miércoles, 31 de diciembre de 2014

Mis letras...

Mis letras se derraman
como mi vida
y se precipitan
en esta caída
sin fin.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Trenes

El silencio hacía acto de presencia entre los habituales pasajeros de madrugada, como si fuera una niebla que se extendía por el suelo hasta llegar a sus bocas para mantenerlas cerradas. El traqueteo de las vías era lo único perceptible, tanto por su sonido como por la vibración que provocaba en los incómodos asientos, junto al triste paisaje que, difuminado por la velocidad que adquiría el vehículo, parecía querer simular ser pintura lanzada contra el cristal de la ventana corriéndose para dar paso a nuevos colores, todo en una gama de grises.
Mis manos estaban frías incluso debajo de los guantes. El invierno llegó de golpe una mañana y pareció congelar tanto al panorama como al resto de personas. Pero eso no importaba, no me importaba. Como una llama bajo el agua toda la vitalidad que pudo tener mi entorno, e incluso yo mismo, permanecía apagada sin ninguna aparente posibilidad de volver a ser reavivada. Pero eso tampoco importaba. Todas las miradas parecían cansadas, hastiadas de aquella monótona rutina que llamarían vida. O igual sólo era mi vista, reflejada en las caras desconocidas que ahí se acumulaban según el tren se demoraba en sus obligatorias paradas. Él también tendría una existencia repetitiva, seguramente pesada y aburrida.
Suspiré. El vaho se elevó hacia mi rostro como el humo de un cigarrillo. ¿Qué había hecho la noche anterior? No lo recordaba. Igual la pasé entre vasos de alcohol, no sería nada raro y menos teniendo en cuenta dónde me había despertado: en el mismo lugar en el que ahora me encontraba sentado. Igual mi yo ebrio buscaba consuelo en este trayecto, como si quisiera escapar de su realidad. Igual no le gustaba y pensó que encontraría alguna salida. Pero pobre, ¿si la hubiera de verdad no cree que la habría usado ya? ¿Acaso pensaba que él la encontraría? Maldito infeliz, se parece tanto a mí…
Otro suspiro y un parpadeo largo.
Las ventanas habían oscurecido. ¿Un túnel? Vete a saber, ni siquiera recuerdo qué línea debí coger, a mi memoria sólo vienen flashes: mis ojos clavados en mis mocasines desgastados que avanzaban por el andén, el sonido del megáfono avisando de que tuviéramos cuidado y las luces de los faros iluminando mi cuerpo, parado en el ferrocarril.
Oh, mierda, por lo visto sí que encontró cómo salir.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Su mundo era lluvia

Su mundo era lluvia. Y a veces, en ésta, se perdían mis lágrimas.
Quedaron muy atrás las noches en vela donde observaba bajo la terraza, las madrugadas donde las nubes se vislumbraban al inicio del alba antes de retirarnos a la cama. Quedaron muy atrás, perdidas entre esas aguas encharcadas en las que, de tanto en tanto, todavía me tiro para recordarlo. Quedaron atrás, demasiado atrás.
Su mundo era lluvia, sí, y cómo diluviaba. Caían centenares, millares de gotas a todas horas. Y qué precioso era todo. Como su rostro, empapado, que a veces se frotaba contra el mío para invitarme a visitarlo. O sus manos, suaves, que con la delicadeza que su agua le otorgaba acariciaban las mías para cogerlas y acercarme a ella y, así, poder acariciarla yo también; aunque sólo ocurriese cuando cerrásemos los ojos y entreabriésemos nuestros labios, llenos de suspiros.
Pero qué necio fui. Necio o poco precavido. Pues no predije que, de tanta agua, acabaría ahogado en aquel diluvio. No lo supe ver y dejé que me empapase de su melancolía, de su dichosa desdicha y de aquella tristeza tan bonita convertida en poesía. Permití que me guiase con su voz, cargada de emoción, que leía letras de otros sitios y tiempos, hacia las puertas de lo que parecía ser el núcleo de su sentimiento. Y yo entré, sin y a la vez con miedo, sabiendo y sin saber lo que podría y conllevaría eso. Entré, y no me arrepiento.
Su mundo era lluvia. Y, por suerte o por desgracia, me encantaba mojarme en ella, disfrutar de aquel rincón único que guardaba en su interior y refugiarme hasta que me calase en los huesos. Y bien que caló, sí, bien que caló; tanto que todavía no se me quita el frío y yo tampoco lo permito. Me abrigo en mis brazos en ausencia de los suyos y recuerdo esos momentos juntos, esa soledad compartida en la oscuridad de una habitación donde el único brillo era el de una luna que se escondía entre nubarrones, amenazantes pero encargados de hacer ese mundo posible. Recuerdo esos ojos felinos llenos de astucia y esas palabras justas que guardábamos en nuestras cabezas. Recuerdo, recuerdo y recuerdo, y miro al frente, viendo sin ver, pues mi mirada se encuentra perdida entre miles de gotas que, en mi triste memoria, no dejan de caer.