martes, 12 de enero de 2016

II

Una silueta entre la bruma. Una silueta que, poco a poco, se desdibuja. Una silueta que, entre esta niebla que nos rodea, parece albergar todo aquello que mi mente desea. Y mi mano se estira hacia ella, mas no logra atraparla en la infinita distancia que nos separa. Y su figura se borra un poco más, como la noche por la mañana, como el sueño con el alba. Y la ilusión desilusionada se dispara, empapando el adoquinado de lágrimas. Lágrimas que caen de un cielo imperceptible; de un cielo tan invisible como mi figura para esa figura que, a lo lejos y poco a poco, se desdibuja entre la bruma.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El Séptimo Arte

En referencia a Dante no concibo otra cosa que la música y todo el esplendor que posee para dominar y manipular todas las otras artes, creando algo único en cada mente.
Pero toda palabra se queda corta para esta maravilla, pues pasarla a letras, definirla, es un acto que conlleva demasiada valentía y que muy fácilmente puede caer en el error.
Por ello es mejor el silencio literario y que suenen las notas con su natural e irrepetible fervor. Pues ninguna otra cosa, más que ella misma, logrará pincelarla mejor.



sábado, 12 de diciembre de 2015

Necesidades

Necesito besar tu piel, y romperme con cada beso que en mi memoria se grabará a fuego mientras que para tu cuerpo sólo será algo pasajero. Necesito posar mis labios sobre los tuyos y bajar por tu cuello hasta donde la mirada alcanza; yendo por los hombros, con suerte los pechos, y puede que quizá por ese vientre que mis dedos desean acariciar lentamente mientras mis ojos descienden, tan cerrados como en los sueños.
Necesito hundir mis manos en tu carne, agarrarla tan bien como querrían hacer mis dientes, lamer tu excitación palpitante manifestada con una boca que se muerde y unir tu jadeo al mío, con nuestras pupilas observando nuestros mutuos y oscuros vacíos. Pues necesito amarte, aunque tú no lo hagas, y chocar así con la realidad que tus muslos guardan, para perderme al fin en ese mar de suspiros según mi vida se escapa con tu hálito querido.

sábado, 21 de noviembre de 2015

He buscado...

He buscado tus labios, con los míos, en unos que no son tuyos. Y no te he encontrado. He acariciado pieles, manos, cuerpos, creyendo verte; pero solo te he imaginado. Mis dedos anhelan ligarse a los tuyos y se lanzan a cualquier nudo que les ofrezca una promesa similar, pero sólo caen y caen en un abismo donde, obviamente, no te pueden hallar.
Mis párpados se cierran, mis ojos no quieren mirar, y aunque mis susurros formen letras, sus palabras sólo te quieren encontrar. Ya no sé cómo hacerlo si en mí reina tal pensamiento traidor; pues creo verte a lo lejos, pero solo son espejismos muertos.
Los suspiros atraviesan mi pecho, como bien hizo el anhelo en su momento, y arañan mi garganta, pero solo porque antes lo han hecho con mi alma. Puede que estas palabras no te digan nada, mas sus uñas se clavan en mi espalda, y mi cara, desgarrada, sangra; cansada de las noches de ausencia y de tormenta; cansada ya de las noches donde el recuerdo, y la impaciencia, son lo único que queda.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

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Desconectar. Sólo me apetece desconectar. ¿Pero cómo hacerlo si no me quedan ni siquiera fuerzas para tirar del enchufe que me mantiene encendido a esta incesante corriente que me arrastra, que me arrastra…? ¿Cómo hacerlo?
Los brazos están débiles, exhaustos de tanto agotamiento, la mirada apenas se sostiene firme y se precipita a cada momento. Las piernas murieron hace tiempo y ahora cien cuchillos atraviesan mi pecho y su sufrimiento. No sé dónde me encuentro, no sé dónde me encuentro… Igual estoy en mi lecho, pero eso no quita que éste pueda ser bajo un techo de tierra, escondido a cuatro metros. Así es como lo siento, así es como lo siento…, con la inmovilidad atando cada una de mis extremidades, cada uno de mis pensamientos, que gritan en silencio.
Los suspiros se fueron corriendo; la resignación pasó a ser el momento. Y el cansancio se hizo eterno. Movimiento continuo por inercia de un descompuesto. Quizá los gusanos se encuentren poco satisfechos con este deshecho, con este mar de embrollos perdido en el subsuelo, mas tampoco se puede esperar demasiado de ello: los gusanos fueron quienes vomitaron mi cuerpo. Un cuerpo muerto que se encuentra podrido por dentro. Un cuerpo muerto que la desolación arreó hace demasiado tiempo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Es octubre

Es octubre. Las noches y las lluvias pasan, como el Sol por las mañanas. Nada cambia más allá del frío, nada cambia. Las gotas empañan mis ventanas, pareciendo ese ligero y húmedo rocío que siempre posee mi alma, y mis dedos forman formas al azar en ese húmedo cristal.
Los truenos han sido las palabras más reales que he escuchado en meses. Los rayos, las ilusiones que más he creído. He pensado en ellos como todo aquello que he querido: ruido potente, belleza inminente y fuga fugaz. Sin saber cuándo volverán o si los días pasarán y pasarán hasta que alguno se digne a regresar.
Es octubre, sí, y nada cambia más allá del frío, ahora también exterior. Mis manos se entumecen, confundidas, ante la lluvia que cae y la escarcha que cubre mi interior. El hielo es profundo y quema, pero ya nada siente mi corazón. Quizá ahora sea otoño, pero dentro de mí hace tiempo que dejó de salir el Sol; el invierno eterno me rodea y mis palabras, ahora carámbanos, murieron de congelación.
Yo no sé por qué intento luchar contra esta tormenta si es lo único capaz de calmar mi cabeza, que se desespera y anhela. Las emociones, como las flores que son, hace tiempo que se marchitaron y murieron. Puede que sea octubre, pero aquí sólo es desolación; ruinas y cansancio comprimidos habitan en este cuerpo exhausto y lleno de desesperación. Quizá la música se fue hace aún más tiempo y sólo dejó este desconcierto, de notas rotas y solitarias como aquellas almas que sin rumbo vagan; como aquella Luna que el cielo todavía guarda.
Las hojas, enrojecidas, caen y se disuelven en este mar de sangre. Sus letras, no tardan en desaparecer y mueren sin ser relevantes. Pues es octubre, y nada cambia: la pesadumbre prevalece y todo termina como estas palabras.

sábado, 19 de septiembre de 2015

IV

Te escribo. Ya no sé desde dónde, ni cómo, ni por qué. Pero aquí estoy, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote. Las letras no paran de morir en mi cabeza según surgen. Son como brillos fugaces de estrellas que perecen en un instante. Y yo intento atraparlas, capturarlas como buenamente puedo en este papel, a través de mis dedos. Pero nada, es imposible hacerme con todas ellas. Supongo que su destino es morir, supongo que están más vivas de lo que en su día creí, ¿pues cómo puede morir, sino, algo si no está vivo?
En su momento pensé que esto no sería más que otra carta. Tal vez, con suerte, algo importante, pero según la tinta mancha el blanco con estas impresiones sólo puedo decir que no paran de generarse confusiones en mi cabeza, en mis letras. Ni siquiera sé qué diablos hacer con tanta palabrería. Pero aquí la ves. ¿Quieres, pues, que para repararlo te cuente alguna historia? ¿Quizá de cómo un individuo se perdió en su propia memoria? ¿Puede que prefieras el viaje por un sendero oscuro, sin iluminación, donde nada importaba tanto como los pasos que se iban dando? A lo mejor prefieres algo más alegre, como una tarde tranquila llena de viajes en una mente que sueñe. Siento no saber qué buscas, o no poder dártelo, pues lo conozco pero no lo hallo. O igual no lo poseo. Podrían ser ambas cosas, o muchas de otras. Pero aquí estoy, como bien he dicho, pese a no saber dónde me encuentro, escribiéndote.
Las letras, como dije, surgen. Y sé que son horribles. Perdieron hace mucho sus buenas formas y modales, sus características esenciales. Ahora sólo se encargan de buscar algún resquicio por el que colarse. Y hay tantas grietas por donde pueden perderse hasta olvidarse… Abismos incontables que resplandecen incesantes, tentadores, como ciertos labios que aprendí a desconocer. Y, como yo, las letras se tiran y caen y caen y caen, creyendo que algún día alcanzarán algo importante. Creyendo, como si no hubieran aprendido nada durante todo este tiempo. Y puede que no lo hayan hecho, pues ninguna ha vuelto para enseñarles su sufrimiento; sólo han caído por un precipicio negro donde su tinta ha perdido sentido. Fundiéndose con su entorno como si nunca hubieran nacido.
Y quizá aquí me hallo, precipitado, agarrando pedazos rotos como recortes de un periódico, para formar una carta, quizá de auxilio o de socorro, quizá de desespero o de entierro. Para lanzarla lejos, como si eso sirviera de algo más allá de formar más confusión en un alboroto extraviado con ideas y pensamientos acumulados. Y quién lo diría, pues yo no, que esto sucedería. Historias muertas. Otros escritos abriéndose como capullos marchitos que se abren. Flores enfermas que caen. Que caen… Pues se abren y de tanto abrirse se parten, se desmoronan y se deshacen. Cenizas que se creen palabras, palabras que se queman nada más ser pronunciadas. Y cartas extraviadas en las memorias donde fueron procreadas. Anhelando algún día encontrar un destinatario que las quiera, alguna correspondencia, pero sus sobres se perdieron bajo la marea.
El abismo se cierra. O esa impresión crea la noche, sin estrellas, confundiendo el blanquecino cielo con la espesa agua negra. Puede que llueva, mas mi piel está demasiado seca; las gotas sólo le formarán más grietas. ¿Podría colarme yo por ellas? Quizá mi alma ya lo hizo y ahora no encuentra salida. Quizá el abismo es interior y las gotas son lágrimas perdidas. Aquellas que nunca salieron en su momento idóneo. Pero tampoco puedo confirmarlo; no sé dónde me hallo, no sé qué diablos hago; sólo estiro la mano, como si pudiera ver mis dedos, esperando. Y puede, puede ser, que algún día, algo, o alguien, la agarre y me arrastre. Aunque sea sólo para ayudarme a hundirme más en este constante e infinito desastre.


(Añado aquí lo que sonaba mientras escribía.)