miércoles, 22 de febrero de 2017

Y yo le hago caso.

La búsqueda de la libertad comienza al final de esta botella, me digo, con credulidad. Y es entonces cuando la apuro, cuando la observo, cuando el contenido, ya vertido desde hace largos minutos, me susurra por el cuerpo que quizá su prisión no sea la adecuada, que quizá debiera buscar en otra celda, liberar otra tapa, y meter su líquido por la ya ardiente garganta, insensible al escozor.
Pero sé que miente, que me engaña, que esa libertad ansiada no la lograré en otro cristal. Es por ello que prosigo en mi exhaustiva búsqueda, con sed de aquel néctar que tentó a mis labios al primer roce, con sed de aquella miel de hiel que mi lengua acarició con su dulzor amargo, y es tan amplia esa sed… Que mis dedos, a escondidas de los ojos, tan distraídos como el confuso tacto, llevan a mi boca otro vertido que, pese a su fugaz existencia, no logra apaciguar esta arvidez.

jueves, 16 de febrero de 2017

Temores

I

Temo afirmar quererte por si te desvaneces. Temo afirmar quererte por si no es lo que tú quieres. Temo afirmar cualquier cosa que pueda ahuyentar tu persona, hacerla correr lejos de mí, huyendo de todo lo que pueda representar el hecho de que, precisamente yo, pueda sentir algo hacia ti. Temo, y temo el temor que me produce este sentimiento. Pues no hay otra sensación que, ahora mismo, provoque tales escalofríos sobre mi cuerpo.

lunes, 30 de enero de 2017

Pasa la noche lenta

La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. La noche pasa, lenta. Y las estrellas no parecen querer brillar en ese cielo que se extiende sobre una cabeza reclinada sobre una indiferencia materializada en madera.
La penumbra ha cubierto la habitación con sus garras tras acariciarla lentamente según la luz cedía ante su abrigo, ignorante del frío, y ya nada importa; el abismo se ha vuelto realidad.
La noche, que vigilaba, a lo lejos, con sus astros, no ofrece ya seguridad; el dolor la ha dañado y su grito no logra resquebrajar ningún cristal. Quién diría que esas lunas perdidas en la inmensidad finalmente se perderían de verdad. Quién diría que el puño que las ansiaba, al fin, las iba a alcanzar, aunque no fuese tal como deseaba.
La noche… pasa lenta. Y el llanto que se silencia en ella se propaga por unas lágrimas secas. Los dedos lograron hallar el corazón y sus uñas se han clavado como víboras sedientas de dolor, envenenando según hurgaban más y más en su interior, royendo todo lo que pudiera parecer, en algún momento, vivo.
Y el golpe seco ha estallado cual fuego de artificio demencial.
Todo aquello que alguna vez se tomó por firme, salta por los aires y sólo se observan pedazos cayendo eternamente; uno tras otro, uno tras otro, como si nunca fuera suficiente; uno tras otro, uno tras otro, explosionando y ensordeciendo toda palabra que pudiera querer perdurar en el eco del tiempo, hasta que las propias agujas del reloj cayeron con los números reventados por el suelo.
…
La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. Y el latir de la cabeza que gotea reclinada sobre una indiferente mesa parece creerse una estrella.

sábado, 21 de enero de 2017

[...]

Los trenes vienen aquí a morir, digo siempre. Es una estación abandonada con personas donde solo ellas conocen su realidad; caduca como sus almas.
Las luces de las, en antaño, farolas, ya no se distinguen de la oscuridad del cielo que anochece sin estrellas, y las siluetas de los pasajeros no son nada más que sombras de sus papeles, impresos en una máquina de tiempo y dinero.
Aquí, en una estación así, ya no hay nada para nadie. Y uno solo puede esperar mientras espera en no convertirse en parte del paisaje.

domingo, 6 de noviembre de 2016

XXXII - 43

Las flores de espinas clavadas en las ramas de sus brazos atravesaban la piel de quien intentaba acariciar su rostro, envuelto en hojas. Las raíces de aquellos dedos, en antaño carnosos, profundizaban en el fango de una superficie tan incorpórea como el alma de sus fuentes de vida, de las cuales extraía el néctar para mantener la llama de su vista; para evitar que el cardo que brotaba de sus finos labios se convirtiera en ceniza y volase propagando una desdicha no escrita. Pues el tronco palpitante de aquella descrita no guardaba otra cosa que tósigo disuelto en un sinfín de órganos descompuestos.
¡Y era tósigo, sí, lo que emanaba de esa ranura cerrada en párpados escarlatas! Tósigo y ponzoña que brillaban bajo el peso de la gota que recorría la mejilla ignota de ese semblante cubierto por hojas, cubierto por hojas y un velo de espera, de espera eterna ante una muerte tan efímera como duradera frente a las garras salvajes que arañaron sus piernas retorcidas con una enredadera mustia.
Por eso las caricias y dulzuras dieron paso a la marchita amargura, a la escasa lluvia y a la brisa fría, que recorrían todos los rasguños de aquella corteza cada vez más áspera y esquiva al efecto que pudo recibir algún remoto día; convirtiendo tal corteza casi en piedra y maleza, en escollo y cantil a un abismo sin fin y negrura eterna extendida a lo largo de las gélidas venas de ajado cristal. Pues no había mano, ni siquiera temerosa, que se acercase ya a ese Ídolo carcomido en vacío; ¡tal había sido la fractura que dicho ente había padecido! Fractura perenne y constante en una ampliación de diversas variantes que fecundan las ramas dignificantes de esa desoladora aflicción que, en sus brazos, parece desarrollarse a través de unas ligeras semillas punzantes, de las cuales, más adelante, acaba por surgir La flor que sus adversidades contrae. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

Quiero, quisiera... que alguien entrase en esa habitación funesta

Quiero, quisiera, que alguien entrase, poquito a poco, sin hacer mucho ruido, y sin levantar mucho polvo –pues debe haber bastante polvo ahí acumulado–, por la puertecilla agrietada de ese órgano tosedor. Me gustaría, me agradaría, que alguien se acurrucase dentro, pese al frío interno, más intenso que el de afuera, y se cubriera con las mantas viejas, manchadas de rojos arañazos y roídas por pulgas amargas, que ahí se encontrasen. Estaría bien, muy bien la verdad, que se quedase quieto, sin moverse, apreciando esta nada, en algún rincón, a su preferencia, por muy pegajosos y salados que éstos fueran, sin tener en cuenta las cicatrices de costras medio abiertas. Yo, por mi parte, intentaría avivar un pequeño fueguecillo, algo a lo que ese alguien pudiera acercar sus manos, pese a que seguramente fuese un breve brillo, una fugacidad, una ilusión quizá, o un espejismo anhelante de anhelo, que aumentaría, probablemente, la tiritona del cuerpo establecido en ese frágil no-domicilio. Pero los hilos tejidos por el tiempo muerto podrían servir de entretenimiento a los ojos que se irían cargando de cansancio según pasaran los suspiros nocturnos, según pasaran, si es que pasaran siendo (pre)visibles, las lunas del pesar; tan lejanas y a la vez tan cercanas al oleaje emocional que golpearía, a veces tenue, a veces fuerte, ese deshogar. Removiendo esos cuadros, (re)torcidos todos ellos, representantes de recuerdos y ficciones, de afanes futuros que se sitúan en tiempos distantes, y de pasados remotos vívidos en un presente eterno, que se mezclarían entre ellos en un vaivén de memorias (ir)reales. Mas esos cuadros no deberían, no debieran tocarse, pues los gusanos que los habitan mordisquean, y mordisquearían sin piedad, aún más el ya carcomido papel restregado en esas paredes en un vano intento de ocultar el mohoso recubrimiento que las conforma desde antes de los orígenes de esas ¿horribles? memorias.
Me gustaría, quisiera, estaría muy bien, la verdad, que esa silenciosa compañía no trajera ningún (des)orden, que dejase todo según emerge, de no sé dónde, y simplemente observase, sin molestarse, ni molestar a aquellas diminutas criaturas hurañas que, desde su hollín, manejan, como pueden, esta desmoronada carcasa. Yo agradecería su presencia, su compañía, pese al resquemor que produciría, pese al incesante miedo a su huida, o a su marca vacía, o a las huellas unidas sobre otras huellas antiguas que revolvieron las cosas, y añadieron de otras, quebrando sus formas, marcando las horas, queriendo fragmentos, de lágrimas y tiempo, salpicados de espeso carmesí, virulento y sediento, de aquella desgracia que no abandona el cuerpo, en su día.
Mas el dolor mitiga ese dolor temor, ese posible riesgo, ese peligro de observación, de rozadura y emoción, con sus palabras; únicas habitantes de esa cripta soterrada en una oscura cámara; invisibles pero tan existentes como el vaho allí acumulado, junto a la eterna ceniza. No hay nadie que se acerque siquiera a los barrotes previos a la pena. Por ello sólo queda ese “Quiero, quisiera”, ese deseo tan punzante que atraviesa, pese a estar tan bien velado en esa diminuta arqueta oculta en el fondo de un cajón de una mesilla de polillas desnudamente muertas.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Una historia – Dónde se encuentran las caricias del viento, del tiempo, del invierno y el infierno

I

La inmensidad de la soledad del alma en el universo infinito, que se extiende entre los múltiples fragmentos de ésta, rodeándose por su niebla al fluir entre sus grietas cual ríos en la tierra.
Las percepciones alteradas por la inmensurable saturación de emociones inidentificables, cual rostros borrados en negros garabatos, que estallan en desconocidas formas, cual fuegos de artificio imperceptibles para nuestras retinas, demasiado viejas, demasiado antiguas, para ser capaces de captar siquiera el colorido no-color de esa explosión.
Y el lienzo en blanco que supone esa oscuridad perenne que acompaña a todo ser hasta la muerte desde su muerte, lleno de pinceladas invisibles que atravesaron en lágrimas rojas sus fauces, sus patas, sus garras desgarradas por aquellas propias almas mutiladas que no logran conformar un conjunto.

La luz encallada en la vista, en la pupila, que ciega la mente, quema su acuosa prisión y derrite sus barrotes salados que caen, lentamente, deslizándose cual granos de arena atrapados en un cristal que se estrecha. ¿Dónde está aquello que se anhela? ¿Dónde está aquello que se halla sin buscarse? ¿Dónde se encuentran las caricias del viento, del tiempo, del invierno y el infierno, rozando el cuerpo, la piel y el hueso en arañazos de suspiros rotos en espejos clavados por en la carne e-tierna? ¿Dónde, dónde se encuentra, si no es en este órgano que bombea, entumecido, morado y deformado, lleno de golpes, magullado, por una presencia que vive inerte en su interior, pese a sus rasguños, o a sus zarpazos más bien, exteriores? ¿Dónde…, dónde se encuentra?

II

El brillo que se filtra entre las comisuras de los dedos revienta el rostro que resulta ajeno. La inmensidad despierta (en) el veneno corrosivo que se diluye en óxido entre las raíces internas. Y el retorcimiento de las formas grotescas quiebra la huesuda sombra del blanco polvo, ahora rojizo en perlas rubíes, compactado.
Ya nada espera al todo.
Las tinieblas se han dilatado en un éxtasis provocado por un carámbano ingerido por un torso malherido a su causa. Las zarpas aferradas a la nada han soltado aquello que las sostenía en el cielo. Y la caída ha matado al cerebro antes de que éste colisionase contra el suelo, reventando en mil fragmentos. Porciones de un intelecto destrozado dentro de su vacío. Pedazos de pensamiento que se evaporan cual gases nocivos, huyendo del cuerpo corroído, del gris pútrido que los ha engendrado en su nido, para dejar atrás un semblante de nulas facciones que se deshace en su cabeza antes pensante. Que se deshace, como si al disolverse lograse por fin fundirse con algo que le pertenece y no fuera solamente con ese hueco absolutamente de caído en un cuadro lleno de precipicios.

III

La muerte ha sonreído en su oscuridad.


(A partir del segundo 0:05)

Seguramente, inacabado.