El cristal se despedaza bajo mis pies y el suelo, invisiblemente
fragmentado, se agrieta y extiende por una superficie infinita pronta a estallar
y a permitir una caída colosal. Los sueños, las pequeñas fuerzas esperanzadoras
que sostenían aquel parqué invisible, cedieron y suspiraron “¿Para qué?”
mientras su techo temblaba, aterrado, atentando en caer sobre sus indefensos
cráneos, para partirlos, sin ruido ni grito alguno. Sin más suspiro que el mudo
sonido de mi garganta antes de cortarse, inevitablemente, con algún trozo de
cristal y caer al abismo inerte de profundidad.
miércoles, 1 de marzo de 2017
miércoles, 22 de febrero de 2017
Y yo le hago caso.
La búsqueda de la libertad comienza al final de esta botella, me digo,
con credulidad. Y es entonces cuando la apuro, cuando la observo, cuando el
contenido, ya vertido desde hace largos minutos, me susurra por el cuerpo que
quizá su prisión no sea la adecuada, que quizá debiera buscar en otra celda,
liberar otra tapa, y meter su líquido por la ya ardiente garganta, insensible
al escozor.
jueves, 16 de febrero de 2017
Temores
I
Temo afirmar quererte por si te desvaneces. Temo afirmar quererte por
si no es lo que tú quieres. Temo afirmar cualquier cosa que pueda ahuyentar tu
persona, hacerla correr lejos de mí, huyendo de
todo lo que pueda representar el hecho de que, precisamente yo, pueda sentir
algo hacia ti. Temo, y temo el temor que me produce este sentimiento. Pues no
hay otra sensación que, ahora mismo, provoque tales escalofríos sobre mi
cuerpo.
lunes, 30 de enero de 2017
Pasa la noche lenta
La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. La noche pasa, lenta. Y las
estrellas no parecen querer brillar en ese cielo que se extiende sobre una
cabeza reclinada sobre una indiferencia materializada en madera.
La penumbra ha cubierto la habitación con sus garras tras acariciarla
lentamente según la luz cedía ante su abrigo, ignorante del frío, y ya nada
importa; el abismo se ha vuelto realidad.
La noche, que vigilaba, a lo lejos, con sus astros, no ofrece ya
seguridad; el dolor la ha dañado y su grito no logra resquebrajar ningún
cristal. Quién diría que esas lunas perdidas en la inmensidad finalmente se
perderían de verdad. Quién diría que el puño que las ansiaba, al fin, las iba a
alcanzar, aunque no fuese tal como deseaba.
La noche… pasa lenta. Y el llanto que se silencia en ella se propaga
por unas lágrimas secas. Los dedos lograron hallar el corazón y sus uñas se han
clavado como víboras sedientas de dolor, envenenando según hurgaban más y más
en su interior, royendo todo lo que pudiera parecer, en algún momento, vivo.
Y el golpe seco ha estallado cual fuego de artificio demencial.
Todo aquello que alguna vez se tomó por firme, salta por los aires y
sólo se observan pedazos cayendo eternamente; uno tras otro, uno tras otro,
como si nunca fuera suficiente; uno tras otro, uno tras otro, explosionando y
ensordeciendo toda palabra que pudiera querer perdurar en el eco del tiempo,
hasta que las propias agujas del reloj cayeron con los números reventados por
el suelo.
…
La noche pasa lenta. Lenta pasa la noche. Y el latir de la cabeza que
gotea reclinada sobre una indiferente mesa parece creerse una estrella.
sábado, 21 de enero de 2017
[...]
Los trenes vienen aquí a morir, digo siempre. Es una estación
abandonada con personas donde solo ellas conocen su realidad; caduca como sus
almas.
Las luces de las, en antaño, farolas, ya no se distinguen de la
oscuridad del cielo que anochece sin estrellas, y las siluetas de los pasajeros
no son nada más que sombras de sus papeles, impresos en una máquina de tiempo y
dinero.
Aquí, en una estación así, ya no hay nada para nadie. Y uno solo puede
esperar mientras espera en no convertirse en parte del paisaje.
domingo, 6 de noviembre de 2016
XXXII - 43
Las flores de espinas clavadas en las ramas de sus brazos atravesaban
la piel de quien intentaba acariciar su rostro, envuelto en hojas. Las raíces
de aquellos dedos, en antaño carnosos, profundizaban en el fango de una
superficie tan incorpórea como el alma de sus fuentes de vida, de las cuales
extraía el néctar para mantener la llama de su vista; para evitar que el cardo
que brotaba de sus finos labios se convirtiera en ceniza y volase propagando
una desdicha no escrita. Pues el tronco palpitante de aquella descrita no
guardaba otra cosa que tósigo disuelto en un sinfín de órganos descompuestos.
¡Y era tósigo, sí, lo que emanaba de esa ranura cerrada en párpados
escarlatas! Tósigo y ponzoña que brillaban bajo el peso de la gota que recorría
la mejilla ignota de ese semblante cubierto por hojas, cubierto por hojas y un
velo de espera, de espera eterna ante una muerte tan efímera como duradera
frente a las garras salvajes que arañaron sus piernas retorcidas con una
enredadera mustia.
Por
eso las caricias y dulzuras dieron paso a la marchita amargura, a la escasa
lluvia y a la brisa fría, que recorrían todos los rasguños de aquella corteza
cada vez más áspera y esquiva al efecto que pudo recibir algún remoto día;
convirtiendo tal corteza casi en piedra y maleza, en escollo y cantil a un
abismo sin fin y negrura eterna extendida a lo largo de las gélidas venas de
ajado cristal. Pues no había mano, ni siquiera temerosa, que se acercase ya a
ese Ídolo carcomido en vacío; ¡tal había sido la fractura que dicho ente había
padecido! Fractura perenne y constante en una ampliación de diversas variantes
que fecundan las ramas dignificantes de esa desoladora aflicción que, en sus
brazos, parece desarrollarse a través de unas ligeras semillas punzantes, de
las cuales, más adelante, acaba por surgir La flor que sus adversidades contrae.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Quiero, quisiera... que alguien entrase en esa habitación funesta
Quiero, quisiera, que alguien entrase, poquito a poco, sin hacer mucho
ruido, y sin levantar mucho polvo –pues debe haber bastante polvo ahí
acumulado–, por la puertecilla agrietada de ese órgano tosedor. Me gustaría, me
agradaría, que alguien se acurrucase dentro, pese al frío interno, más intenso
que el de afuera, y se cubriera con las mantas viejas, manchadas de rojos
arañazos y roídas por pulgas amargas, que ahí se encontrasen. Estaría bien, muy
bien la verdad, que se quedase quieto, sin moverse, apreciando esta nada, en
algún rincón, a su preferencia, por muy pegajosos y salados que éstos fueran,
sin tener en cuenta las cicatrices de costras medio abiertas. Yo, por mi parte,
intentaría avivar un pequeño fueguecillo, algo a lo que ese alguien pudiera
acercar sus manos, pese a que seguramente fuese un breve brillo, una fugacidad,
una ilusión quizá, o un espejismo anhelante de anhelo, que aumentaría,
probablemente, la tiritona del cuerpo establecido en ese frágil no-domicilio.
Pero los hilos tejidos por el tiempo muerto podrían servir de entretenimiento a
los ojos que se irían cargando de cansancio según pasaran los suspiros
nocturnos, según pasaran, si es que pasaran siendo (pre)visibles, las lunas del
pesar; tan lejanas y a la vez tan cercanas al oleaje emocional que golpearía, a
veces tenue, a veces fuerte, ese deshogar. Removiendo esos cuadros,
(re)torcidos todos ellos, representantes de recuerdos y ficciones, de afanes
futuros que se sitúan en tiempos distantes, y de pasados remotos vívidos en un
presente eterno, que se mezclarían entre ellos en un vaivén de memorias
(ir)reales. Mas esos cuadros no deberían, no debieran tocarse, pues los gusanos
que los habitan mordisquean, y mordisquearían sin piedad, aún más el ya
carcomido papel restregado en esas paredes en un vano intento de ocultar el
mohoso recubrimiento que las conforma desde antes de los orígenes de esas ¿horribles?
memorias.
Me gustaría, quisiera, estaría muy bien, la verdad, que esa silenciosa
compañía no trajera ningún (des)orden, que dejase todo según emerge, de no sé
dónde, y simplemente observase, sin molestarse, ni molestar a aquellas
diminutas criaturas hurañas que, desde su hollín, manejan, como pueden, esta
desmoronada carcasa. Yo agradecería su presencia, su compañía, pese al
resquemor que produciría, pese al incesante miedo a su huida, o a su marca
vacía, o a las huellas unidas sobre otras huellas antiguas que revolvieron las
cosas, y añadieron de otras, quebrando sus formas, marcando las horas,
queriendo fragmentos, de lágrimas y tiempo, salpicados de espeso carmesí,
virulento y sediento, de aquella desgracia que no abandona el cuerpo, en su
día.
Mas el dolor mitiga ese dolor temor, ese posible riesgo, ese
peligro de observación, de rozadura y emoción, con sus palabras; únicas
habitantes de esa cripta soterrada en una oscura cámara; invisibles pero tan
existentes como el vaho allí acumulado, junto a la eterna ceniza. No hay nadie
que se acerque siquiera a los barrotes previos a la pena. Por ello sólo queda
ese “Quiero, quisiera”, ese deseo tan punzante que atraviesa, pese a estar tan
bien velado en esa diminuta arqueta oculta en el fondo de un cajón de una
mesilla de polillas desnudamente muertas.
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