo que decidió volver a su aposento, pero un tercer sonido seguido de un cuarto y un quinto acabaron por desvelarle tanto a él como a su curiosidad.
Caminó sigiloso por el corredizo y pasó por delante de las otras estancias hasta llegar a la escalera que daba a una pequeña lumbrera. Dejó la vela en una estantería y empezó a escalar, precavido con tal de no hacer ni el mínimo ruido. Abrió la claraboya y salió tras poner la vara que evitaba que se cerrara. Sus ojos, negros como la noche que se cernía sobre ellos, miraron al cielo. Pero no tenía ningún brillo, más allá del de la luna, que parecía entristecido. Frunció el ceño y miró al techo. “¿Piedras?”, pensó al verlas. “¿Cómo habrán llegado…?”. La respuesta no tardó en venir: como si granizase, diversos cantos que parecían arder caían desde los nubarrones, precipitándose al vacío para estrellarse contra el suelo y apagarse. El joven se maravilló con ese desconocido suceso pero, al alzar la vista de nuevo, su alegría fue sustituida por una mueca de preocupación: ¡las estrellas estaban cayendo!
Dante empezó a dar vueltas sobre sí mismo, contemplando esa bella pero horrenda visión. Pensaba que debía hacer algo, pero no sabía el qué. Y las rocas no tardaron en volver a caer sobre el tejado, cerrando la claraboya al golpear el palo que sostenía su marco.
En un intento desesperado de huida, el muchacho se lanzó por el lado del balcón. Pero sus pies desnudos resbalaron.
Sus manos se aferraron como pudieron a la barandilla y quedó colgando a unos cuantos metros del patio. Frente a él, una de las piedras que había caído todavía parecía refulgir. Todavía parecía albergar el fuego del firmamento en su interior. Y Dante quería ayudar, quería hacer que las estrellas volvieran a destellar. Por lo que la agarró, sin tener en cuenta que, nada más hacerlo, se precipitaría al suelo, cayendo de lado.
Un enorme dolor le penetró en el cráneo. Apenas sentía la pierna izquierda y el brazo del mismo lado lo tenía entumecido. La cabeza le daba vueltas, pero el pequeño tesoro que guardaba entre sus dedos le dio el vigor suficiente para incorporarse y encaminarse hacia el bosque que se extendía frente a él.
Cojeaba, pero eso no le importaba. Tenía que devolver aquel último aliento de estrella a su lugar. Por mucho que le pudiera costar. Así que siguió avanzando, a pesar de las punzadas que sentía por todo su cuerpo; prosiguió hacia la arboleda, temblando de frío y angustia, mientras dejaba un pequeño rastro rojizo que, gota a gota, caía de las puntas de los dedos del brazo que le había quedado inutilizado.
El muchacho se detuvo en el árbol más alto que recordaba haber trepado durante sus juegos. Respiraba con dificultad y sentía que los pulmones le iban a estallar. Un sudor gélido recorría todo su cuerpo y la vista se le nublaba por momentos. Pero debía continuar, debía seguir con tal de lograr su compromiso. Así que guardó la piedra en un bolsillo y agarró la primera rama con la mano derecha para impulsarse y empezar a ascender.
Primero la mano derecha y luego el pie de su respectivo lado, después ponía su sangradura zurda en algún tallo para usar ese brazo de gancho y se agarraba del muslo restante para poner la pierna izquierda en el primer sitio que viera. Pero según subía las ramas le arañaban en la cara y cuando debía impulsarse de un tirón con su brazo derecho, parte de su pijama se raspaba y se hería aún más la pierna inválida.
“No puedo seguir, no puedo…”, se repitió en un susurro cuando el dolor de sus forzadas axilas le empezó a martirizar. “No puedo…”, volvió a decirse al apoyar la cabeza en el tronco. Pero el fulgor de la luna, que entre las sombrías nubes iluminaba su demacrado rostro, le dio el ímpetu que necesitaba. Le recordó por qué luchaba. Así que se aferró a la siguiente rama y, yendo a trompicones y empujones, alcanzó la copa, se deslizó entre las hojas y alzó la vista hacia el solitario astro. Sacó el canto de su bolsillo y lo levantó al cielo en su palma abierta. Pero no sucedía nada. Y tampoco sabía qué hacer.
Se quedó quieto y los minutos pasaron. Se quedó quieto y el tiempo se le hizo eterno. Y las lágrimas se abrieron paso en sus cansados ojos.
Se cuestionó si todo había sido en vano, si su esfuerzo realmente había servido de algo. Y cerró los párpados, pero la rabia líquida seguía deslizándose por sus sucias mejillas malheridas.
Apretó con fuerza la roca brillante y, tras un pequeño “crack”, sintió que su cuerpo se paralizaba mientras el corazón se le subía a la garganta. “¿Qué he hecho…? ¿Qué he hecho…?”, se reiteraba en su mente, miedoso a abrir su puño. Pero lo hecho, hecho estaba y ya no podía hacer nada. Así que separó poco a poco los dedos y vio lo que su mano contenía: burda gravilla que ya no resplandecía.
Dante sintió su interior romperse en mil fragmentos, convertirse en aquella vulgar grava sin valor. Y todo por su culpa. Todo por su única y absoluta culpa.
Miró de nuevo a la luna e intentó disculparse como pudo, pero no tenía palabras; sus cuerdas vocales le fallaban y su mente parecía que no pensaba. Pese a ello, aquella a quien servía aparentó emitir un brillo distinto. Y, como si suspirase, una brisa sopló sobre su mano para hacer que aquel polvo, que asemejaba ser de diamantes entre las nubes, centellease según surcaba el aire.
Un destello en el firmamento iluminó su
mirada. Y Dante cerró los ojos. Sonrió en la comisura de sus labios resecos y,
notando cómo era acariciado por el viento, dejó caer su cuerpo exhausto. Pues,
al fin y al cabo, había logrado su cometido.